El alma de un niño no es el que escribe una lista de regalos, ni adorna un árbol, ni mira boquiabierta las calles llenas de luces. El alma de un niño es la inocencia que permite mirar el mundo con otros ojos, la capacidad para ilusionarse, y sobretodo la capacidad para soñar. Los niños sueñan vivir aventuras, viajar al espacio, volar en un globo, crear inventos maravillosos, ser estrellas de cine, futbolistas… sueñan ser valientes, ser especiales, ser únicos. Sueñan que pueden hacer un mundo feliz. El alma de niño no tiene color, está hecha de sueños, y todos esos sueños están al alcance de su mano, no tienen límites. Los límites son inventos adultos. Los adultos inventamos dónde está la línea que separa lo posible de lo imposible, donde lo posible suele ser lo sencillo, y lo imposible lo difícil. Y más allá de esa línea no intentamos nada. Entonces, el alma de niño, aburrida por estar encerrada en un cerco tan pequeño, se duerme… Pero, ¿y si pudiéramos despertar ese alma de niño? ¿y si no se hubiera perdido para siempre? ¿y si de pronto traspasáramos esa línea y descubriéramos lo que hay más allá de ella? ¿y si hiciéramos que lo imposible fuera posible con el alma que un día tuvimos, y que no caduca cuando termina la Navidad?
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Feliz Navidad
23 Diciembre, 2009 · 3 comentarios
Categorías: Reflexiones
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El Pokémon y la evolución
24 Febrero, 2009 · 8 comentarios
-Mamá, ¿jugamos a las cartas?
-¿Al cinquillo?
-No, a Pokémon.
-Yo no sé jugar.
-¡Te enseño!
-Vale. (Reparte doce cartas para cada uno). ¿Con cuál empiezo?
-Con la que más vida tenga. Es el número que tienes ahí.
-Ah, vale, pues éste. Mismagius. 90 puntos de vida.
-¿Y?
-¿Y qué?
-Que qué ataque lanzas….
-Ah… pues… el ataque psicoondas!
-Vale, pues yo te saco a Roserade, y lanzo un picotazo venenososo. Dale la vuelta a la carta, mamá, que te he envenenado. Y me tienes que dar otra carta.
-¿Por qué?
-Porque es así. –Esto empieza a sonarme a tongo- Ahora saco a Infernape, con un envite Ígneo.
Envite Ígneo. Tócate los cojones…. Para que luego digan que con la literatura se aprende vocabulario.
-Pues yo te saco a Drapion, que también envenena, así que dale la vuelta tú a tu carta.
-¡Pero qué dices! Si Infernape no se puede envenenar, y además te ha hecho 90 puntos de daño, así que me tienes que dar otras tres cartas.
No me cabe la menor, cuando le dije que no sabía jugar ha visto su oportunidad para darme para el pelo. Dejo de hacer el menor intento por aprender unas normas movedizas que se mueven según su voluntad. Le doy las tres cartas y confío en que me gane con un par de ataques más. Pero se va a enterar con la próxima partida de Scrabble.
-Vale, mamá, ahora te voy a sacar a Skuntank. Este mola mazo, tiene 110 de vida, ¡110! Y está en primera evolución. Anda, dame tu carta de energía.
Que digo yo, con esta facilidad por los idiomas por qué no le dará más al inglés.
-Mamá, mamáaaa que me des tu carta de energía.
-Toma.
-Por cierto, mamá, ¿vas a evolucionar?
¿A evolucionar? No sé si es porque no puedo evitar darle el sentido tradicional, tan contrario a la evolución. Pero ya es demasiado para mí.
-Pablo, tocada y hundida.
Espero haberle contestado.
Categorías: Humor · Niños
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Relato: Tomasa: sin nostalgia al telefonillo
21 Diciembre, 2008 · 5 comentarios
Cuando era muy chico pasé la polio, y soy cojo desde entonces.
