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La llamada

Al descolgar el teléfono una voz en francés me pidió que esperara, supongo. Siempre me ha encabronado que llamen para venderme algo y el comercial me haga esperar, pero una cosa es esperar y otra muy distinta esperar en francés.

Cuando la señorita comenzó a atenderme en mi idioma, y antes de que se rompiera el hechizo, le pedí por favor que siguiera en el suyo. Ella me complació encantada, y me preguntó que si la  estaba entendiendo, supongo.

Entonces entró en directamente en materia  -supongo-  con una profesionalidad admirable, y yo no cabía en mí de gozo. Por estar siendo capaz de dejarme llevar tan fácilmente,  por estar recibiendo semejante capricho de manera gratuita, y por el gozo.

Eso sí, cuando al final, tras mis síes en frenesí comenzaron sus preguntas, me cuidé muy mucho de cambiar el tono y contestar monocorde que no. Incluso cuando volviendo a mi prosaico idioma me preguntó prosaicamente si estaba seguro de que no quería contratar la oferta.

Pero es que yo soy un tipo de principios, y hay cosas por las que siempre me he negado a pagar.

 

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Para Despertando antes de que se vaya el dinosaurio.

http://antesdequesevaya.wordpress.com/

El cuento del chico, el río y el secreto.

Érase una vez un chico que vivía en un pueblo pequeño que a él no le gustaba, quizá porque era el suyo, o porque era pequeño, o porque se sentía extranjero. Se aburría, y algunas veces, para escapar de allí, jugaba a explorar en sus alrededores, buscando algo, quizá sólo el juego, quizá su lugar.

 Un día, en una de esas huidas, encontró un río. Le pareció hermoso, le pareció que el murmullo del agua decía cosas bonitas que sólo él podía comprender, y al asomarse, en el reflejo del agua, se descubrió a sí mismo. Como por una necesidad imperiosa de saber más sobre sí, se desnudó contemplando su imagen, y se sumergió en el agua, fundiéndose con ella, y el frío le hizo ser consciente de su cuerpo, de su piel, de cada uno de sus músculos, y sintió como si hasta ese día hubiera vivido abotargado, siguiendo las normas del pueblo, de su casa, de todo aquello que le producía hastío, y que jamás reflejaba su imagen.

Después del baño miró la hora, el tiempo había pasado tan deprisa. Se vistió corriendo, se secó el pelo con la camiseta, aún dio un rodeo hasta llegar a su casa ya seco, casi sudando, sin marcas de agua, ni de río, ni de sí mismo, pues todo ello había pasado a formar parte del más bonito de sus secretos.

Comenzó a acudir allí cada vez que tenía la oportunidad de ser invisible, y a la orilla hablaba con el murmullo del agua, y le contaba sus sueños, le decía que allí era feliz, que se iría de su casa y allí viviría, y se bañaría cada día, y cada día se asomaría para no olvidar su imagen, para no olvidar quién era.

 El río también era feliz, porque sentía que sus aguas tenían sentido en la medida en que daban forma al cuerpo de aquel chico, en que reflejaban su imagen, en que lo hacían feliz, y a fuerza de escuchar sueños aprendió a soñar también, y se soñó casa, se soñó eterno, se soñó siempre, se soñó real.

 Un día, el chico acudió al río con una mochila y un saco de dormir. Había decidido que era el momento. El río estaba tan contento que las aguas avanzaban torrenciales, brincando, contentas, y no eran ya susurro sino un estallido de espuma y júbilo. Y con tanto alboroto, el chico, al asomarse, no pudo ver su reflejo, sino un conjunto extraño de colores y formas. Y como no sabía quién era, sólo por los reflejos, se sintió perdido. Se desnudaba angustiado y se bañaba con frío y miedo, y sus ojos no brillaban. Porque aunque su pueblo no le gustara, era su pueblo, y echaba de menos su cama, pisar los caminos polvorientos. Y el haber llegado allí con mochila, con intención de quedarse, para descubrirse igual de perdido que siempre, hizo que de pronto el río le resultara extraño y hostil.

 El río, al sentir desde dentro la desdicha de aquel chico lleno de sueños, pensó primero que la desdicha se debía a su pasión desmedida. Y procuró calmar sus aguas, pero no pudo evitar las lágrimas, y tantas derramaba que sus aguas continuaban violentas y torrenciales. Sin embargo un día el río abrió los ojos y entendió. Aunque durante un tiempo había soñado ser casa, compañera, o  mujer, – una mujer, sí-, supo entonces que para él sería un río, y secreto, siempre. Un secreto siempre es un secreto, y sobre un río no se puede construir nada, ni una casa, ni unos sueños, ni una vida. Ni sobre un secreto que será siempre secreto. Y ni todo el bullicio de sus aguas, ni toda su transparencia, ni su fuerza arrolladora harían feliz a ese chico. Ni al revés. Esos pequeños hombros jamás podrían soportar sus crecidas con las lluvias, y se abrasarían bajo el sol cuando la sequía evaporase el agua. Él no soportaría todo aquello, pues sólo amaba al río en tanto en cuanto había creído que éste le descubriría quién era él y cuál era su sitio. Retenerlo supondría pasar de ser un rincón de libertad para convertirse en celda. Y el río se sabía río, y secreto, pero cárcel no, cárcel jamás.

 Las aguas del río que había sido el más bonito secreto poco a poco comenzaron a transcurrir serenas, pero no volvieron a reflejar ninguna imagen, ni sus murmullos dijeron más, para que él pudiera marchar sin pena, como último gesto de amor hacia ese chico al que ya amaría siempre. Y los sueños se fueron alejando a nado, para desembocar en un afluente mayor hasta llegar al océano, dejando, mientras se alejaban, un dolor sordo.

