Archivo de la etiqueta: trabajo

Lunes en Madrid

La Ciudad es un ser vivo, que nace, crece, se reproduce y a veces también muere. Que tiene sus defectos y virtudes, su personalidad, un aspecto físico y una vida interior.

Yo intento llevarme bien con ella, tenemos una relación especial, y a veces hacemos planes juntas.

Hay días que salgo a la calle indecisa, sin un rumbo fijo, y entonces le pido ayuda. Hazme una señal, le digo. Y al pisarla saliendo del portal (cosa que hago con mucho cariño, sin prepotencia ni altanería), veo que hay sol, cielo azul, la calle está limpia, los peatones caminan contentos, y me cruzo al frutero y me saluda. Esto me vale, vía libre. Y comienzo a andar. Sin saber dónde ir. Y de pronto, mientras camino, veo que a mi lado un semáforo acaba de ponerse en verde, y que canta como un pájaro, o bueno, casi, porque en lugar de decir pío, pío, dice piú, piú. Pero cada uno es como es. Y entiendo. Quieres que vaya por ahí, ¿no? ¿Dónde me llevas? Y me dejo hacer. Y cruzo. Y paso por una terraza frente a la Almudena, y una de las mesas, la más bonita, tiene una silla algo retirada, invitándome a sentarla. Y a mí hacer feos no me gusta. “¡Por favor, un café!” Y cuando acabo me fijo en los adoquines tan grandes y separados. Si no te importa, ahora me apetece jugar. Bueno, le contesto. A no pisar las líneas, como siempre, no? Eso. Dice ella. Y ando a brincos, y unos niños me miran, sonríen, y siguen su camino junto a su madre, saltando como hago yo, sin pisar las líneas, ni las cacas (esta puñetera siempre le busca alguna dificultad extra al juego). Y con tanto mirar al suelo, me encuentro una moneda de un euro, y un billete de metro. Vaya, hoy te estás pasando, ¿dónde me piensas llevar?…

Pero también es caprichosa. Que no siempre puedo hacer lo que ella diga. Esta mañana me ha puesto charcos en el suelo, el semáforo en rojo, y el metro a rebosar.

Escucha chata, no lo hagas más difícil, que te pongas como te pongas, voy a ir a trabajar.

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedará registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir:  yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera.

Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convirtiera en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y se viera por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí.

Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas. Y tras tanto intento infructuoso, un día mi ánimo decayó. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

- Pablo, ¡no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

- ¿Pero por qué?

- Porque es indiscreto

- Pues no lo entiendo

- Su pan

- Gracias

Entonces la miré… ¡¡¡Y sonreía!!! Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”. Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

De la muerte y otros negocios

Trabajo en una asesoría. Y más concretamente me dedico a contabilizar para empresas, liquidar impuestos, hacer cierres mensuales, reportes y controlling financiero, consolidaciones, y procurar que no tengan problemas con la Temible Hacienda Pública, enseñándoles a portarse bien. Y si los tienen, arreglarlos de la mejor manera posible. Casi tan apasionante como ser piloto acrobático.

El caso es que un día corriente, en medio de este trabajo corriente, trabajando para un cliente corriente, una factura no muy corriente me llamó la atención. La emitía una funeraria. El importe era elevado. Miré el concepto. No había error. Estaban facturando un sepelio y demás servicios funerarios. No pude evitarlo, y la escudriñé hasta que vi el nombre del muerto. Por los apellidos até cabos. Era el hijo del socio de esa empresa. Por ley, la sociedad no se puede deducir esa factura. Pero lo cierto es que en esos momentos me dio reparo llamarle para decírselo. Hice mi trabajo como se debe sin consultarle. No encontraba palabras con tacto suficiente como para abordar el tema. Claro, que este señor no tuvo ningún reparo en pedirle a la funeraria una factura a nombre de la empresa con el cuerpo de su hijo sin terminar de enfriarse. Y eso que yo siempre he sido partidaria de buscar el lado positivo de todo. Pero el razonamiento ese de “bueno, ya que la ha diñado, al menos me deduzco los gastos del sepelio”… no coincide exactamente con lo que yo entiendo por “lado positivo”. Y es que cuando el lado positivo tiene que ver con el dinero, esa filosofía se envilece.

