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La aventura ambigua

Las sorpresas tienen tantas formas, colores, sonidos y aromas diferentes que a veces no las reconocemos. Sobre todo porque no las esperamos. Eso sí que es fundamental y maravilloso en las sorpresas, el no esperarlas.

Hace unos cuantos días, aprovechando que estaba sola, me fui al cine. Al salir la noche era estupenda, tan oscura y tan cálida, y yo tenía el ánimo tan bajo y la cabeza tan ocupada, que necesité dar un paseo y volver a casa andando.

Y así iba yo, disfrutando de mi momento de soledad, enfrascada en mis cavilaciones, ajena a la calle recorrida, cuando una voz me sacó de mí misma y me trajo de nuevo al mundo de los vivos:

“veo que caminas sola, yo también voy solo, si quieres caminamos juntos”

Tengo que reconocer que cuando me di la vuelta y ví a aquel hombre negro enorme, y que la calle estaba vacía, me sentí un poco insegura, y me pareció una imprudencia el no haber cogido un taxi. Pero lo que de verdad me resultó más molesta fue la interrupción. Es que ese hombre no se había dado cuenta de que yo no estaba sola, estaba conmigo misma tomando consciencia de mi tristeza, y el pensar que de pronto iba a tener que abandonarme   para hacer el esfuerzo de mantener una conversación trivial con un desconocido, para caminar juntos, me irritó.  Imagino que él imaginó mis reticencias, y antes de que le espetara una negativa, inistió: “sólo se trata de hablar, y que el camino sea más divertido”.  Tampoco eso me convenció “Tu parles français?”. La vanidad. Me pudo la vanidad, y olvidé mi irritación para contestar como movida por un resorte  “Oui”.

Y en francés comenzó lo trivial. Oscar era de Camerún, vivía en España desde hacía siete años, daba clases de francés, era masajista, pero también había trabajado de fontanero y de lo que le había surgido a lo largo de siete años de peripecias.  De las reseñas biográficas de cada uno pasamos a hablar del choque cultural, ya en español.

“Aquí tenéis de todo, pero no sabéis ser felices. Os resulta extraño hablar con las personas. Tenéis miedo. Yo hablo con todo el mundo en el barrio, como puedo estar hablando ahora contigo. Pero muchas personas te rechazan, por miedo. Allí somos comunidad. Una fiesta, un funeral, lo que sea, nos une a todos. Todos nos conocemos, todos hablamos, nos alegramos con la felicidad de los demás y nos acompañamos en nuestras desgracias. No tenemos dinero para tomar algo, para charlar en un bar, pero hablamos en la calle, con quienes te encuentras, y estamos cerca todos de todos.”

Sí. En los pueblos pequeños todavía hay algo de eso, pero las ciudades han impuesto un individualismo feroz. Estamos rodeados de millones de personas, que son millones de extraños a los que no nos acercamos, con los que nos resulta violento hablar. Hay mucha soledad en las ciudades. No se estila hablar con los desconocidos.

Y me contestó: “Ya os iremos enseñando.”

Estuve más de una hora charlando con ese hombre que no dejaba de sonreír  y de sentirse agradecido con la vida, de pie, en la calle. De diferencias culturales, de soledad, de comunicación, de la actitud ante la vida,  de la felicidad y del valor. Me recomendó un libro “L’aventure de l’ambiguë”, de  Cheikh Hamidou Kane.

Y cuando nos despedimos y seguí mi camino a casa, me di cuenta de que la tristeza y la pesadumbre que estaban conmigo a la salida del cine habían desaparecido. Y que el haber compartido todas esas impresiones con ese extraño me había llenado de energía. Y que de pronto caminaba contenta. Y que había merecido la pena cometer la imprudencia de conversar con un desconocido que, desde Camerún, y tras un viaje odisíaco, había venido a enseñarnos. Toda una sorpresa, de color negro.

Relato: El absurdo

Hacía tiempo que no sucedía, pero esta mañana, trabajando tan contenta como estaba, me han sorprendido de nuevo las lágrimas. Tanto me han sorprendido que no me he dado cuenta de que estaban hasta que una de ellas me ha mojado, al caer, la mano. Rápidamente me he secado con el típico gesto de estar en realidad liberándome de una legaña, o, mejor,  de una pestaña en el ojo, que queda mucho menos ordinario.