El río con pintura de dedos y pinceles

Furor GPS

A pesar de mi desinterés y mi escaso entusiasmo terminó apareciendo en el coche un navegador. Desde pequeña tengo por costumbre dirigirme a las cosas como si tuvieran alma. Y aunque casi nunca les pongo un nombre especial, porque nombrar siempre me ha costado trabajo, cuando me dirijo a ellas lo hago como el Bolso con mayúsculas, la Planta con mayúsculas, el Teléfono con mayúsculas, el Libro con mayúsculas… pues no son objetos comunes, son propios, o si no propios, sí con quienes comparto mi existencia, y a quienes muchas veces hablo e interpelo, en  voz baja eso sí,  ya esté sola o acompañada, para no preocupar a nadie por mi salud mental, ni siquiera a mí.

El caso es que con el Navegador hice dos excepciones: le puse un nombre, bueno, un mote – el Tonto-  y hablaba con él en voz alta. Quizá una cosa sea consecuencia de a otra, o viceversa.  Además, el hecho de que el Navegador también hable en voz alta parece justificar mi comunicación con él, pues nadie hasta ahora, al vernos discutir, ha dado muestras de extrañeza. Ni siquiera yo.

Al principio estaba un poco preocupada por él, y es que tiene diferentes voces, he llegado a contar hasta cuatro, la de Ana, Enrique, Ricardo y Marina. Esas en castellano, que a veces le da por practicar inglés o alemán, y entonces toma la de John o la de Dieter. Pero pronto me di cuenta de que no padecía un trastorno de identidad disociativo, cosa que me tranquilizó bastante, y que sólo trataba de impresionarme, de modo que perdoné esos alardes narcisistas porque me resultaron enternecedores,  quién no se ha comportado así alguna vez… El caso es que, a pesar de  tanta variedad de timbres y tanto idioma, el Tonto tiene una personalidad muy definida, y si hay algo que le caracteriza es, más que su empeño por escoger siempre la ruta más larga –a eso debe su mote-, su terrible orgullo, que le impide reconocer que sus rutas siempre son mejorables.

Nuestra relación fue bien durante poco tiempo, porque cuando tras tres o cuatro intentos de dejarme guiar por él terminé por recorridos delirantes y laberínticos, comencé a perder la paciencia y la ternura, aparecieron los reproches, las decepciones, incluso algún exabrupto… Un día terminé diciéndole que habría sido mejor profesional si en lugar de haber puesto tanto empeño en el dominio lingüístico se hubiera estudiado los mapas. Se lo tomó muy a mal, y para evitar silencios tensos y malas caras lo dejé guardado en la guantera durante muchos meses.

Sin embargo, como no me gusta estar a malas con nadie, decidí darle una última oportunidad al llegar el verano y dejé que él planificara la ruta desde Madrid hasta el pueblo de Soria donde había decidido pasar unos días de vacaciones con mis hijos. Pero cuando me di cuenta de que pretendía llevarme por la N-I, haciéndome cruzar desde Pozuelo el centro de Madrid para tomarla, me di cuenta de que el orgullo herido del Tonto dirigía un afán vengativo,  y que no me iba a perdonar mis reproches ni esa irritante forma mía de cuestionarle todo el tiempo. Así que no me dejó otra opción que desautorizarlo una vez más y rectificar para coger la N-II, que ya tuve que tomar en Avenida de América.

El Tonto de nuevo se lo tomó a mal, y en lugar de reconocer por una vez que yo lo había pensado mejor y recalcular su ruta, se mantuvo en sus trece, y durante kilómetros y kilómetros de la N-II estuve escuchándole decir en todos los idiomas, “dé la vuelta en cuanto le sea posible”.  Lo decía de una forma tan insistente y con una seguridad tal que hizo tambalear la mía, y me preguntaba si quizá yo no habría mirado bien el mapa, si no habría sido mejor hacerle caso por una vez, y qué pasaría de estar yo equivocada, si de pronto llego a Zaragoza y no aparece ningún desvío a Soria, o peor, hasta Barcelona, o más allá incluso. Mi viaje de dos horas y media se convertiría en uno de muchas, de seis, de ocho, con dos niños quejumbrosos en el asiento trasero mientras yo trato de no dormirme ni perder la concentración.

Pero no, en Medinaceli apareció el desvío y entonces el Tonto enmudeció. Yo había mirado bien el mapa, y llegamos a destino sin descaminarnos.

Sin embargo, eso que me pareció orgullo del Tonto, “dé la vuelta en cuanto le sea posible” se transformó en vaticinio  o premonición cuando nada más llegar al destino, mi hijo se rompió un brazo.  Entonces pensé que, por una vez, el Tonto podría haber tenido razón, y yo debería haber dado la vuelta cuando él me lo dijo, pero no hacia Burgos sino de vuelta a casa,  y así habría evitado una fractura el primer día de vacaciones, el  turismo por el hospital de Soria, y alguna aventurilla imprevista más. O puede que no se estuviera vengando, y que su sexto sentido me estuviera advirtiendo “Dé la vuelta en cuanto le sea posible, lo mejor para que no pase nada es no hacer nada”. Donde nada significa nada.

A  pesar de las advertencias y del riesgo, decidí continuar viajando. Eso sí, la siguiente vez que lo hice, me arrojé con los dos niños a la carretera sin más arma que un mapa de carreteras en la cabeza,  que era lo que por otra parte había hecho hasta que apareció el furor del GPS.  El Tonto ha quedado relegado a la guantera, pero no es despecho, todo lo contrario, ahora sé que no sólo no lo necesito sino que viajo mejor sin él.  Sin embargo, cuando de vez en cuando abro la guantera y lo veo ahí, me mira muy serio y me dice, ahora en voz baja para que nadie más pueda oírle, que no me engañe, que lo mío es orgullo. Yo le sonrío condescendiente. Me ha vuelto a parecer tierno.

 

Instantáneas: Sin salida.

Mientras como en el restaurante de esa gran tienda de muebles puesta a modo de parque temático sueco, capto la escena que transcurre en la mesa de al lado y ajusto el zoom:  en  un extremo de la mesa una chica de unos trece o catorce años, más bien alta, delgada, con vaqueros y pulseras de cuero en las muñecas, labios rojos sin pintar, pelo castaño con algún rizo, zapatillas tipo converse. Al otro lado de la mesa una mujer de mediana edad, alta, delgada, rubia, pelo liso recogido, dotada de esa elegancia innata que es capaz de hacer de cualquier movimiento, incluso del más grosero, un ejercicio de belleza. Junto a ella un hombre también de mediana edad, de piel morena y pelo cano, rizado y algo largo, peinado hacia atrás con ayuda de gomina, alto, delgado pero fuerte, con camisa.