Supongo que todo el mundo piensa en su muerte, que es la única muerte que con certeza va a tener que vivir. Y también en su post-mortem. Y no me refiero a si hay o no vida después, a una posible reencarnación, o al Nirvana. Yo me refiero a imaginarme a mí misma dentro de una caja de pino abierta en un tanatorio. Y a la familia y amigos desplazándose para acompañar a los más allegados y afectados, desfilando delante de un cuerpo en el que a duras penas se reconoce la vida que antes hubo. Y no me gusta. Al igual que no me gustan los cementerios. Ni las visitas obligadas. Ni las limpiezas de lápidas. Ni mucho menos una urna dentro de una casa. Me pregunto si no sería posible que nadie velara mi cuerpo y que lo metieran directamente en un horno. Si no sería posible que mis cenizas se tiraran en algún lugar bonito. Aunque si es por el váter tampoco me importa. Total, no me voy a enterar.

Me pregunto si sería posible que no hubiera ningún lugar físico que recuerde el “aquí yace”, para poder yacer en los corazones de aquellos que me hayan querido. Ese se me hace un lugar mucho más hermoso. Y sobre todo me pregunto si sería posible vivir en su recuerdo.

Cuántas cosas con sólo una factura. No seré piloto acrobático, pero al menos puedo permitirme el lujo de ponerme pensativa. Sólo siento que, en mi caso, no vaya a existir factura que le permita a alguien pagar menos impuestos. Aún así espero que me lo perdonen y no me aparten de su memoria.

Mientras pienso todo esto, no puedo evitar escuchar a mi vocecita interior, esa que es mi amiga, recitarme:

When I am dead, my dearest,
Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree:
Be the green grass above me
With showers and dewdrops wet;
And if thou wilt, remember,
And if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,
I shall not feel the rain;
I shall not hear the nightingale
Sing on, as if in pain:
And dreaming through the twilight
That doth not rise nor set,
Haply I may remember,
And haply may forget
.

de Christina Georgina Rossetti

DE cómo las cosas se complican

En los últimos días, tres conocidos se han quedado sin trabajo. Y que yo sepa, ninguno de ellos trabajaba en la construcción…

Eso, sin querer, me ha llevado a una época de mi vida a la que no me gusta ir. Pero no me lo saco de la cabeza. Y menos aún de asistente en este curso que no consigue acaparar mi atención. Ni siquiera llamarla un poco. Eso no se lo perdono.

Cuando en aquel mes de junio no me renovaron en el banco después de haber agotado mis dos años de contrato en prácticas me sentí como un pedazo de mierda. Mi hermana me decía que el que no fuera una buena comercial en un banco le hacía sentirse orgullosa de mí. Pero a pesar de eso y de que en los ránkings de comerciales con los que nos machacaban, yo estuviera en una discreta posición en mitad de tabla, que entráramos doscientas personas al tiempo y sólo nos dejaran fuera a dos, es un golpe. Es saña. Por mucho que objetivamente me estuvieran haciendo un favor, por mucho que mi trabajo me hiciera sufrir, por mucho que me hubiera sido imposible dejarlo por voluntad propia con un contrato indefinido sobre la mesa y esclava como era y aún soy, de un sueldo mensual.

Pasados los primeros días de shock, tomé la decisión de considerarlo como una oportunidad para cambiar de profesión. Así que al terminar el verano, me matriculé para sacar el CAP (Curso de Adpatación Pedagógica) en Lengua y Literatura, y llamé a las puertas del colegio donde estudié para hacer allí las prácticas. Tenía un año de paro y un niño pequeño. Tiempo insuficiente para preparar oposiciones, pero bueno, trabajar en un colegio privado no podía ser tan malo. Al menos después de las experiencias que llevaba a mi espalda. Y durante el mes que estuve dando clase fui feliz. Y recompuse mis trocitos. O un poco al menos.