De chaval yo soñaba que corría cuando mis amigos soñaban que volaban. Pero para mí no ha sido nunca un drama. De hecho, el ser cojo de profesión tiene ciertas ventajas. Como el no tener que trabajar para ganarme el pan, porque me asignaron una pensión de invalidez. Y mis padres sus ahorros. Que tampoco es para tanto, digo yo. Ni la invalidez ni la pensión, ni los ahorros. Pero el caso es que tengo aquello que otros tanto desean: tiempo. Bueno, tiempo y una plaza de aparcamiento reservada única y exclusivamente para mí en la puerta de mi casa. Vamos, que en la placa azul aparece un guiñapo en silla de ruedas que no soy yo, pero una matrícula que sí es la de mi coche. ¿Qué más se le puede pedir a la vida siendo de Madrid, y viviendo en un barrio de zona azul?
Los días se hacen largos, pero tengo mis entretenimientos. Uno de mis favoritos es aparcar lejos de casa y quedarme mirando por la ventana mi suculenta plaza. En cuanto algún incauto osa ocuparla, llamo a la policía y a la grúa municipal. El ver la cara de un incauto cuando al ir a recoger su vehículo se encuentra el cepo en las ruedas, o mejor aún, el hueco, no tiene precio. Un día de estos la voy a diñar de un ataque de risa, y que Dios me perdone por este sentido del humor tan cabrón que tengo, pero yo de niño no pude llamar a telefonillos y salir corriendo, y eso deja trauma. Además, él mejor que nadie para entenderme, teniendo un humor, a mi juicio, tan parecido.
El caso es que dedico horas y horas a mirar por la ventana. Bueno, lo hacía hasta que un día de esos en que estaba yo tan entretenido, comprobando que todo estuviera en orden, cayó otro en la trampa. Le costó un mundo salir del coche. No era otro, era otra. Preñada. Vamos, como una mesa camilla. Reconozco que dudé antes de marcar, pero yo soy un tío constitucional por encima de todo, y no hago distinciones por motivos de sexo, raza o religión. Mientras realizaba la denuncia, vi que se metía en mi portal. ¿Qué iría a hacer? Conozco ya a casi todos los amigos y familiares de los vecinos de mi edificio.
Bajó al cabo de media hora. No le había dado tiempo a la grúa, pero los municipales habían colocado la receta y el cepo. Se montó en el coche con más torpeza incluso que al salir, y arrancó confiada. Eso es lo mejor. Se me saltó la lagrimilla de pura risa. Para grabarlo estuvo. Al cuarto intento salió del coche. Le costó mirar un rato hasta que se dio cuenta. Se recostó en el coche. Mujer, ya sé que es una putada, pero para esos gestos constreñidos tampoco será. La cosa iba a más. Cogió el móvil, y al cabo de un momento lo tiró al suelo. Se agachaba, se tocaba la panza, y se volvía agachar. Esto ya no debe ser cosa del enfado. Bueno, alguien parará, digo yo. A preguntarle, digo yo. Nadie. Es que tiene narices. Nadie. Si al final tendré que bajar yo. Hay que joderse con los cojos de espíritu.
-
Señora, ¿qué le pasa?
- No me encuentro bien. Que a lo mejor es el disgusto, fíjese, he comprado el 2ºA, y venía para ver lo que me tienen que arreglar. Se figurará que me corre prisa, que necesito que esté listo cuanto antes. Y he dejado aquí el coche un momento, pero cuidado que son rápidos los municipales….
- Señora, rápidos pero no lo suficiente. Es mi plaza, y yo tuve que aparcar lejos de aquí mi coche porque cuando vine alguien la estaba ocupando. Siempre igual. No, no era usted, descuide… ¿La llevo a algún sitio?
- Tendré que coger un taxi, pero tengo que ir primero a un cajero, no sé dónde hay uno, he llamado a mi madre y para variar no lo coge… y es que duele, no me puedo mover, y me estoy poniendo más nerviosa de lo que ya estoy.
Al final terminé llevando a la gorda que sería mi vecina al hospital. Tampoco era la cosa tan urgente, que aún tardó 20 horas la criatura en nacer. Que lo sé porque me quedé allí. Para una cosa apasionante que me ocurre, no me la iba a perder. Por eso y porque no llegaba nadie más. La madre no se enteró hasta el día siguiente. No sé si es peor ser cojo o sordo. Y no hubo nadie más. La madre y yo. Ha sido un niño.
