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La Historia de las Cosas

Quería colgar un vídeo de 20 minutos que merece la pena ver. Pero como mi wordpress últimamente está entontecido (¿soy la única a la que le cuesta al abrir una entrada que se pueda escribir en visual en lugar de el HTML, o bien cuando pincho en “subir objeto” se tuesta y no sube nada?) dejo el enlace, que es mucho más cutre, pero de veras merece la pena. Atención a las reflexiones acerca de la flecha dorada….

http://www.youtube.com/watch?v=vE-0bnR7VFc&feature=player_embedded

Corazón y cabeza

Ayer, buscando un ensayo interesante para mis hipotéticos alumnos, cogí Ideas y creencias de Ortega y Gasset. Y encontré  “Estudios sobre el corazón” subrayado por mí, trece años atrás. Había marcado lo siguiente:

1. Corazón y cabeza

“La cultura ha progresado, se dice. Falso, falso. Eso no es la cultura, es sólo una dimensión de la cultura, es la cultura intelectual. Y mientras se progresaba tanto en ésta, mientras se acumulaban ciencias, noticias, saberes sobre el mundo y se pulía la técnica con que dominamos la materia, se desatendía por completo el cultivo de otras zonas del ser humano que no son intelecto, cabeza: sobretodo, se dejaba a la deriva el corazón. (…)

(…) En el Renacimiento, dominaba plenamente el intelectualismo: todo lo bueno se esperaba de la cabeza. Hoy, en cambio, comenzamos a entrever que esto no es verdad, que en un sentido muy concreto y rigoroso la raíces de la cabeza están en el corazón. (…)

(…) Todo lo que haya en nosotros que no sea conocimiento supone a este y le es posterior. Los sentimientos, los amores y los odios, el querer o no querer suponen el previo conocimiento del objeto. ¿Cómo amar lo ignoto? ¿Cómo desearlo?(…)

(…) Pues bien, yo me pregunto: ¿Amamos lo que amamos porque lo hemos visto antes o en algún serio sentido cabe decir que vemos lo que vemos porque antes de verlo lo amábamos ya? (…)

(…) Para ver, en suma, es preciso fijarse. Pero fijarse es precisamente buscar el objeto de antemano y es como un preverlo antes de verlo. (…) La atención no es otra cosa que una preferencia anticipada. (…)

(…) No somos, pues, en última instancia conocimiento, puesto que éste depende de un sistema de preferencias que más profundo y anterior existe en nosotros. Una parte de ese sistema de preferencias nos es común a todos los hombres, y gracias a ello reconocemos la comunidad de nuestra especie, y en alguna medida conseguimos entendernos; pero sobre esa base común cada raza y cada época y cada individuo ponen su modulación particular del preferir, y esto es lo que nos separa, nos diferencia y nos individualiza, lo que hace que sea imposible comunicar enteramente con otro. (…) Las almas, como astros mudos, ruedan las unas sobre las otras, pero siempre las unas fuera de las otras condenaddas a perpetua soledad radical.  Al menos, poco puede estimarse a la persona que no ha descendido alguna vez a ese fondo último de sí misma, donde se encuentra irremediablemente sola.”


Y me emocionó sentirme tan identificada en esencia conmigo misma y de  una forma tan íntima.

Ya tengo texto para la clase.

Cuestiones de fe.

A veces me cuestiono el por qué creo en lo que creo. Sé que a veces tengo miedo de desapegarme de la realidad, o del realismo, y a veces las dificultades me tambalean. Me cuesta trabajo mantener mi seguridad en todo en general, y mis replanteamientos son constantes.

¿Qué quiero decir con esto exactamente? Bien, un ejemplo. La semana pasada una de las personas que colaboraban activamente con la Asociación se dio de baja. La Asociación Dar es Salaam es pequeñita. Somos unos cuarenta socios para construir un hogar escuela en Tanzania para sacar de la calle a unos doscientos niños, y que cuesta más de… ufff…  prefiero no concretar esa cifra acompañada de cinco ceros a su derecha, pues  me marea.  Por no hablar del futuro mantenimiento mensual. El caso es que leer la noticia de la baja me tambaleó, y no pude evitar lamentarme a César. César, cada vez somos menos, no damos abasto, no podemos hacerlo todo nosotros. Y César, inquebrantable como siempre, me contestó. No te preocupes. Tengo el presentimiento de que se está fraguando algo bueno. Habla del proyecto con las personas a las que admires.

