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Torpezas

Esta semana santa estuvimos con unos amigos y sus respectivos hijos en una casa rural en Navaluenga. El viernes, aprovechando el buen tiempo, fuimos todos a dar un paseo por el río.  Yo aproveché para llevarme la cámara y estuve entretenida robando fotos. Cuando nos instalamos me quedé un poco al margen, porque debo reconocer que a veces me faltaba un poco de espacio,  así que me senté yo sola en una piedra, algo alejada del resto, y me quedé ensimismada mirando el entorno y a los chavales corriendo, jugando con una pelota, al rugby, etc…

El caso es que al poco tiempo llegó una familia con trajes de exploradores,  recién salida de Coronel Tapioca. Uno de los hombres llevaba también una cámara en mano y andaba haciendo fotos familiares de posado. A una de las mujeres se le ocurrió que podían saltar a una piedra grande rodeada de agua con los niños, y hacer una maravillosa fotografía muy natural que consistía en que, estando todos de espaldas al fotógrafo y a la voz de ya, se daban la vuelta con sonrisas profident, y entonces el de la cámara hacía click, inmortalizando el momento de felicidad bucólica. Así es como el fotógrafo dijo “ya!” y todos se dieron la vuelta para aquella foto ridícula. Todos menos uno.  “¿Qué tal ha salido?” preguntó la mujer de la gran idea, espectante. “Pues bien, si no hubiera sido por Alejandro. Así es como supe el nombre del niño de unos cuatro años que se había quedado de espaldas estropeándole la instantánea a su madre.

Hicieron un segundo intento, pero Alejandro seguía negándose a dar la vuelta. Y en general a poner cara de felicidad. Entonces la madre comenzó con los reproches. “Alejandro, ¿quieres por favor sonreír y no estropear las fotos? Si no, ¿para qué has venido?” Hombre, pensé yo, teniendo en cuenta la edad que tiene el niño, imagino que habrá ido al río para jugar. Y en última instancia, porque no le quedarían muchas otras opciones que obedecer.

Otra de las niñas, sin embargo, nada más terminar la sesión fotográfica, comenzó feliz y sonriente a saltar de piedra en piedra junto al río. Me gustaba suponerla imaginándose fantasías en su cabeza,  protagonista de una aventura, saltando por aquellas piedras, en medio de alguna valerosa misión. El disfraz que llevaba  ayudaba a meterse en situación.  El señor de la cámara la interrumpió. “¡Nerea! Ven aquí ahora mismo y deja de saltar. Que tú eres muy torpe y te vas a caer”. Así es como supe que esa niña se llamaba Nerea.  Pensé que había muchas formas de decir las cosas, baja de las piedras que te puedes caer y mojarte, que es peligroso y puedes  hacerte daño, … pero queriendo decir eso, dijo “Tú eres muy torpe”.

Nerea obedeció, borró la sonrisa, se le cayeron los hombros, y observé en silencio cómo dejaba de ser una aventurera para regresar a su papel de niña torpe.

Entonces vi esas dos ramitas secas, tan solas  como dos niños que no son tenidos en cuenta, y les hice una foto sin pedir que sonrieran, con la intención de seguir aprendiendo. No sólo de las torpezas ajenas, sino también de las propias.

Alejandro y Nerea

Experiencias veraniegas: conversaciones con Miguel

Antecedentes: el pasatiempo preferido de la playa para Miguel no es la arena, ni el agua, ni las palas, ni la pelota. Soy yo. Especialmente si estoy en posición horizontal, con pinta de estar relajada.

-Mamá, levanta las pielnas que me voy a subil.

- Mamá, ¿te hago daño?

- Sí

-Mamá, te voy a destrosal.

-Pues si me destrozas me van a tener que llevar al hospital y me van a tener que abrir y arreglarme por dentro -le contesto mientras se dedica a dar brincos y codazos sobre mi tripa.

- ¿Y con qué te van a arreglal, mamá?

- Con una especie de cuchillo, hilo y agujas.