He levantado la vista y me he dado cuenta de que, por suerte, Ramiro no me estaba mirando. Ramiro es una de esas personas que siempre tiene algún comentario estándar, en forma de opinión, para cada uno de sus compañeros, y que siempre ofrece en voz alta a pesar de que nadie se lo haya solicitado. Yo creo en mi fuero interno que es una de esas personas con aversión al silencio, y que cree que existe la necesidad de tener que decir siempre algo. Y digo yo, que entonces, por qué no recurrirá a hablar de lo malos que son los lunes, o de que al fin es viernes, o de lo fuerte que está el aire acondicionado… de todas formas lo que dice no es tampoco original a causa de la repetición diaria. Para Alfonso le tiene reservado el “vaya corbata llevas hoy”, para Lucía “qué ojeras tienes”, y para mí el “parece que te vas a quedar dormida”. Siempre, invariablemente, al toparse uno con Ramiro, obtiene ese comentario dedicado. Pero tanto Alfonso, como Lucía, como yo, siempre le contestamos con un ¿Tú crees?, en lugar de con un ¿te he pedido tu opinión?  Porque Alfonso, Lucía y yo sabemos que el pobre Ramiro, es un hombre de pocas luces, y  que con sus cuarenta años es tontorrón e inocente como un crío de doce, y porque no hay nada que haga de mala fé, aunque esto sea así porque no tenga las luces suficientes como para ser poder ser malo.

Pero, a lo que iba, Ramiro no me había visto, de modo que podía respirar tranquila y conservar la apreciación diaria que me hacía desde que me conocía, hace ya diez o quince años. Porque me pregunto si de haberme visto con el rostro bañado en lágrimas, cómo habría podido modificarlo. ¿Hoy te veo triste? Y escuchar eso un día tras otro seguramente no sería bueno para seguir trabajando tan contenta a pesar no estarlo. Y bastante me costaba huir de ese dolor mío como para que un hombre como Ramiro, cuyo intelecto no le llegaba ni para ser cruel, diera al traste lleno de ingenuidad y torpeza, con tantos años de terapia, sin poder siquiera tener el derecho a odiarle por ello.

Habitualmente no suelo salir a desayunar fuera de la oficina, pero como esta mañana tenía que hacer una gestión en el banco, decidí aprovechar el paseo, entrar en una cafetería y pedir café y bollo, la oferta desayuno, pero sin el zumo. Me detuve a pensar en ello. Llevaba varias semanas comiendo muchos dulces, pero esta mañana, al pesarme, había adelgazado otro kilo más. Debería haberme dado cuenta antes, deberían haber sonado las alarmas. Miré mi reflejo en el cristal de la barra. No, no estaba como para que alguien al verme me ofreciera un bocadillo, pero sí eran evidentes los kilos de menos cuando lo normal, lo normal habría sido que, con mi dieta, lo evidente fueran los kilos de más. Eso sería lo justo. Además, es de hecho una estrategia femenina tan frecuente… estoy triste, me atiborro a chocolate, engordo, y así, además, he ganado otro motivo más – junto con el de mi rutina laboral, mis problemas de pareja, el niño que no me come, el sueño que no he cumplido o la soledad que me devora- para sentir lástima de mi misma.

Pero yo no. Yo como bollos y adelgazo. Me pregunto entonces para qué como bollos si no es para mí una forma socialmente aceptada y comprensiva de conducta autodestructiva que facilite  la autoconmiseración. O si es que acaso yo no puedo ser como los demás y no puedo tener motivos para ser desgraciada. Al menos alguno que se pueda contar. Porque si le digo a Lucía que hoy estoy deprimida porque a pesar de comer chocolate he adelgazado y  se me han saltado las lágrimas, me voy a quedar sin amiga. Supongo que para contar esas emociones que nadie puede entender, ni siquiera uno mismo, están los profesionales. Me había jurado no volver, pero igual juré en vano.

Salí de la cafetería y me fui al banco. Hacía años que no entraba en una oficina. Esto era un favor personal, o eso me había dicho mi jefe. Supongo que el hecho de que tu jefe te pida un favor personal es una forma elegante de darte un trabajo de mierda.