En plena euforia con todos aquellos cambios y sueños, me volví a quedar embarazada. Bueno, no era tan horrible. Tocaba para el verano, y en septiembre podría incorporarme en algún colegio. Y teniendo en cuenta la tasa de natalidad en España, lo haría con los deberes hechos.

Un par de meses después, el día antes de hacer el examen del CAP, Rubén llegó pronto a casa. Me han despedido. Por favor, no llores. No fui capaz de hacerle caso ni aun habiéndomelo pedido por favor. Los cambios hormonales son así de maleducados. Lo que estaba claro es que este tampoco iba a ser un embarazo tranquilo y sin sobresaltos. Volvimos a fumar los dos.

Fui a hacer el examen con ojos de besugo. Y cuando volvieron a ser normales miré la situación fríamente. Eché cuentas. Tenía que trabajar al menos cuatro meses para poder cobrar subsidio hasta estar recuperada después del parto. Así que saqué el título y quité méritos de mi CV. Y con él me fui a una ETT en busca de un contrato basura. De lo que fuera, antes de que el embarazo fuera evidente.

Trabajé como teleoperadora en una plataforma de esas que contrata la Agencia Tributaria para la campaña de la renta. Y todo fue exactamente como esperaba: condiciones laborales humillantes, sueldos humillantes, y a pesar de haber enviado Cv a todos los colegios privados y concertados de la Comunidad de Madrid, que hay unos cuantos, no me llamaron de ninguno.

Rubén también tuvo su propia ración de sentirse como un trozo de mierda. Además del despido, las circunstancias familiares debían pesarle como una losa. Él llevaba a Pablo al cole y me iba a recoger al trabajo. Y se refugió en el ordenador, frente al cual se aislaba durante todo el día. Sé comprensiva. Y fui comprensiva. Aunque a veces tanta compresión me desbordaba, y me sangraba la lengua de tanto morderla. Porque una es humana y tiene sus fallos. Como cansarse de tener que comprender tanto.

Rubén encontró trabajo poco antes de que naciera Miguelito. Trabajo que le amargó la vida durante los meses que duró. Después encontró algo mejor. Yo lo hice en cuanto acabó la baja por maternidad. Aunque no fuera en ningún colegio. Aunque hubiera tenido que volver al redil.

Pero que las circunstancias apagaran mis deseos de cambio no significa que hayan desaparecido. Algún día. Cuando no urja tanto llevar las aguas por su cauce. Cuando el cauce no la contenga. O cuando el agua encuentre un camino.

Y de Los tres cerditos, yo me quedo con…

Cuando consideré que Miguel era lo suficientemente maduro como para aguantarme cuentos, comencé con uno al azar, Los Tres Cerditos. No sé por qué tomé esta decisión tan a la ligera, porque todo el mundo sabe que a los niños les encantan las repeticiones. Y cuanto más de memoria se saben algo más les gusta. Así que estuvimos contando el cuento de Los tres cerditos cada noche durante… yo calculo… los siguientes seis meses.

Básicamente el cuento trata de tres cerditos que deciden emanciparse, y para ello se construyen sus respectivas casas. El más vago se la hace de paja, el que es un poco menos vago de madera, y el más trabajador de ladrillo. Esto significa que cuanto más vago era el cerdo, antes terminaba la casa y antes se podía poner a jugar y a retozar en el barro. Y lo mejor de todo, a reírse del hermano currante y pringado que seguía ahí con el cemento y los ladrillos, y esperando que fraguara el hormigón.

En esto que llega un lobo con hambre, y a soplido limpio se carga las casas de paja y madera. Así que los cerdos vagos van corriendo a refugiarse a la casa del que se hizo el chalé. El lobo no consigue derribarla, y cuando intenta entrar en la casa para el ansiado festín colándose por la chimenea, se encuentra con la sorpresa de que los muy cerdos la tienen encendida, así que se le quema el culo y se le quita el hambre.