- Mamá, no, yo te voy a cuidal – y se tumba encima mío, y le acaricio la cabecita.

- Así mejor.

- Mamá, ¿me enseñas las tetas?

- Aquí no.

- ¿Pol qué aquí no?

- Porque sólo se las enseño a quien quiero mucho.

-¿Y sólo me quieres a mí y a nadie más?

- También a Pablo y a papá.

- ¿Y a Timi no?

- A Timi también, pero menos.

- ¿Y ya no quieres a nadie más? ¿Sólo a mí, a Pablo y a papá, y a Timi pero menos?

- También quiero mucho a mis papás y a mis amigos. Pero no les enseño las tetas.

- ¿Y si te destlozo te aleglan con un cuchillo muy grande?

- Sí.

- ¿Así de glande?

- Sí. Oye, Miguel, ¿por qué no te vas un poquito a jugar con la arena?

-No mama, yo contigo.

Entonces llega Pablo, que ve a Miguel tumbado encima mío.

- ¿Qué haces Miguel?

- Cuidando a mamá.

- Jo qué morro, yo también quiero.

Y con los dos encima, y abrumada con tantos cuidados,  pienso en voz alta que vaya con Edipo.

- ¿Y quién es Edipo?

- Nadie, hijo, nadie. ¿Una guerra de barro?

Experiencias veraniegas: la mala hostia.

Las vacaciones están llenas de momentos.  Muchas veces contradictorios. Antes de venir leí un artículo en el semanal del País en el que alguien decía que él usaba la vacaciones no para desconectar, sino para reconectar.  Esto sin duda puede tener su lógica. Durante el año falta tiempo para pasar con pareja, amigos, hijos, hobbies. Y unos días llenos de tiempo pueden ser la excusa perfecta para caer en la ingenuidad de querer reparar todo lo que uno no ha dado durante un año, en quince días de su tiempo.  Pero en el fondo eso es como querer aprobar una asignatura en septiembre metiéndose un atracón de última hora. Se puede aprobar, es cierto, doy fe, pero supongo que la forma correcta de hacer las cosas no es esa. Y ya me he puesto a divagar, haciendo un símil, sin duda desafortunado, de las relaciones personales con las asignaturas pendientes.

Pero al final lo cierto es que yo comencé las vacaciones con mucho entusiasmo, y muy dispuesta a pegarme el atracón, de forma que procuraba que todo fuera perfecto. Jugar con los niños en la playa, llevar de paseo a la au-pair para que conociera sitios bonitos, cocina sencilla pero buena, casa limpia y ordenada… Pero sin embargo a los dos días algo empezaba a fallar, y empezó a aparecer el ogro que llevo dentro. Y mira que cuido mi alimentación, y tomo mis cereales integrales como recomiendan en el anuncio, que se supone que además de evitar la mala hostia regulan el organismo. Joder con el eufemismo. Es que no entiendo que habiendo tantas palabras en el léxico español haya que ser tan rebuscado, si es que algunos hasta se han permitido el lujo de buscar otro nombre alternativo, como momento all-bran, vamos, no jodas, ¿es que no vale nada de lo que hay: evacuar, ir de vientre, cagar, ir al baño (otro eufemismo pero más aproximado, para mi gusto) o  - ¿por qué no? – jiñar?. Jiñar es genial, es sonora, es ordinaria…  es como el acto en sí mismo! Y además está aceptada con gran criterio por la RAE. Pero bueno, volviendo al tema, sabiendo que mi problema no era ese –ni el otro-, empecé a preguntarme por el motivo de mi mala leche.  Y lo cierto es que el haberme puesto sobre los hombros yo sola el trabajo que supone que todos pasen unas felices vacaciones comenzaba a pesar. (Fin del momento de humor).

