Reflexiones

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Autodemostración empírica

25 Febrero, 2009 · 6 comentarios

La gente suele decir que los hijos envejecen en el sentido de que, el ver cuánto crecen ellos, te hace sentir que, inexorablemente, lo haces tú también.

Yo sin embargo no tengo esa percepción. De hecho, muchas veces me siento más joven con 30, y con bastante menos pudor y sentido del ridículo, que con 18 -bueno, vale, lo del Pokémon de ayer es una excepción, pero, ¿qué sería de una regla sin excepciones?-

Por ejemplo, no consigo recordar si de pequeña jugaba a hacer teatro. Sí recuerdo que de haber jugado, no debía hacerlo muy allá, porque en las obras de teatro que representábamos en el cole, jamás tuve un papel estelar. En las ocasiones más afortunadas, dije alguna frase. En las más habituales, fui figurante. Y en alguna que otra, me quedé de puro atrezzo.

A principio de curso, Pablo tuvo que aprenderse una frase en inglés, para hacer una mini obra. Era la siguiente “Oh! I’m not a frog! I’m a prince! Thank you princess!” Aprendérsela no fue un problema. El problema fue declamarla. Pablo con su elevado e innato sentido del ridículo, y su timidez, la pronunciaba rápidamente, en voz baja y entre dientes. De modo que hubo que hacer un esfuerzo e intentar enseñarle a quitarse el sentido del ridículo, por lo que me pasé una semana repitiéndole la frase, absolutamente sobreactuada, casi a grito pelado, gesticulando cómicamente, y haciéndole reír. Venga, Pablo, ¡ahora tú! Y conseguimos que gritara (sí, sí, a veces declamaba la familia al completo). Pero cuando llegó l ahora de la verdad, dijo: Yo no pienso hacer eso en clase. Bueno, en cierto modo le comprendo.

Sin embargo, mis incursiones teatrales no terminaron ahí. Una vez que se le coge el gustillo…

Todo empezó –o continuó- el día en que Miguel llegó a mi dormitorio con una pelota como proyectil, apuntándome amenazador. Entonces salió la actriz que llevo dentro, y, con cara de pánico y unos gritos desgarradores, comencé a suplicar “NO, NO, POR FAVOR, ¡¡¡SOCORRO!!”, mientras me llevaba las manos a la cabeza, y comenzaba a correr. Miguel corrió detrás de mí riendo a carcajadas  y blandiendo la pelota hasta acorralarme contra la cama , donde no tuve otra defensa que agazaparme escudándome con una almohada. Entonces el pequeño atacante se apiadó, incluso se preocupó, soltó la pelota, y vino a abrazarme. Él se lo pide todo, héroe y villano.

Bien, pues mi interpretación fue tan grandiosa, que ahora TODAS las tardes, cuando llego a casa y me cambio de ropa, llega mi público intruso, que ya casi se ha convertido en fan, y me dice “Mamá, coge la almohada y di No, No, Pol Favol”. De modo que no me ha quedado más remedio que mejorar mi capacidad interpretativa. Porque no es lo mismo actuar cuando en un momento gamberro te sale de dentro, que por obligación cada día. El hecho de hacerlo bien siempre es lo que distingue a un aficionado de un verdadero profesional. Pero volviendo al tema de antes, eso de que los niños envejecen, pues eso, que no: hace unos años yo era demasiado mayor para estas cosas. Acabo de autodemostrármelo empíricamente.

Y de lo de hacer una discoteca en el salón y quitarse los zapatos lanzándolos por los aires para bailar mejor, hablaremos otro día…

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La prueba

10 Enero, 2009 · 3 comentarios

Esta mañana escucho al pequeño preguntarle a su padre ¿por qué mamá no se levanta? porque tiene que ir al médico. Respuesta insuficiente. De modo que segundos después lo tengo a mi lado ¿tienes que ir al médico, mamá? sí. ¿porque estás malita? no, porque me tienen que mirar una cosa. ¿qué cosa? el colon. Sabía que con esa respuesta callaría a un niño de tres años.

Paso gran parte del día en la cama, sobre todo a partir de las 12, cuando ya no puedo ni beber. Después de llevar 24 horas sólo con agua, y habiendo tomado un purgante que me ha limpiado el intestino y llevado por el desagüe los excesos navideños. No hay mal que por bien no venga….

