Archivo de la etiqueta: pablo

De paciencia, oportunidades y consecuencias

Pablo pierde pronto la paciencia y da pocas oportunidades. El otro día, por ejemplo, llevaba persiguiéndolo horas para que terminara unos análisis morfológicos -dichosos deberes estivales- . Tras mucho insistirle me dijo “mamá, ¿me ayudas con una página web que estoy haciendo?” le contesté rápidamente y tirante “Pablo, te ayudo con la lengua, termina los deberes de una vez y déjate de webs”. Entonces me contestó “da igual, ya le preguntaré a mi amigo Jorge, de todas formas, tampoco ibas a saber”.  Me di cuenta de que estaba ante una oportunidad única, si me negaba no volvería a pedirme ayuda, ni a tenerme en cuenta para  incluirme en su proyecto nunca más. De modo que me senté a su lado, y estuve echándole una mano en lo que buenamente supe -intentando que pareciera que sé mucho más de lo que sé, para que en un futuro no me descarte directamente por ser tan amateur en el mundo 2.0-, y sólo después nos pusimos con los dichosos análisis morfológicos. Porque creo que en el fondo, lo que quería no era soporte técnico, sino compañía. Aún le gusta que le prestemos atención, aunque no vaya a reconocerlo nunca. Ni a pedirla.

A la hora de hablar también le ocurre. Si te cuenta algo y no lo entiendes a la primera se desespera. Lo intenta una segunda, repitiendo exactamente las mismas palabras pero de mal humor, más deprisa y con el tono más elevado.  Y ante un nuevo fracaso dice “da igual”, y se acabó. No volverá a intentarlo.

Un día, tras un primer intento fallido le dije “Pablo, no deberías perder la fe en que podamos comprenderte tan fácilmente, lo que ocurre es que quizás, a la segunda, si lo intentaras de otra forma, puede que tuvieras más suerte. Y si a la segunda no sale, intenta una tercera manera. Estoy segura de que eres tan capaz de hacerte entender como nosotros de entenderte”. Él me contestó que se cansaba, que, por ejemplo, si me decía algo y yo estaba en otra habitación y no le oía, y él me lo repetía y seguía sin oírle, ya no lo intentaba más.” Y entonces, en ese caso, ¿no sería más fácil que te entendiera is en lugar de seguir gritando fueras a buscarme y me lo dijeras donde estoy?”

Mientras hablaba con él recordé una cita que había leído en el blog de mi amigo Óskar, que decía algo así como que lo que es una locura es hacer siempre lo mismo y pretender que el resultado sea diferente.  Pues sí, es una locura.

Pero mientras él recobra la fe en que podamos comprenderlo, que sepamos qué quiere, qué es importante, qué siente y qué espera de nosotros, y se esfuerce en intentarlo hasta conseguirlo, y se dé cuenta de que merece la pena, yo procuro aprovechar las oportunidades que da, porque he aprendido que son pocas.

I don’t believe

Ayer tenía que preguntar a Pablo religión.  Para variar, Pablo pasó de estudiar, así que no me extrañó mucho que cuando le pregunté qué era un sacramento me contestara con un  “no sé”.

- Pablo, ¿de qué palabra crees que viene “sacramento”?

- De sagrado….¡Ah, ya sé!, sacramento es un signo sagrado.

- Vale, ponme un ejemplo de signo sagrado de la Iglesia.

- No sé.

- Pues el bautismo, la comunión, la confirmación, el matrimonio….

- ¡Ah! ¡Es eso! ¿Y qué es la confirmación?

- A ver, el bautismo es el signo mediante el cual se supone que entras a formar parte de la Iglesia. Pero un bebé no puede decidir si quiere o no hacerlo. Pues bien, cuando ya eres mayor, y ya tienes tus propias ideas  y criterio para decidir, mediante la confirmación te reafirmas en que, por voluntad propia, sigues formando parte de la Iglesia. Que tienes fe.

- ¿Y tú la hiciste?

- Sí. Porque al colegio al que iba te obligaban.

- ¿Cómo que te obligaban? ¿Pero no se trataba de decidir por voluntad propia?

- Pues sí, es absurdo.

- ¿Y tú querías? ¿Tú eres de la Iglesia?

- ¿Tú qué crees?

- Que no, tú no vas nunca a misa y esas cosas.

- No, yo no tengo fe.

- ¿Qué significa que no tienes fe?

- Que no creo en Dios.

- ¿No? Mamá, una cosa es no ir a misa, pero… ¿no creer en Dios?

- No.

- Entonces,  ¿en qué crees?

- En el ser humano. Yo tengo fe en el ser humano.

Lenguajes

Mientras esperaba el autobús me entretuve hablando con la abuela de Jorge.  LLegó dejándonos con la conversación a medias y la apuramos mientras bajaban los niños.