Soy mala pidiendo ayuda (considero que no debería ser necesario pedirla), y soy mala marcando normas (considero que no debería ser necesario marcarlas). Supongo que doy por sentado que hay cosas que son de sentido común. Pero es que lo que es de sentido común es completamente distinto de una persona a otra. Y soy mala especialmente cuando falta confianza.  Pero es que no me entra en la cabeza es que venga la au pair con nosotros, que no tenga que encargarse de los niños pues estamos nosotros con ellos todo el día reconectando sin parar, y que no sea capaz de echarme una mano sin que yo tenga que pedírselo, a cosas tan sencillas como ayudar a vaciar el lavaplatos o a recoger la cocina ya que yo he cocinado. La mujer estaba relajada y feliz, disfrutando gracias a mí de unas vacaciones a cuerpo de reina. Que digo yo que eso no será incompatible con colaborar un poco… De modo que ya he pasado a la acción, y muy amablemente le he ido pidiendo ayuda con esas pequeñas cosas.  Y hasta se le ha ocurrido alguna cosa de motu propio.

Lo más terrible de todo es que me siento incómoda cuando lo hace ella en lugar de hacerlo yo. Pero creo que menos que cuando no lo hace. Cuando no lo hace, además de incómoda, me siento una perfecta gilipollas. Y prefiero no ser perfecta en todo. Y menos en eso.

Intervencionismos y trofeos

Hay padres que son más intervencionistas y otros que lo son menos. Yo en general me considero tirando a los que menos. Y tengo mis motivos. Con tanto intervencionismo, tanto proteccionismo y tanto cuidado extremo, estamos educando futuros adultos incompletos, llenos de miedos que no dejamos de transmitirles desde niños, con una autonomía más que limitada, y poca responsabilidad sobre los actos propios. Bien, esos son básicamente mis motivos.

Dicen que en el término medio está la virtud. El que dice eso es un cachondo, porque ya me gustaría a mí que me dijera por dónde queda exactamente el medio. Me imagino que en este caso concreto estaría en la educación que deja margen de maniobra al niño, para desarrollarse como persona, para adquirir autonomía, para equivocarse y aprender, etc… pero que guarda las garantías necesarias para que el niño en cuestión no sufra daños considerables por una excesiva libertad de movimientos.

Digamos que en mi casa en concreto yo soy poco intervencionista y Rubén algo más. Me pregunto si entre ambos podría decirse que alcanzamos un término medio. O si el alcanzarse en media no sirve.

Esto viene porque una noche vacacional, estuvimos cenando en Sanlúcar, junto a la playa, tras una tarde de carreras de caballos que no presenciamos, pero que intuimos dado el número de gente que abarrotaba las calles. El caso es que a pesar de todo conseguimos mesa junto a la playa, y pudimos contemplar la puesta de sol bajo Doñana. Pero a los niños poco les interesaba el espectáculo de luces crepusculares, y mucho menos la cena. De modo que saltaron a la playa y se pusieron a jugar con perros que se dejaran acariciar, con la arena, con otros niños.

Rubén empezó a ponerse muy nervioso por el pequeño. Que se está alejando mucho. Que se va a perder. Cómo puedes estar ahí tan tranquila, que sólo tiene tres años. Pero si está allí con su hermano. Sí, pero es que están cada vez más lejos. Bueno, pues ahora vendrán, si los vemos desde aquí. Pues yo voy a por él y si no es capaz de jugar cerca que se quede en la mesa con nosotros. Vale, pues tú mismo. De modo que se levantó a buscar a Miguelito.

Creo que pocas veces me he alegrado tanto de protagonizar un momento poco intervencionista como aquella noche, cuando Rubén regresó dando enormes zancadas, jurando en arameo, dirigiéndose al baño con el niño en volandas, que se traía como trofeo una caca de caballo en cada mano, como recuerdo de la carrera de la tarde que no había visto, pero para qué, si sobre la arena habían dejado lo mejor…

Autodemostración empírica

La gente suele decir que los hijos envejecen en el sentido de que, el ver cuánto crecen ellos, te hace sentir que, inexorablemente, lo haces tú también.