Se aproxima la hora así que me ducho cuidadosamente, me depilo, me pongo aceite y me perfumo. Que nadie que haya trabajado con mi cuerpo pueda decir que pasó un mal rato.

DE camino al hospital vemos  Madrid nevado. El Parque del Oeste con niños tirándose en trineo, exposición de muñecos de nieve, la Plaza de Colón, la Biblioteca nacional… todo muy bonito.

Mientras esperamos me acerco a la máquina de vending. Cómprame un zumo  cuando salga, y unas galletitas, las de arriba a la izquierda…. Tengo ganas de que todo acabe porque muero de hambre.

Me llama por fin la enfermera y la seguimos por un pasillo con muchas habitaciones, todas ellas con las puertas abiertas, dejando ver la ropa doblada de quienes las habitaban, a quienes las habitaban, y en las condiciones en las que las habitaban. Llegamos a nuestra habitación y la enfermera me pide que me desnude entera entera. Incluída ropa interior,  dice. Aclaración que me habría podido parecer útil de haber ido allí para que me examinaran una rodilla, pero absolutamente innecesaria para mi colonoscopia. Y me indica después que me ponga una bata de papel con la abertura hacia atrás, unos patucos y un gorro.

Me apresuro a cerrar la puerta. Comentamos el fenómeno de las puertas abiertas. A mí me había resultado violento, no por ver a esas personas con el kit antilujuria que me estaba poniendo yo misma, sino por la exhibición del sufrimiento. El sufrimiento es algo demasiado íntimo como para no mantenerlo puertas para adentro.

Mi chico me anudó la bata con mucho celo, creo que no compartía del todo aquella filosofía mía del trabajo con mi cuerpo y el buen rato. Entonces abrimos la puerta como señal de “ya estoy lista”.

Ante la señal aparece un señor de verde, que al mirarme se pone a dar gritos agudos. No soy capaz de entenderlo hasta que me señala las orejas. Los pendientes, ya entiendo, que me los quite! Me apresuro a hacerlo. La alianza. Mierda, no sale. Llega otro de verde y me dice que da lo mismo. Mientras me llevan al quirófano, veo que le habla con lenguaje de signos. Explicados quedan los gritos. Al entrar en quirófano, se acerca hacia mí otro de verde, cuya discapacidad en una pierna le obliga a caminar como a Cuasimodo.  Qué sórdido todo.  La luz mortecina, el sordo que grita, el cojo… ¿pero dónde coño estoy metida? El Jorobado se transforma en persona en cuanto empieza a hablar. Me da la mano y se presenta como el doctor. Encantada, yo soy la paciente.

Reclinan la camilla.

Otro de verde me coloca una goma en un brazo, y me pregunta si he estado más veces porque le sueno. No. Me mira el dorso de la mano, y comenta que es un trabajo de nota. Yo le miro las suyas y compruebo con alivio que no es manco (con todos mis respetos para los anestesistas que sí lo sean…). Llama a fulanito, dice, que no le quiero destrozar la mano. Fulanito no viene, así que me pincha él, y mientras lo hace, el que se presentó como el DR me acaricia la cara y me pregunta a qué me dedico en mi tiempo libre. Si me acaricia es porque me va a doler, y si me pregunta por mi vida porque me quiere distraer. A cuidar a los enanos. ¿eres profesora? No, madre. Y pensé que había dado una respuesta muy maruja. Y que les agradecía todo el esfuerzo, pero no era ni mucho menos la primera vez que me pinchaban.

