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Hacerse acerico

No recuerdo cuándo fue la última vez que limpié el cajón de los calcetines entero. Normalmente me limito a los calcetines. Pero hoy he levantado el papel del fondo y te he encontrado.  Hoy. Y aprovechando que nos vemos te confesaré que aunque te guardé allí, lo que en su día me pidió el cuerpo fue haberte empleado como forro para mi  acerico. Ya con las vísceras templadas miro tu rostro, todo quieto y callado, y voy a aprovechar para hablarte honestamente. Con las vísceras templadas y puesta a elegir, ya que estás tan quieto y callado, te puedo contar que te miro y te pienso como me habría gustado que fueras, -sin opción de réplica te facilito el no estropearlo con lo que eres- . Pero claro, ahora que te he reconstruido entero, y te he creado a imagen y semejanza mía, empiezo a  sentir alfileres hundiéndose despacio en mi cuerpo que sí responde, y en respuesta sale hiel reclamándote de nuevo para el acerico, en legítima venganza por no ser más que una puta foto ahora que eres perfecto. Así que ya ves, mira que lo intento.  Lo intenté cuando dormíamos en la misma cama, cuando tenías tres dimensiones  y un corazón que servía para latir, y lo intento ahora que eres un recuerdo en el cajón de calcetines.  Pero ni de una forma ni de otra evitamos desencontrarnos. Aunque sería más preciso decir que jugamos al desencuentro. Y eso que no tienes derecho de réplica.  Tenemos para eso un don, el de deshacer incluso lo que nunca hicimos. Y ahí ya me acerco a la verdad que hemos estado evitando,  la responsable de que ambos seamos acericos. Esto no es un reencuentro, ni un desencuentro. Querríamos que pudiera serlo, pero da igual lo cerca que vivamos, durmamos o respiremos, tú y yo no tenemos opción al reencuentro, ni tan siquiera al desencuentro. Porque en contra de lo que hubiéramos querido, y de lo mucho que nos esforzamos en forzarlo… nosotros nunca llegamos a encontrarnos.

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El cisne, el violín y la música.

Recuerdo cuando era pequeña, lo diferente que me sentía del resto de las niñas. Esas que iban con sus estuches de Hello Kitty, las gomas de borrar que olían a fresa, y unos clips monísimos con forma de pinza para tender en miniatura. Esas que iban con sus merceditas y sus manoletinas, y con las trenzas siempre en su sitio. Esas que en las extraescolares se habían apuntado a ballet, y andaban tan derechitas, con ambos pies abiertos hacia fuera, y medio de puntillas, pero elegantes a pesar de todo, y que más adelante se apuntarían a danza española, y sabrían bailar sevillanas en las bodas.

Yo llevaba zapatos de cordones, que era el único calzado que podía usar llevando plantillas ortopédicas, usaba gomas de borrar Milan, y mis clips tenían forma de clip. Iba siempre con arañazos en las rodillas, o con agujeros en las medias después de alguna caída, y creo que mi forma de caminar no se asemejaba para nada a la de un elegante cisne con el cuello bien estirado. Porque yo no andaba, brincaba. Y por supuesto nunca me apuntaron a ballet, y aún hoy, cuando ponen sevillanas en las bodas, soy de las que se quedan mirando. Sólo el ratoncito Pérez fue capaz de darse cuenta de que no me habría importado ser un poquito más clásica alguna vez, y parecerme a ellas algo más. Y me trajo a cambio de un diente, un bonito estuche de color rosa, lleno de cajoncitos repletos de gomas con forma de ositos, con olor a fresa, que llevé orgullosa al día siguiente al colegio. A mis amigas les encantó. Y también a la niña con la que compartía pupitre, Raquel Caballero, que me pidió que se lo dejara llevar una noche a su casa. Ni qué decir tiene que nunca más volví a ver mi estuche.

