Caminaba aprisa, cabizbajo. Para escapar de la lluvia. Porque no era fácil ir a trabajar. Del despacho y la secretaria a la mesa común y los auriculares. Del coche y la plaza de aparcamiento al metro y los empujones. Se sentía observado cuando entraba en la oficina, fiel a su traje de chaqueta, a la corbata, rodeado por aquellos chicos jóvenes en vaqueros que se sentaban junto a él. Se sentía observado cuando se acercaba a la máquina de café, ajeno a los corrillos. Se sentía observado cuando se sentaba solo a comer. Como si la soledad atrajera todas las miradas.
Sin duda la soledad las atraía, como también la aparatosa caída que sufrió sin duda por tener su cabeza inmersa en tales pensamientos y no prestando atención a las escaleras del suburbano, todas mojadas.
Llegó a trompicones hasta el siguiente rellano, golpeándose las rodillas, las caderas y el trasero por turnos, con cada uno de los escalones. Volvió a sentir de nuevo las miradas sobre él. Sabía que nadie se acercaría a preguntar. Después de todo se movía, no estaba muerto. Como si muerto le fuera a servir de algo que alguien le tendiera la mano para ayudarle a volver a su posición original, la de un bípedo. Sabía que nadie se acercaría pero echó de menos esa mano. Y maldijo su sobrepeso. Si no se sintiera tan dolorido aún tendría sitio para la vergüenza. De hecho comenzó a hacerse una imagen mental de su estado, y se imaginó panza arriba, con la camisa por fuera, algún botón saltado, intentado torpemente ponerse en pie, y eso que no había visto todavía la americana rota por la sisa. Pero el dolor le ayudó a borrar rápidamente de la cabeza su propia imagen.
- ¿Puede ayudarme, por favor?
Pensó que el golpe le había jugado una mala pasada, que también su cabeza había sufrido, y que de pronto en un ataque de vulnerabilidad se había atrevido a pronunciar en voz alta su necesidad de auxilio. Pero por qué lo escuchaba con voz de mujer.
- Le estoy pidiendo ayuda, ¿no piensa echarme una mano? ¡Por favor!
Definitivamente no era él. Dirigió su cabeza al lugar de donde provenía esa voz.
- ¿Se ha quedado tonto con el golpe? ¿Se le ha roto el tímpano tal vez?
- ¿Perdona? ¿Es a mí?
- Sí, claro, ¡a quién va a ser! ¿me va a ayudar sí o no?
- ¿Qué te pasa?
- ¡Me han robado! Me han robado el bolso, con mis apuntes, mi cartera, mi móvil, mi abono transportes. Con todo. Hoy, precisamente hoy, que tengo el primer examen de la oposición. ¿Usted en qué trabaja?
- Bueno, es largo explicar…
- ¿En qué trabaja?
- Ahora mismo en un call center, pero…
- Cómo va a saber lo que es preparar una oposición. Tres años, se dice fácil. Tres años encerrada, sin salir con nadie, para intentar mejorar, porque mi madre trabaja de asistenta, y mi padre es reponedor. Y yo he hecho mi carrera, he estado tres años sin ver la luz del sol estudiando, encerrada como una rata, se puede decir que casi toda mi vida la he dedicado a este día. Y no me mire con esa cara, que yo no he ido a un botellón, yo he trabajado para pagarme los estudios, yo he hecho lo que tenía que hacer. Yo he sido una buena hija. Pero llega el gran día y no me puede pasar lo que al resto de la gente, que se levanta con una crisis de ansiedad, un ataque de nervios, una descomposición. A mí me tienen que robar el bolso a mitad de camino, y tengo que sufrir la puta crisis nerviosa por un robo, joder, y no por la oposición por la que llevo luchando tres putos años.
En ese momento el hombre ya había conseguido levantarse y miraba incrédulo a una joven delgada vestida con vaqueros y una camiseta roja, que bien podría haber sido una de esas compañeras de su trabajo, y que a estas alturas tenía el rostro bañado en lágrimas.
- ¿Quieres que te deje llamar a alguien?
- ¿A quién? ¡No puedo! Mi móvil estaba en el bolso, y con el móvil la agenda. El único número de teléfono que me sé es el fijo de mi casa, y ahora no hay nadie. Yo es que no puedo emplear memoria para datos inútiles, yo no puedo perder esfuerzos en memorizar números de teléfono. Y ahora no tengo a nadie.
- ¿Quieres dinero entonces? ¿Para el metro?
- ¿Para qué? ¿Para ir así al examen? Histérica, llorando, sin tener siquiera mi DNI para poder presentarme, sin nada. Yo así no puedo hacer nada. Yo necesito que me acompañe. Que me acompañe hasta comisaría, que me acompañe a poner una denuncia, que apoye mi declaración, que me ayude a que me den una solución para poder identificarme en el examen, que es dentro de dos horas. Sólo es eso, por favor, sólo es eso. Yo sola no puedo. Hoy era mi día, por favor, no puedo perder esta oportunidad, joder, llevo media vida dedicada a este día
- Pero es que yo tengo que ir a trabajar.