Casi todos lo cuentos vienen con moralina. La más clara de este cuento: que hay que ser trabajador y bla, bla, bla, …. Pero es esta moraleja ya aburre, que lo mismo cuenta el de La cigarra y la Hormiga y cuántos otros.

A mí lo que me encanta de este cuento y concretamente del cerdito del chalé no es su responsabilidad. Lo más grande es que cuando llegan los dos cerdos que previamente se han reído de él, que han retozado en el lodo, cantando y bailando mientras él trabajaba (y quien dice cerdo dice cualquier otro animal de la diversa fauna que puebla nuestro planeta), no les hace un corte de mangas, no les manda a tomar por culo, ni siquiera les reprocha, ni se le oye un “os lo dije”. Abre la puerta de su casa. Les deja entrar. Sin más. Y comparte con ellos la travesura de chamuscarle la cola al lobo. Es un cerdo sin rencor. Yo me quedo con eso.

Meravigliosa Creatura

Eva trabaja conmigo, se sienta en mi misma mesa, la veo con sólo levantar la cabeza y mirar en diagonal. Eva, que es con quien me voy a desayunar cada mañana, la que ha dejó de fumar a diario para ponérmelo más fácil cuando decidí intentarlo (una de tantas veces), y con la que vuelvo a casa en metro por las tardes. La que dijo a voz en grito “y quién coño es este tal Rubén …. que no para de enviarme mails y mensajes!!!!!!”, cuando éste me preparaba una fiesta sorpresa, o la que conoce a todos y cada uno de los alrededor de 150 empleados de mi empresa, a los 4 conserjes del edificio, a la señora de la limpieza, al reponedor de las máquinas de vending, y al vigilante del parking en el que sólo tienen plaza los socios (claro, que esto último es comprensible dado que el chaval está bueno, y otra de sus cualidades es el radar detecta tíos buenos que ella lleva de serie).
Bien, como decía, Eva tenía una reunión con unos clientes suyos. Unos italianos a los que no había visto en su vida. Habían venido a España para disolver una sociedad que tienen aquí. Así que Eva y una abogada, Mariola, también de mi empresa, iban a acompañarlos al notario. Eva llegó muy elegante esa mañana. Se dejó los pantalones ceñidos y las camisetas del Stradivarius en casa. Se puso falda, medias y tacón, un collar largo, se pintó los labios y se corrigió las ojeras. También me dejó sin desayuno, porque habían quedado para ir al notario a las 10:30. Vaya horas.
El caso es que estaban bastante preocupadas por el tema de la comunicación. Los italianos no sabían ni papa de español. Ellas ni papa de italiano. Y el inglés…. Eva me preguntaba: “Patri, ¿tú qué crees? ¿qué les digo? Bon Jorno? ¿O eso les dará acaso pie a pensar que sé italiano?”. Yo le aconsejé que comenzara directamente en inglés, para que se hicieran una idea. Eva me contestó que sí, que mejor, y que además, el “my name is Eva” lo controlaba. entendí entonces que la preocupación estaba fundada.
Mientras acudieron al notario no fue muy mal la cosa. Mariola medio chapurreaba con ellos en inglés, y Eva se apañaba con el viejo truco de hablarles en español muy despacio y muy alto. Mira que le dije “recuerda que son guiris, no sordos”.
Pero todo se vino abajo cuando Mariola, ya en la notaría, los dejó solos a los tres en una sala de espera para hacer unas gestiones mientras tanto. Eva, a la que los problemas de comunicación le estaban capando sus innatas habilidades sociales, así como dejando que comenzaran los picores que le produce su alergia a los silenicios, empezó a sudar. ¿Y qué digo yo ahora? ¿De qué puedo hablar? ¿De su Sociedad? ¿de la disolución? ¡Qué coñazo! Y este silencio ….. Todo menos eso. Así que se arrancó, y les dijo en castellano muy claro y muy alto:
-¿Saben? ¡¡¡¡¡¡¡Me se los días de la semana en italiano!!!!!:
LUNEDÍ MARTEDÍ MERCODÍ GIOVEDÍ VENERDÍ SABATO Y DOMINICO!!!!!!
La única pena, me dijo, fue no saberme también los números del uno al diez para haber matado unos minutitos más. ´
Suerte tuvieron los italianos de que no se supiera los números del uno al cien, ni los meses del año. Porque habría sido capaz de agotar todos sus recursos.
Habría pagado por haber estado en esa sala y ver la cara de los italianos.
Lo que tengo muy claro es que si al ir a trabajar y levantara la mirada en diagonal no me cruzara la de Eva, los días tendrían un ligero tono gris, y habría menos aire.