Empiezo a fijarme en ellos a raíz de una imprecación en francés de la chica a la mujer, que resulta ser  su madre. El tono de voz, sin llegar a ser ordinario, es tirando a altito. La madre, con esa elegancia que desborda, no tuerce siquiera el gesto con las palabras de la joven, y se mantiene en esa altura distinguida, que parece mantenerla por encima del bien y del mal, y hasta de las palabras de la hija. Contesta algo en voz muy baja, ininteligibles para cualquiera que no estuviera sentado a su mesa, muy despacio, también en francés, sin mirar a ninguno de sus interlocutores.

La hija vuelve entonces a intervenir. Esta vez cambia de idioma y de interlocutor, y en avanzado estado de indignación, se dirige a su padre en un  castellano de cuna, y le dice “¿de verdad vas a permitir que sea ella la que elija mis muebles? ¡Es mi habitación! Papá, por favor, los que yo he visto eran preciosos, por favor, por favor, déjame elegirlos a mí!”

El padre no dice nada, mira hacia abajo y se produce un breve silencio. La expresión de la madre no cambia un milímetro.

La hija continúa, esta vez en tono de súplica. “S’il te plaît, maman…” La madre, que además de elegante es francesa, continúa en silencio, más distinguida si cabe, haciendo saber sin necesidad de palabras, con todo su ser, que ha tomado una decisión, y que la mantiene. La hija definitivamente estalla, y para estallar elige el español, aunque no es el idioma de su madre, pero sí el suyo, qué cojones, sí, el suyo, y le dice que esos muebles son horribles, que está harta, que cuando está en su casa a veces se tiene que quedar en la habitación de su hermana porque no soporta la suya,  –y en ese momento mira al padre-, que ha visto unos, que con su madre no se puede. Y termina su discurso con un “mamá, eres inaguantable” –en ese momento mira a la madre-.

La madre entonces sí replica, y al hacerlo se dirige al padre, y vuelve a hacerlo en tono pausado, sereno, y silencioso, sin despeinarse, sin que se reflejara emoción alguna, conteniéndola toda, bellísima, tan por encima de la furia de aquella adolescente del lado opuesto de la mesa. Y de la suya propia.

La hija, la madre, la hija, la madre. Pero el tercer protagonista, aunque en un discreto segundo plano, existe. Y existe todo el tiempo en un discreto segundo plano porque ese es el mejor escondite que ha podido encontrar para el desastre de magnitudes incalculables que espera sin esperanza alguna de esquivar, y mucho menos de evitar. Sobre el asunto en cuestión no se pronuncia. No sólo porque no tiene formada opinión, que no la tiene; su opinión es algo secundario, y además, los pocos reflejos que no le ha paralizado el terror a la furia de ambas mujeres los utiliza sólo para evaluar las consecuencias de cada una de sus posibles alternativas. Todas son pésimas. No existe aquella que lo deja indemne.  Pero de entre todas las alternativas posibles, elige la peor, que es el no posicionarse, el quedarse en esa actitud ambigua que el padre piensa ingenuamente que no herirá a ninguna, y que sin embargo es la que dejará insatisfechas a ambas. Y pensaba yo en que si ni para ese hombre era posible complacer  a dos de las mujeres de su vida, qué absurda lucha emprenden aquellos que tratan de agradar siempre a todo el mundo. Pero sigo con el padre,  que quiere creer pero no cree que callándose se quita de en medio, y deja que ellas resuelvan su problema. Y con su ambigüedad conseguirá el gran prodigio de pasar a ser el gran protagonista,  el blanco de la decepción de ambas.

Porque en realidad, los muebles se han convertido sólo en un pretexto. Ninguna de esas mujeres busca en él una reafirmación sobre su opinión, (no les importa en absoluto qué muebles le gustan o le dejan de gustar a ese hombre), lo que están buscando es una reafirmación sobre ellas mismas. Lo que en realidad está en juego es de parte de quién está. O estás de parte de mamá o de la mía. O estás de parte de tu hija o de la mía. Prefieres a mamá o a mí. Prefieres a tu hija o a mí. Ese es el verdadero conflicto.

El hombre Sabe que su vista al IKEA le va a costar dormir con frío durante unas cuantas noches, admirando de lejos la elegancia de su mujer, mucho más por encima  del bien y del mal, porque ha interpretado su falta de posicionamiento como un acto de cobardía, y lo desprecia. Y que también le va a costar unas cuantas semanas de contestaciones con monosílabos por parte de la hija, que seguirá derrochando para el resto del mundo la alegría y vitalidad que a él le niega,  porque ha interpretado su falta de posicionamiento como un acto de cobardía, y lo desprecia.

Y el padre no habla, sólo mira hacia abajo, hace esfuerzos por respirar y por mantener la espalda erguida, aceptando el castigo que le viene encima, pero deseando que llegue, pues sólo llega una vez que ha terminado la presión, y ya no se siente forzado a ofrecer complicidad y apoyo, porque sus mujeres ya han dejado de esperar otra cosa que no sea su mirada baja y su silencio.

Yo termino mi comida y me voy de allí tras haber comprado unas cuantas cositas, sin más dificultades que el peso de las cajas y el presupuesto.  Al encender el coche la radio me regala New York de Sinatra, y mientras me alejo de allí cantando, con las ventanillas bajadas, siento un agradable cosquilleo que no sé si proviene del aire que me agita el pelo, o de la alegre levedad.

De cristal

El salón es el centro neurálgico de mi casa. Todo confluye en él. La cocina es de esas llamadas americanas. Por la noche el sillón se transforma en cama. Y sólo hay una puerta en el pequeño aseo. No tengo demasiadas cosas, pero las que hay son mis amigas. Han aprendido a serlo y las quiero a todas. Pero al salón lo amo.