El que estaba realizando un trabajo para nota suspende. Me pregunta si me ha hecho mucho daño,  pero contesto que no. LLega fulanito y me vuelve a pinchar, ahora en la muñeca y sin difultad. Mientras, el DR también se ha puesto marujo y me habla de sus dos niños. Y el anestesista, que dice que tiene cinco. Y el DR dice que él piensa superarle, pero que su mujer no lo sabe. Me sonrío, aunque el chiste ha sido más bien malillo y manido. Pero es de agradecer. Y el DR me ilumina la cara con un tubito negro y largo. Y el anestesista le dice que no es una gastro, que es una colo, que si quiere empezar por la boca bien, pero que tardará un huevo. Y yo me descojono, éste, éste ha sido mejor, sigue por ahí. ¿Y aparte de reirte con los anestesistas, a qué te dedicas? Soy asesora fiscal, un coñazo, os lo pasáis mucho mejor aquí. ¿Puedo desgravarme el renting entero? Entero no. ¿Crees que con la crisis Hacienda nos va a mirar más? ¿A los profesionales? espero que sí… Total, ya me habían pinchado, y del resto no me iba a enterar, así que para qué ocultar que,  como asalariada, me da rabia que los profesionales facturen en B, se deduzcan de todo, y seamos los tontos de turno los que soportemos lo que ellos no declaran. Pero vaya, que si sé que diciendo mi profesión termino hablando de trabajo, para la próxima remato el marujismo y digo que me dedico a mis labores.

¿Qué te gusta beber cuando sales? (No, más interrogatorios, no, seguid con el humor, más chistes, tú, anestesista, vuelve a bailar como antes con los brazos en alto…. ) Ron ¿Ron con qué? Ron con cola…. Ron con cola…

Lo siguiente que recuerdo es estar en la habitación, Rubén almi lado. La puerta está abierta.

El doctor cojo entra, y a mí me empieza a resultar atractivo. Supongo que el compartir intimidades une. Dice algo pero no me entero.  Se va y deja un sobre en la mesilla. Abro el sobre y leo que la rectoragia estaba causada por  hemorroides. Un diagnóstico vulgar y previsible. Pero la vulgaridad y la previsibilidad me parecieron muy bien. Todo puede ser bueno en según qué circunstancias. Hasta eso.

Llega la enfermera y me dice que me puedo vestir e irme. ¿Y puedo comer? Por supuesto, vida normal.

Rubén me coloca las medias, y abre mi bolso, y me enseña el zumo y las galletas. Y unos alcahueses (como los llamaba mi abuelo Avelino).

¿Qué tal ha ido?

No te lo vas a creer, pero me he divertido.

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Relato: From guillestation91

25 Diciembre, 2008 · Dejar un comentario

From: guillestation91@gmail.com
To:
eljosete69@yahoo.es
Subject: Mariquita
Date: Mon, 30 Apr 2008 09:35:42 +0200

Hola gay, qué es de tu vida.

Supongo que andarás como siempre, inflándote a tercios mientras le das al billar, qué cabrón. Hace mucho que no voy por el pueblo, tío, ya lo sé, pero seguro que no me pierdo mucho, que seguirás teniendo la misma cara de mariconazo de siempre. Y mientras la recuerde todo está bien. Por aquí todo sigue igual, ya sabes. Menos mal que tengo este trasto. Internet es la hostia. Y con los estudios también me entretengo, cualquiera que me oiga… esto no se lo cuentes a nadie. Y menos al Pelos. Ya ves, ahora que ya da igual, de pronto leo los apuntes y me centro. Y comprendo lo que leo, y me interesa, y tengo ganas de seguir y seguir. Y guardo los apuntes, y recuerdo lo que he leído. Hasta algún problema de mates me he puesto a hacer. Cuando salga de aquí voy a necesitar un programa de rehabilitación. Te voy a meter una paliza al billar que te vas a cagar. Aprovecha a ser el rey de la mesa mientras ande por aquí, porque cuando salga, va a volver el puto amo. Bueno… si es que salgo. Este comentario me habrá costado una colleja, pero no me regañes. No se lo digas a nadie, tío, pero es que esto es muy largo. Es que parece que no va a acabar nunca. Que a veces lo que quiero es que acabe. A ser posible bien, pero que acabe. Me pongo súper filosófico, tío, que igual ni me estás reconociendo, que ya lo sé. Pero es que pienso en el final y tengo miedo. Cómo iba yo a saber que en mi 1’80, hubiera sitio para un tatoo, para el piercing y para el miedo. Todos estamos raros. Hasta mis padres, que intentan disimular, pero no parecen los mismos. Es que no los conozco, tío. Mi madre es más pesada incluso, que ya es decir. Y no me conozco a mí tampoco, porque ahora ya no le digo que no sea pesada, que deje de darme la brasa con tanto abrazo y tanto beso, ya no le digo que me va a amariconar. Ahora me callo, no vaya a ser que por una vez en la vida me tome en serio y deje de hacerlo. Que es que ahora de pronto les ha dado por tomarme muy en serio. Pensarás que soy una nenaza, pero es que mientras me acaricia mi madre la cabeza, y me remueve el pelo, se me olvida el miedo. No se lo digas a nadie, tío. Lo del miedo. Y menos a Sandra. A la Sandra ni media palabra. ¿Cómo está, por cierto? Sigue tan buenorra? Seguro que ya está morena, y pasea su piercing. Me cago en la puta, y yo aquí, perdiéndomelo. A veces me parece mentira que me espere. Que me lo puedes decir, eh? Que si estuviera con otro yo lo entendería. Dile que la escribiré. Que no me llame, y que no venga pa Madrid. Que alguien le dio el teléfono, tío, no te lo conté. Seguro que fue el Pelos, joder, que fallé el mote, que le tendría que haber puesto el Bocas. Me llamó, tío, así, de improviso. Que eso no se hace. Y me quedé mudo. Qué coño mudo, me quedé gilipollas. Y la recordé riendo el día que Santi nos dejó el coche, cómo se tiró el rollo, eso no se me olvida. Y fumamos. Y se reía y se reía. Parece mentira, pero es lo que se me ha quedado a fuego. Más que el polvo. Manda huevos. Y, no me regañes, pero pensé que igual no la volvía a ver reír. Y lloré. Sin control. Me acordé de mi hermano Rodri, que aún se mea por las noches, que no controla. Pues igual yo. Y la tuve que colgar. Y ahora recuerdo tu cara de mariconazo y se mezcla con la risa de la Sandra, y lloro también, pero no se lo digas a nadie, tío, esto entre tú y yo.
Ya te dejo, que hoy tengo ciclo. Estaré unos días sin escribir, ya sabes, me quedo jodido.