Yo sin embargo no tengo esa percepción. De hecho, muchas veces me siento más joven con 30, y con bastante menos pudor y sentido del ridículo, que con 18 -bueno, vale, lo del Pokémon de ayer es una excepción, pero, ¿qué sería de una regla sin excepciones?-

Por ejemplo, no consigo recordar si de pequeña jugaba a hacer teatro. Sí recuerdo que de haber jugado, no debía hacerlo muy allá, porque en las obras de teatro que representábamos en el cole, jamás tuve un papel estelar. En las ocasiones más afortunadas, dije alguna frase. En las más habituales, fui figurante. Y en alguna que otra, me quedé de puro atrezzo.

A principio de curso, Pablo tuvo que aprenderse una frase en inglés, para hacer una mini obra. Era la siguiente “Oh! I’m not a frog! I’m a prince! Thank you princess!” Aprendérsela no fue un problema. El problema fue declamarla. Pablo con su elevado e innato sentido del ridículo, y su timidez, la pronunciaba rápidamente, en voz baja y entre dientes. De modo que hubo que hacer un esfuerzo e intentar enseñarle a quitarse el sentido del ridículo, por lo que me pasé una semana repitiéndole la frase, absolutamente sobreactuada, casi a grito pelado, gesticulando cómicamente, y haciéndole reír. Venga, Pablo, ¡ahora tú! Y conseguimos que gritara (sí, sí, a veces declamaba la familia al completo). Pero cuando llegó l ahora de la verdad, dijo: Yo no pienso hacer eso en clase. Bueno, en cierto modo le comprendo.

Sin embargo, mis incursiones teatrales no terminaron ahí. Una vez que se le coge el gustillo…

Todo empezó –o continuó- el día en que Miguel llegó a mi dormitorio con una pelota como proyectil, apuntándome amenazador. Entonces salió la actriz que llevo dentro, y, con cara de pánico y unos gritos desgarradores, comencé a suplicar “NO, NO, POR FAVOR, ¡¡¡SOCORRO!!”, mientras me llevaba las manos a la cabeza, y comenzaba a correr. Miguel corrió detrás de mí riendo a carcajadas  y blandiendo la pelota hasta acorralarme contra la cama , donde no tuve otra defensa que agazaparme escudándome con una almohada. Entonces el pequeño atacante se apiadó, incluso se preocupó, soltó la pelota, y vino a abrazarme. Él se lo pide todo, héroe y villano.

Bien, pues mi interpretación fue tan grandiosa, que ahora TODAS las tardes, cuando llego a casa y me cambio de ropa, llega mi público intruso, que ya casi se ha convertido en fan, y me dice “Mamá, coge la almohada y di No, No, Pol Favol”. De modo que no me ha quedado más remedio que mejorar mi capacidad interpretativa. Porque no es lo mismo actuar cuando en un momento gamberro te sale de dentro, que por obligación cada día. El hecho de hacerlo bien siempre es lo que distingue a un aficionado de un verdadero profesional. Pero volviendo al tema de antes, eso de que los niños envejecen, pues eso, que no: hace unos años yo era demasiado mayor para estas cosas. Acabo de autodemostrármelo empíricamente.

Y de lo de hacer una discoteca en el salón y quitarse los zapatos lanzándolos por los aires para bailar mejor, hablaremos otro día…

Relato: Una mañana de sábado

Un barrio en calma en un día de sol. Los comercios ya abiertos reciben contentos los carritos de la compra. Los árboles hacen la fotosíntesis, mientras algunos pajarillos hacen tertulia en sus ramas sin incordiar, cagando, eso sí, de vez en cuando. Las lunas de los coches aparcados allá abajo ya se han resignado. A eso y a los chinazos en carretera.
Un poco más a la derecha un parque infantil. De los de barrio, con pocos columpios, poca zona verde, y un arenero rodeado de una valla de madera pintada de colores. También se ha despertado, y los bancos que lo rodean escuchan atentamente las conversaciones de las madres mientras los retoños hacen flanes y bollos en el arenero. La pobre valla de madera no hace gran cosa. Sólo es una valla. Toma el sol, y da colorido. Retener ahí dentro a los niños nunca se le dio muy bien.