De camino a casa Pablo me preguntó

-¿qué le estabas diciendo a la abuela de Jorge?

-Es que Jorge quiere venir a casa el jueves, y el jueves nace su hermana, y supongo que a sus padres les hará ilusión que vaya al hospital a conocerla, pero Jorge estaba empeñado en venir. Y yo le decía a su madre que ya se le pasaría. Ahora puede que le de pereza lo de la hermana, pero seguro que después le hará más ilusión.

-No me refiero a eso. ¿Qué le estabas contando antes?

-Ah, antes…  -este niño tiene un radar cuando se habla de él, y más si se habla de él y de su hermano- … Bueno, pues la abuela de Jorge me comentaba que Jorge es poco cariñoso y que suponía que la querría, pero que como no se lo demostraba no estaba segura. Y yo le dije que seguro que sí. Y le hablé de vosotros. Que tú eres también muy reservado, sólo das besos si te lo recuerdo y jamás me dices que me quieres. Pero es tu forma de ser. Yo sé muy bien que me quieres. Sin embargo Miguel…

-Miguel… no para! -y se ríe.

-Eso es. Los dos sois diferentes, cada uno es como es, y cada uno expresa sus sentimientos de una forma diferente. Pero me queréis los dos. Cada uno a su manera. Y yo también os quiero a los dos, a cada uno como es.

Lo llevé a sus clases de  batería.

Cuando dos horas más tarde volví a buscarlo, se abalanzó sobre mí (dentro de la escuela y delante de todo el mundo!!!!!!!) y me dio un abrazo fuerte y un beso. Tras una primera reacción de extrañeza ante tan insólito arranque, entendí que sin pronunciar palabra y a su manera, me estaba diciendo profundamente, te quiero, y quiero que lo sepas.  “¿Lo has pasado buen en clase?”  Pero lo que yo le decía,  también sin pronunciarlo, era  lo sabía y lo sé,  pero gracias. Yo también a tí. Y él lo entendió. “Sí”

Incluso sin peonza

Para pablo. Por si se le olvida. Para mí, para cuando se me olvida. Para todo aquel que tenga problemas de memoria y le pueda venir bien.

Esta tarde has llegado del cole  hecho una furia porque no te había comprado una peonza.  Te encerraste dos horas en tu habitación llorando,  y te perdiste tu clase de guitarra, que suele ser tu aliciente de los lunes.

Después saliste de la habitación, te pusiste a estudiar, y  repasamos juntos. El universo, el sistema solar, la Tierra, la hidrosfera, la litosfera, la atmósfera,  los continentes, los océanos, los minerales… y nos reímos. Y lo pasamos bien.  Incluso sin peonza.

Más tarde cenamos y bailamos con música, y leímos juntos tus notas en el Twenty, y un capítulo de Pablo Diablo.  Y estábamos contentos. Y lo pasamos bien. Incluso sin peonza.

Cuando fuimos a leer te pregunté por la peonza. Y te dije que invertías más tiempo en lamentarte por lo que no tenías que en disfrutar lo que sí.  Un día me habías dicho que lo más importante era ser feliz…. Hoy es una peonza, mañana será otra cosa, y pasado otra…  es imposible poseerlo todo. La felicidad que te va a proporcionar la peonza va a durar hasta que aparezca otra cosa.  ¿Te lo has pasado bien esta tarde? . ¿Incluso sin peonza? Sí. ¿Y de qué depende ser feliz entonces, de la peonza o de tí? De mí. Pues que no se te olvide, Pablo, depende de tí.

Experiencias veraniegas: conversaciones con Pablo

Conversación 1

- Pablo, vas a cumplir dentro de nada ocho añazos ya…

- Sí, estoy envejeciendo.

- Bueno, todos lo hacemos. El no cumplir años sería peor, ¿no?

- Ya, pero yo no quiero envejecer.

- ¿Por qué?

- Porque no me quiero morir.

- Todos vamos a morir, pero no pasa nada. Mientras tanto disfruta.

- Pero yo no quiero. Aunque por otro lado… tengo una curiosidad enorme por saber qué pasa… Me voy con la bici.

Conversación 2.

- Mamá, ¿cuáles crees que son mis aspiraciones en la vida?

Silencio.

- Hummmm, cuéntamelo tú, ¿cuáles son tus aspiraciones en la vida, Pablo?

- Bah, déjalo.

Que no es que lo diga yo

Pablo no se ha rendido en su empeño de ser gracioso.  Y qué demonios, el pasado miércoles, tras cuatro chistes infructuosos, consiguió hacerme reír por primera vez. Así que he decidido dejarlo como recuerdo.