Un abrazo,

Guille.

 

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Padre por un día

18 Diciembre, 2008 · 4 comentarios

(Escrito el año pasado por estas fechas. Me apetece conservarlo poque contiene recuerdos de los peques, y supongo que les hará ilusión leerlo dentro de unos años. Poco a poco, empezamos a ir cuesta abajo.)

Esto es algo que me dice mucha gente. ¡Qué suerte! ¡A mí me encantaría tener hijos! A mí me parece sencillísimo. Vamos, prodigiosamente sencillo. Supongo que de tanto ver el Milagro de P. Tinto me aprendí la técnica a la perfección. Dos de dos. Impresionante.

El caso es que siempre que oigo esos deseos en bocas ajenas, hago el ofrecimiento de prestar a los míos para compartir esa maravillosa experiencia. Y de modo completamente desinteresado, completamente gratis, sin pedir nada a cambio. Pero a la hora de la verdad nadie quiere probar.

En fin, si a alguien le hace ilusión quiero decir que mis hijos son perfectos para esta experiencia. Especialmente si es un hombre el que desea vivirla.

Nada más entrar se sentirá de lleno en el papel, pues lo primero que escuchará es a un niño llamándolo papá. El suyo de verdad tuvo que esperar casi dos años para escucharlo. Pero ahora tiene la técnica dominada, y se lo dice con emoción a todo ser de sexo masculino que entra en casa.

Además, entretener a un niño es fácil. Pablo es feliz sólo con que le hagan caso. No necesita que juegues con él. Se conforma con que le mires mientras él juega. Y así, para ganártelo, debes estar atento mientras te enseña lo bien que juega al Súper Mario, al Pequeño Granjero. Te sienta a su lado para que veas Humor Amarillo o Los Autos Locos, o te pone a escucharle mientras lee, o te enseña los 100.000 dibujos que ha hecho desde que aprendió a coger un lápiz. Si le echas una guerra de cosquillas, lo zarandeas, coges en volandas, o te conviertes en toro mecánico, te querrá para siempre. Pero esto ya es para nota. Fácil, verdad? Bueno, pues ahora pasamos al Nivel 2. Hay que hacer todo eso MIENTRAS le das la mano a Miguel que está pegando brincos en el sofá o en la cama, y que a pesar de llevar tres descalabros en lo que va de tarde no ha aprendido. Intenta jugar contigo a los puñetazos. Aunque no sepa hablar te darás cuenta porque llega descojonado de risa diciendo “pum, pum” y te coloca con su manita angelical un puñetazo con todo su ímpetu y su puño cerrado en el carrillo. Si le sigues la gracia malo. Si no se la sigues también. Intentará que le hagas cosquillas y lo persigas por toda la casa (al menos es pequeña), y aunque no te apetezca ni media se reirá con esas carcajadas con las que chantajea constantemente. Y mientras lo persigues por el pasillo oyes a Pablo diciendo “¿cuándo vienes? Es que justo ahora llega la pantalla final y quiero que veas cómo me la paso”. Eh… ahora, ahora voy!