Mi salón tiene una tele pequeña que nunca enciendo. Me gusta negra y silenciosa, para que mi salón pueda escucharme. Porque yo le hablo. Y siempre sé lo que me contesta: nada. Sólo me escucha. Y yo se lo cuento todo. Él no me contesta, pero sabe que cuando me he tumbado en el sillón a media mañana voy a llorar. Y cuando acabo y ya no hay lágrimas, vuelvo a verlo todo con la luz que se pone naranja al pasar a través de mis cortinas naranjas, y es cálido. Como un abrazo.

La botella de agua está sobre la mesa, justo donde la dejé. Y veo que en el fregadero está el cacito de leche del desayuno, que está esperando a que yo lo friegue. Y… mierda, no veo el aseo. Así que me levanto y abro la puerta, aunque sé que el bote de jabón es rosa, y que la alfombrilla de los pies está doblada en el radiador toallero. Sin embargo el vaso no debería estar sobre el lavabo, así que me acerco a cogerlo. ¿En qué estaría pensando cuando lo llevé allí? El vaso tiene que estar en la cocina, no debe salir de la cocina. Yo cuido de mis cosas, y mis cosas cuidan de mí. Recojo el vaso y me lo llevo a su sitio. Pero lo noto. Mi vaso tiene miedo. Yo le digo que confíe en mí, que no voy a dejar que se rompa. Porque él teme que si se rompe, terminará en la basura, y después en un contenedor, y después dios sabe dónde. Es horrible no saber dónde. Es la nada, es el vacío inmenso. Y el pobre es tan pequeño. Y le produce tanta angustia pensar en lo frágil que es, en no saber dónde puede terminar, siendo ese dónde un lugar tan desconocido y lejano, que sufre mucho. Está sufriendo y yo sé que lo hace, así que acelero el paso. Pero sigue sufriendo. Tanto, que me contagia. Puta empatía. No te angusties, por dios, otra vez no, aquí no! Pero empiezo a sudar. Empiezo a ahogarme. No puedo dar un paso. Sólo se tardan escasos cinco segundos en llegar a la cocina, ahora no, ahora no puedes ponerte así. Cálmate, cálmate porque si no, sabes que te va a suceder otra vez. Como con el otro. ¿Por qué no lo compré de plástico? Como la ensaladera, como el plato, como la jodida taza del desayuno! Porque si se rompe de aquí a la cocina, si se rompe… vas a tener que salir.

Tres manzanas. Tres manzanas hasta la tienda. Con toda esa gente alrededor, el semáforo pitando, la avenida que se convierte en un puto océano y no veo la otra orilla, y me ahogo, y dejo de respirar, y me caigo. Me caigo mucho antes de poder entrar en la tienda y decir delante de toda esa gente que quiero un vaso de plástico. Y mi madre que piensa que estoy loca va a verme al hospital, porque al fin y al cabo soy su hija. Ya es la única que viene. Y me trae un regalo. Un jodido vaso de cristal, maldita sea, ¡de cristal!

Me estoy cayendo, lo noto, voy a perder el sentido, en mi propio castillo. Me va a recoger mi querido salón, te amo y me verás llorar, y no me podrás dar un abrazo naranja porque será de noche. Así que lloraré a oscuras entre todos esos trozos de cristal. Estrecho el vaso contra mi vientre y lo protejo con mis manos mientras me desplomo. Y sin poder pronunciarlo en voz alta le digo, no tengas miedo, estás seguro, lo arreglaré. Jamás saldrás de aquí, jamás saldrás de aquí.

Relato: Adorable amanda

Todo ocurrió a raíz de esa tarde. Mi nombre es Víctor. Yo soy un tipo normal, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni feo ni guapo. Quizá por eso, porque las parejas tienden a encontrar un equilibrio, o al menos esa es la tesis que sostiene una gran amiga, jamás pensé que podría tener a mi lado a una mujer como Amanda. Porque… qué bien le pusieron el nombre. Quién imaginaría una Amanda fea y antipática. Amanda… del latín amandus, adorable, que debe ser amada. Dios, y ¡vaya si lo era! Pero, ojalá pudiera seguir hablando en presente. De hecho lo haría si no hubiera sido por lo de aquella fatídica tarde.

Después de seis meses de levitación junto a ella, y de otras tantas cosas mucho menos espirituales, decidimos hacer un viaje juntos. Qué digo viaje, una escapada, que dónde va a parar, es mucho más romántico. Cochino dinero. Sí, y cochinas compañías low cost, que ofrecen precios increíbles siempre que uno vuele un viernes por la mañana y regrese un domingo por la mañana también. Bueno, era eso o nada. Y un hotel poco céntrico que probablemente no dispondría de habitaciones matrimoniales. Pero lo de apretarse en una de noventa no iba a ser problema. Sólo faltaba conseguir ese viernes de vacaciones.

Y llegó esa tarde, la de tomar la decisión en función de lo hablado en los respectivos trabajos:

-Mi amor, yo no he tenido problemas. He podido cogerme el día.

-Víctor, cariño, yo no me he arriesgado, si me dijeran que no, no tendría más remedio que odiarles por privarme de esos días perdida contigo en Roma, y odiarles supondría ir a trabajar con el entrecejo fruncido, y un rictus en la boca, y soportar ocho horas diarias de crispación, y tener que buscar otro empleo donde no tener motivos para odiar a nadie, y ahora con la crisis es complicado, y, mi amor, es tan sencillo sin necesidad de tomar riesgos…

-Pero Amanda, querida, quién podría negarte nada, ¡a ti! 

- Calla, está todo resuelto. Me voy a poner enferma. Llamaré el viernes, antes de ir al aeropuerto, y diré que tengo fiebre. Y ya está.