Y eso bastó para perder el miedo, para continuar creyendo en lo que parece imposible. Y después de todo, ¿qué es un presentimiento? Un presentimiento no es nada. ¿O sí?  En realidad no es el presentimiento, es la seguridad. Es esa fe sin fisuras. Es esa fe la que me hace creer. Si tú crees yo creo.

Lo que quería decir con este ejemplo es que me doy cuenta de que no me basta para avanzar tener un bonito proyecto que me gustaría hacer realidad. Me doy cuenta de que sola es fácil que me pierda en el camino. Que necesito a mi alrededor personas que no se dejan cegar por las dificultades porque son capaces de mirar más allá, y hacen posible lo imposible. Y estas personas  son canalizadoras de mi propia fe. Y supongo que como todo, creer también es un aprendizaje. Y quiero creer que en algún momento de este camino, llegaré a aprender a tener fe también en mí misma.

De la muerte y otros negocios

Trabajo en una asesoría. Y más concretamente me dedico a contabilizar para empresas, liquidar impuestos, hacer cierres mensuales, reportes y controlling financiero, consolidaciones, y procurar que no tengan problemas con la Temible Hacienda Pública, enseñándoles a portarse bien. Y si los tienen, arreglarlos de la mejor manera posible. Casi tan apasionante como ser piloto acrobático.

El caso es que un día corriente, en medio de este trabajo corriente, trabajando para un cliente corriente, una factura no muy corriente me llamó la atención. La emitía una funeraria. El importe era elevado. Miré el concepto. No había error. Estaban facturando un sepelio y demás servicios funerarios. No pude evitarlo, y la escudriñé hasta que vi el nombre del muerto. Por los apellidos até cabos. Era el hijo del socio de esa empresa. Por ley, la sociedad no se puede deducir esa factura. Pero lo cierto es que en esos momentos me dio reparo llamarle para decírselo. Hice mi trabajo como se debe sin consultarle. No encontraba palabras con tacto suficiente como para abordar el tema. Claro, que este señor no tuvo ningún reparo en pedirle a la funeraria una factura a nombre de la empresa con el cuerpo de su hijo sin terminar de enfriarse. Y eso que yo siempre he sido partidaria de buscar el lado positivo de todo. Pero el razonamiento ese de “bueno, ya que la ha diñado, al menos me deduzco los gastos del sepelio”… no coincide exactamente con lo que yo entiendo por “lado positivo”. Y es que cuando el lado positivo tiene que ver con el dinero, esa filosofía se envilece.

Supongo que todo el mundo piensa en su muerte, que es la única muerte que con certeza va a tener que vivir. Y también en su post-mortem. Y no me refiero a si hay o no vida después, a una posible reencarnación, o al Nirvana. Yo me refiero a imaginarme a mí misma dentro de una caja de pino abierta en un tanatorio. Y a la familia y amigos desplazándose para acompañar a los más allegados y afectados, desfilando delante de un cuerpo en el que a duras penas se reconoce la vida que antes hubo. Y no me gusta. Al igual que no me gustan los cementerios. Ni las visitas obligadas. Ni las limpiezas de lápidas. Ni mucho menos una urna dentro de una casa. Me pregunto si no sería posible que nadie velara mi cuerpo y que lo metieran directamente en un horno. Si no sería posible que mis cenizas se tiraran en algún lugar bonito. Aunque si es por el váter tampoco me importa. Total, no me voy a enterar.

Me pregunto si sería posible que no hubiera ningún lugar físico que recuerde el “aquí yace”, para poder yacer en los corazones de aquellos que me hayan querido. Ese se me hace un lugar mucho más hermoso. Y sobre todo me pregunto si sería posible vivir en su recuerdo.

Cuántas cosas con sólo una factura. No seré piloto acrobático, pero al menos puedo permitirme el lujo de ponerme pensativa. Sólo siento que, en mi caso, no vaya a existir factura que le permita a alguien pagar menos impuestos. Aún así espero que me lo perdonen y no me aparten de su memoria.