Jacobo

Hoy en el metro de vuelta a casa, mientras nos recolocábamos tras la avalancha de gente que había entrado en Nuevos Ministerios, me empezó a invadir un olor a rancio. Me di la vuelta y vi de espaldas a un chico con un chándal lleno de polvo. Me fijé en sus manos que estaban completamente manchadas, desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Parecía como un barniz, o un pegamento. De color oscuro, descolgánse a trozos de su piel. Sacó el móvil de su bolsillo y lo bloqueó. La pantalla estaba rota. Escuchaba música con un MP3 blanco. La pantalla también estaba rota. Levanté la cabeza y miré su rostro. Y el corazón me dio un vuelco. Era igual que Jacobo. Su mirada, sus ojos, su gesto brusco y altivo. Hacía muchos años desde la última vez y el tiempo no le había tratado bien. ¿Es él? Parece imposible, pero… ¿Le digo algo? Es que es tan parecido…

Jacobo había sido compañero mío en mi primer trabajo, en una firma de auditoría. Él llevaba un año más que yo, y debía tener unos 25 años. Estuve en su equipo en el primer cliente que me asignaron, auditando los fondos de pensiones Caser. Era la típica persona “yo siempre mejor”. Él siempre se lo pasaba mejor que nadie los fines de semana y en vacaciones, el conocía garitos mejores, su novia era la mejor, su ocio era el mejor, su forma de trabajar la mejor. Y la de escaquearse también. Bastante chulo. Pero tampoco era mal tío. Creo que era fachada.

Eso sí, mucho quejarse de las jornadas eternas, del sueldo y de su jefa, pero se le llenaba la boca cuando decía que era auditor. Como si eso fuera comparable a haber ganado un Príncipe de Asturias o un Nóbel.

Después audité con él un inventario en Daganzo, en una fábrica de accesorios de limpieza, una perra mañana de principios de enero. Fue bastante cómodo trabajar con él, que iba de responsable, porque ambos íbamos con bastante predisposición a darlo todo por bueno y a no pasarnos todo el santo día contando estropajos. Así que, después de comprobar haciendo un muestreo bastante escueto, nos largamos de allí con su maletero lleno con productos de limpieza que nos regalaron. Me dejó en una parada de metro y me dijo que para no dejarme cargada ya me daría otro día la mitad. Lo cierto es que le agradecí bastante que nunca lo hiciera, porque si un día hubiera tenido que volver a casa con el portátil y una bolsa llena de bayetas y detergentes para el baño, habría optado por regalar dicha bolsa al primero que pasara por la calle. Puñetera ilusión que me hacía a mí tener acopios de ese género, máxime cuando trato de usarlos lo menos posible.

Al año siguiente lo ascendieron, y pasó a ser el jefe de equipo de los fondos de pensiones Cáser. Yo ya no participé, pues el trabajo comenzó antes de que me reincorporara de mi baja. Era un cliente muy complicado para una sola persona con tan poca experiencia. Así que la gerente tuvo que echarle una mano, por decir algo. Ya que esta mujer era una trabajadora incansable y le tenía horas y horas junto a ella. Mirando y remirando, buscando y rebuscando.