Desde entonces miro menos por la ventana. Es un demonio de crío, pero me gusta subirlo a mi casa, mientras la madre llega de trabajar. O sacarlo al parque. Total, será por tiempo. Me dice que le enseñe a Tomasa, la pierna tonta, que así la llama. Y se la enseño. Le digo unos días que fui un valiente soldado, que me lo hizo un enemigo en la guerra. Otras que cazando cocodrilos. Otras fue un tiburón mientras sacaba a una niña de su sucia bocaza. Aunque no me cree nada, el jodío. Me besa y me pinta soles, y unas caras que llama esmailis, pero yo de inglés no entiendo. Y ahora voy con la Tomasa pintada de soles, andando por la calle sin mirar con nostalgia los telefonillos. Y hay días en los que incluso sueño que vuelo. Que ya decía yo que lo de ser cojo no es para tanto, y que paso los días entretenidos.
Categorías: Relatos
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Secretos a borbotones
3 Noviembre, 2008 · 2 comentarios
A veces no puedo evitar mirarme en mis hijos y jugar a las cinco diferencias. O a las similitudes. Es curioso, porque a veces he oído a mi madre decir “no he visto nunca un niño que se parezca tanto a su madre”. Evidentemente no estoy hablando de semejanzas o diferencias físicas. Pablo y yo nos parecemos en algún gesto, o nos damos un aire. Pero él es más rubio, tiene los ojos claros, y es muy delgado. Y yo era rubia pero menos, ojos castaños y regordeta, muy a mi pesar.
No puedo evitar insistir en recordar aspectos de mi niñez y mi adolescencia estando con ellos. Y sentimientos. Y escenas. Y es que no quiero que se me olviden, porque sé que me voy a tener que poner en su lugar. Me quiero poner en su lugar. Quiero mirar desde su perspectiva.
Yo de niña era muy habladora. En eso tenemos un punto en común. Y era incapaz de guardarme algo para mí. Salía del colegio y estallaba al ver a mi madre, y me salían las palabras a borbotones, y lo contaba todo. Lo bueno y lo malo. Si había discutido con alguna amiga, si me habían castigado, o la nota que había sacado en el último examen. Si hasta confesé lo de los condones! Era incapaz de estar enfadada, triste, o feliz y no contar el por qué a los cuatro vientos.
Esto fue cambiando poco a poco. Y según pasaron los años fueron disminuyendo mis confidentes. La primera en quedarse a un lado fue mi madre. Pero para eso están los amigos. Con mi padre cuando era niña hablaba poco. De hecho nunca fue confidente. Nos queríamos, de hecho yo creo que tiene una auténtica debilidad por mí, pero no nos comprendíamos demasiado. No le gustaba mi música, ni mi forma de vestir. Según él, lo más importante para mí eran mis estudios. Y lo demás, tonterías de la edad que ya se me pasarían. Visto desde la óptica de un adulto, quizás no le faltara razón. Pero para un niño, lo que es importante es completamente distinto. Y en el mundo de un niño, haber discutido con un amigo podía significar toda una debacle, y ésta haber puesto de cabeza ese pequeño mundo.
Después de unos años de distancia afectiva llegó la distancia física. Y mis padres se fueron unos años a vivir fuera. Y entonces, en esas visitas cortas que teníamos, volvía mi enorme necesidad de contarle a mi madre todo aquello que no podía a diario, y que probablemente jamás le habría contado de vivir a diario con ella. Lo cierto es que siempre fue una buena interlocutora. Aunque con ese afán no entrometerse demasiado para no parecerse a su madre, o sea, a mi abuela, con la que yo vivía, hacía pocas preguntas. Que yo no sabía cómo interpretar. ¿No pregunta porque el tema no le gusta?. ¿No pregunta porque le resulta violento?. No pregunta para no meterse. No pregunta porque espera que se lo cuente yo si me apetece. Antes siempre me apetecía. Siempre me ha apetecido. Pero hay cosas que no he podido contar en su momento. Unas porque les habría hecho daño. Y otras porque también les habrían hecho daño. Cosas que cuando por fin conté les hicieron daño. Y les robaron horas de sueño.