El que abrieran un conservatorio a pocos metros de mi casa fue una señal inequívoca. Con seis años, todo lo que me dejaron hacer fue cantar. Suficiente. Pues anda que no me había pasado yo ratos cantando con una escoba de plástico por micro. Empecé por ahí, en una coral. Después preparatorio de solfeo, y elección del instrumento. ¿Y por qué no seguir cantando? Que no, que instrumento. Bueno, puestos a elegir, yo quería piano. Mi padre, (quizás temiéndose la inversión y armatoste que suponía) me tocó la fibra sensible. ¿Piano? ¿Como todo el mundo? Porque a nadie le gusta que le digan que hace las cosas como todo el mundo, pero lo cierto es que me gustaba el piano, como a todo el mundo.

Piqué, elegí ser original, y empecé con el violín. Ahora creo que debería haber tenido la suficiente personalidad como para aceptar que me gustaban las mismas cosas que al resto del mundo. El piano. Y hasta el ballet.

Terminé quinto de solfeo y cuarto de violín, aunque a regañadientes. Ya hacía tiempo que a mí tocar el violín me suponía un suplicio. Me desesperaba, no tenía paciencia, y no soportaba que no saliera bien, o no tan bien como yo me exigía. Y si algo tiene ese instrumento, es una enorme facilidad para no sonar bien. Y además es un instrumento que en solitario, no llena. Y yo no tenía orquesta que me acompañara.

Recuerdo tocar enfurecida, recuerdo el sudor en la espalda, recuerdo el autocontrol que tuve que desarrollar para no dejarme llevar después de no hacerlo bien, y no romper el arco, ni partir aquel maldito violín en mil pedazos. Hija sácate el título, que después de tantos años… Como si el título me hubiera servido de algo, o me estuviera pagando ahora la nómina… Ni qué decir tiene que con once o doce años la música coral dejó de parecerme enrollada, así como pasarme ensayando todos los viernes por la tarde. Así que cerré capítulo con la enseñanza musical académica en cuanto me saqué ambos títulos. Pero no con la música. Porque lo nuestro era especial. Eso sí, esta vez sería a mi manera. Y yo seguí cantando a escondidas. Y aprendí a tocar la guitarra, que era en esos momentos lo que sí me gustaba. Como a todo el mundo. ¿Y qué? Después de todo, nunca sería como todo el mundo, y no porque yo no hubiera usado manoletinas, ni bailado ballet. Para sentirme especial con respecto al resto del mundo no necesitaba ir al colegio en un platillo volante, ni tocar la cítara, ni… sólo tenía que hacer lo que me gustara, y hacerlo a mi manera.

Y eso hice. Y todavía, a veces. aún lo hago. Y cuando lo hago, y disfruto, y me sale bien, ya sea en la ducha, en el coche, o con quien sea, dejo de pensar en el estuche de Hello Kitty, en el cuello de cisne, en la distancia y en el olvido: cierro los ojos, vibro, me estremezco, y me convierto en… música.

Relato: El momento presente

 

El momento presente

Era incapaz de recordarlo. Daba vueltas en la bañera y volvía a intentar la enumeración que había aprendido de pequeño, con cantinela incluida: La Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. No, no y no. Antes de la Tierra hay más, los que están más cerca del Sol. Pero el gran drama de haber memorizado una serie partiendo de la primera es que cuando la primera no se recuerda, el resto de la serie queda bloqueada.

Seguía sin poder descansar, así que cambió de tercio. Era imposible relajarse cuando apelaba a la enumeraciones y éstas se volvían en su contra, exasperándolo más y más.
Intentó encontrar la paz con las tablas de multiplicar. Pero volvió aquel extraño fenómeno, no era capaz de recordar los resultados cuando multiplicaba por números bajos. A partir del cinco – gran número – comenzaba a recordar. Pero no podía avanzar, porque el hecho de saberse incapaz de resolver multiplicaciones tan sencillas como tres por dos, o uno por seis, alimentaba significativamente la ansiedad que se estaba apoderando de él.