Había a la entrada de la sucursal puertas de esas en las que hay que pulsar para entrar, y se abre para darte paso a un cubículo en el que tienes que pasar la prueba del detector de metales. Como la suspendí, tuve que volver a salir, abrir el bolso para ver qué objetos metálicos llevaba, y depositarlos en una taquilla. Se dio la circunstancia de que el único objeto metálico que llevaba encima eran unas llaves, de forma que tuve que dejar allí las mías para entrar al banco con las de la taquilla.

Empecé a pensar que aquel día, con todos sus absurdos, era una especie de metáfora del absurdo que había sido mi vida desde el día en que nací. Y pensé que ese día, el de mi nacimiento, me había marcado para siempre. También pensé que este pensamiento era absurdo –cómo no- dicho en voz alta y para cualquiera. Pero en mí cobraba un matiz especialmente doloroso. Y eso que dicen que el tiempo lo cura todo, pero mira si han pasado años y todavía me sigue doliendo.

Salí de allí y, al doblar la esquina, pasé por delante de un enano que estaba vendiendo cupones. No pude evitar recordar el comentario que decía el autor de la última novela que había leído, en boca de un psicólogo, de que la gran mayoría de las mujeres han soñado alguna vez en su vida con tener una aventura con un enano. Volví a mirar de reojo. Yo no recordaba haber tenido en mi vida una fantasía sexual con un enano. Y me reafirmé al mirarlo. Debo ser un bicho raro o bien llevar equivocada toda mi vida. Quizás mi falta de deseo hacia los enanos esconda algún tipo de trastorno, quizás el haber vivido sin un referente paterno ha generado en mí esta anomalía. Quizás el resto de las mujeres, las normales, sueñan con enanos aunque en voz alta hablen de negros, o deportistas de élite, o ambas cosas a la vez, y que lo escondan así para que las raras como yo no nos sintamos raras. Claro, que eso desvelaría un comportamiento colectivo de solidaridad y bondad femenina en el que no creo. Y me pregunto quizás si mi padre, que tuvo a bien morirse el mismo día en que yo nací, hubiera vivido, yo engordaría comiendo bollos, tendría motivos normales para autocompadecerme, y dejaría de llorar repentinamente de pura pena en días en que estoy tan contenta. Y quizás si fuera un poco más normal, joder, si mi padre hubiera vivido al menos lo suficiente como para que se pudieran haber divorciado, que no pido tanto, no pido el haber podido convivir con él hasta ser mayor de edad, sólo unos años y un divorcio, por ejemplo, yo también sería más normal. Y no tendría que acudir a las fotos para imaginarlo, ni a pensamientos absurdos como ese del divorcio, o culpables incluso, como ese que me asalta de vez en cuando, en el que preferiría que hubiera sido mi madre, para que dentro del dolor y del sentimiento de culpa, la situación hubiera sido algo más normal. Porque hoy en día es raro perder a tu madre en el parto, pero joder, perder a tu padre, que tuvo el poco temple de  perder los nervios cuando le llamaron del hospital y estrellarse… Es absurdo, ya lo creo.

O quizás, la culpa de que yo sufra no sea de mi padre, y me esté dejando influir por las opiniones de los psicoanalistas a los que he estado manteniendo toda mi vida, y que yo me sienta rara, por tanto diferente, por tanto sola,  que mi vida sentimental sea una cadena de fracasos, y que me inunden las lágrimas inesperadamente,  sea algo intrínseco a mi naturaleza, o a fracasos que no he asumido, o a algún tipo de minusvalía emocional no detectada.

De modo que cuando entré de nuevo en la oficina, decidí dar un giro a mi vida, y cuando Lucía me preguntó a qué se debía esa cara de felicidad, decidí ser valiente y contestarle que era porque  había decidido ser feliz y asumir, de una vez por todas, que a mí los enanos, no me ponen.

Bajo todas las miradas

Caminaba aprisa, cabizbajo. Para escapar de la lluvia. Porque no era fácil ir a trabajar. Del despacho y la secretaria a la mesa común y los auriculares. Del coche y la plaza de aparcamiento al metro y los empujones. Se sentía observado cuando entraba en la oficina, fiel a su traje de chaqueta, a la corbata, rodeado por aquellos chicos jóvenes en vaqueros que se sentaban junto a él. Se sentía observado cuando se acercaba a la máquina de café, ajeno a los corrillos. Se sentía observado cuando se sentaba solo a comer. Como si la soledad atrajera todas las miradas.

