Esta semana santa estuvimos con unos amigos y sus respectivos hijos en una casa rural en Navaluenga. El viernes, aprovechando el buen tiempo, fuimos todos a dar un paseo por el río. Yo aproveché para llevarme la cámara y estuve entretenida robando fotos. Cuando nos instalamos me quedé un poco al margen, porque debo reconocer que a veces me faltaba un poco de espacio, así que me senté yo sola en una piedra, algo alejada del resto, y me quedé ensimismada mirando el entorno y a los chavales corriendo, jugando con una pelota, al rugby, etc…
El caso es que al poco tiempo llegó una familia con trajes de exploradores, recién salida de Coronel Tapioca. Uno de los hombres llevaba también una cámara en mano y andaba haciendo fotos familiares de posado. A una de las mujeres se le ocurrió que podían saltar a una piedra grande rodeada de agua con los niños, y hacer una maravillosa fotografía muy natural que consistía en que, estando todos de espaldas al fotógrafo y a la voz de ya, se daban la vuelta con sonrisas profident, y entonces el de la cámara hacía click, inmortalizando el momento de felicidad bucólica. Así es como el fotógrafo dijo “ya!” y todos se dieron la vuelta para aquella foto ridícula. Todos menos uno. “¿Qué tal ha salido?” preguntó la mujer de la gran idea, espectante. “Pues bien, si no hubiera sido por Alejandro. Así es como supe el nombre del niño de unos cuatro años que se había quedado de espaldas estropeándole la instantánea a su madre.
Hicieron un segundo intento, pero Alejandro seguía negándose a dar la vuelta. Y en general a poner cara de felicidad. Entonces la madre comenzó con los reproches. “Alejandro, ¿quieres por favor sonreír y no estropear las fotos? Si no, ¿para qué has venido?” Hombre, pensé yo, teniendo en cuenta la edad que tiene el niño, imagino que habrá ido al río para jugar. Y en última instancia, porque no le quedarían muchas otras opciones que obedecer.
Otra de las niñas, sin embargo, nada más terminar la sesión fotográfica, comenzó feliz y sonriente a saltar de piedra en piedra junto al río. Me gustaba suponerla imaginándose fantasías en su cabeza, protagonista de una aventura, saltando por aquellas piedras, en medio de alguna valerosa misión. El disfraz que llevaba ayudaba a meterse en situación. El señor de la cámara la interrumpió. “¡Nerea! Ven aquí ahora mismo y deja de saltar. Que tú eres muy torpe y te vas a caer”. Así es como supe que esa niña se llamaba Nerea. Pensé que había muchas formas de decir las cosas, baja de las piedras que te puedes caer y mojarte, que es peligroso y puedes hacerte daño, … pero queriendo decir eso, dijo “Tú eres muy torpe”.
Nerea obedeció, borró la sonrisa, se le cayeron los hombros, y observé en silencio cómo dejaba de ser una aventurera para regresar a su papel de niña torpe.
Entonces vi esas dos ramitas secas, tan solas como dos niños que no son tenidos en cuenta, y les hice una foto sin pedir que sonrieran, con la intención de seguir aprendiendo. No sólo de las torpezas ajenas, sino también de las propias.