Mientras pienso todo esto, no puedo evitar escuchar a mi vocecita interior, esa que es mi amiga, recitarme:

When I am dead, my dearest,
Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree:
Be the green grass above me
With showers and dewdrops wet;
And if thou wilt, remember,
And if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,
I shall not feel the rain;
I shall not hear the nightingale
Sing on, as if in pain:
And dreaming through the twilight
That doth not rise nor set,
Haply I may remember,
And haply may forget
.

de Christina Georgina Rossetti

El cazo y la sartén

Ana era nueva en la oficina. Administrativa.

Ana era bajita, de ojos muy pequeños cubiertos con unas gafas de pasta, y cristal muy ancho. Tenía mucho pelo, fosco, y castaño, y lo llevaba corto, con flequillo y raya en medio. Su cuerpo era desproporcionadamente ancho con respecto a sus piernas, delgadas, que se juntaban a la altura de las rodillas. Andaba con una ligera cojera. Siempre usaba pantalón con raya, camisa metida por dentro,  jersey sobre sobre los hombros, y pañuelo en el cuello. Ana sufría una discapacidad que le impedía vocalizar. Había que concentrarse mucho para entender lo que decía, y cuando se le hablaba de algo, jamás contestaba con otro algo que guardara la más mínima relación, al más puro estilo de dónde vienes, manzanas traigo. Nunca aprendió a utilizar el pestillo del lavabo, ni tampoco su contraseña de Windows.

Isor era nuevo en la oficina. Informático.

Isor era de talla media y debía rondar los veinte años. Su pelo era grasiento en las raíces y estropajoso en las puntas, que llevaba teñidas de color naranja, y atadas por mechones formando coletitas. Comía con su MP3. Trabajaba con su MP3. Caminaba por los pasillos solitario y cabizbajo con su MP3, eludiendo cualquier saludo. Y cuando no podía eludirlos directamente no contestaba. Solía llevar pantalones con raya, camisa clara, jersey de cuello de pico de rombos, y corbatas ajadas de colores absurdos. Siempre llevaba su mochila a hombros y dentro guardaba un batido de chocolate que tomaba a modo de tentempié.

Una mañana, Ana me pidió ayuda para meter su contraseña. Pero cuando lo intenté ya era tarde, y la había bloqueado. De modo que llamé a Isor, el informático, para solicitarle el desbloqueo y una clave nueva. Isor llegó con sus mechas, sus coletas y su MP3, se sentó sin mediar palabra, restauró la contraseña y se marchó sin mediar palabra. Como Ana estaba visiblemente apurada, nada más marcharse Isor, traté de quitarle hierro al asunto, y le dije que no se preocupara, todos teníamos alguna vez problemas con la informática. A lo que ella me contestó algo que, traducido, era así como “desde luego, es que este chico es raro, raro, raro

A mí entonces, me dieron ganas de pensar “le dijo el cazo a la sartén”. Pero, visto lo visto, preferí concentrar mis pensamientos en la subjetividad de la realidad, con sus respectivas normalidades y rarezas.

El cisne, el violín y la música.

Recuerdo cuando era pequeña, lo diferente que me sentía del resto de las niñas. Esas que iban con sus estuches de Hello Kitty, las gomas de borrar que olían a fresa, y unos clips monísimos con forma de pinza para tender en miniatura. Esas que iban con sus merceditas y sus manoletinas, y con las trenzas siempre en su sitio. Esas que en las extraescolares se habían apuntado a ballet, y andaban tan derechitas, con ambos pies abiertos hacia fuera, y medio de puntillas, pero elegantes a pesar de todo, y que más adelante se apuntarían a danza española, y sabrían bailar sevillanas en las bodas.

Yo llevaba zapatos de cordones, que era el único calzado que podía usar llevando plantillas ortopédicas, usaba gomas de borrar Milan, y mis clips tenían forma de clip. Iba siempre con arañazos en las rodillas, o con agujeros en las medias después de alguna caída, y creo que mi forma de caminar no se asemejaba para nada a la de un elegante cisne con el cuello bien estirado. Porque yo no andaba, brincaba. Y por supuesto nunca me apuntaron a ballet, y aún hoy, cuando ponen sevillanas en las bodas, soy de las que se quedan mirando. Sólo el ratoncito Pérez fue capaz de darse cuenta de que no me habría importado ser un poquito más clásica alguna vez, y parecerme a ellas algo más. Y me trajo a cambio de un diente, un bonito estuche de color rosa, lleno de cajoncitos repletos de gomas con forma de ositos, con olor a fresa, que llevé orgullosa al día siguiente al colegio. A mis amigas les encantó. Y también a la niña con la que compartía pupitre, Raquel Caballero, que me pidió que se lo dejara llevar una noche a su casa. Ni qué decir tiene que nunca más volví a ver mi estuche.