Sin duda la soledad las atraía, como también la aparatosa caída que sufrió sin duda por tener su cabeza inmersa en tales pensamientos y no prestando atención a las escaleras del suburbano, todas mojadas.

Llegó a trompicones hasta el siguiente rellano, golpeándose las rodillas, las caderas y el trasero por turnos, con cada uno de los escalones. Volvió a sentir de nuevo las miradas sobre él. Sabía que nadie se acercaría a preguntar. Después de todo se movía, no estaba muerto. Como si muerto le fuera a servir de algo que alguien le tendiera la mano para ayudarle a volver a su posición original, la de un bípedo. Sabía que nadie se acercaría pero echó de menos esa mano. Y maldijo su sobrepeso. Si no se sintiera tan dolorido aún tendría sitio para la vergüenza. De hecho comenzó a hacerse una imagen mental de su estado, y se imaginó panza arriba, con la camisa por fuera, algún botón saltado, intentado torpemente ponerse en pie, y eso que no había visto todavía la americana rota por la sisa. Pero el dolor le ayudó a borrar rápidamente de la cabeza su propia imagen.

-          ¿Puede ayudarme, por favor?

Pensó que el golpe le había jugado una mala pasada, que también su cabeza había sufrido, y que de pronto en un ataque de vulnerabilidad se había atrevido a pronunciar en voz alta su necesidad de auxilio. Pero por qué lo escuchaba con voz de mujer.

-          Le estoy pidiendo ayuda, ¿no piensa echarme una mano? ¡Por favor!

Definitivamente no era él. Dirigió su cabeza al lugar de donde provenía esa voz.

-          ¿Se ha quedado tonto con el golpe? ¿Se le ha roto el tímpano tal vez?

-          ¿Perdona? ¿Es a mí?

-          Sí, claro, ¡a quién va a ser! ¿me va a ayudar sí o no?

-          ¿Qué te pasa?

-          ¡Me han robado! Me han robado el bolso, con mis apuntes, mi cartera, mi móvil, mi abono transportes. Con todo. Hoy, precisamente hoy, que tengo el primer examen de la oposición. ¿Usted en qué trabaja?

-          Bueno, es largo explicar…

-          ¿En qué trabaja?

-          Ahora mismo en un call center, pero…

-          Cómo va a saber lo que es preparar una oposición. Tres años, se dice fácil. Tres años encerrada, sin salir con nadie, para intentar mejorar, porque mi madre trabaja de asistenta, y mi padre es reponedor. Y yo he hecho mi carrera, he estado tres años sin ver la luz del sol estudiando, encerrada como una rata, se puede decir que casi toda mi vida la he dedicado a este día. Y no me mire con esa cara, que yo no he ido a un botellón, yo he trabajado para pagarme los estudios, yo he hecho lo que tenía que hacer. Yo he sido una buena hija. Pero llega el gran día y no me puede pasar lo que al resto de la gente, que se levanta con una crisis de ansiedad, un ataque de nervios, una descomposición. A mí me tienen que robar el bolso a mitad de camino, y tengo que sufrir la puta crisis nerviosa por un robo, joder, y no por la oposición por la que llevo luchando tres putos años.

En ese momento el hombre ya había conseguido levantarse y miraba incrédulo a una joven delgada vestida con vaqueros y una camiseta roja, que bien podría haber sido una de esas compañeras de su trabajo, y que a estas alturas tenía el rostro bañado en lágrimas.

-          ¿Quieres que te deje llamar a alguien?

-          ¿A quién? ¡No puedo! Mi móvil estaba en el bolso, y con el móvil la agenda. El único número de teléfono que me sé es el fijo de mi casa, y ahora no hay nadie. Yo es que no puedo emplear memoria para datos inútiles, yo no puedo perder esfuerzos en memorizar números de teléfono. Y ahora no tengo a nadie.

-          ¿Quieres dinero entonces? ¿Para el metro?