De pronto, un hecho insignificante es suficiente para romper durante unos instantes la armonía tácitamente acordada que reina en esa mañana de sábado. Una señora aparece y atraviesa el parque. A su lado, camina un perro pequeño con abundante pelo largo, como su rabo, que menea alegre al son de una cancioncilla que no se le va de la cabeza. Pero un niño ha debido escucharla también, y así es como repara en el perro y deja su cubo, su pala, su flan de arena, y a su madre en el banco, para salir corriendo detrás de ese perro, muy a pesar de la valla y de sus colores. El perro se echa a correr, delante del niño, recordando las enseñanzas de su padre, que siempre le dijo que huyera de todo peligro. La dueña del perro corre detrás del niño y del perro, gritando, porque no se fía de su perro, ni de ese niño. La madre oye los gritos y corre detrás de la dueña del perro, del niño y del perro, intuyendo en los gritos, y en el perro, peligro para su pequeño. Y todo el mundo mira la escena, y el tiempo y la armonía se han detenido por unos momentos.


La dueña del perro se planta desafiante entre el perro y el niño. El niño salta de alegría y grita a su mamá algo incomprensible para cualquiera que no sea ella, una cosa así como: “mía amá, un peíto”. La madre agarra al niño de la mano. La dueña del peíto conserva el ceño fruncido, y no da por finalizada la carrera sin antes decir:

- “Señora!, mire que si el niño agarra al animal del rabo, y después lo muerde…!”

Ante lo cual, la señora, apabullada con el peso de la culpa por las miradas a su alrededor, por la falta de resuello del perro, por el ceño fruncido de su dueña, por la conversación de las vecinas que se ha quedado a medias, y por el perjuicio al medio ambiente, viendo que hasta los setos están observando, y han dejado de fotosintetizar, no tiene más remedio que disculparse, y con toda sinceridad contesta:

- Por dios, discúlpeme, nunca debí sacar al crío sin su cadena ni su bozal.

Padre por un día

(Escrito el año pasado por estas fechas. Me apetece conservarlo poque contiene recuerdos de los peques, y supongo que les hará ilusión leerlo dentro de unos años. Poco a poco, empezamos a ir cuesta abajo.)

Esto es algo que me dice mucha gente. ¡Qué suerte! ¡A mí me encantaría tener hijos! A mí me parece sencillísimo. Vamos, prodigiosamente sencillo. Supongo que de tanto ver el Milagro de P. Tinto me aprendí la técnica a la perfección. Dos de dos. Impresionante.

El caso es que siempre que oigo esos deseos en bocas ajenas, hago el ofrecimiento de prestar a los míos para compartir esa maravillosa experiencia. Y de modo completamente desinteresado, completamente gratis, sin pedir nada a cambio. Pero a la hora de la verdad nadie quiere probar.

En fin, si a alguien le hace ilusión quiero decir que mis hijos son perfectos para esta experiencia. Especialmente si es un hombre el que desea vivirla.

Nada más entrar se sentirá de lleno en el papel, pues lo primero que escuchará es a un niño llamándolo papá. El suyo de verdad tuvo que esperar casi dos años para escucharlo. Pero ahora tiene la técnica dominada, y se lo dice con emoción a todo ser de sexo masculino que entra en casa.