El que abrieran un conservatorio a pocos metros de mi casa fue una señal inequívoca. Con seis años, todo lo que me dejaron hacer fue cantar. Suficiente. Pues anda que no me había pasado yo ratos cantando con una escoba de plástico por micro. Empecé por ahí, en una coral. Después preparatorio de solfeo, y elección del instrumento. ¿Y por qué no seguir cantando? Que no, que instrumento. Bueno, puestos a elegir, yo quería piano. Mi padre, (quizás temiéndose la inversión y armatoste que suponía) me tocó la fibra sensible. ¿Piano? ¿Como todo el mundo? Porque a nadie le gusta que le digan que hace las cosas como todo el mundo, pero lo cierto es que me gustaba el piano, como a todo el mundo.

Piqué, elegí ser original, y empecé con el violín. Ahora creo que debería haber tenido la suficiente personalidad como para aceptar que me gustaban las mismas cosas que al resto del mundo. El piano. Y hasta el ballet.

Terminé quinto de solfeo y cuarto de violín, aunque a regañadientes. Ya hacía tiempo que a mí tocar el violín me suponía un suplicio. Me desesperaba, no tenía paciencia, y no soportaba que no saliera bien, o no tan bien como yo me exigía. Y si algo tiene ese instrumento, es una enorme facilidad para no sonar bien. Y además es un instrumento que en solitario, no llena. Y yo no tenía orquesta que me acompañara.

Recuerdo tocar enfurecida, recuerdo el sudor en la espalda, recuerdo el autocontrol que tuve que desarrollar para no dejarme llevar después de no hacerlo bien, y no romper el arco, ni partir aquel maldito violín en mil pedazos. Hija sácate el título, que después de tantos años… Como si el título me hubiera servido de algo, o me estuviera pagando ahora la nómina… Ni qué decir tiene que con once o doce años la música coral dejó de parecerme enrollada, así como pasarme ensayando todos los viernes por la tarde. Así que cerré capítulo con la enseñanza musical académica en cuanto me saqué ambos títulos. Pero no con la música. Porque lo nuestro era especial. Eso sí, esta vez sería a mi manera. Y yo seguí cantando a escondidas. Y aprendí a tocar la guitarra, que era en esos momentos lo que sí me gustaba. Como a todo el mundo. ¿Y qué? Después de todo, nunca sería como todo el mundo, y no porque yo no hubiera usado manoletinas, ni bailado ballet. Para sentirme especial con respecto al resto del mundo no necesitaba ir al colegio en un platillo volante, ni tocar la cítara, ni… sólo tenía que hacer lo que me gustara, y hacerlo a mi manera.

Y eso hice. Y todavía, a veces. aún lo hago. Y cuando lo hago, y disfruto, y me sale bien, ya sea en la ducha, en el coche, o con quien sea, dejo de pensar en el estuche de Hello Kitty, en el cuello de cisne, en la distancia y en el olvido: cierro los ojos, vibro, me estremezco, y me convierto en… música.

Me echo de menos

Hoy es uno de esos días en que salgo de trabajar y pienso que no tengo ninguna idea. No me refiero nada brillante. Que la relatividad ya se descubrió. Me conformo con menos. Con algo sencillo. Con una de esas pequeñas cosas que de pronto un día ocurren y por algún motivo te llaman la atención. Y se quedan enroscadas en el dico duro, y cuando uno intenta cerrarlas no hay manera, y aparece la ventana de Este programa no responde. Y no va ni para atrás ni para adelante. Así que decido unirme al enemigo y pensar en el por qué, y sacar alguna conclusión. Y como premio tengo un post que escribir por la noche.