-          ¿Para qué? ¿Para ir así al examen? Histérica, llorando, sin tener siquiera mi DNI para poder presentarme, sin nada. Yo así no puedo hacer nada. Yo necesito que me acompañe. Que me acompañe hasta comisaría, que me acompañe a poner una denuncia, que apoye mi declaración, que me ayude a que me den una solución para poder identificarme en el examen, que es dentro de dos horas. Sólo es eso, por favor, sólo es eso. Yo sola no puedo. Hoy era mi día, por favor, no puedo perder esta oportunidad, joder, llevo media vida dedicada a este día

-          Pero es que yo tengo que ir a trabajar.

-          ¿Cómo? ¿Así? ¿Con el traje sucio, el cuerpo dolorido, con la camisa sin dos botones enseñando barriga, con ese siete en la sisa? ¿Es que usted no le tiene aprecio a su trabajo? ¿Es que usted no sabe lo difíciles que están las cosas? Si yo fuera usted llamaría, daría parte de lo sucedido, que además se considera accidente laboral, y al menos en el día de hoy no pasaría por allí. Y quizás después de acompañarme podría ir al médico, por si se ha roto algo.

Pensó por un momento que esa chica estaba loca. Pensó por un momento en que todos esos razonamientos que le escupía sin darle aliento no le permitían tomar decisiones que no fueran las que le venían impuestas. Miró de nuevo el rostro de aquella joven, desencajado por la angustia, y todas esas lágrimas, toda esa indefensión. Y decidió que la acompañaría a una comisaría. Pero lo decidió muy firmemente, como si así pudiera convencerse de que estaba siguiendo los pasos que su propia voluntad, sin duda en exceso caritativa, le dictaba, y no la de aquella joven.

-          Vamos, deprisa, tenemos que coger un taxi, y a estas horas no será fácil.

Corrieron bajo la lluvia hasta que divisaron una luz verde, miraron la hora cada vez que el semáforo se abría y la masa de hierros continuaba pegada al asfalto, se saltaron todas las colas dentro de la comisaría. La joven puso la denuncia entre llantos callados que se hicieron sonoros e incontrolados ante la negativa de facilitarle otro documento acreditativo de identificación diferente a la propia denuncia.

En la calle el llanto no cesó.

-          No podré hacer ese examen.

-          Oye, no te puedes plantar ahora. Inténtalo. Y deja de llorar, que nos está mirando todo el mundo.

-          No nos mira nadie. Y en todo caso me mirarán a mí. Pero nadie mira. Nadie mira porque a nadie le importa que yo haga o no ese maldito examen, ni que lo apruebe o lo suspenda.

-          ¿Qué tengo que hacer para que te rías? ¿Que baile claqué? ¿que baile en la acera mojada con un siete en la sisa y la camisa sin botones por fuera? ¿Así? I’m singing in the rain, ¿así?

Y él bailó. Con un siete en la sisa. Con la camisa sin botones. Con los pelos de su barriga. I’m singing in the rain. Claqué, o algo que se le parecía. Y ella se rió. Y nadie les miró. Y la chica dejó de llorar, porque eran inútiles las lágrimas con tanta lluvia. Y corrieron de nuevo, y cogieron otro taxi. Y llegaron al centro de exámenes.

-          Bueno, pues aquí nos despedimos. Que tengas mucha suerte. Te daría mi número de teléfono, para que me llames cuando te digan que has aprobado, pero ahora necesitas todas tus neuronas en ese examen.

-          ¿Y por qué no me esperas? Tampoco tienes nada mejor que hacer. Después te invito a algo. Pero pagas tú.

Y se sentó solo a esperar. Pero sólo porque él lo había decidido. Aunque cada vez tenía menos interés en tener la certeza de conocer de quién era la voluntad que guiaba sus pasos aquel día.

Y al cabo de dos o tres horas la vio salir con el jersey rojo y con una sonrisa. Y se sentaron en una cafetería de ambiente espeso y olor a churros. Y tomaron café, aunque fuera la hora de comer. Tampoco era cuestión de hacer mucho gasto, invitaba ella.

-          ¿Te puedo hacer una pregunta?

-          Claro, pero que sea fácil, ya lo he dado todo en ese examen.

-          ¿Por qué me pediste ayuda precisamente a mí?

-          Porque estabas solo.

Por cierto, ¿qué tal van las contusiones?