De pronto empezó a comprender. Era incapaz de recordar cualquier cosa que estuviera cerca de él. En el tiempo y en el espacio. Él era el tiempo presente, él era la estrella Sol, él era el número uno. Quizás lo que vivía fuera algún tipo de fenómeno físico o químico como resultado de las circunstancias en las que estaba inmerso. Intentó recordar cuál fue su primer intento de rememoración tratando de buscar la paz: los momentos de su vida en que fue feliz. Y sin hallar los más recientes, sólo los lejanos, le embargó la pesadumbre, y buscó un pensamiento más sencillo que apaciguase su espíritu. Buscó motivos de esperanza. Buscó personas queridas. Buscó abrazos sinceros. Y exhausto con tanta derrota en el terreno personal, pensó en viajes realizados, paisajes reconfortantes… tampoco. En cadenas montañosas, en los ríos de España, en el nombre de los continentes. Y supo entonces que era Los Andes, el Miño y Asia. Y ya no consiguió recordar qué más había intentado hacer para lograr la paz. Como tampoco conseguía explicarse el por qué se encontraba dentro de una bañera, perdiendo poco a poco la consciencia dentro de su propia sangre. Habrían de pasar muchos años aún para que lo recordara.

 

Quédate en Madrid

El viernes pasado, de camino a Somosaguas fui explorando los Cd´s que había en el cargador. No estaban los de siempre. Me quedé con un disco y fui pasando las pistas hasta que encontré mi canción preferida. No debí hacerlo, que estaba tiernita. No sé escuchar música sin cantar. Y canté. Pero llegó su voz, así, sin avisar, y se quebró la mía. Contrólate Pat. Aunque, qué carajo, no llevas rímel. Llora si quieres llorar. Y es que una echa de menos cuando menos se lo espera. Parecía que cantábamos como lo hicimos un día. Pero como siempre que recuerdo su nombre el asiento de al lado está vacío.

 

Lo último que tengo de él es un mensaje en el móvil, en mi pasado cumpleaños. “Feliz cumpleaños, pat! Soy godino. Espero que estés bien. Celébralo como tu quieras. Mucha suerte para los años que te queden por cumplir. Abrazos con pasado.”

Debería haberme gustado, pero sonaba a despedida. Y ese abrazo con pasado no me sirve, que memoria ya conservo yo la mía. Y con la mía me sobra.

Es curiosa esa sensación de saber de otra persona, que las cosas le van bien, que a fuerza de creer en sí mismo está en el camino que quiere, en el que él mismo se ha hecho. Es curioso el poder seguirle la pista, admirar su obra. Es curioso sentirme orgullosa de él, y no decírselo, que él no lo sepa y puede que ni le importe. Es curioso el dejar de conocerse. Es curioso cómo duele. Podría enviarle un mail. O podría dejarlo aquí.

 

Me pregunto si es mi amigo, o si lo fue.

Lo más triste es que no echo de menos los mil buenos momentos pasados, sino los futuros. Los que no van a llegar. Lo más triste es saber que a Javier le basta con el pasado. El colegio, el grupo, la guitarra, los dibujos, Djinn.

 

Lo único que puedo hacer es conformarme con echarte de menos en mi coche, cuando a traición te has colado dentro y has puesto tu voz tu voz junto a la mía cantando esta canción.

Y es que ya ves, uno echa de menos cuando menos se lo espera.

Si me vuelves a enviar un abrazo, y puedo elegir, que sea con futuro.