Una viernes, después de haber estado toda la semana saliendo de trabajar a las once de la noche, quedó con su novia. Muy tarde, claro. Cogió el coche, fue a Madrid por la Casa de Campo, se quedó dormido, chocó contra un árbol de frente y salió por la ventana. Pasaron horas hasta que lo encontraron y estuvo en coma durante unos cuantos días.

Me pregunto si su jefa sentiría algún tipo de remordimiento, a pesar de que él no se hubiera puesto el cinturón. Me pregunto también si ese orgullo que le producía a Jacobo el poder decir a sus amigos que era auditor, le compensaba trabajar 14 horas diarias. Por qué pagaba ese precio. Por qué se conformaba. Por qué nos conformábamos.

Yo me fui de la empresa poco después. Al banco. Porque yo sí tenía muy claro que a mí no me compensaba, y que desde luego no me conformaba.

Seguí mirando a ese chico rubio de olor a rancio, de manos negras, y móvil y mp3 rotos. Y no podía dejar de pensar en Jacobo.

Al llegar a mi estación me bajé cabizbaja. Pudo mi escepticismo y no le dije nada.

Sobre todo porque la última vez que vi a Jacobo yacía en una caja de pino, en el tanatorio de Puerta de Hierro.

Una pregunta

Ayer, en el autobús, había un señor con una montaña de periódicos que iba hojeando a toda prisa y, como compulsivamente, cuando algo le llamaba la atención arrancaba la página del tirón, la doblaba en dos, y la guardaba. Así, uno tras otro. El Expansión, La Gaceta de los Negocios, Cinco días, y otros que ni me sonaban. Yo iba de pie y me asomé con cierto descaro. Me despertaba curiosidad qué podía estar buscando ese hombre. Porque por más que lo intentaba no conseguía ver nada que me pudiera interesar. Y entonces volví a hacerme la pregunta que tantas veces me he hecho. Si tan poquito me interesa el mundo de la economía y la empresa, ¿por qué demonios estudié yo Administración y Dirección de Empresas?

Pues porque no tenía vocación. Y ya se sabe, que si no sabes lo más socorrido es LADE o Derecho.

Y me hice otra pregunta, otra que me da más miedo, otra de cara a corregir mi error. Y si pudieras ¿qué harías ahora?. Pues no lo sé. Sigo sin saberlo. Sigo a la deriva sin vocación alguna.

La verdad es que soy buena en muchas cosas, pero brillante en nada. Recuerdo mis últimos días de colegio, cuando teníamos la decisión a la vuelta de la esquina. Y todos nos hacíamos preguntas. Me gustaría escribir. Y bueno, digamos que escribo y no cuesta leerme, pero claro, de ahí a vivir de eso… mucho decir. Me gustaba cantar, y tenía buena voz, pero de ahí a vivir de eso… Javier me lo decía, que debería haber seguido con la música. Sé realista Javier, tengo una voz más o menos bonita, soy afinada, pero… Pero ¿qué? Mira a Sabina, será que tiene mucha voz. Ya Javier, pero es que Sabina es un poeta, y crea, y compone, y tiene algo. Y tú. No, yo no. Y al mismo tiempo le miraba con cierta lástima pues él siempre dijo que iba a ser actor. Y yo sabía que no lo iba a conseguir. Pero lo ha conseguido. Supongo que él sí que creía en él, y nunca se tomó su sueño como un sueño sino como una realidad. Y desde su triunfo profesional apenas le he vuelto a ver. Por navidad un SMS. Qué pena.

Y ya fuera del ámbito artístico tampoco es que fuera la típica persona que no sintiera interés por nada, mi problema era el contrario. Me gustaba todo. Y qué dilema, ¿elegir ciencias o letras? Las dos cosas! Así que elegí Literatura y Física y Química. Y al año siguiente de ciencias sólo me quedé con las mates, que por cierto fue la materia con la que di el do de pecho en Selectividad. Y curiosamente también la que menos me había gustado. En filosofía tuve que ser hábil, pues me tocaron a elegir lo únicos dos autores que me había dejado sin estudiar. Ya hay que tener mala suerte: Santo Tomás de Aquino y Marx. Marx me dio mucho miedo. Yo me di mucho miedo, y como no sabía en qué mano caería mi examen decidí que toda la vida en un colegio religioso tendría que haberme servido de algo. Y así fue. Un 8. Historia y Arte bien, un 7 en ambas, Lengua y Comentario de texto bien, un 8 en ambas. Me falló el francés. ¿Pero cómo pude sacar un miserable 6 habiendo estudiado toda la vida en un colegio supuestamente bilingüe? Nota final, con media de BUP y COU: 7,8.

