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Relato: De nuevo ayer

Sabía que llegaría algún día en que me arrepentiría de lo que deseaba. Por ejemplo, el día en que, postrado en una cama, yazca agonizante mirando cómo se desvanece mi vida y busque esas horas perdidas con las que no hice otra cosa sino ansiar que trancurrieran deprisa.

O mucho antes.

Pero hay momentos en los que uno no se ve con un tiempo caduco. O el tiempo caduco da lo mismo. O simplemente me permití el lujo de mandar la caducidad a la mierda, y de desear, sí, de desear que ese día que actuaba como frontera, desapareciera. Y mandé a la mierda ese día.

Y sí, desapareció, como desaparecen todos. Pero sólo una vez que hubieron transcurrido las veinticuatro horas de rigor. Veinticuatro horas que fueron veinticuatro mundos. Y los minutos mil cuatrocientos cuarenta mundos.  Y todo eso sin una sola cana nueva, ni una arruga. Tan sólo desesperación y ansiedad, y rabia. Y por último resignación. Resignación a esos mundos.

Pero desaparecieron. Y cuando por fin llegó ese momento que había recreado mentalmente desde el día en que nací aún sin saberlo, cuando por fin estuvimos frente a frente, cuando sin querer evitarlo se empezó a caer mi piel a pedazos mientras mi boca era incapaz de articular palabras porque también se deshacía, cuando llegó el día que no debió haber acabado nunca, aquel que encontraré cuando busque yaciendo agonizante en una cama, aquel que no duró un mundo sino un suspiro, o tres, o diez, aquel que no duró un mundo peros se convirtió en el mío.

Cuando por fin llegó ese momento, lo único que fui capaz de desear es que fuera de nuevo ayer.

La avidez

Dice mi madre que una de las primeras frases completas, con su sujeto y su verbo, que empecé a decir, fue “yo solita” (bueno, con verbo elíptico…). Supongo que esa avidez por ganar autonomía tiene en común con lo que soy ahora, y con lo que he sido siempre,  precisamente la avidez.

Hay niños que son felices de ser niños. Incluso los hay que se obstinan en no dejar de serlo. A mí ahora eso me inspira cierta ternura, pero por aquellos entonces yo no era capaz de entenderlo. A mí la infancia me agotaba, porque limitaba mi mundo a un entorno demasiado pequeño, que me impedía vivir cosas verdaderamente emocionantes, como todas esas que leía en los libros. Y yo tenía unas ganas de vivir todo eso que apenas podía contenerme. Yo quería salir sola a la calle, conocer gente, vivir aventuras, enamorarme, ver mundo, experimentar. Sin la cómoda protección que es la familia.  Yo solita. Pero me tenía que conformar con estar recluida en mi pequeño y seguro mundo formado por mi casa, la urbanización y el colegio. Y con pasar mis días con la gente que había allí, que estaba muy bien, pero que era siempre la misma. Así que la única opción que me quedaba era esperar que el tiempo pasara muy deprisa, porque la espera era interminable, y mientras tanto, inventarme un montón de cosas que me gustaría vivir, y trasladarlas a los juegos, a  fantasear y a  soñar despierta… y por supuesto, a leer.

Una vez, tras lamentarme de mi vida, pues  tenía ya doce años y no me había pasado nada en la vida, mi padre, preocupado, amenazó con censurarme las lecturas… No me extraña…

Y absolutamente de nada sirvió que mi madre me dijera, una y otra vez, que todo tiene su momento, que no corriera tanto, y que llegaría el día en que viviría todo eso. Yo me preguntaba cómo podía estar tan segura. Uno nunca sabe qué día será el último tenga uno  la edad que tenga. Y la avidez sigue ahí.