No había vuelto a pensar en eso. Al volver a tomar conciencia sintió dolor en las costillas, el muslo y la cadera.

-          Bien, ya no me duele nada.

-          Bueno, pues ya me he terminado el café. Creo que ya está bien. Ahora me voy a ir a casa. A descansar, que me lo he merecido.

-          Mucha suerte con todo. ¿Necesitas dinero para la vuelta?

-          No. No necesito dinero. No necesitaba dinero. Mucha suerte para ti también.

Al llegar a la puerta se giró.

-          ¿Es que no me piensas dar las gracias?

Y dicho esto continuó su camino y la perdió de vista. Confuso, pagó los dos cafés. Gracias.

Al salir a la calle se quitó la americana y la tiró a una papelera. Y no necesitó agachar la cabeza para protegerse de la lluvia. Porque ya no le molestaba. Y se dirigió a su casa. Bailando.

Relato: Calabaza

CALABAZA

Era una noche húmeda. Llovía a ratos. Lucía prefería estar en un bar que bebiendo en la calle. Pero odiaba los rizos. No se puede tener todo. Lucía entró en el bar con sus amigos. Todos estaban solos pero sólo Lucía era consciente. Se nace solo, se vive solo y se muere solo. Los demás están al lado. Pero Lucía veía con nitidez esa línea que la separaba de los demás.

A Lucía le gustaban los bares donde había música. Porque con música no tenía que hacer tanto teatro para hacer que estaba. El teatro cansa. Lucía no era capaz de hablar del tiempo, de las clases, de política o de sueños, cuando veía tan cerca el abismo que separa a un individuo de otro, ni cuando se sentía tan sola por ser la única que parecía percibirlo. Tenía vértigo.

A Lucía esa noche un tipo le dijo “Hola, me llamo Fernando”. Lucía había pedido una copa, y después otra copa. Y que la línea se volviera más fina.
Lucía le dijo a Fernando que le regalaba un sí fácil y sin esfuerzos con una condición:”Después abrázame como si me quisieras”. Lucía quería intentarlo. Inconsciente y feliz. Teatro para todos.

A las doce sonaron las campanadas. La calabaza se convirtió en calabaza sin haber sido carroza.

Salieron todos juntos del local. Todos estaban solos pero sólo Lucía era consciente. Lucía lo había intentado y había perdido. La inconsciencia. Que la quisieran. Querer. La felicidad. Que desapareciera el abismo. A Lucía le habría gustado. Aunque durase lo que dura un abrazo. Eso y que no le hubieran salido los rizos. Se nace solo, se vive solo y se muere solo.

Llegó a su casa y dejó de tener que hacer que estaba, y de tener que hacer que era. Lucía descansó. Y lloró pensando en mañana.

El primer día (parte II)

El primer día. Parte II.

 

Me gusta comenzar a hablar de mí mismo por mi faceta profesional. Soy arquitecto desde hace veinte años. Es vocacional. Soy bueno en ello y me siento seguro cuando presento un proyecto. Invierto en mi trabajo una gran parte de mis horas, e ir ganado concursos y el reconocimiento a mi trabajo que recibo a modo de reportajes sobre mis obras en prestigiosas revistas de Arquitectura, hacen que todo ese esfuerzo se vea recompensado.

Mis amigos no se explican el por qué siendo un hombre que ha cultivado ciertos éxitos, afable y con cierto atractivo puedo estar solo. Yo creo que ahora no estoy solo. No vivo con nadie, que es distinto. Y es una situación elegida.

Cuando Elena me pidió el divorcio quizás sí sentí una punzada de dolor. Quizás más por el fracaso que para mi supuso que por el hecho de tener que alejarme de ella. Siempre he sido perfeccionista y un divorcio se alejaba bastante de lo que yo, tan joven todavía, tenía como idea de vida perfecta.

Así que una vez pasado el mal trago dediqué mi escaso tiempo de ocio a relacionarme con otras mujeres, iniciar amistades, convertirlas en parejas con mayor o menor éxito.