Pude elegir. Pude estudiar cualquier cosa en cualquier sitio. Me gustaba casi todo. ¿Se puede saber por qué entonces fui a elegir una de las pocas cosas que me aburrían hasta la saciedad? ¿Se puede saber por qué toda la orientación que se recibe es de cara a las salidas profesionales? Y aún así, ¿por qué de todas formas elegí lo que elegí?

A lo hecho pecho. Hice mi carrera en una universidad privada, ahí sí, presionada por mi padre. Total para qué, tanto elitismo, tanto prestigio y tanta fama para pasarme cuatro años sin apenas asistir a clase porque el ambiente era de todo menos de lo que yo tenía por universitario. Sin posibilidad de Erasmus. Sin un campus decente. Sin movimientos estudiantiles de carácter social. Sin un periódico. Sin grandes amigos. Nada. No me gustó la carrera, la hice sin pena ni gloria. En sus cuatro años eso sí, con el antiguo Plan Nuevo que tan descerebrado les resultaba a los profesores y tan práctico me parecía a mí, pues un año menos que iba a estar yo allí perdiendo el tiempo.

Mis padres me decían que no me preocupara, que el trabajo era distinto, que era mejor. ¿Mejor?

Cuando después de trabajar en el banco me quedé en el paro volví a hacerme la pregunta. Y a pensar que quizás era mi oportunidad para hacer algo con lo que pudiera disfrutar más. Con los pies muy en el suelo, y sabiendo de antemano que cobrar la prestación por desempleo está muy bien, pero se acaba. Y que no podía permitirme el no aportar un sueldo.

Mi padre me sugirió que me preparara unas oposiciones, Inspectora del Banco de España. Y me ofreció una subvención a fondo perdido. Qué prácticos son los padres. Muchas gracias pero no voy a pasarme los próximos dos años de mi vida encerrada en casa estudiando algo que no me gusta y sin ninguna garantía de conseguir aprobar en ese plazo esa plaza. Y además con la losa de saberme mantenida.

Así que pensé en la enseñanza. Con mi licenciatura podría impartir clases de cualquier asignatura de letras y de matemáticas. Me saqué el CAP en lengua y literatura. Hice las prácticas en el colegio donde había estudiado, y la experiencia me encantó. Y cuando estaba empezando a plantearme opositar me volví a quedar embarazada. Yo siempre muy oportuna. Lo de las oposiciones ya ni pensarlo, así que hice un envío de currículos masivo a colegios privados y concertados de la Comunidad de Madrid. Y no me contestó nadie.

Por lo que al finalizar el tiempo de mi baja por maternidad volví al redil, y aparqué mis planes de cambio de profesión.

Pero afortunadamente de vez en cuando vuelve la pregunta. Y mientras siga ahí la pregunta es posible que acabe apareciendo la respuesta.

 

(Julio 2007)

Hoy, en julio de 2008 sigo sin respuesta… eso significa que continúo con la pregunta….

El día en que fui comercial I.

Lo primero que quiero explicar es el por qué una chica de 24 años, con una licenciatura, un master y dos años de experiencia en una firma de auditoría, deja su trabajo para ser comercial en la red de oficinas de un banco. Bien, pues es que esa chica de 24 años con carrera y master tenía también un niño de un año al que no veía más que los fines de semana. Agotada por las jornadas laborales de 9 a 21:00, y con el corazón encogido por no poder ejercer de madre, dediqué mis esfuerzos a buscar un trabajo que me dejara más tiempo. Y ya que no me podía permitir el lujo de preparar una oposición, cuando vi en prensa una oferta de un banco para recién licenciados me lancé a por ello.