Pero hoy no. Nada. Hoy salía del trabajo y mientras caminaba hasta el metro no tenía nada dentro. Y pensaba a cada paso que daba “¡venga! ¡piensa! ¡Siempre hay algo!” Rebuscando con cuidado no puede pasar un día en que no haya algo mínimamente especial que lo diferencie de los demás. Algo sobre lo que merezca la pena parase un rato y pensar. Y sobretodo, escribir. Y pensaba en el pequeño trecho que me separaba de la boca del metro. Piensa deprisa, se te acaba el tiempo. Como cuando uno se despierta a media noche, y no se puede dormir. Y cuanto más mira el reloj y piensa en las pocas horas de sueño que le quedan, y lo que le urge dormirlas, más nervioso se pone y más se aleja el sueño. Corre, que una vez dentro del metro abres el libro y desconectas. Y se te apaga esa voz tuya con la que charlas y que tantas ideas te ha dado. Y se va a terminar el día y aún no me ha dicho nada.

Ahí, ahí está el problema. Lo entendí rápido. El tiempo. Y es que hasta para tener una idea hace falta tiempo. Paso demasiado poco tiempo conmigo misma y con mi voz. Me echo de menos. Cuando me la encuentro, el encuentro es tan fugaz que nos quedamos en un mero saludo. No puedo presionarla y pedirle que en un par de minutos se abra. La intimidad lleva su tiempo. Hasta la de uno mismo consigo mismo. Y eché de menos un paseo. Un baño de esos de una hora. Un viaje en metro sin libro. (Bueno, y puestos a pedir, sin achuchones). Observando juntas. Viviendo solas. Aunque fuera

Expectativas y esperanzas

Esta noche es una de esas noches que quedan en la memoria con una marca indeleble. O eso es, al menos, lo que espero de ella. Esas son mis expectativas. Mira que me he propuesto veces no creármelas. Mira que suelen ser motivo de frustración. Pero nada. Ahí están los nervios, y las ganas de que llegue, de que avance el día, y de saborear sus horas. Día de reencuentros. Los días de fiesta son propicios. La gente vuelve a casa. Y entre toda esa gente también hay algún que otro amigo. De esos que viven lejos, pero que siempre vuelven. Que siempre llaman. Y otros que viven cerca, pero se sienten lejos. Pero para eso están los reencuentros en una tarde de viernes. Y en una noche de viernes.

Y a las expectativas esas no he conseguido darlas esquinazo.

El otro día hablaba con un amigo que me había dado como sinónimo de expectativa esperanza. No estoy de acuerdo, no es lo mismo. Tienes razón, dijo. Pero no fuimos capaces de sacar el matiz que las diferencia.

Expectativa:Posibilidad razonable de que algo suceda

Esperanza:Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.

Estas son las definiciones que nos da la Real Academia Española.

Tampoco estoy del todo de acuerdo. Creo que depende del tiempo. Una expectativa es una posibilidad de que algo ocurra de una determinada manera en un futuro cercano. Pueden ser realistas o no. Cuando no se cumplen… cuando no se cumplen llega la decepción.

La esperanza… yo creo que la esperanza también es subjetiva, la crea cada uno. La diferencia es el tiempo. La esperanza no tiene tanta prisa. Puede llegar a ocurrir, ¿cuándo? Cuando sea. En un futuro. Me da igual mañana o dentro de diez años, o dentro de diez vidas. Pero puede llegar a ocurrir. Con eso basta.

Está bien eso de no ponerse plazos, de no ponerse fechas, de no presionar a nuestros deseos, porque con esa presión a veces no nos damos cuenta de que se cumplen otros muchos a cada momento. Y sólo queda la insatisfacción de lo pendiente.

Así que voy a dejar que este día transcurra como él quiera. Si se quiere quedar en mi memoria para siempre será bienvenido. Si se quiere ir cuando llegue el sol de la mañana, le dejaré ir. Sin pena. Con cariño. Reencuentros. Es tan bonito desearlos, que cuando llegan por fín… uno no sabe cómo manejarlos. Pero para qué. NO hay que manejar nada. Ellos sabrán hacerse solos.

… Y si fuera ahora?

Cuando tenía catorce o quince años solía tener crisis de hipocondría. De pronto creía tenía síntomas evidentes de padecer una enfermedad terminal. Y no se lo contaba a nadie a nadie, porque se reían de mí, porque yo misma era muy consciente de que eran cosas mías, que estaba en mi cabeza… pero, en mi interior, comenzaba todo un proceso. Primero de tremenda angustia por saber que la vida se me acababa. Después negación,  pánico. Y poco a poco comenzaba un intento de aceptación. Por último, de despedida.