-¿Así de fácil? ¿Y de verdad que no va a suponer un problema? No, ya lo tengo todo pensado. Mi jefe está con gripe. Y Caridad. El jueves comenzaré a estar congestionada. Me pondré a medio día ese blush tan rosa, que me deja la cara como la cerdita Peggie, y me dirán “Amanda, estás colorada, ¿tienes calor?” Y yo diré, no, pero me encuentro mal, siento escalofríos. Y pediré un analgésico. Por último, activaré el desvío de llamadas, por si en un momento dado me llamaran a casa, que automáticamente se filtren a mi móvil. ¿Qué te parece? He estado dándole mil vueltas, y salvo que el avión se estrellara el viernes, cosa que por otro lado, haría que todo este embrollo dejara de tener ninguna importancia, no hay forma de que se sepa mi mentira.

-Bueno, mi amor, si lo tienes tan claro y es tan sencillo…

Todo acabó ahí. Compramos los billetes, y tras una acaramelada despedida con palabras de amor en italiano, nos fuimos cada uno a su casa. Entonces me quedé pensativo. No podía dejar de darle vueltas a la explicación que me había dado mi querida Amanda. ¡Lo tenía todo perfectamente pensado! No habría necesitado mentir, ¡por todos los santos! ¡si es funcionaria!. ¿Por qué lo habría hecho? ¿Por puro placer?  ¡Hasta se iba a maquillar ex profeso para el teatro! Amanda no sólo era adorable, sino también fría y calculadora… Me imaginé nuestra vida juntos, y la posibilidad de que un día, tras habernos dicho te quiero mil veces antes de ir a trabajar, y en un montón de SMS, al volver a casa tras una ardua jornada, pudiera encontrarme  la cerradura cambiada. O quizá podría ser peor. Quizá no me quisiera, y estuviera conmigo por puro interés, y esperara a estar en Roma para darme el toque de gracia. No sé, robarme la cartera, romperme mis gafas con montura al aire, o incriminarme en algún asesinato.

Por eso a lo mejor no todo el mundo le daba lo que ella quería. ¡Claro! Por desconfianza. Algo maligno y perverso debía esconderse en esa cara tan maravillosa y dulce, en esas manos perfectas, en ese pecho turgente y en sus piernas firmes. Era imposible, y más para mí, que soy normalito tirando a del montón, pero claro como el agua clara, pues eso se me ve a leguas.  Era esa la explicación, sólo quería aprovecharse. Además, y ahora que lo pensaba, seguro que sus dorados cabellos no los parió así su madre, elemental, ahora todo encaja. ¡Es teñida la muy puta! En pocos años le saldrá una verruga en la nariz, por la noche vuela sobre una escoba, y tiene un minino negro escondido en algún lugar. Completamente aterrorizado me resolví a terminar con aquella pesadilla que mi mala suerte me había deparado, y la llamé. Amanda, eres una bruja calculadora y fría que vas a buscar mi ruina, y ¡quién sabe si algo peor! ¿Sabes lo que te digo? ¡Hemos terminado! Y así, de esa manera, por el camino de la prudencia y la virtud, me alejé, muy a mi pesar, de la maravillosa Amanda. Y caminé de nuevo hacia esa normalidad de la que nunca debí haber salido.

Noviembre 2008

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En este relato no he podido evitar tomar prestada una frase de un buen amigo. Ahí quede como homenaje.

Relato: Un día cualquiera.

Se cerraron las puertas a mi espalda convirtiéndose en mi apoyo. Encontrar a las ocho  asiento libre es una utopía, así que las esperanzas se orientan en encontrar un lugar en el vagón que ofrezca un punto de equilibrio. De entre ellos, el que permite reposar la espalda, el cuerpo entero, contra las puertas, es la mejor opción. Me sentí afortunada.

El tren arrancó, saqué un libro y comencé a leer, pero no conseguí concentrarme. Las puertas, otros días firmes, temblaban y chirriaban hoy de forma anómala. Y de verdad que no lo pude evitar, yo lo intenté, pero no lo pude evitar, hice uso de la imaginación macabra, provoqué el accidente, las puertas saltaron, se abrieron, y sentí el vértigo de sentirme caer hacia atrás, al vacío, y de saber que, en cuestión de segundos, mi cuerpo se golpearía contra la pared que se esconde de seguro tras esa negra nada. Pero no contenta con eso decidí repetir la escena, esta vez elevándome por encima de mí, para ver el gesto completamente ridículo que me imprimía el pánico en el momento en que definitivamente las puertas fallaban y me dejaban caer al abismo.

Volví de nuevo a mi cuerpo, dentro del vagón, y miré a la mujer sujeta junto a mí por las mismas puertas y el mismo destino, pero no encontré en ella un atisbo de angustia. Leía placenteramente, sin un solo músculo facial contraído. ¿La mostraría yo acaso? ¿Podría alguien con sólo observar mi rostro imaginar que acababa de sentir primero la angustia de mi propia muerte absurda para después haberme recreado observándola? Qué forma de morir, qué poca gloria -si es que alguna vez la hubiera en ella-, qué poca paz, qué poco soñada -si es que alguna vez la soñara. Porque ¿quién ha soñado morir en tan hilarante accidente? Recordé la noticia de aquella limpiadora que falleció al bajar del avión que estaba adecentando pues algún gracioso le quitó la escalerilla. Sí, para descojonarse.

Definitivamente no, no creo que nadie que me mirara en dicho instante fuera a ser capaz de adivinar semejante chifladura. Qué buena muestra de lo acostumbrados que estamos a adoptar una imagen de normalidad.

Entonces llegó el rechazo. No, me niego. Me niego a que todo acabe, ahora, así. Me niego a ese absurdo. Pero también a comportarme como la neurótica obsesiva que soy - por aquello de la normalidad-. Eso me quitaba la opción de intentar cambiar de sitio. Sólo una neurótica obsesiva dejaría su privilegiado sitio contra las puertas para colocarse en otro distinto sin apoyo alguno, a merced del traqueteo y la inercia del endemoniado vagón. De modo que la única opción era buscar desesperadamente algo a lo que aferrarme en caso de desastre.

