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Relato: From guillestation91

From: guillestation91@gmail.com
To:
eljosete69@yahoo.es
Subject: Mariquita
Date: Mon, 30 Apr 2008 09:35:42 +0200

Hola gay, qué es de tu vida.

Supongo que andarás como siempre, inflándote a tercios mientras le das al billar, qué cabrón. Hace mucho que no voy por el pueblo, tío, ya lo sé, pero seguro que no me pierdo mucho, que seguirás teniendo la misma cara de mariconazo de siempre. Y mientras la recuerde todo está bien. Por aquí todo sigue igual, ya sabes. Menos mal que tengo este trasto. Internet es la hostia. Y con los estudios también me entretengo, cualquiera que me oiga… esto no se lo cuentes a nadie. Y menos al Pelos. Ya ves, ahora que ya da igual, de pronto leo los apuntes y me centro. Y comprendo lo que leo, y me interesa, y tengo ganas de seguir y seguir. Y guardo los apuntes, y recuerdo lo que he leído. Hasta algún problema de mates me he puesto a hacer. Cuando salga de aquí voy a necesitar un programa de rehabilitación. Te voy a meter una paliza al billar que te vas a cagar. Aprovecha a ser el rey de la mesa mientras ande por aquí, porque cuando salga, va a volver el puto amo. Bueno… si es que salgo. Este comentario me habrá costado una colleja, pero no me regañes. No se lo digas a nadie, tío, pero es que esto es muy largo. Es que parece que no va a acabar nunca. Que a veces lo que quiero es que acabe. A ser posible bien, pero que acabe. Me pongo súper filosófico, tío, que igual ni me estás reconociendo, que ya lo sé. Pero es que pienso en el final y tengo miedo. Cómo iba yo a saber que en mi 1’80, hubiera sitio para un tatoo, para el piercing y para el miedo. Todos estamos raros. Hasta mis padres, que intentan disimular, pero no parecen los mismos. Es que no los conozco, tío. Mi madre es más pesada incluso, que ya es decir. Y no me conozco a mí tampoco, porque ahora ya no le digo que no sea pesada, que deje de darme la brasa con tanto abrazo y tanto beso, ya no le digo que me va a amariconar. Ahora me callo, no vaya a ser que por una vez en la vida me tome en serio y deje de hacerlo. Que es que ahora de pronto les ha dado por tomarme muy en serio. Pensarás que soy una nenaza, pero es que mientras me acaricia mi madre la cabeza, y me remueve el pelo, se me olvida el miedo. No se lo digas a nadie, tío. Lo del miedo. Y menos a Sandra. A la Sandra ni media palabra. ¿Cómo está, por cierto? Sigue tan buenorra? Seguro que ya está morena, y pasea su piercing. Me cago en la puta, y yo aquí, perdiéndomelo. A veces me parece mentira que me espere. Que me lo puedes decir, eh? Que si estuviera con otro yo lo entendería. Dile que la escribiré. Que no me llame, y que no venga pa Madrid. Que alguien le dio el teléfono, tío, no te lo conté. Seguro que fue el Pelos, joder, que fallé el mote, que le tendría que haber puesto el Bocas. Me llamó, tío, así, de improviso. Que eso no se hace. Y me quedé mudo. Qué coño mudo, me quedé gilipollas. Y la recordé riendo el día que Santi nos dejó el coche, cómo se tiró el rollo, eso no se me olvida. Y fumamos. Y se reía y se reía. Parece mentira, pero es lo que se me ha quedado a fuego. Más que el polvo. Manda huevos. Y, no me regañes, pero pensé que igual no la volvía a ver reír. Y lloré. Sin control. Me acordé de mi hermano Rodri, que aún se mea por las noches, que no controla. Pues igual yo. Y la tuve que colgar. Y ahora recuerdo tu cara de mariconazo y se mezcla con la risa de la Sandra, y lloro también, pero no se lo digas a nadie, tío, esto entre tú y yo.
Ya te dejo, que hoy tengo ciclo. Estaré unos días sin escribir, ya sabes, me quedo jodido.

Un abrazo,

Guille.

 

Una tarde en el Retiro

Recuerdo esa tarde en el Retiro como la tarde en que tu fantasma se hizo grande. Y perdona si me repito, que tú esta historia ya la sabes. Casi un año antes estábamos en Binissalem, jugabas a acariciarme con una ramita, hasta que por fin me besaste. Mi segundo beso. Nuestro primer beso. Y ese supo a fruta madura, a viento, y a fuego. Y pocos días más por delante. Días de primavera. Y después a Madrid. Después de haber vivido dos años allí, y el amor llegaba tarde.

Y después unos meses de cartas, y de llamadas los jueves a las ocho. Cartas que decían poco, piel que pedía mucho. Mucho tiempo y mucha distancia. Mucho echar de menos. Me perdonarás que no supiera estar sola. Sólo cuando te dije adios supe que me querías.