Mi padre me solía decir cuando salía de casa “no hagas nada que no hicieras si yo estuviera contigo”. Buen intento, papá, pero es que yo he tenido que probarlo todo, y he necesitado llegar deprisa a todo, con ansia, como si se me fuera a acabar. Otra frase que recuerdo hasta la saciedad “no corras, Patricia, que hay tiempo para todo”. ¿Seguro que lo hay? ¿Y quién me lo garantiza?
No se trata sólo de ocultar temas relativos a la sexualidad, aunque sean los más vistosos. Yo de hecho, intenté no hacerlo. Y ya con dieciocho años le dije a mi madre con toda confianza que me estaba acostando con mi novio. Ya éramos mayores como para poder hablar de esas cosas. Claro, si hubiera sabido cuál sería la reacción, en buena hora habría abierto la boca. Que si en qué me he equivocado como madre, que si qué ha fallado en la educación, y patatín y patatán. Lo cierto es que no quiero ser injusta porque esa ha sido la única vez en que mi madre ha tenido una salida inesperada. Y mira que le he tenido que hacer confesiones mucho peores.
Bueno, el berrinche le duró poco. Si algo tiene mi madre es una gran capacidad de adaptación. Y es que si ahora las cosas son así, pues así hay que tomarlas.
Por lo menos ten cuidado, hija. Eso me lo dijo mi padre. Ni en eso les hice caso, y cuatro años más tarde les estaría contando que les iba a hacer abuelos.
Eso sí, cuando mi hermana se echó un novio un poco más novio y menos noviete, se encargaron de decirle que se podían imaginar ciertas cosas, pero que no hacía falta que se las contara explícitamente. Supongo que cuanto más explícitas fueran las palabras más difícil no hacerse una imagen mental.
Si prefieren no ver para qué enseñar. Así que durante un tiempo nos quedamos con el eufemismo de la amiga. Que si voy a dormir con una amiga, de viaje con una amiga… y ellos por supuesto, jamás preguntaron detalles. Estaban encantados con la amiga.
Qué más me hubiera gustado a mí que decir la verdad. Ojalá esté preparada para escucharla en su día y darle una dimensión apropiada. Una dimensión de confianza. Aunque lo cierto es que si bien Pablo es hablador, es al mismo tiempo reservado. Cuando se enfada por algo, o algo le ha dolido, se enfurruña y no hay manera de sacarle las palabras. Quiere pero no puede.
Me costó media tarde conseguir que me contara el pasado verano, cuando llegó una tarde a casa dando un portazo y al borde del llanto, que era porque María le había dicho que era feo. Y mientras yo pensaba “feo, ¡qué tontería! Y ¿por eso tanto enfado?”, conseguí escuchar de mi boca lo siguiente: “Pablo, mírate en el espejo. ¿Ves un niño feo?- No- musitó ¿Te gusta lo que ves? –sí- musitó aún de morros. Pues si eso es lo que tú piensas que no te importe lo que piense María. A veces decimos cosas que no pensamos sólo para fastidiar.
Ojalá llegue esa confianza, como también llegarán los secretos. Pero hasta los secretos se pueden contar. Aunque sea a destiempo.
A borbotones, o como sorbos de té.
Categorías: Reflexiones
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El color de una aguja
26 Octubre, 2008 · Dejar un comentario
En julio de 2006 mi amiga Elena aprobó la oposición de tipo A que llevaba tres años preparando, y que a punto estuvo de acabar con su cordura y con su matrimonio. Así que cuando por fín todos esos momentos de angustia y esfuerzo se vieron premiados (hay gente a la que no le premian nunca, así que puede sentirse afortunada), decidió hacer una fiesta y cerrar una discoteca para invitar a sus amigos. Mis padres ya estaban en Cádiz, así que tratándose de semejante ocasión le pedimos a la cuidadora de los niños, Rebeca, que se quedara con ellos por la noche.