Entonces vi la espalda de ese hombre. Sí, ese que había estado todo el trayecto delante de mí. Ahora lo veía claro, estaba allí, como ofreciéndose, sí, para ser el héroe que todos queremos algún día ser, y salvarse  salvando. Estaba claro, yo era lo mejor que le podía pasar. No había mucho tiempo, así que guardé el libro en el bolso; tendría que tener las dos manos libres. Dejé el bolso en el suelo. Agudicé los reflejos tensando todos los músculos, en un preparados, listos…. esperando el ya, la apertura de esas puertas, en cuyo caso saltaría sobre la espalda  de mi salvador salvado, mientras el abismo negro se llevaba consigo todo lo demás.

Llegué a mi destino, y las puertas continuaron en pie. Casi decepcionada  me dispuse a solicitar paso para salir. Mas mirando por última vez mi espalda  me invadió la gratitud, y la lástima, las lágrimas acudieron a mis ojos, y la emoción me sobrepasó, y todo se llevó a su paso la poca normalidad que me quedaba, y me aferré a ella, a esa espalda, a ese hombre, a esa esperanza, susurrando gracias, gracias, una y otra vez.

Después, recogí -esta vez sí- mi bolso del suelo, y me abrí paso entre la gente, como si hubiera sido un día cualquiera. Y aquel hombre, continuaó con su vida, con su viaje, con su día, supongo, como si fuera uno cualquiera.

 

Se me ocurrió esta absurda historia tras una mañana de metro contra puertas que chirriaban, y la escribí una tarde, a lápiz, en una cafetería, cuando ya no aguantaba más sin escribirla, interrupiendo a la Generación del 27 -que espero perdonen el feo por semejante memez- en tres servilletas de papel. A dos caras.

Relato: Humanamente

Mientras lo siga viendo alejarse no se me quitará esta angustia. En realidad no, en realidad no bastará con dejar de ver su barca perderse en el horizonte. De verdad que intento consolarme. Intento pensar que soy demasiado grande como para necesitar consuelo. Que fue bonito. Que todo tiene un principio y un final, y que, después de todo, éste no es tan malo. Me puedo decir un millón de cosas que en realidad no creo, por si a fuerza de repetirlas termino creyendo, pero de momento si soy sincera del todo, no puedo evitar la ira, ni la sensación de haber sido estafada, engañada y utilizada. Es todo un ciclo. Después llegará la tristeza. Tendré que llegar a reconocer mi tristeza para que puedan cicatrizar las heridas. Pero no importa. Es un ciclo. Después comenzará otro. Y tengo toda la eternidad.

 Apareció en la playa tras la tormenta. Sucio, inconsciente, medio ahogado. Lo recogí, lo lavé, lo cuidé. Y cuando abrió los ojos, me miró como si fuera una aparición. Y dijo debo estar muerto, pero gracias, gracias, gracias, gracias. Y yo le dije que estaba vivo. Y él dijo gracias, gracias, gracias. Y así cada mañana. Durante siete, diez, quince años… es fácil perder la conciencia del tiempo. Yo la perdí, pero él mucho más… y al recuperarla fue también mucho más duro. Por la culpa. Cuánta culpa ese último mes y medio que te llevó preparar tu marcha. Pero tú eres fuerte, ¿verdad? Tú eres fuerte, y lo fácil era entregármela a mí entera. Cada día estuviste encontrando la manera de alejarte indemne. ¿Te hizo eso más hombre?

 ¿Te hizo más hombre convertirme en diosa? Que tengo rostro de diosa, cuerpo de diosa, piel de diosa y sexo de diosa. Pero no era ofreciéndome plegarias o sacrificios como buscabas la eternidad, sino clavándote humanamente en mi carne. No te coloqué grillete alguno, que el día que quisiste marchar lo hiciste. Ni detuve el tiempo tampoco. Y si los años te parecieron días, fue la felicidad la culpable, no yo. ¿Y qué hubiera cambiado eso? ¿Qué hubiera cambiado el amarme cinco horas o cinco años?

Que me da igual que te hayas ido. Me da igual que te sientas más seguro envejeciendo junto a tu esposa que junto a tu amante. Me da igual que al llegar a tu casa te justifiques. Que me conviertas en diosa. Que me culpes de tu larga ausencia. Que digas que te obligué. Que le digas cuánto la extrañaste todo este tiempo.

Miéntele a ella. Miéntele al mundo. Limpia tu culpa a sus ojos, pero sé un hombre, aunque sólo sea para que yo pueda quedarme tranquila sabiendo que amé a un hombre, y ten el valor de reconocerte a ti mismo cuánto amó el prudente Ulises a la dulce Calipso.

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Cuando leí en la Odisea cómo narraba Homero el episodio de Calipso, no pude evitar interpretarlo de otra manera.

El título es un homenaje a Blas de Otero.

2009

Es curioso cómo vuelven algunas historias. A veces me da la impresión de que todo lo que tenía que contar ya lo he escrito. Y que no hay nada más.

2011


Relato: That’s life

Todo comenzó de forma completamente casual, un día en que comía solo y no tenía a mano uno de esos instrumentos que justifican esa soledad, como un periódico, o un libro. Y para evitar la sensación de estar siendo observado como un espécimen que come solo, llené la cabeza con otros pensamientos que alejaron a estos primeros, y, siguiendo ese dicho de que no hay mejor defensa que un buen ataque,  me dediqué a observar a mi alrededor mucho más fijamente de lo que mi alrededor me pudiera observar a mí.

Empecé observando las mesas del restaurante, a las camareras, a los clientes, las comidas, la estructura del edificio, las pintadas de las puertas del baño. Pero el caso es que cuando salí de allí continué con la calle, las farolas, el asfalto, las matrículas de los coches, la secuencia de los semáforos, la tonalidad del cielo, y el horizonte. Como si mi alrededor estuviera en un receptáculo de cristal y yo lo estuviera mirando al otro lado de un microscopio.

Lo observaba todo.