 

 

Jacobo

Hoy en el metro de vuelta a casa, mientras nos recolocábamos tras la avalancha de gente que había entrado en Nuevos Ministerios, me empezó a invadir un olor a rancio. Me di la vuelta y vi de espaldas a un chico con un chándal lleno de polvo. Me fijé en sus manos que estaban completamente manchadas, desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Parecía como un barniz, o un pegamento. De color oscuro, descolgánse a trozos de su piel. Sacó el móvil de su bolsillo y lo bloqueó. La pantalla estaba rota. Escuchaba música con un MP3 blanco. La pantalla también estaba rota. Levanté la cabeza y miré su rostro. Y el corazón me dio un vuelco. Era igual que Jacobo. Su mirada, sus ojos, su gesto brusco y altivo. Hacía muchos años desde la última vez y el tiempo no le había tratado bien. ¿Es él? Parece imposible, pero… ¿Le digo algo? Es que es tan parecido…

Jacobo había sido compañero mío en mi primer trabajo, en una firma de auditoría. Él llevaba un año más que yo, y debía tener unos 25 años. Estuve en su equipo en el primer cliente que me asignaron, auditando los fondos de pensiones Caser. Era la típica persona “yo siempre mejor”. Él siempre se lo pasaba mejor que nadie los fines de semana y en vacaciones, el conocía garitos mejores, su novia era la mejor, su ocio era el mejor, su forma de trabajar la mejor. Y la de escaquearse también. Bastante chulo. Pero tampoco era mal tío. Creo que era fachada.

Eso sí, mucho quejarse de las jornadas eternas, del sueldo y de su jefa, pero se le llenaba la boca cuando decía que era auditor. Como si eso fuera comparable a haber ganado un Príncipe de Asturias o un Nóbel.

Después audité con él un inventario en Daganzo, en una fábrica de accesorios de limpieza, una perra mañana de principios de enero. Fue bastante cómodo trabajar con él, que iba de responsable, porque ambos íbamos con bastante predisposición a darlo todo por bueno y a no pasarnos todo el santo día contando estropajos. Así que, después de comprobar haciendo un muestreo bastante escueto, nos largamos de allí con su maletero lleno con productos de limpieza que nos regalaron. Me dejó en una parada de metro y me dijo que para no dejarme cargada ya me daría otro día la mitad. Lo cierto es que le agradecí bastante que nunca lo hiciera, porque si un día hubiera tenido que volver a casa con el portátil y una bolsa llena de bayetas y detergentes para el baño, habría optado por regalar dicha bolsa al primero que pasara por la calle. Puñetera ilusión que me hacía a mí tener acopios de ese género, máxime cuando trato de usarlos lo menos posible.

Al año siguiente lo ascendieron, y pasó a ser el jefe de equipo de los fondos de pensiones Cáser. Yo ya no participé, pues el trabajo comenzó antes de que me reincorporara de mi baja. Era un cliente muy complicado para una sola persona con tan poca experiencia. Así que la gerente tuvo que echarle una mano, por decir algo. Ya que esta mujer era una trabajadora incansable y le tenía horas y horas junto a ella. Mirando y remirando, buscando y rebuscando.

Una viernes, después de haber estado toda la semana saliendo de trabajar a las once de la noche, quedó con su novia. Muy tarde, claro. Cogió el coche, fue a Madrid por la Casa de Campo, se quedó dormido, chocó contra un árbol de frente y salió por la ventana. Pasaron horas hasta que lo encontraron y estuvo en coma durante unos cuantos días.

Me pregunto si su jefa sentiría algún tipo de remordimiento, a pesar de que él no se hubiera puesto el cinturón. Me pregunto también si ese orgullo que le producía a Jacobo el poder decir a sus amigos que era auditor, le compensaba trabajar 14 horas diarias. Por qué pagaba ese precio. Por qué se conformaba. Por qué nos conformábamos.

Yo me fui de la empresa poco después. Al banco. Porque yo sí tenía muy claro que a mí no me compensaba, y que desde luego no me conformaba.

Seguí mirando a ese chico rubio de olor a rancio, de manos negras, y móvil y mp3 rotos. Y no podía dejar de pensar en Jacobo.

Al llegar a mi estación me bajé cabizbaja. Pudo mi escepticismo y no le dije nada.

Sobre todo porque la última vez que vi a Jacobo yacía en una caja de pino, en el tanatorio de Puerta de Hierro.