Además, entretener a un niño es fácil. Pablo es feliz sólo con que le hagan caso. No necesita que juegues con él. Se conforma con que le mires mientras él juega. Y así, para ganártelo, debes estar atento mientras te enseña lo bien que juega al Súper Mario, al Pequeño Granjero. Te sienta a su lado para que veas Humor Amarillo o Los Autos Locos, o te pone a escucharle mientras lee, o te enseña los 100.000 dibujos que ha hecho desde que aprendió a coger un lápiz. Si le echas una guerra de cosquillas, lo zarandeas, coges en volandas, o te conviertes en toro mecánico, te querrá para siempre. Pero esto ya es para nota. Fácil, verdad? Bueno, pues ahora pasamos al Nivel 2. Hay que hacer todo eso MIENTRAS le das la mano a Miguel que está pegando brincos en el sofá o en la cama, y que a pesar de llevar tres descalabros en lo que va de tarde no ha aprendido. Intenta jugar contigo a los puñetazos. Aunque no sepa hablar te darás cuenta porque llega descojonado de risa diciendo “pum, pum” y te coloca con su manita angelical un puñetazo con todo su ímpetu y su puño cerrado en el carrillo. Si le sigues la gracia malo. Si no se la sigues también. Intentará que le hagas cosquillas y lo persigas por toda la casa (al menos es pequeña), y aunque no te apetezca ni media se reirá con esas carcajadas con las que chantajea constantemente. Y mientras lo persigues por el pasillo oyes a Pablo diciendo “¿cuándo vienes? Es que justo ahora llega la pantalla final y quiero que veas cómo me la paso”. Eh… ahora, ahora voy!

Una señal de alerta máxima es que Miguel se haya callado. Porque a pesar de los golpes que lleva en la cabeza el puñetero la sigue teniendo en uso. O todo lo contrario. El sábado sin ir más lejos, en el tiempo que se tarda en abrir un brick de caldo (sí, cuando el día que dijeron: “mamá, qué rica está esta sopa” fue el día en que en lugar de haberla hecho yo la había comprado de sobre, me juré a mi misma no volver a hacer caldo en la vida), y ponerlo a calentar en una cacerola, Miguel había cogido una silla, la había acercado al mueble donde guardo las medicinas en alto, y me lo encuentro allí en alto, con una tableta de Rhodogil en la mano, y una pastilla chupada en el suelo. Le quito la tableta de las manos. Quedan 3 pastillas. ¿Y cuántas había antes? Ni idea.

- Miguel, ¿cuántas te has comido?

- ——–

- Miguel, la tienes en la barriguita o en el suelo?

- Elo

- ¿O en la barriguita?

- Aiíta

Mierda. Le doy otra vez la tableta. Observo cómo las saca. Quita el aluminio y delicadamente la deja caer. El plástico no pierde su forma. Repite el proceso varias veces. Cojo la tableta y observo la forma de los plásticos donde ya no hay pastilla. Sólo hay dos sin aplastar. Una estaba en el suelo. Así que como mucho se ha tragado una. No hace falta ir a urgencias.

Pablo no pierde la esperanza y sigue pidiéndote periódicamente que vayas con él. Y Miguelito poniendo en serio riesgo su vida para que no le quites ojo.

Pero todo llega a su fin, y después de haber inundado el cuarto de baño para asearlos, de haber corrido por toda la casa porque han decidido que vestirse es un juego, y tú la llevas, y de haber luchado para que cenen, se van a la cama y se duermen. Y te dan besos, abrazos, te dicen que te quieren, y que porfi, cinco minutos más.

Y entonces descubres lo que es descansar de verdad. Y entonces te das cuenta del valor de un sillón. Por muy pintado que esté. Y aunque te duele todo y estás hecho trizas, y llevabas deseando ese momento toda la tarde, no puedes evitar dar otro paseo más a su habitación. Y mirarlos. Dormidos. Con los pies al aire. Y se los tapas. Y ya… esos padres deben estar a punto de volver. Y suspiras hondo al verlos llegar. Y te vas cansado y con alivio. Pero no puedes evitar sonreír cuando recuerdas las carcajadas sonoras, el pum pum del puñetazo y que te han llamado papá. Te has enganchado un poquito. No estés triste. Si eres bueno, otro día más.