Quedamos primero en casa de Víctor, que estaba deseoso de enseñarnos el ático que tiene alquilado en el centro, y sobre todo: su terraza, con una tremenda plantación de ese arbusto tan aromático y tan ilegal que albergaba. Con las plantas no tenía problemas: riego automático, luz en abundancia… pero tras observar una serie de helicópteros sobrevolar su casa durante unos días decidió camuflar su frondoso vergel colocando en las plantas unas flores rojas artificiales. Era un espectáculo digno de ver. Y bien orgulloso estaba Víctor de su éxito como jardinero de tan cotizada especie.
El caso es que íbamos a tomar nuestra primera cerveza cuando sonó mi móvil: Rebeca. Pablo se había caído y se había abierto la cabeza. Mis vecinas se habían hecho cargo de él y quedé con ellas en el ambulatorio de Urgencias.
El camino fue horrible. Por un lado pensar el miedo que estaría pasando el pobre: ¿y si lo cosen y yo no estoy con él?. Y por otro, intentar controlarme para no agredir físicamente (ni de ninguna otra manera) a Rubén cuando intentaba convencerme de que era lo mejor que le podía pasar al niño. Con el complejo que había tenido él siempre por no tener ninguna cicatriz que lucir. Y luchar también contra el cargo de conciencia que sentía por desear terminar pronto con esa historia para tener tiempo de ver a Elena.En el ambulatorio estaba Pablo con la cabeza vendada, medio dormido en brazos de Isabel. Allí no quisieron coser al niño. Los bordes eran muy irregulares y nos dieron un volante para cirugía plástica en La Paz. La última vez que fui a La Paz estuve esperando cuatro horas. Así que llamé a mi seguro privado. ¿Hay cirujanos plásticos de Urgencias? Sí, en La Zarzuela. Perfecto, me queda al lado. Allí le quitaron la venda, y los bordes de la herida se abrieron. Así que mientras me decían cuándo lo podían coser me quedé en la sala de espera uniéndole los trozos de frente con las manos. Rubén desapareció. La gente saludaba a Pablo, que seguía vestido con el uniforme del Atleti con el que se había caído. Lo de ser un pupas debe ir en los colores. Si el verlo vestido de merengue le hubiera ahorrado la brecha yo misma me habría encargado del cisma familiar.
Media hora más tarde me recibieron de nuevo para decirme que hasta la mañana siguiente no le podría coser el cirujano plástico. Salí hecha una furia y vi a Rubén blanco como la cera.
- Dónde te habías metido?
- Es que verle la frente así me ha impresionado, y pensé que era preferible desmayarme en la calle que delante de vosotros.
De nuevo vuelvo a pensar lo engañadas que nos tienen con el concepto de lo que es un hombre y lo que se debe esperar de ellos.
Salgo de allí con lágrimas de pura ira. Me habría encantado poder pegar a alguien, o insultar y gritar hasta quedarme afónica. Pero uno no siempre puede hacer lo que se le antoja o lo que le pide el cuerpo.
Eso sí, si llego a oír otra vez aquello de ¡qué suerte, una cicatriz en toda la frente! no habría respondido.En la Paz me relajé. Nos atendieron nada más llegar. Pusieron al niño anestesia local y prepararon quirófano. Mientras le hacía efecto la anestesia me puse a contarle lo que le iban a hacer.
- No tengas miedo, porque no te va a doler. Te van a cerrar la herida con una aguja muy finita.
- ¿Una abuja con hilo? (lo decía con naturalidad, sin ningún miedo)
- Sí, hijo, y te van a coser la frente como se cose la ropa.
- Ah, ¿y de qué color?
- ¿De qué color qué?
- Digo que de qué color es la abuja.
- Ah! No sé. A lo mejor es rojiblanca. Pero enseguida lo vemos.
No me dejaron entrar con él, pero me quedé en la puerta y lo escuché reír. ¡Se partía de risa! La celadora que me acompañó fuera no daba crédito. Y sí me dio una agradable conversación. Dentro había cuatro enfermeras y un médico. Todo un despliegue de medios para unos puntos. Y sobre todo un despliegue de humor, porque Pablo se lo pasó bomba. Vamos, que tal y como estaba yo, ya me hubiera gustado a mí estar en esa camilla y que un doctor me hiciera reir para no enterarme. Si al final sí iba a ser una suerte.