Así que no te fuiste del todo:
¿Y si hubiera sido distinto? En otro momento, sin un mar en medio, sin unos años en medio.
¿Y si hubiera sido distinto? Dando forma al fantasma, la tuya esa tarde, en el Retiro.
Te seguían brillando así los ojos cuando los chocabas con los míos, y los atabas fuerte y se quedaban ahí quietos, tiritando, mientras el resto ardía. Y un abrazo, sólo, o tanto. Y el olor a romero, y la primavera soleada, y las cosquillas de esa ramita, allá, en el medio de una isla. Tú te fuiste, se quedó el fantasma. Y mientras tanto, yo helada.
Y así otros encuentros después. Más verte, más besos , más oportunidades. Buscando la fruta, el romero y el fuego. Y una y otra vez el humo en lugar de eso, el del fantasma, tan etéreo. Puto fantasma y puta búsqueda, y puta yo. Y tu corazón en pedacitos. El que no era del fantasma, ese de verdad, de carne y hueso. Y es que lo que un día no es, nunca será sino un fue. Y qué decepcionante es cuando quieres que sea amor, pero ya no es.

Y hace ya ¿cuánto tiempo? ¿Cómo te va? ¿Y qué es de tu vida? Yo bien, ya mayorcita. He aprendido mucho. A quererme. Y a querer.

A no asomarme a precipicios.

A convertir los fantasmas en recuerdos.

Ya los ves,

qué bonitos.

Diógenes

Debe ser porque nunca me ha gustado ordenar por lo que nunca he almacenado cosas. O porque soy una desapegada. El caso es que hay ciertas cosas que no entiendo. No entiendo que mi suegra, por ejemplo, siga conservando la ropa de sus hijos cuando eran bebés cuando el más pequeño de los cinco que tuvo tiene 34 años. Tiene su gracia decirle a los niños “mira, esa camisa que llevas era de tu papá”, o que duerma con una sábana que en su día me arropó a mí. Pero yo, que tengo por costumbre regalar toda la ropa que he encontrado en el armario y llevo más de un año sin ponerme, no consigo entenderlo. Eso es lo que yo entiendo por “ordenar el armario”. Ordenar la habitación de los niños significa coger unas cuantas bolsas de basura gigantes y arramplar con todo aquello con lo que ya no jueguen. Ordenar mi mesa del trabajo es reciclar tres montañas de papeles que llevan ahí amontonadas meses y meses… y digo yo, si llevan ahí tanto tiempo, muy importantes no serán. No quiero guardar cajas de zapatos, ni libros de instrucciones, ni revistas leídas, ni el móvil viejo por si se rompe el nuevo, ni las facturas, ni los extractos bancarios.

Para mí ordenar es limpiar, y limpiar es deshacerme de lo que no es estrictamente necesario.

Así que Rubén me mira con cara de estar delante de un bicho raro cuando me dispongo a tirar la batidora que se acaba de estropear y me grita “¡no la tires! ¿Estás loca? Mi padre puede arreglarla!!!!” Él conserva las cajas y embalajes de lo que compra, todas las revistas que lee, y hace acopio de las cosas más variopintas por si algún día son útiles -como unos tapones de protección auditiva que se trajo de una fábrica donde trabajó…. menos mal que tenemos trastero. Pero el pobre trastero está pidiendo orden a gritos. Del mío.

Guardo sólo los libros, algunos dibujos de Pablo, los cuadernos que he escrito en mis viajes, fotografías, música, y esos recuerdos indelebles que quedan en la memoria, y que no son del todo abstractos, pues cada uno tiene una forma, un color y un olor. Hasta música tienen muchos.

En verano, mis padres se van a Cádiz, y nosotros según se van, okupamos su casa. Porque tiene jardín y piscina, y porque los niños allí tienen amiguitos. Y eso no tiene comparación a pasar el verano encerrados en un piso mientras sus padres están trabajando.
Un día, subimos a la buhardilla, donde vivía yo de soltera. Mi habitación chiquitita y llena de luz. Sigue colgada en la pared la foto de mi hermana, esa en blanco y negro que le hice yo y en la que está preciosa. En el armario la caja de cartas. Tampoco la he podido tirar. Y salieron por ahí fuera un montón de sensaciones que normalmente están ahí dentro. A pasear. Y yo me las quedé mirando mientras paseaban, divertida. Y Rubén me dijo “tía, una planta para tí sola, baño con hidromasaje… tú vivías con unos lujos que no son ni medio normales”. Me quedé pensando. Ahora trabajo todo el día, sé que no me puedo gastar más de 100 euros en la compra semanal porque si no no llego a fin de mes, no me puedo despertar con la luz del sol, ni la luna ilumina por la noche mi habitación, y vivimos cuatro en un piso de 70 metros cuadrados. Y no eché en falta nada de lo que me estaba nombrando Rubén. Y debe ser que, como me paso la vida ordenando cosas por ahí dentro, debí tirar, entre otras cosas, el hidromasaje. Que a fin de cuentas, es un puto trasto.