No hablo de sábados

 

Pablo tiene ya siete años, y el otro día me dio por pensar en que tampoco quedaba ya tanto tiempo para disfrutar de él como niño. Es ahora y ya los fines de semana me persigue para que le organice algún plan con algún amigo… de modo que supongo que con doce o trece años, comenzará rápidamente la transformación en un ser ajeno, huyendo de sus padres, avergonzándose de ellos, pasando a fiarse única y exclusivamente de aquello que dicen otros seres en su mismo proceso llamados amigos, perdiendo completamente su personalidad para poder hacerse más tarde con una propia…hasta que esa mutación en un ser llamado adolescente, fase que hoy en día dura unos diez años o quince en el peor de los casos, quede finalizada con éxito. Así que ponte a contar, Patricia. Cinco años. Te quedan como mucho cinco años para disfrutar de un niño que no se quiere ir a la cama, que quiere que veas Star Wars con él, que mires cómo juega a la consola, que leas los cuentos que se inventa, que leas con él por las noches, que hagas un puzzle con él, que vayas al cine con él, y que la única noche que se puede acostar tarde, la del sábado, la emplees con él. Claro, la idea del sábado por la noche viendo una peli familiar es demoledora, es como quitar el coto al más importante espacio exclusivo para la pareja que aún persiste. Pero… ¿cuántos sábados nos quedan para disfrutar de niño? Y después… después todo será pareja. De modo que cada cosa a su tiempo. Y parece ser el de pareja en clandestinidad.

 

Sin embargo, este sábado sonaron todas las alarmas, y se convirtieron en algo contundente como sólo la realidad sabe ser, cuando Pablo dijo lo siguiente:

  • Pues yo, cuando sea mayor, aunque gane mucho dinero (porque va a ser futbolista, como todos – atrás quedaron sus sueños de ser obrero o bombero.), no me voy a ir a otra casa. Y voy a vivir siempre con vosotros.

Al menos añadió que nos prestaría dinero de hacernos falta.

 

Bueno, después del susto que da eso al principio, siempre queda un consuelo, pues, sabiendo que nos quedan todos los sábados del mundo, da menos cargo de conciencia el que sus noches sigan siendo, en exclusiva, de papá y mamá.

Relato: Sin entender los superpoderes

 

Sin entender los superpoderes.
- Yo no entiendo muy bien lo de los superpoderes…

- ¿El qué?

- Pues que le pregunté a mamá por qué yo no tenía y me dijo que eso sólo pasaba en las pelis, que nadie tiene…

- Eso es mentira, porque Carlos corre mogollón, y nadie le pilla. Yo ya no juego con él. Sólo al fútbol si está en mi equipo. Si eso no es un superpoder…

- Hala, pues es verdad. Qué morro tiene Carlos, que ha pillado el de supervelocidad.

- O mamá, que dice que lo sabe todo.

- Eso es verdad. ¡Por eso cuando el otro día me cargué el mando del vídeo supo que había sido yo!

- O cuando me rompí los pantalones, y le dije que se habían roto solos, y ella me dijo que no me tirara jugando al fútbol. Qué tía. No se le pasa una.

- Claro, el superpoder….

- Pero ahora que lo dices, si papá y mamá tienen superpoderes nosotros también deberíamos tener, no?

- ¿Papá también?

- ¿No ha jugado contigo a eso?

- ¿A qué?

- Pues a eso… con su superpoder…

- Ah, eso… Sí… ¡Pero me dijo que no se lo podía contar a nadie! ¡Que era un secreto!

- Y a mí, pero si él tiene ya ese que se pone tan grande cuando se toca, ¡y con disparos! , no va a tener también el de saberlo todo, ¿no?

  • Es verdad…A mí no me gusta ese juego. A mí papá, cuando le sale el superpoder, me da miedo.

- A mí también. No me gusta el juego, ni el superpoder, ni las caras que pone. Ni tener que hacer que ocurra.

- ¿Tú crees que mamá lo sabe?

- Claro, ella lo sabe todo.

- Y si a nosotros no nos gusta y ella lo sabe todo, ¿por qué no le dice a papá que pare? ¿por qué no utiliza su poder?

- Porque papá no es un villano. Es un padre.

- Pues yo… yo sigo sin entender muy bien lo de los superpoderes.