 

Así que una vez superadas las mil pruebas de selección (que más bien parecen ginkanas) dejé mi trabajo como auditora, mi contrato indefinido, mi sueldo de 18.000 euros y mi próximo ascenso por un trabajo de comercial en red de oficinas con contrato en prácticas durante dos años, un sueldo de 12.000 euros, y eso sí, una jornada laboral de 8:00 a 15:00. Me lo jugué todo a esa baza, y perdí: no olvidaré mi primer día de trabajo. Me había tocado una oficina en pleno barrio de Salamanca, en la calle Ortega y Gasset, y cuando entré en el despacho del director lo primero que me dijo es “aquí trabajamos full time, mañana y tarde”.

 

Mientras preparaban mi mesa y mi puesto, me sentaron con una comercial veterana, de unos 50 años, con la que estuve aprendiendo un par de días. Me cayó mal desde el primer día: clasista, conservadora y profundamente comercial. Mi primera lección: lo primero que tienes que hacer es pedir el NIF. Si ves que es cliente de otra oficina te deshaces de él, porque lo único que vas a hacer es perder el tiempo.

 

En cuanto tuve mi mesa me soltaron unos panfletos de los que se les daba a los clientes con los productos que se comercializaban y me lanzaron a la aventura: hala, a vender. Y yo lo primero que hice según comencé fue incumplir mi primera lección, y atender a cada cliente que pasara por mi mesa, fuera de la oficina que fiera… Tardaba menos en hacer la gestión que fuera que en inventarme un rollo para quitármelo de encima, y encima el fulano en cuestión se iba tan contento! Yo tenía una idea muy diferente de lo que era la atención al público,  bastante paciencia, y bastante mano izquierda, así que en general solía conseguir que los clientes que llegaban al banco encabronados (bastante frecuente por cierto) se marcharan satisfechos. Resolvía incidencias, devolvía comisiones, pedía duplicados de tarjetas, procuraba dar las mayores facilidades posibles, e incluso me saltaba alguna que otra norma….

 


Los primeros tiempos no fueron muy malos. Eso sí, entraba a trabajar a las 8, comía en 10 minutos y seguía hasta las 18:30, hora que me había marcado como tope, se quedara quien se quedara, me miraran como me miraran y les pareciera como les pareciera. Por supuesto los sábados en invierno también.

 

¿Y qué demonios se hace en una oficina de banca cuando está cerrada al público? Ese era el momento en que aprovechando que no había clientes solicitando gestiones, se destinaba a gestión comercial pura y dura: las llamadas. Yo odiaba las llamadas. El banco dispone de una amplia base de datos de clientes y no clientes. Había que llamara a ambos. Cada cliente estaba clasificado por el número y el tipo de productos que tenía y en función de eso la base de datos te indicaba los productos a ofertar. Con los no clientes se trataba sólo de concertar citas.  Yo odiaba las llamadas (¿op eso ya lo había dicho?) Iba mirando los nombres de la gente a la que llamar, y sus edades. Madre mía, la edad media de los residentes en el barrio de Salamanca era de 80 años. Y yo pensaba, ¿y a este señor, nacido en 1918, que ha vivido tantas cosas, con tanto que contar, voy a llamarle yo para preguntarle que si le interesa un fondo de inversión? Todo el mundo hará lo que hago yo cuando me llaman, escaquearse. Lo mejor que me podía pasar era que saltase el contestador. Entonces dejaba un mensaje, daba la llamada por buena, y a por el siguiente. Lo peor… en fin, los miles de rapapolvos que me soltaban quejándose del banco, del trato y de las comisiones. Así que terminé por inventarme los resultados de las llamadas sin hacerlas, sin ser vidente podía tener una idea muy cercana a lo que habría sido la realidad: no le interesa, no le interesa, no le interesa.