Llevaba bastante tiempo sintiéndome insatisfecha con la vida que llevaba. Me daba la sensación de transcurría entre un trabajo que si bien no me disgustaba tampoco me hacía sentir orgullosa, y mi familia, que si bien me hacía sentir orgullosa a veces me pesaba como un lastre.
Levántate por las mañanas, prepara los desayunos, el uniforme, instrucciones para la casa, qué hacer de cena, baja al niño al autobús. Coge el metro, llega a la oficina, asientos contables, cierres, liquidaciones de impuestos, requerimientos de Hacienda. A las seis sal corriendo de la oficina, esté tu trabajo como esté porque la que no puede faltar en casa eres tú, baña a los niños, prepárales la cena, pelea con ellos para cumplir con el timing, uno a la cuna, cuento con el otro, el agua, a dormir. Llega el marido, lee una revista y se engancha al ordenador mientras preparas la cena. Pelea para que deje el ordenador de una vez, cena, y mira la mierda de turno que ponen por la tele mientras el marido sigue con el ordenador. A la cama y vuelta a empezar.
A mi alrededor todo el mundo tenía sus hobbies.
Mi pareja los coches: su foro, su GT4, su fórmula 1, sus revistas de Autopista. Mi hijo sus clases de inglés, de judo, de natación, sus dibujos animados, juegos de ordenador. Mi otro hijo destrozar lo que encontraba, desordenar todo lo posible y que hubiera alguien permanentemente detrás de él. En mi oficina mi amiga Eva y Pilar quedaban a menudo, se van de compras, se van de cañas.
Mi amigo Emilio juega al golf, mi amiga Elena va al gimnasio, Juanito está dando clases de canto y va a formar un grupo, Rosa y Fernando no paran de viajar. Raquel asiste a numerosos conciertos, a un curso de diseño gráfico y a baile moderno.
Y… ¿yo?
Un día quedé a comer con Raquel y no lo pude evitar. Se me quebró la voz. Me sentía como una auténtica maruja sin vida propia pero sí para los demás. Absurda, vulgar y alejada de todo ideal de la vida que de joven había soñado (¡de joven! Y pensar eso con 28 años!) Y además me sentía completamente sola.
Las conversaciones con Raquel siempre terminan en un análisis exhaustivo de la situación actual de cada una de nosotras, siempre son largas y siempre se nos hacen cortas, y siempre nos damos soluciones. La mía ese día estaba clara. Patricia, tienes que encontrar tu espacio.
Creo que en el fondo sentía que cualquier cosa que yo hiciera que supusiese dedicar para mí un tiempo que antes hubiera estado dedicado a otras personas no iba a ser visto con buenos ojos. Principalmente dentro de mi casa. Y ya antes de proponer nada yo daba por sentada la desaprobación.
Lo que estaba claro es que una parte de mí se había perdido por el camino, que sin esa parte de mí yo me sentía a medio hacer.
Y cuando uno se pierde no siempre es fácil encontrarse. Sobre todo con un tiempo limitado.
Así que un día comencé por lo más sencillo. Me acerqué al gimnasio del barrio y me apunté a clases de danza oriental. Los viernes de 20-21:00. Se supone que Rubén los viernes tiene jornada intensiva por lo que podría relevarme. Yo la llamaba MI HORA. Recuerdo que el primer día, al salir de clase y mirar el móvil, tenía siete llamadas perdidas. Sin querer me había llevado el chupete de Miguel en el bolso y Rubén estaba hecho una furia por no haber estado atenta al móvil. Claro, lo normal es bailar con él al cuello, y salir corriendo de clase ante cualquier eventualidad que sucediera en LA HORA semanal que yo pasaba fuera de casa. En tres meses pude ir a cinco clases. Cuando fui a renovar el gimnasio había dejado de impartirlas. Así me quedé sin mi hora.
Y proseguí la búsqueda.
Intenté volver a tocar la guitarra. Por la tarde, con los niños. Después de unas cuantas tardes en las que Pablo sólo quería que tocara Nada de esto fue un error de Coti, Miguel aporreando las cuerdas, subiéndoseme encima y tirando dentro de la caja todas mis púas y sucedáneos, lo dejé también. Ahora tengo un instrumento mucho más completo. Según se toque puede ser guitarra o maraca.
Al final, un día, aprovechando una época de muy poco trabajo, empecé a escribir, me registré en El País, y aparecieron las Reflexiones.
Puede parecer algo pueril y conformista. Y puede parecer que esencialmente mi vida es la misma. No me he convertido en una escritora de éxito, no he escrito una novela, no voy a ganar ningún premio literario. No me paran por la calle, no firmo autógrafos. Sigo con los desayunos, los impuestos, los baños y los cuentos. Pero lo cierto es que mi vida sí que ha cambiado. Desde ese día yo también he adquirido el derecho a sentarme durante horas por las noches con el ordenador, porque yo también tengo una afición. Todos los días dedico parte de mis pensamientos diarios a convertir en palabras algo mío que va a ser leído.
Desde ese día leo a muchas personas que con sus historias, su vida, sus cuentos, su filosofía, su testimonio, su denuncia o sus imágenes abren mi mundo.
Desde ese día otras personas leen mis palabras y eso me hace sentir valorada por una faceta mía, que es sólo mía, y que me gusta.
Desde ese día me siento más orgullosa de mí misma porque me he decidido. Porque me he hecho un hueco, porque he encontrado un espacio. Y que siendo mío he llenado con todas las personas que también comparten el suyo.
Y porque con el simple hecho de escribir un poco cada día, y de dar cada día un poco, mi mundo hoy es más grande.