Una señal de alerta máxima es que Miguel se haya callado. Porque a pesar de los golpes que lleva en la cabeza el puñetero la sigue teniendo en uso. O todo lo contrario. El sábado sin ir más lejos, en el tiempo que se tarda en abrir un brick de caldo (sí, cuando el día que dijeron: “mamá, qué rica está esta sopa” fue el día en que en lugar de haberla hecho yo la había comprado de sobre, me juré a mi misma no volver a hacer caldo en la vida), y ponerlo a calentar en una cacerola, Miguel había cogido una silla, la había acercado al mueble donde guardo las medicinas en alto, y me lo encuentro allí en alto, con una tableta de Rhodogil en la mano, y una pastilla chupada en el suelo. Le quito la tableta de las manos. Quedan 3 pastillas. ¿Y cuántas había antes? Ni idea.

- Miguel, ¿cuántas te has comido?

- ——–

- Miguel, la tienes en la barriguita o en el suelo?

- Elo

- ¿O en la barriguita?

- Aiíta

Mierda. Le doy otra vez la tableta. Observo cómo las saca. Quita el aluminio y delicadamente la deja caer. El plástico no pierde su forma. Repite el proceso varias veces. Cojo la tableta y observo la forma de los plásticos donde ya no hay pastilla. Sólo hay dos sin aplastar. Una estaba en el suelo. Así que como mucho se ha tragado una. No hace falta ir a urgencias.

Pablo no pierde la esperanza y sigue pidiéndote periódicamente que vayas con él. Y Miguelito poniendo en serio riesgo su vida para que no le quites ojo.

Pero todo llega a su fin, y después de haber inundado el cuarto de baño para asearlos, de haber corrido por toda la casa porque han decidido que vestirse es un juego, y tú la llevas, y de haber luchado para que cenen, se van a la cama y se duermen. Y te dan besos, abrazos, te dicen que te quieren, y que porfi, cinco minutos más.

Y entonces descubres lo que es descansar de verdad. Y entonces te das cuenta del valor de un sillón. Por muy pintado que esté. Y aunque te duele todo y estás hecho trizas, y llevabas deseando ese momento toda la tarde, no puedes evitar dar otro paseo más a su habitación. Y mirarlos. Dormidos. Con los pies al aire. Y se los tapas. Y ya… esos padres deben estar a punto de volver. Y suspiras hondo al verlos llegar. Y te vas cansado y con alivio. Pero no puedes evitar sonreír cuando recuerdas las carcajadas sonoras, el pum pum del puñetazo y que te han llamado papá. Te has enganchado un poquito. No estés triste. Si eres bueno, otro día más.

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Más que una poesía del XVII

15 Diciembre, 2008 · 6 comentarios

 

Esta semana no he sido capaz de sacar ni tiempo ni arrestos para escribir. Y esta semana que entra va a ser similar. Al menos he ido programando artículos antiguos que quiero que queden aquí guardados.

 

Pero entre todos esos recuerdos y relatos antiguos, me apetecía dejar algo nuevo. Sucedió el otro día, no sé si la semana pasada, o la anterior.

 

Estábamos ambos sentados en el sillón. Sin tele, sin música, sin niños. Me cogiste la mano, y empezaste a pintar algo, tapándolo para que no pudiera verlo. Cuando terminaste leí:

 

TE AMO”

 

Sonreí.

Cogiste mi mano de nuevo, y esta vez en la palma, seguiste escribiendo. Más tiempo, y más letras. Cuando acabaste volví a a leer:

 

JA JE JI

JO JU.