Finalmente decidí casarme de nuevo. Esta vez mi matrimonio duró algo más. Ambos éramos más maduros, personas libres, independientes económicamente hablando, y nos esforzamos en no perder nuestra parcela de individualidad. Tanto nos esforzamos que no sólo conseguimos eso, sino que llegó un momento en que en nuestra casa sólo convivían dos parcelas de individualidad, que éramos ella y yo. Decidimos continuar con nuestro individualismo cada uno en su casa. Más cómodo.

Y después comenzó otro ir y venir de mujeres. Más por empeño de mis amigos que por gusto propio.

Ya ha llegado un punto en que estoy agotado. Agotado de buscar temas de conversación con desconocidas con el único propósito de seducirlas. De tener que ir haciendo preguntas poco a poco para que poco a poco dejen de ser desconocidas. De intuir el tipo de relación que desean, y el ritmo al que es aconsejable que éstas se consoliden. De tener que aprender a amar a cada una de las mujeres con las que estoy. De sufrir tensiones dialécticas cuando alguno de los dos tiene un mal día, de aguantar reproches por mi escaso tiempo libre, de amoldar mi casa y mis costumbres a cada nueva habitante. De sufrir los progresivos deterioros de las sucesivas relaciones. De peleas, de llantos, de silencios llenos de crispación. De perder la paciencia. De tomar decisiones dolorosas. De perder el amor. De dejar de creer en él. De buscar temas de conversación con desconocidas ahora exclusivamente con la intención de llevármelas a la cama. Lo dicho, absolutamente agotado. Así que llegado a este punto tomo la decisión de estar solo. Han finalizado para mí las búsquedas.

Pero lo cierto es que tras varios meses echo de menos pasar un rato agradable con una mujer. Poder cenar tranquilamente, charlar de varios temas que a ambos nos resulten interesantes y no, por obligación, de tópicos y vulgaridades. Charlar por el mero placer de charlar. Sin otra aspiración, sin más compromiso, sin tener de demostrar nada, ni ganarse nada. Tomar una copa, pasar un buen rato después. He de reconocer que se me había pasado por la cabeza varias veces el acudir a servicios profesionales. Pero los clubs me resultan sórdidos. No me habría sentido a gusto en un lugar así. No conozco a nadie que me pudiera “recomendar” a una chica buena en el oficio, y además es un asunto que no he hablado nunca con nadie, y prefiero que así siga siendo.

Casi por inercia me encontré ojeando la sección de contactos de aquel diario. Todo lo que veía anunciado era justamente lo que yo no deseaba. No podía imaginar como seria una velada agradable con “oriental caliente te hago lo que me pidas 45 euros completo”. Desde luego de una buena conversación podía olvidarme.

Leo cinco, siete, diez. Y ya a punto de olvidar el asunto y pasar a otra sección lo veo. “Mujer joven, culta y con clase”.

Quedé con ella una noche. No era desde luego una mujer despampanante, ni lo que uno espera cuando ve aparecer a una mujer que vive de su cuerpo. Pero era elegante, graciosa en sus movimientos, de facciones armoniosas y con un brillo pícaro en los ojos. La lleve a cenar a un japonés. No tenia ni idea de sus gustos, pero al fin y al cabo el que iba a darse un capricho era yo. No tuve el menor reparo en hablar de mis opiniones acerca de urbanismo, de estética arquitectónica, de nuevas tendencias, de mis viajes, de recuerdos atesorados. Me miraba divertida. A pesar de mi grosería al no mostrar el mas mínimo interés por ella y de concentrar en mi y mis vivencias toda la conversación. Se divertía. Eso me divirtió a mí. Me sorprendió que siguiera con mucha facilidad mis conversaciones a pesar de no ser muy ducha en la materia. Pero desde luego dejaba ver una educación esmerada.

La llevé a un hotel. Empecé a preguntarme cuál seria el precio de este tipo de servicios. Factura no me iba a hacer, eso estaba claro. Y hablar abiertamente de este tema me violentaba. Así que prepare una cantidad que me pareció razonable y la introduje en un sobre mientras ella pasaba al baño. El sexo fue divertido y desde luego muy reparador para mí. A ella no le pregunté, me resultaba de mal gusto. Nadie le pregunta a un albañil si ha disfrutado reparando una tubería.

Le entregué el sobre. Ella lo introdujo en su bolso sin mirar el contenido. Nos despedimos cordialmente.

Desde esa noche reprimo mis deseos de volver a llamar.