Ogra

Hay mañanas que me levanto de mal humor. Otras en las que el sueño y la inercia no me dejan vislumbrar de qué humor estoy, la mayoría. Y otras, las menos, en las que me levanto contenta. Pero el buen humor tiene remedio. No hay como ir a contrarreloj para que llegue la mutación. Como al hombre lobo la luna llena. Se me empieza a contraer el rostro, se frunce el ceño. Pablo, ¡en diez minutos tenemos que salir de casa, que si no perdemos la ruta, ¿quieres terminar de desayunar?! Y sigue la transformación. Dejo de andar y corro. Dejo de respirar y resoplo. Cinco minutos! ¿Aún no te has bebido la leche? Déjala y vístete! Cada vez hablo más alto. Y cada vez tengo más fuerza, tanta que ni la controlo, porque al cerrar las puertas hago mucho ruido. Vuelvo a mirar el reloj y la transformación sigue adelante, implacable. Ya no domino mi voz, de pronto atronadora. Ni mi vocabulario,  sólo sapos y culebras. Ya casi ha terminado. Ya casi soy un ogro.  Miro por última vez la hora y ahora sí he terminado. Agarro al niño en volandas, entre alaridos. No podemos usar el ascensor porque no se pueden meter animales. Así que ogro y niños bajan las escaleras a trompicones, y pasan junto al conserje como una exhalación. Salimos a la calle con los ojos desencajados. Y allá a lo lejos vemos llegar la ruta.

Prueba superada.

Una vez que el autobús se ha tragado los niños, y los sé de camino al colegio, respiro hondo. Ya se ha escondido la luna. Ya se ha roto el maleficio. Respiro hondo muchas más veces, enciendo un cigarro y, poco a poco, vuelvo a ser yo.

Hoy me he levantado tranquila. Y aunque he mirado al reloj y como siempre el tiempo se abalanzaba sobre mí, no he gritado a Pablo. Como no le ha dado tiempo a terminar el desayuno le he preparado otro para el recreo. Le he limpiado los zapatos. Le he peinado sin dar tirones. Le he recogido la bandolera de la mochila. Hemos salido de casa tranquilos. Hemos bajado por el ascensor. Tranquilos, charlando. Sosegados.

Hoy hemos perdido la ruta.

PD: esto es de febrero de 2008. Este año, los preparativos los hacemos entre dos, de modo que la operación coger la ruta resulta bastante más llevadera, lo cual no quita que siga generando tensiones. Pero ya sin mutación, lo cual es un logro. Pero hoy me he levantado ogra. Parece ser que las averías en los calentadores también me ocasionan estos efectos. Quizás debería hacer que me mirara algún especialista. Mientras tanto, se ruegan disculpas.

No hablo de sábados

 

Pablo tiene ya siete años, y el otro día me dio por pensar en que tampoco quedaba ya tanto tiempo para disfrutar de él como niño. Es ahora y ya los fines de semana me persigue para que le organice algún plan con algún amigo… de modo que supongo que con doce o trece años, comenzará rápidamente la transformación en un ser ajeno, huyendo de sus padres, avergonzándose de ellos, pasando a fiarse única y exclusivamente de aquello que dicen otros seres en su mismo proceso llamados amigos, perdiendo completamente su personalidad para poder hacerse más tarde con una propia…hasta que esa mutación en un ser llamado adolescente, fase que hoy en día dura unos diez años o quince en el peor de los casos, quede finalizada con éxito. Así que ponte a contar, Patricia. Cinco años. Te quedan como mucho cinco años para disfrutar de un niño que no se quiere ir a la cama, que quiere que veas Star Wars con él, que mires cómo juega a la consola, que leas los cuentos que se inventa, que leas con él por las noches, que hagas un puzzle con él, que vayas al cine con él, y que la única noche que se puede acostar tarde, la del sábado, la emplees con él. Claro, la idea del sábado por la noche viendo una peli familiar es demoledora, es como quitar el coto al más importante espacio exclusivo para la pareja que aún persiste. Pero… ¿cuántos sábados nos quedan para disfrutar de niño? Y después… después todo será pareja. De modo que cada cosa a su tiempo. Y parece ser el de pareja en clandestinidad.

 

Sin embargo, este sábado sonaron todas las alarmas, y se convirtieron en algo contundente como sólo la realidad sabe ser, cuando Pablo dijo lo siguiente:

  • Pues yo, cuando sea mayor, aunque gane mucho dinero (porque va a ser futbolista, como todos – atrás quedaron sus sueños de ser obrero o bombero.), no me voy a ir a otra casa. Y voy a vivir siempre con vosotros.

Al menos añadió que nos prestaría dinero de hacernos falta.

 

Bueno, después del susto que da eso al principio, siempre queda un consuelo, pues, sabiendo que nos quedan todos los sábados del mundo, da menos cargo de conciencia el que sus noches sigan siendo, en exclusiva, de papá y mamá.