- Tenías razón, mamá, no me ha dolido.
Y no podía evitar pensar en la pregunta de Pablo. Que de qué color eran las agujas… Porque las plantas de maría eran verdes, las flores de plástico rojas, la venda blanca, su camiseta rojiblanca, mi ira roja a secas, el mareo blanco a secas, las batas de los sanitarios verdes, y el hilo de su costura se veía negro. Pero las agujas… me quedé sin saber el color de esas agujas. Y también sin compartir con Elena su gran noche. Pero me queda el recuerdo. El del valiente Pablo.
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Niño negro, niño albino, niño.
16 Octubre, 2008 · Dejar un comentario
Yo jamás lo había visto, de hecho ni se me había ocurrido pensar que pudiera darse, pero ayer en el metro vi un niño negro albino. Piel completamente blanca, pero rizo pegadito al cuero cabelludo, rubio rubísimo, labios gruesos, nariz ancha, madre negra, hermanos negros.
Lo estuve obsevando intentando ser discreta, y es que desde luego no tengo la oportunidad de contemplar todos los días un capricho de la naturaleza.
Me pregunto qué cara se le quedaría al padre.
Eso sí, los niños serán blancos, negros, rojos, verdes o morados. Albinos o no. Pero todos se enfadan y dan cabezazos cuando su madre les quita la bolsa de gusanitos. Y ayer, en el forcejeo, los gusanitos del niño, por muy albino que fuera, también se cayeron al suelo del vagón, que quedó como la parte trasera de mi coche.
Todos somos diferentes. Todos somos iguales.
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Como dos locos
19 Septiembre, 2008 · 2 comentarios
Como locos nos hemos puesto esta tarde Pablo y yo. En el peor sentido de la palabra. Me jode mucho escribir sobre esto, porque al fin y al cabo es mi hijo, y esas reacciones suyas me duelen. Pero no soy ciega, ni tonta como para ser tan parcial y no tener ojos sólo para su mejor cara.
Hubo un tiempo en que fue algo insoportable por continuo, y llegó un momento en que evitaba en lo posible quedarme sola con él, porque no era capaz de controlar la situación. Y cuando nació el pequeño fue mucho peor.
El niño sólo quiere dos cosas -me decía la pediatra- conseguir lo que quiere. (Eso no lo hacía, porque no sabe muy bien lo cabezona que puedo llegar a ser yo, que llevo muchos más años de entrenamiento.) Lo segundo que pretende conseguir con esas reacciones es sacarte de quicio. (Eso vaya si lo conseguía….y lo sabía). Ignóralo. Si ves que puede lastimarse, déjalo apartado en algún lugar donde no haya nada peligroso. No lo regañes, no lo castigues, que no te vea alterada, como si te diera igual.
Me costó mucho autocontrol conseguir que pareciera que me daban igual ciertos comportamientos, pero la verdad es que pasamos de sufrir varias crisis diarias a casi desaparecer. Casi. Y yo me asombraba ante mí misma y mi tranquilidad, y ante el cambio en el niño.
Pero hoy no ha sido uno de esos días. Hoy me he asombrado, pero por verme perder los nervios. Todo empezó por una tontería. No se quería bañar. No había obedecido a Nilda, y no había forma de que dejase el ordenador. Se lo apagué. Se enfurruñó. Su hermano se acercó para jugar y Pablo, que no estaba para nadie, lo empujó y tiró al suelo: castigado a su habitación. Y oí que comenzaba el llanto, los hipos, el vuelo de cosas, y los golpes contra la pared. Entré. El panorama desolador. Todos sus trabajos y dibujos del corcho hechos trizas por los suelos. Todos los zapatos fuera de su sitio, juguetes por todas partes, y ya estaba empezando a vaciar los armarios. Lo saqué de malos modos para llevarlo al pasillo. “Cuando se te pase el berrinche entras a tu habitación, recoges y te bañas”.
Y comenzaron los portazos. Cada vez más fuerte, y más, y más. Y Miguel gritaba aterrorizado. Así que no pude contenerme e ignorar. Fui hecha una furia, no paraba de gritar, le di un bofetón.