Pensé que a la mañana siguiente se me pasaría, pero no. Ni a la siguiente, ni a la otra. De pronto ya no observaba para no sentirme solo, sino que buscaba la soledad para poder continuar observando. Tuve que dejar de trabajar pues era incapaz de dejar de mirar por la ventana, los lápices, a mis compañeros -de los cuales un par de ellos dieron quejas a los superiores por sentirse algo acosados con mis ojos fijos en ellos durante horas-. Porque he de decir que las personas rápidamente constituyeron mi objeto de observación preferida.  Y no porque fueran más importantes, aunque creamos serlo, sino porque me cautivaban su reacciones.

Supongo que no hay palabras para definir la inmensidad, por ejemplo, del universo, o de lo que desde aquí se ve de él. Pero, a pesar de esa impresión inicial, termina resultando decepcionante. Puedo gritarle al sol, le puedo insultar, puedo llorar frente a él, o reír. Pero el sol no se inmuta. No responde. No se mueve. Y si en algún momento me pareciera diferente será porque soy yo mismo el que lo mira de forma diferente.

Y sin embargo, por ejemplo también, un ser sencillo, anodino, mortal, finito, ni especialmente bello ni especialmente feo, como el repartidor de periódicos gratuitos de la esquina entre las calles Molar y San Gregorio, me mira diferente cada mañana. Y la forma en que recojo el periódico que me ofrece, influye. No da igual que le dé al tiempo los buenos días, que le sonría, que le mire a los ojos fijamente, que se lo arranque de las manos sin más, o que le guiñe un ojo. Acción-reacción. Y no sólo eso, no es sólo que reaccione, sino que cada una de esas reacciones era diferente y única. Y, de no observar una de ellas, la perderé para siempre.

Pero lo dramático de mí mismo es que esa obsesión por generar y captar respuestas en otros seres, me hizo dejar de ser consciente de las mías propias. De modo que quizás, si eran éstas las que encarnaban lo que era para mí la vida, había dejado de estar vivo. Estaba muerto. De pronto era un ser inerte y absurdo que sólo sabía observar la vida a su alrededor.

Un día entré en el garaje de mi casa de madrugada. Salí del coche, y escuché música. Me acerqué al lugar de donde procedía el sonido. Y me quedé observando detrás de una columna. La música procedía de un coche. Tenía las puertas delanteras abiertas. Y una pareja, que probablemente pocos minutos antes viajaba separada por una palanca de cambios y quién sabe cuántas otras cosas, bailaba. Él la rodeaba por la cintura con un brazo, ella sostenía el suyo en su hombro. Sus otras manos unidas.  Era Sinatra, That’s Life.

Pensé que, probablemente, no la habían escogido, sino que la canción los había escogido a ellos mientras estaban realizando la maniobra de aparcamiento. Y que, probablemente, todo aquello que les separaba dejó de importar cuando él, en lugar de sacar la llave del contacto, subió el volumen del reproductor, y preguntó en voz alta “¿bailas?”. Y probablemente, cuando la canción dejara de sonar, todo volviera a ser como antes. O quizás no. Pero siempre queda ese instante. Ese par de minutos en que bailaron That’s Life en un garaje, emocionados, juntos, como dos siendo uno.  Y no lo pude evitar, me habría gustado, por una vez, no ser la persona que presenciaba la escena refugiado tras una columna, sino protagonizarla. Me imaginé bailando, sintiendo unas manos entre las mías y me dirigí a mi casa con ese pensamiento.

Sólo al subir al ascensor y ver mi imagen reflejada en su espejo, fui consciente de mi redención. Acción-reacción. Estaba sonriendo. Yo sonreía, por tanto estaba vivo. Y no era importante, pues de hecho yo no lo soy. Ni yo, ni Sinatra, ni la pareja que bailaba. Todos tan pequeños, tan efímeros, tan prescindibles. Pero el que no fuera importante no hizo que dejara de parecerme maravilloso. That’s life.

Relato: El absurdo

Hacía tiempo que no sucedía, pero esta mañana, trabajando tan contenta como estaba, me han sorprendido de nuevo las lágrimas. Tanto me han sorprendido que no me he dado cuenta de que estaban hasta que una de ellas me ha mojado, al caer, la mano. Rápidamente me he secado con el típico gesto de estar en realidad liberándome de una legaña, o, mejor,  de una pestaña en el ojo, que queda mucho menos ordinario.

He levantado la vista y me he dado cuenta de que, por suerte, Ramiro no me estaba mirando. Ramiro es una de esas personas que siempre tiene algún comentario estándar, en forma de opinión, para cada uno de sus compañeros, y que siempre ofrece en voz alta a pesar de que nadie se lo haya solicitado. Yo creo en mi fuero interno que es una de esas personas con aversión al silencio, y que cree que existe la necesidad de tener que decir siempre algo. Y digo yo, que entonces, por qué no recurrirá a hablar de lo malos que son los lunes, o de que al fin es viernes, o de lo fuerte que está el aire acondicionado… de todas formas lo que dice no es tampoco original a causa de la repetición diaria. Para Alfonso le tiene reservado el “vaya corbata llevas hoy”, para Lucía “qué ojeras tienes”, y para mí el “parece que te vas a quedar dormida”. Siempre, invariablemente, al toparse uno con Ramiro, obtiene ese comentario dedicado. Pero tanto Alfonso, como Lucía, como yo, siempre le contestamos con un ¿Tú crees?, en lugar de con un ¿te he pedido tu opinión?  Porque Alfonso, Lucía y yo sabemos que el pobre Ramiro, es un hombre de pocas luces, y  que con sus cuarenta años es tontorrón e inocente como un crío de doce, y porque no hay nada que haga de mala fé, aunque esto sea así porque no tenga las luces suficientes como para ser poder ser malo.

Pero, a lo que iba, Ramiro no me había visto, de modo que podía respirar tranquila y conservar la apreciación diaria que me hacía desde que me conocía, hace ya diez o quince años. Porque me pregunto si de haberme visto con el rostro bañado en lágrimas, cómo habría podido modificarlo. ¿Hoy te veo triste? Y escuchar eso un día tras otro seguramente no sería bueno para seguir trabajando tan contenta a pesar no estarlo. Y bastante me costaba huir de ese dolor mío como para que un hombre como Ramiro, cuyo intelecto no le llegaba ni para ser cruel, diera al traste lleno de ingenuidad y torpeza, con tantos años de terapia, sin poder siquiera tener el derecho a odiarle por ello.