Empezó así:

- Mamá, que no es que lo diga yo, eh?  Es que es así…

-Va, cuéntalo ya -sin ninguna fe en que las palabrotas que sin duda iba a escuchar estuvieran justificadas, y sobre todo, en que fuera a hacerme gracia el chiste-

Esto es un hombre que entra en una cafetería, y le dice al camarer:

-Deme tres café.

-Si viene usted solo, ¿para quién son?

– Uno para mí, otro para tí y otro para tu puta madre.

Entonces el camarero le da una paliza. Al día siguiente vuelve al bar, con el brazo en cabestrillo y el ojo morado.

– Dame dos cafés, uno para mi y otro para tu puta madre, que a tí  te sientan fatal.

La cosa es que me reí. Vale, no es que el chico sea Eugenio, pero me reí con ganas.  Y bueno, el caso es que no hay que perder la fé, por si acaso.

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedara registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir.

Yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera. Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convierta en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y dejara entrever por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí. Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas.

Y tras tanto intento infructuoso, un día bajé la guardia. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

- Pablo, ¡es que no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

- ¿Pero por qué?

- Porque es indiscreto

- Pues no lo entiendo

- Su pan

- Gracias

Entonces la miré. Y sonreía. Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”.

Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

Autodemostración empírica

La gente suele decir que los hijos envejecen en el sentido de que, el ver cuánto crecen ellos, te hace sentir que, inexorablemente, lo haces tú también.

Yo sin embargo no tengo esa percepción. De hecho, muchas veces me siento más joven con 30, y con bastante menos pudor y sentido del ridículo, que con 18 -bueno, vale, lo del Pokémon de ayer es una excepción, pero, ¿qué sería de una regla sin excepciones?-

Por ejemplo, no consigo recordar si de pequeña jugaba a hacer teatro. Sí recuerdo que de haber jugado, no debía hacerlo muy allá, porque en las obras de teatro que representábamos en el cole, jamás tuve un papel estelar. En las ocasiones más afortunadas, dije alguna frase. En las más habituales, fui figurante. Y en alguna que otra, me quedé de puro atrezzo.

A principio de curso, Pablo tuvo que aprenderse una frase en inglés, para hacer una mini obra. Era la siguiente “Oh! I’m not a frog! I’m a prince! Thank you princess!” Aprendérsela no fue un problema. El problema fue declamarla. Pablo con su elevado e innato sentido del ridículo, y su timidez, la pronunciaba rápidamente, en voz baja y entre dientes. De modo que hubo que hacer un esfuerzo e intentar enseñarle a quitarse el sentido del ridículo, por lo que me pasé una semana repitiéndole la frase, absolutamente sobreactuada, casi a grito pelado, gesticulando cómicamente, y haciéndole reír. Venga, Pablo, ¡ahora tú! Y conseguimos que gritara (sí, sí, a veces declamaba la familia al completo). Pero cuando llegó l ahora de la verdad, dijo: Yo no pienso hacer eso en clase. Bueno, en cierto modo le comprendo.

Sin embargo, mis incursiones teatrales no terminaron ahí. Una vez que se le coge el gustillo…

Todo empezó –o continuó- el día en que Miguel llegó a mi dormitorio con una pelota como proyectil, apuntándome amenazador. Entonces salió la actriz que llevo dentro, y, con cara de pánico y unos gritos desgarradores, comencé a suplicar “NO, NO, POR FAVOR, ¡¡¡SOCORRO!!”, mientras me llevaba las manos a la cabeza, y comenzaba a correr. Miguel corrió detrás de mí riendo a carcajadas  y blandiendo la pelota hasta acorralarme contra la cama , donde no tuve otra defensa que agazaparme escudándome con una almohada. Entonces el pequeño atacante se apiadó, incluso se preocupó, soltó la pelota, y vino a abrazarme. Él se lo pide todo, héroe y villano.

Bien, pues mi interpretación fue tan grandiosa, que ahora TODAS las tardes, cuando llego a casa y me cambio de ropa, llega mi público intruso, que ya casi se ha convertido en fan, y me dice “Mamá, coge la almohada y di No, No, Pol Favol”. De modo que no me ha quedado más remedio que mejorar mi capacidad interpretativa. Porque no es lo mismo actuar cuando en un momento gamberro te sale de dentro, que por obligación cada día. El hecho de hacerlo bien siempre es lo que distingue a un aficionado de un verdadero profesional. Pero volviendo al tema de antes, eso de que los niños envejecen, pues eso, que no: hace unos años yo era demasiado mayor para estas cosas. Acabo de autodemostrármelo empíricamente.

Y de lo de hacer una discoteca en el salón y quitarse los zapatos lanzándolos por los aires para bailar mejor, hablaremos otro día…

El Pokémon y la evolución

-Mamá, ¿jugamos a las cartas?

-¿Al cinquillo?

-No, a Pokémon.

-Yo no sé jugar.

-¡Te enseño!