 

Mañana de domingo

El domingo por la mañana dejamos a los niños en casa de mis padres y nos fuimos a limpiar el coche. Es una de esas tareas que tácitamente ha asumido Rubén casi desde el principio. Como echar gasolina. Creo que la última vez que lo hice yo, los surtidores autoservicio eran anecdóticos, y era un amable señor con un mono azul el que se acercaba a la ventanilla, pedía las llaves y preguntaba ¿cuánto le pongo?. Vamos, que no sé en qué lado del coche está el depósito.

A mí me parece lógico. Después de todo, él es quien usa el coche de lunes a viernes y yo la que sufro el metro. Que es muy ecológico y muy rápido (o eso se le presupone). Pero a cambio he de decir que la línea 10 en hora punta, cómoda, lo que se dice cómoda, no es.

El caso es que a pesar de eso, tan necesitado estaba el coche de un lavado, que cuando me pidió que lo ayudara asentí con resignación. Mejor eso que seguir con el coche así. Con toda esa mierda mis hijos no serían durante mucho tiempo los únicos seres vivos que habitasen la parte trasera del habitáculo. Aunque si se los comía algún monstruo, la culpa sería principalmente de ellos. Ahora entiendo por qué mi cuñada no les deja a los suyos comer en el coche.

Yo no sé cómo a Rubén no le daba vergüenza meter a sus compañeros de curro ahí atrás de camino al restaurante a la hora de comer. Bueno mujer, si no te fijas mucho no se veía el nugget. Sólo las patatas fritas y las galletas. Y los gusanitos. Vamos, lo normal en todos los coches.

Llegué a la gasolinera sin quejarme, pero con cara de cordero degollado, y mirando melancólica por la ventana. Sin terminar de digerir en qué iba a consistir mi mañana de domingo.

Lo primero limpiar por fuera. Rubén siempre lo hace con pistola a presión, porque dice que el automático estropea la pintura. “Si quieres quédate dentro, que esto ya lo hago yo”. No me lo tiene que decir dos veces. Me hago con los mandos y me pongo a elegir yo la música mientras oigo el cepillo rascando el techo eléctrico, y el agua chocando con la carrocería. Sólo me sobresalto cuando llega a mi puerta. Estaba completamente ensimismada.

Por fin toca salir del coche. Ayúdame a secar. Hazlo de arriba a abajo. No pude evitar acordarme de un anuncio de la tele en el que se pedía reparto de tareas en casa. Cogí el papel y me puse a secar muy obediente. Pero a pesar de tener las puertas abiertas la música apenas se oía. Miré a los lados. Sólo un coche. Bueno, la subo un poco. Sólo un poco. Y sigo con mi tarea. Así secaba, así, así…

Turno de la aspiradora. Nos deshicimos de la comida que servía de alimento al monstruo y ya puestos, nos deshicimos también del monstruo. Y con la aspiradora a borrar las huellas. Pero con su ruido apenas se oía la música. Vuelvo a mirar. Se ha ido el coche de al lado. Así que subo más y más el volúmen. En plan macarra con música chunda chunda, pelo cenicero y coche tuneado. Sólo que sin pelo cenicero, ni coche tuneado, ni música chunda chunda. Me despedí del rock and roll con M-Clan, y me pasé a Los Ronaldos. Y me puse a cantar. Primero bajito mirando a los lados y con la aspiradora. Que se oyera poco. Estás haciendo mal, al dejarme pasar… Y se acaban los tres minutos del aspirador. Y su silencio deja más espacio a la música.

Y sigo cantando. Y más y más fuerte. Y ya no miro hacia los lados. Ni bajo el tono cuando se acerca alguien. Ahora canto como en el salón de mi casa, como en mi plato de ducha. Y bailo. ¡¡¡Y BAILO!!! gamuza en mano, mientras limpio los cristales por dentro, y mientras le quito el polvo al salpicadero. Sin pudor, como aquella gitana del cercanías. Sin importarme ni que estuviera Rubén al lado. Él que sí lo tiene, y se avergüenza mucho con este tipo de manifestaciones espontáneas. Los espacios públicos le imponen.

Y en pleno frenesí me dio por pensar, pero no se me ocurrió una forma mejor para pasar la mañana de domingo.