 

MAÑANA YA TE

PUEDES LAVAR

BIEN!!!!”

 

Me eché a reír.

  • ¿Qué pensabas? Que te estaría escribiendo una poesía o algo así, no?

  • Descuida, que tenía la absoluta certeza de que una poesía no iba a ser.

  • ¿Por qué? ¿Crees que no sé ninguna?

  • Hombre… muchas muchas no creo que sepas.

  • ¿Qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul… – todo esto declamando con voz de falsete y cara cómica- ¿Eh?, ¿qué me dices? ¿Es así o no es así?

  • Sí, es así, muy socorrido Bécquer.

  • Otra: Con los dedos de las manos, y los dedos de los pies,

    con mi polla y los cojones, todos suman veintitrés.

    Dios, si es que soy un poeta. ¿Sí o sí? Yo tendría que haber nacido en el siglo diecisiete.

  • Sí, o en el dieciocho.

 

El caso es que a veces me sueles avisar, por favor, no se te ocurra publicar esto. Aquel día no me dijiste nada, no sé si confiabas en mi buen juicio. Si fue así hiciste mal.

La cosa es que mientras esa noche me lavaba las manos (no, no pude esperar al día siguiente), y veía cómo se iba diluyendo el ja je ji jo ju, y yéndose el te amo por el desagüe, pensé una vez más cuánto me gusta que me hagas reír. Más que cualquier poesía del S. XVII.

 

 

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El chiste

16 Septiembre, 2008 · 1 comentario

Hay dos tipos de personas. Las que hacen reír y las que se ríen. Las que empiezan a hablar y de pronto a su alrededor se hace el silencio, y las que hacen el silencio.

Yo soy de las que se ríen. Y de las otras.

Pero una vez asumido que no me ganaré nunca la vida como monologuista ni como oradora, me siento cómoda en mi papel.

Lo cierto es que hay cosas que no sé si se dan por herencia o porque estadísticamente hay más posibilidades de pertenecer al segundo grupo que al primero, pero el caso es que Pablo es de los míos.

Cuando vamos al cine, o al teatro, la gente que se sienta alrededor termina mirando al niño, porque sus carcajadas son tan sonoras, tan sentidas y tan contagiosas que llama la atención.

Pero cuando me dice: “mamá, ¿te cuento un chiste?” por muy hijo mío que sea, resoplo para mis adentros, y mientras pienso ¡qué remedio!, le contesto “claro cariño”. Y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no desconectar. Pero ya cuando los chistes empiezan por “érase un inglés, un francés, un alemán y un español”… me doy cuenta que ni siquiera perteneciendo al grupo de personas que se ríen voy a ser capaz de hacer bien mi cometido.

Y algo así me pasó el otro día, mientras los bañaba:

-¿Te cuento un chiste mamá?

- Claro cariño

(Hasta ahí todo va según el guión, resoplido interno incluido).

- Pues había una vez un francés (mierda, otra vez no, por favor!), un inglés, un alemán…

- ¿Y quién más?

- Ay! Espera! Que se me ha olvidado…. Bueno… pues…. el inglés, hummmm, decía, ehhhhh: “pues en mi país hay….. hay…..”

- ¿Hay qué?

- Hummmm, espera que piense….bueno, el caso es que…. al final…. se cae.

- ¿de dónde?

- No me acuerdo. Y luego llega el francés y dice…. eh…. hummmm…. Jo, ¡le voy a tener que pedir a Alberto que me lo vuelva a contar!

 

(y mientras yo me regocijaba pensando que por esta vez me libraba, él vuelve a la carga)

- Eh!!!! Si quieres te cuento el final!!!!

(bueno, al menos irá al grano)

- Pues que llega el español y dice: “Pues en mi país hay vino así que ¡¡¡¡¡a la porra el chino!!!! (y se desternilla. Yo, cara de póker. Él me mira desconcertado)

- ¿¿¿¿ Lo pillas, mamá ?????

 

- Pues… no!

- (resopla) Ay! ¡Es que no te enteras de nada! VINO rima con CHINO!

 

Pues eso, que no me entero. Pero por la cuenta que me trae espero que él no tarde mucho en enterarse del grupo al que pertenece. Y que no me culpe por ello

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