- ¿Cómo? ¿Así? ¿Con el traje sucio, el cuerpo dolorido, con la camisa sin dos botones enseñando barriga, con ese siete en la sisa? ¿Es que usted no le tiene aprecio a su trabajo? ¿Es que usted no sabe lo difíciles que están las cosas? Si yo fuera usted llamaría, daría parte de lo sucedido, que además se considera accidente laboral, y al menos en el día de hoy no pasaría por allí. Y quizás después de acompañarme podría ir al médico, por si se ha roto algo.
Pensó por un momento que esa chica estaba loca. Pensó por un momento en que todos esos razonamientos que le escupía sin darle aliento no le permitían tomar decisiones que no fueran las que le venían impuestas. Miró de nuevo el rostro de aquella joven, desencajado por la angustia, y todas esas lágrimas, toda esa indefensión. Y decidió que la acompañaría a una comisaría. Pero lo decidió muy firmemente, como si así pudiera convencerse de que estaba siguiendo los pasos que su propia voluntad, sin duda en exceso caritativa, le dictaba, y no la de aquella joven.
- Vamos, deprisa, tenemos que coger un taxi, y a estas horas no será fácil.
Corrieron bajo la lluvia hasta que divisaron una luz verde, miraron la hora cada vez que el semáforo se abría y la masa de hierros continuaba pegada al asfalto, se saltaron todas las colas dentro de la comisaría. La joven puso la denuncia entre llantos callados que se hicieron sonoros e incontrolados ante la negativa de facilitarle otro documento acreditativo de identificación diferente a la propia denuncia.
En la calle el llanto no cesó.
- No podré hacer ese examen.
- Oye, no te puedes plantar ahora. Inténtalo. Y deja de llorar, que nos está mirando todo el mundo.
- No nos mira nadie. Y en todo caso me mirarán a mí. Pero nadie mira. Nadie mira porque a nadie le importa que yo haga o no ese maldito examen, ni que lo apruebe o lo suspenda.
- ¿Qué tengo que hacer para que te rías? ¿Que baile claqué? ¿que baile en la acera mojada con un siete en la sisa y la camisa sin botones por fuera? ¿Así? I’m singing in the rain, ¿así?
Y él bailó. Con un siete en la sisa. Con la camisa sin botones. Con los pelos de su barriga. I’m singing in the rain. Claqué, o algo que se le parecía. Y ella se rió. Y nadie les miró. Y la chica dejó de llorar, porque eran inútiles las lágrimas con tanta lluvia. Y corrieron de nuevo, y cogieron otro taxi. Y llegaron al centro de exámenes.
- Bueno, pues aquí nos despedimos. Que tengas mucha suerte. Te daría mi número de teléfono, para que me llames cuando te digan que has aprobado, pero ahora necesitas todas tus neuronas en ese examen.
- ¿Y por qué no me esperas? Tampoco tienes nada mejor que hacer. Después te invito a algo. Pero pagas tú.
Y se sentó solo a esperar. Pero sólo porque él lo había decidido. Aunque cada vez tenía menos interés en tener la certeza de conocer de quién era la voluntad que guiaba sus pasos aquel día.
Y al cabo de dos o tres horas la vio salir con el jersey rojo y con una sonrisa. Y se sentaron en una cafetería de ambiente espeso y olor a churros. Y tomaron café, aunque fuera la hora de comer. Tampoco era cuestión de hacer mucho gasto, invitaba ella.
- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- Claro, pero que sea fácil, ya lo he dado todo en ese examen.
- ¿Por qué me pediste ayuda precisamente a mí?
- Porque estabas solo.
Por cierto, ¿qué tal van las contusiones?
No había vuelto a pensar en eso. Al volver a tomar conciencia sintió dolor en las costillas, el muslo y la cadera.
- Bien, ya no me duele nada.
- Bueno, pues ya me he terminado el café. Creo que ya está bien. Ahora me voy a ir a casa. A descansar, que me lo he merecido.
- Mucha suerte con todo. ¿Necesitas dinero para la vuelta?
- No. No necesito dinero. No necesitaba dinero. Mucha suerte para ti también.
Al llegar a la puerta se giró.
- ¿Es que no me piensas dar las gracias?
Y dicho esto continuó su camino y la perdió de vista. Confuso, pagó los dos cafés. Gracias.
Al salir a la calle se quitó la americana y la tiró a una papelera. Y no necesitó agachar la cabeza para protegerse de la lluvia. Porque ya no le molestaba. Y se dirigió a su casa. Bailando.