Habitualmente no suelo salir a desayunar fuera de la oficina, pero como esta mañana tenía que hacer una gestión en el banco, decidí aprovechar el paseo, entrar en una cafetería y pedir café y bollo, la oferta desayuno, pero sin el zumo. Me detuve a pensar en ello. Llevaba varias semanas comiendo muchos dulces, pero esta mañana, al pesarme, había adelgazado otro kilo más. Debería haberme dado cuenta antes, deberían haber sonado las alarmas. Miré mi reflejo en el cristal de la barra. No, no estaba como para que alguien al verme me ofreciera un bocadillo, pero sí eran evidentes los kilos de menos cuando lo normal, lo normal habría sido que, con mi dieta, lo evidente fueran los kilos de más. Eso sería lo justo. Además, es de hecho una estrategia femenina tan frecuente… estoy triste, me atiborro a chocolate, engordo, y así, además, he ganado otro motivo más – junto con el de mi rutina laboral, mis problemas de pareja, el niño que no me come, el sueño que no he cumplido o la soledad que me devora- para sentir lástima de mi misma.

Pero yo no. Yo como bollos y adelgazo. Me pregunto entonces para qué como bollos si no es para mí una forma socialmente aceptada y comprensiva de conducta autodestructiva que facilite  la autoconmiseración. O si es que acaso yo no puedo ser como los demás y no puedo tener motivos para ser desgraciada. Al menos alguno que se pueda contar. Porque si le digo a Lucía que hoy estoy deprimida porque a pesar de comer chocolate he adelgazado y  se me han saltado las lágrimas, me voy a quedar sin amiga. Supongo que para contar esas emociones que nadie puede entender, ni siquiera uno mismo, están los profesionales. Me había jurado no volver, pero igual juré en vano.

Salí de la cafetería y me fui al banco. Hacía años que no entraba en una oficina. Esto era un favor personal, o eso me había dicho mi jefe. Supongo que el hecho de que tu jefe te pida un favor personal es una forma elegante de darte un trabajo de mierda.

Había a la entrada de la sucursal puertas de esas en las que hay que pulsar para entrar, y se abre para darte paso a un cubículo en el que tienes que pasar la prueba del detector de metales. Como la suspendí, tuve que volver a salir, abrir el bolso para ver qué objetos metálicos llevaba, y depositarlos en una taquilla. Se dio la circunstancia de que el único objeto metálico que llevaba encima eran unas llaves, de forma que tuve que dejar allí las mías para entrar al banco con las de la taquilla.

Empecé a pensar que aquel día, con todos sus absurdos, era una especie de metáfora del absurdo que había sido mi vida desde el día en que nací. Y pensé que ese día, el de mi nacimiento, me había marcado para siempre. También pensé que este pensamiento era absurdo –cómo no- dicho en voz alta y para cualquiera. Pero en mí cobraba un matiz especialmente doloroso. Y eso que dicen que el tiempo lo cura todo, pero mira si han pasado años y todavía me sigue doliendo.

Salí de allí y, al doblar la esquina, pasé por delante de un enano que estaba vendiendo cupones. No pude evitar recordar el comentario que decía el autor de la última novela que había leído, en boca de un psicólogo, de que la gran mayoría de las mujeres han soñado alguna vez en su vida con tener una aventura con un enano. Volví a mirar de reojo. Yo no recordaba haber tenido en mi vida una fantasía sexual con un enano. Y me reafirmé al mirarlo. Debo ser un bicho raro o bien llevar equivocada toda mi vida. Quizás mi falta de deseo hacia los enanos esconda algún tipo de trastorno, quizás el haber vivido sin un referente paterno ha generado en mí esta anomalía. Quizás el resto de las mujeres, las normales, sueñan con enanos aunque en voz alta hablen de negros, o deportistas de élite, o ambas cosas a la vez, y que lo escondan así para que las raras como yo no nos sintamos raras. Claro, que eso desvelaría un comportamiento colectivo de solidaridad y bondad femenina en el que no creo. Y me pregunto quizás si mi padre, que tuvo a bien morirse el mismo día en que yo nací, hubiera vivido, yo engordaría comiendo bollos, tendría motivos normales para autocompadecerme, y dejaría de llorar repentinamente de pura pena en días en que estoy tan contenta. Y quizás si fuera un poco más normal, joder, si mi padre hubiera vivido al menos lo suficiente como para que se pudieran haber divorciado, que no pido tanto, no pido el haber podido convivir con él hasta ser mayor de edad, sólo unos años y un divorcio, por ejemplo, yo también sería más normal. Y no tendría que acudir a las fotos para imaginarlo, ni a pensamientos absurdos como ese del divorcio, o culpables incluso, como ese que me asalta de vez en cuando, en el que preferiría que hubiera sido mi madre, para que dentro del dolor y del sentimiento de culpa, la situación hubiera sido algo más normal. Porque hoy en día es raro perder a tu madre en el parto, pero joder, perder a tu padre, que tuvo el poco temple de  perder los nervios cuando le llamaron del hospital y estrellarse… Es absurdo, ya lo creo.

O quizás, la culpa de que yo sufra no sea de mi padre, y me esté dejando influir por las opiniones de los psicoanalistas a los que he estado manteniendo toda mi vida, y que yo me sienta rara, por tanto diferente, por tanto sola,  que mi vida sentimental sea una cadena de fracasos, y que me inunden las lágrimas inesperadamente,  sea algo intrínseco a mi naturaleza, o a fracasos que no he asumido, o a algún tipo de minusvalía emocional no detectada.

De modo que cuando entré de nuevo en la oficina, decidí dar un giro a mi vida, y cuando Lucía me preguntó a qué se debía esa cara de felicidad, decidí ser valiente y contestarle que era porque  había decidido ser feliz y asumir, de una vez por todas, que a mí los enanos, no me ponen.