Después lo abracé, y acabamos los tres en su cama. Pablo iba calmando su llanto, y mientras yo le acariciaba la cara. Volvimos a poner los nervios en su sitio. Nos pedimos perdón. Pablo recogió la habitación. Está castigado dos días sin tele y sin ordenador. Dice que no le importa, que así lee. Ha cenado bien, y no se ha quejado porque fuera pescado. Ha llevado su plato a la cocina. Ha cogido el libro que ha sacado de la biblioteca del cole, y se ha sentado conmigo en el sillón a leérmelo. “Abracadabra, pata de cabra” de Mira Lobe. ¿Alguien recuerda haber leído La Nariz de Moritz, también de esta autora? Iba de un tipo que era capaz de oler los sentimientos y estados de ánimo: los enfados, la decepción, la furia, el arrepentimiento, la tristeza, el perdón, el amor, la alegría…. Todo eso podría haber olido Moritz en el período de una hora esta tarde en mi casa. Y todo empezó cuando nos pusimos como dos locos.
Octubre 2007
Ahora los enfados vienen y van, pero las formas se han pulido. Ya no vuelan los juguetes por los aires. Ni se oyen portazos.
Step by step
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El chiste
16 Septiembre, 2008 · 1 comentario
Hay dos tipos de personas. Las que hacen reír y las que se ríen. Las que empiezan a hablar y de pronto a su alrededor se hace el silencio, y las que hacen el silencio.
Yo soy de las que se ríen. Y de las otras.
Pero una vez asumido que no me ganaré nunca la vida como monologuista ni como oradora, me siento cómoda en mi papel.
Lo cierto es que hay cosas que no sé si se dan por herencia o porque estadísticamente hay más posibilidades de pertenecer al segundo grupo que al primero, pero el caso es que Pablo es de los míos.
Cuando vamos al cine, o al teatro, la gente que se sienta alrededor termina mirando al niño, porque sus carcajadas son tan sonoras, tan sentidas y tan contagiosas que llama la atención.
Pero cuando me dice: “mamá, ¿te cuento un chiste?” por muy hijo mío que sea, resoplo para mis adentros, y mientras pienso ¡qué remedio!, le contesto “claro cariño”. Y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no desconectar. Pero ya cuando los chistes empiezan por “érase un inglés, un francés, un alemán y un español”… me doy cuenta que ni siquiera perteneciendo al grupo de personas que se ríen voy a ser capaz de hacer bien mi cometido.
Y algo así me pasó el otro día, mientras los bañaba:
-¿Te cuento un chiste mamá?
- Claro cariño
(Hasta ahí todo va según el guión, resoplido interno incluido).
- Pues había una vez un francés (mierda, otra vez no, por favor!), un inglés, un alemán…
- ¿Y quién más?
- Ay! Espera! Que se me ha olvidado…. Bueno… pues…. el inglés, hummmm, decía, ehhhhh: “pues en mi país hay….. hay…..”
- ¿Hay qué?
- Hummmm, espera que piense….bueno, el caso es que…. al final…. se cae.
- ¿de dónde?
- No me acuerdo. Y luego llega el francés y dice…. eh…. hummmm…. Jo, ¡le voy a tener que pedir a Alberto que me lo vuelva a contar!
(y mientras yo me regocijaba pensando que por esta vez me libraba, él vuelve a la carga)
- Eh!!!! Si quieres te cuento el final!!!!
(bueno, al menos irá al grano)
- Pues que llega el español y dice: “Pues en mi país hay vino así que ¡¡¡¡¡a la porra el chino!!!! (y se desternilla. Yo, cara de póker. Él me mira desconcertado)
- ¿¿¿¿ Lo pillas, mamá ?????
- Pues… no!
- (resopla) Ay! ¡Es que no te enteras de nada! VINO rima con CHINO!
Pues eso, que no me entero. Pero por la cuenta que me trae espero que él no tarde mucho en enterarse del grupo al que pertenece. Y que no me culpe por ello
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Cosas de Pablo (III)
19 Agosto, 2008 · Dejar un comentario
Una noche, estábamos jugando a Tabú mis padres, Pablo y yo. Yo tenía que hacer que Pablo adivinara la palabra “Camisón” sin emplear ropa, noche, dormir, etc…
- Pues es una cosa que se pone uno encima cuando va a descansar
-¡Pijama!