-Vale. (Reparte doce cartas para cada uno). ¿Con cuál empiezo?

-Con la que más vida tenga. Es el número que tienes ahí.

-Ah, vale, pues éste. Mismagius. 90 puntos de vida.

-¿Y?

-¿Y qué?

-Que qué ataque lanzas….

-Ah… pues… el ataque psicoondas!

-Vale, pues yo te saco a Roserade, y lanzo un picotazo venenososo. Dale la vuelta a la carta, mamá, que te he envenenado. Y me tienes que dar otra carta.

-¿Por qué?

-Porque es así. –Esto empieza a sonarme a tongo- Ahora saco a Infernape, con un envite Ígneo.


Envite Ígneo. Tócate los cojones…. Para que luego digan que con la literatura se aprende vocabulario.


-Pues yo te saco a Drapion, que también envenena, así que dale la vuelta tú a tu carta.

-¡Pero qué dices! Si Infernape no se puede envenenar, y además te ha hecho 90 puntos de daño, así que me tienes que dar otras tres cartas.


No me cabe la menor, cuando le dije que no sabía jugar ha visto su oportunidad para darme para el pelo. Dejo de hacer el menor intento por aprender unas normas movedizas que se mueven según su voluntad. Le doy las tres cartas y confío en que me gane con un par de ataques más. Pero se va a enterar con la próxima partida de Scrabble.


-Vale, mamá, ahora te voy a sacar a Skuntank. Este mola mazo, tiene 110 de vida, ¡110! Y está en primera evolución. Anda, dame tu carta de energía.


Que digo yo, con esta facilidad por los idiomas por qué no le dará más al inglés.


-Mamá, mamáaaa que me des tu carta de energía.

-Toma.

-Por cierto, mamá, ¿vas a evolucionar?

 

¿A evolucionar? No sé si es porque no puedo evitar darle el sentido tradicional, tan contrario a la evolución. Pero ya es demasiado para mí.

 

-Pablo, tocada y hundida.

 

Espero haberle contestado.

Trabajar bajo presión

Ayer estuvimos haciendo limpieza de juguetes. Aunque bien saben que para mí hacer limpieza es coger bolsas de basura y tirar todo aquello con lo que ya no juegan. Sacamos dos bolsas enteras para tirar y otras dos para regalar. Y ya, aprovechando la coyuntura, me puse a ordenar el armario, y unas cuantas cosas más. Cuando llegué a las mochilas, vi un cuaderno del cole de Pablo tirado por el suelo. Al ir a meterlo en su mochila veo una hoja doblada en cuatro. La abro y me encuentro con las tablas de multiplicar. Voy a ver a Pablo con la hoja en mano.

 

-Pablo, esto no sería para estudiarlo en Navidad, ¿no?

-Eh… sí.

-¿Cuántas tablas te tienes que estudiar?

-Todas.

-¿¿¿¿Todas???? ¿¿¿¿Y cómo no me lo dijiste antes????? ¡¡¡¡Si hace una semana te pregunté si tenías deberes!!!!

-Es que se me olvidó…

-Vale, ¿te sabías alguna de antes?

-Sí, la del 1 y la del 2. Es muy fácil. Sólo hay que ir sumándole constantemente el número del que sea la tabla.

 

Cojonudo. Entonces me entró el ataque de ira. Ha tenido 20 días para estudiarse las tablas, y ahora se las va a tener que aprender en tres, y ¡qué tres!… Que si qué se supone que tengo que hacer yo ahora, ponerle a estudiar el día de reyes, o durante la cabalgata, o dejarle el 7 sin ir a Micrópolix, o … Mientras rumiaba mi enfado le dejé con la del tres. Hasta que empecé a serenarme y a pensar en la forma más inteligente de aprender las tablas en un tiempo récord.

 

-Pablo, ¿cómo os preguntan las tablas?

 

-Hay que decirlas enteras y en orden.

 

- ¿Seguro que no las preguntan salteadas? Estamos salvados. A ver, Pablo. Hasta la del 4 es fácil que vayas haciendo el cálculo mental. Tú mismo lo dijiste, no hay más que ir sumando. La del cinco es para tontos, acaba siempre en cero o en cinco. Por lo tanto te tienes que concentrar en estudiar a partir de la del seis, que el cálculo mental te va a costar más. Esta tarde practicas la del seis y la del siete. Mañana por la mañana la del ocho y la del nueve. Y cuando llegue a casa por la tarde te las pregunto. Si no te las sabes te quedas sin cabalgata. ¿Entendido?

 

Los llevé a casa de mi madre, y le conté el affaire. Entonces ella me replicó: “igualito que su madre”. Está bien, me lo tengo bien merecido. Aún hoy me resulta complicado trabajar sin presión. Vete haciendo callo, Patricia, que esto es para toda la vida.