Morir con quince años para mí significaba que tu vida no ha tenido absolutamente ningún sentido. Se suele decir que a esa edad uno tiene toda la vida por delante. Y es cierto, porque detrás apenas queda nada. Pero, si lo que te queda es toda la vida por delante y te quedas sin vida, te quedas sin nada. Te conviertes en un sinsentido, en un esfuerzo en vano, en un proyecto inacabado. Me iba a morir sin un beso, sin follar, sin saber lo que era amar, sin haber tenido un hijo. Y creo que desde entonces, y creyendo luchar contra el tiempo, me he pasado sorbiendo la vida a trompicones, con avidez, con mucha sed, dando pasos muy grandes, saltando, corriendo, como si se me fuera a acabar. Y con cuánto criterio, porque cada día es una lucha contra el tiempo. Porque se nos va a acabar.

Y estaba pensando el otro día en ello.

¿Y si fuera ahora?

¿Y si mis días se agotaran ahora?

Pues es curioso, porque cuando más amo la vida menos peso me supone dejarla. Porque aunque no haya nada que quiera con más fuerza que seguir levantándome por la mañana, que vibrar con el sol, que tiritar con este frío que me pone manos de vieja, que espachurrarme en el metro, que reír con mis compañeros y amigos, que seguir llenando páginas en este diario, que estar junto a mis hijos cada día, que me sepan su incondicional, que seguir disfrutando de mi mejor momento del día, cuando me acuesto y abrazo a Rubén, y dormimos entrelazados y calentitos, y mientras en la calle hiela. Y siento que estoy en casa.

Porque aunque no haya nada que desee con más fuerza que seguir, que poder levantarme un día más, mil días más, un millón de vidas más, y que aunque no haya plantado un árbol ni escrito un libro, si fuera ahora, podría decir que sé lo que es un beso, sé lo que es follar. Me han amado mucho, muchísimo, hasta hacerme sentir grande, especial, valiosa, única. Que hacer esos dos niños ha sido lo más parecido a ser dios. Y que cuidar de ellos cada día, verlos, escucharlos, sentirlos y abrazarlos, y la ilusión poder estar a su lado siempre, llena de sentido el pasado, el presente y el futuro. Que he amado hasta el punto de saber que a pesar de que me inundara toda, y creyera que pudiera hacerme estallar, aún puedo amar más, porque la capacidad es infinita, y he amado al mundo entero, y he amado el amar. No sé si aún puedo pedir más.

Quizás soy simple, pero ya tenga un día o diez mil más, así me haya quedado mucho aún por hacer, he alcanzado mis grandes sueños. Vivo en ellos. Mi vida está llena de sentido, tanto si continúa como si no. Ya dejé de ser sólo un proyecto. Mis grandes ambiciones están ya cumplidas. Y además soy muy feliz. Ya me puedo ir en paz.

El por qué

Llevaba bastante tiempo sintiéndome insatisfecha con la vida que llevaba. Me daba la sensación de transcurría entre un trabajo que si bien no me disgustaba tampoco me hacía sentir orgullosa, y mi familia, que si bien me hacía sentir orgullosa a veces me pesaba como un lastre.

Levántate por las mañanas, prepara los desayunos, el uniforme, instrucciones para la casa, qué hacer de cena, baja al niño al autobús. Coge el metro, llega a la oficina, asientos contables, cierres, liquidaciones de impuestos, requerimientos de Hacienda. A las seis sal corriendo de la oficina, esté tu trabajo como esté porque la que no puede faltar en casa eres tú, baña a los niños, prepárales la cena, pelea con ellos para cumplir con el timing, uno a la cuna, cuento con el otro, el agua, a dormir. Llega el marido, lee una revista y se engancha al ordenador mientras preparas la cena. Pelea para que deje el ordenador de una vez, cena, y mira la mierda de turno que ponen por la tele mientras el marido sigue con el ordenador. A la cama y vuelta a empezar.

A mi alrededor todo el mundo tenía sus hobbies.