- Sí, eso tú, y… ¿una niña?
- Pues un pijama, no sé
- A ver Pablo, tú te pones pijama, ¿y mamá?
- Mamá, ¡tú no te pones nada!
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Miguel
15 Agosto, 2008 · 1 comentario
Miguel acaba de cumplir dos años. Sube y baja escaleras, está aprendiendo a comer solo, y no habla prácticamente nada. El miércoles le llevé al pediatra a su revisión de los dos años y me preguntó “¿cuántas frases de más de tres palabras dice?” Bueno, digamos que en su vocabulario apenas hay más de tres palabras. Aunque estos últimos días está empezando a hacer esfuerzos por repetir e imitar otras nuevas, así que a su “papá, mamá, caca, yatá (ya está), no (acompañado por su dedo índice moviéndose con energía de izquierda a derecha)” está incorporando “bobo (globo) tatoto (una moto), y alguna más”.
En definitiva, un desastre.
A Miguel le gusta desayunar con su biberón, y después lanzarse a por nuestro desayuno. Subirse a las sillas, de ellas a la mesa, coger la mantequilla, quitarle la tapa y meter los dedos dentro y una vez dentro moverlos mucho. Le gusta también coger el zumo de naranja, quitar y poner el tapón de rosca, e intentar llenar un vaso. De hecho lo consigue, aunque de paso quede zumo en el mantel, en la mesa, en las sillas y en el suelo. En todas partes menos en el tetra brick.
Otra cosa que le encanta es perderte de vista cuando quiere curiosear algo que no debe, de modo que cuando estás más de cinco minutos sin verle y oírle probablemente lo encontrarás en el baño con la afeitadora eléctrica en su barbilla y él reproduciendo el ruidito, con sus deditos en tu crema hidratante (sí, con el mismo estilo que con la mantequilla), con la laca de uñas vertida en el suelo y él decorando con el pincel su camiseta, o jugando con la escobilla del WC (eso es uno de sus juegos favoritos).
A Miguel los juegos de construcción, el Mr Potato, los Puzzles acolchados, los cuentos de gomaespuma o los cochecitos no le gustan. Si se rompen no pasa nada y además suelen pasar el test de dureza al que somete todo aquello que cae en sus manos. Tampoco se puede intoxicar ni escalabrar con ellos. Claro, ni puñetera gracia encuentra en ellos.
Es un melómano empedernido. Cuando vamos en el coche sabe cuando está terminando una canción y entre una y otra chilla desesperado “ota, ota” (otra). Por cierto, se me olvidó antes incluirla en su vocabulario. Una de sus favoritas es Let me out de Dover.
Y desde luego lo que odia es pirateemos música, y la almacenemos en el portátil, porque poco le hace tan feliz (salvo arrojar objetos contundentes por la ventana o escaleras abajo) como abrir y cerrar una caja, sacar el CD, metérselo en el dedito, y arrastrarlo por todas las superficies posibles hasta que quede completamente rallado.
En la bañera disfruta haciendo lanzamiento de esponja y de patitos de goma. A veces me alcanza y acabamos a esponjazo limpio, yo desde fuera y él desde dentro. Los dos empapados y el vecino de abajo con goteras. Lo que me hace menos gracia es lo de tener que reponer cada tres días el gel de ducha y el champú, porque en cuanto me pilla parpadeando los abre y me los vacía en la bañera. Es que es muy limpito él.
Eso sí, Miguel duerme como un campeón. De nueve a nueve y tres horitas de siesta. Cosa que para mi salud mental e integridad física está muy bien.
Y es tan simpático, tan risueño y sonríe con tanta luz, que es capaz de cambiar los instintos de atarle por los de darle un beso y un achuchón en cuestión de segundos.
En fin, es que Miguelito… es mucho Miguelito….
Agosto 2007
Categorías: Niños · Recuerdos
Etiquetado: cumpleaños, miguel, niño