Mi pareja los coches: su foro, su GT4, su fórmula 1, sus revistas de Autopista. Mi hijo sus clases de inglés, de judo, de natación, sus dibujos animados, juegos de ordenador. Mi otro hijo destrozar lo que encontraba, desordenar todo lo posible y que hubiera alguien permanentemente detrás de él. En mi oficina mi amiga Eva y Pilar quedaban a menudo, se van de compras, se van de cañas.

Mi amigo Emilio juega al golf, mi amiga Elena va al gimnasio, Juanito está dando clases de canto y va a formar un grupo, Rosa y Fernando no paran de viajar. Raquel asiste a numerosos conciertos, a un curso de diseño gráfico y a baile moderno.

Y… ¿yo?

Un día quedé a comer con Raquel y no lo pude evitar. Se me quebró la voz. Me sentía como una auténtica maruja sin vida propia pero sí para los demás. Absurda, vulgar y alejada de todo ideal de la vida que de joven había soñado (¡de joven! Y pensar eso con 28 años!) Y además me sentía completamente sola.

Las conversaciones con Raquel siempre terminan en un análisis exhaustivo de la situación actual de cada una de nosotras, siempre son largas y siempre se nos hacen cortas, y siempre nos damos soluciones. La mía ese día estaba clara. Patricia, tienes que encontrar tu espacio.

Creo que en el fondo sentía que cualquier cosa que yo hiciera que supusiese dedicar para mí un tiempo que antes hubiera estado dedicado a otras personas no iba a ser visto con buenos ojos. Principalmente dentro de mi casa. Y ya antes de proponer nada yo daba por sentada la desaprobación.

Lo que estaba claro es que una parte de mí se había perdido por el camino, que sin esa parte de mí yo me sentía a medio hacer.

Y cuando uno se pierde no siempre es fácil encontrarse. Sobre todo con un tiempo limitado.

Así que un día comencé por lo más sencillo. Me acerqué al gimnasio del barrio y me apunté a clases de danza oriental. Los viernes de 20-21:00. Se supone que Rubén los viernes tiene jornada intensiva por lo que podría relevarme. Yo la llamaba MI HORA. Recuerdo que el primer día, al salir de clase y mirar el móvil, tenía siete llamadas perdidas. Sin querer me había llevado el chupete de Miguel en el bolso y Rubén estaba hecho una furia por no haber estado atenta al móvil. Claro, lo normal es bailar con él al cuello, y salir corriendo de clase ante cualquier eventualidad que sucediera en LA HORA semanal que yo pasaba fuera de casa. En tres meses pude ir a cinco clases. Cuando fui a renovar el gimnasio había dejado de impartirlas. Así me quedé sin mi hora.

Y proseguí la búsqueda.

Intenté volver a tocar la guitarra. Por la tarde, con los niños. Después de unas cuantas tardes en las que Pablo sólo quería que tocara Nada de esto fue un error de Coti, Miguel aporreando las cuerdas, subiéndoseme encima y tirando dentro de la caja todas mis púas y sucedáneos, lo dejé también. Ahora tengo un instrumento mucho más completo. Según se toque puede ser guitarra o maraca.

Al final, un día, aprovechando una época de muy poco trabajo, empecé a escribir, me registré en El País, y aparecieron las Reflexiones.

Puede parecer algo pueril y conformista. Y puede parecer que esencialmente mi vida es la misma. No me he convertido en una escritora de éxito, no he escrito una novela, no voy a ganar ningún premio literario. No me paran por la calle, no firmo autógrafos. Sigo con los desayunos, los impuestos, los baños y los cuentos. Pero lo cierto es que mi vida sí que ha cambiado. Desde ese día yo también he adquirido el derecho a sentarme durante horas por las noches con el ordenador, porque yo también tengo una afición. Todos los días dedico parte de mis pensamientos diarios a convertir en palabras algo mío que va a ser leído.

Desde ese día leo a muchas personas que con sus historias, su vida, sus cuentos, su filosofía, su testimonio, su denuncia o sus imágenes abren mi mundo.

Desde ese día otras personas leen mis palabras y eso me hace sentir valorada por una faceta mía, que es sólo mía, y que me gusta.

Desde ese día me siento más orgullosa de mí misma porque me he decidido. Porque me he hecho un hueco, porque he encontrado un espacio. Y que siendo mío he llenado con todas las personas que también comparten el suyo.

Y porque con el simple hecho de escribir un poco cada día, y de dar cada día un poco, mi mundo hoy es más grande.