Archivo de la etiqueta: muerte

Rutinas para la inmortalidad

A pesar de que en general el adjetivo esté lleno de connotaciones negativas, los hombres somos rutinarios. Por una lado nuestra propia fisiología nos lo impone: tenemos que comer cada ciertas horas para estar sanos, y beber, y dormir, -y demás necesidades que no creo que haga falta seguir enumerando-, y construimos nuestros días en torno a ellas.

El sonido del despertador a las 7, siempre el mismo. La misma luz ahí fuera cada mañana, o más o menos, según la estación y el clima. Los mismos muebles alrededor, la misma ducha, el mismo armario, la misma ropa dentro. La misma cafetera, el mismo café. El mismo medio de transporte, la misma ruta, la misma mesa de trabajo, los mismos compañeros, las mismas caras, el mismo ambiente, el mismo trabajo o parecido, la misma hora de vuelta a casa, la misma casa. Una cena que, ya casera, ya precocinada, resulta familiar, el mismo rato de sillón, el mismo programa de los lunes en la tele, o de los martes, o de los miércoles, según toque. Y después de cinco días de rutina romper con un fin de semana de rutina, y cerrar el ciclo de una semana, semanas que unidas en series de cuatro cierran el ciclo de un mes, meses que unidos en series de doce cierran el ciclo de un año, años que unidos en series variables, de unos ochenta de media, cierran el ciclo de una vida.

Pero aparte de que tengamos unas necesidades fisiológicas que nos impongan rutinas existe otro componente de índole psicológica que nos ata a ellas. Quien quiera comenzar desde el principio, y con el principio me refiero al nacimiento, que tome entre sus manos cualquier libro de puericultura. De una forma más o menos clara en todos ellos insisten hasta la saciedad en lo imperativo que es para un bebé adquirir rutinas. Y, paradójicamente, aunque las necesidades fisiológicas de un bebé sean mucho más urgentes e inaplazables que las de un adulto, el motivo que dan los manuales no es ese. Los niños necesitan rutinas porque les dan seguridad. Ellos van construyendo poco a poco sus esquemas mentales, el funcionamiento de su pequeño mundo, en torno a unos hitos diarios que se repiten, normalmente con las mismas personas. Y duermen tranquilos porque saben que el día siguiente va a ser igual, van a estar con esas mismas personas, y eso significa que todo está bien. Su mundo es estable, se sienten seguros. Aquellos acontecimientos que cambian sus vidas, como ir al cole por primera vez, comienzan siendo traumáticos. Desaparecen sus personas de referencia y su entorno de referencia, y de pronto ya no saben qué va a pasar con ellos, hasta cuándo van a estar allí, qué va a ser de sus vidas, y tienen miedo, y lloran. Hasta que las nuevas rutinas les hacen conocido el nuevo entorno, y sus profes se convierten en referentes, y además, también a base de la repetición, saben que invariablemente, día tras día, cuando la profe les hace quitarse el baby y salen al patio, estará allí su padre, madre o cuidadora, y volverán a casa. ¿Por qué? Porque a fuerza de repetir saben que eso es lo que pasa siempre, y es lo que pasará hoy también, y lo que pasará mañana.

Y me pregunto si no será lógico pensar que ya que hemos aprendido seguridad en torno a las rutinas,  nosotros adultos no las necesitaremos también, si no nos aferramos a ellas  en aras de ese sentimiento de seguridad que proporcionan. Pero ¿por qué? Si somos adultos, ¿no? ¿de qué podríamos tener miedo? A veces me pregunto de qué no lo tenemos. Pero puestos a escoger un miedo de los grandes,  uno al que no se nos enseña a vencer, un miedo legitimado, uno que es tabú desde que se comienza a ser consciente de él, es a la muerte. Y quizá una de sus implicaciones, aunque parezca una perogrullada, es que el hecho de que vayamos a morir -porque vamos a morir- hace que la vida sea provisional. Y cuando la vida es provisional, todo en ella lo es. Todo para nosotros tiene un principio y un final desde el mismo momento en el que nuestra propia vida lo tiene. Y eso es algo que no podemos soportar, que no abordamos, que tratamos de evitar, que convertimos en tabú y no entiendo muy bien por qué.

Pongo un ejemplo: he apuntado a mi hijo pequeño a un campus de fútbol que dura una semana. El primer día le daba miedo quedarse (incido en un pequeño repaso: entorno nuevo, referentes nuevos, miedo a lo desconocido…. de eso ya he hablado). Sin embargo una vez allí lo pasa muy bien. Y hoy, tercer día, estaba verdaderamente entusiasmado. Entonces no he tenido ningún problema en decirle “disfrútalo todo lo posible, que sólo te quedan dos días más”. Pues sí, es algo que al principio le daba miedo, pero que ahora le encanta, y que no obstante se termina, y no tengo ningún pudor en recordárselo, y le cuento que eso que tanto le gusta se acaba sin andarme con paternalismos (o maternalismos), ni condescendencias, ni tacto, ni pienso en tener que usar unas  palabras adecuadas para el mensaje. Tiene principio y final, y ya está. Se acepta, se asume con naturalidad, no pasa nada, no hay dramas. Sin embargo, la visión trágica de la muerte que tenemos desde siempre, nos impide realizar con semejante tranquilidad afirmaciones de ese tipo cuando las preguntas de un niño de cinco años, (o las del adulto de cincuenta)  giran en torno a la muerte. Cuando pregunta, mamá, ¿me voy a morir? (o podríamos cambiarlo por un doctor, ¿voy a morir?) la respuesta suele ser “sí, pero cuando seas muy mayor”  o… “pero falta muchísimo, vamos, una eternidad” o “ sí, pero no pasa nada, porque después vas al cielo” o directamente  ” tú no tienes que pensar en esas cosas”. Y con ese tipo de respuestas, contrariamente a lo que se desea, se le hace ver al niño la terrible fatalidad que es eso de la muerte. Y así, poco a poco, todo lo que es provisional nos aterra, nos aterran los finales, nos aterran los cambios, nos aterra el futuro y nos aterra lo desconocido.  Pero no pasa nada, porque contra todo ese miedo hemos establecido un gran mecanismo de defensa que son las rutinas. De hecho, quién sabe si todas esas necesidades fisiológicas que tanto ayudan a establecerlas no estarán en realidad al servicio de la paz mental a que contribuyen. De hecho, si no muriéramos no necesitaríamos dormir, ni comer, ni mear, como no lo necesitan las  piedras o los superhéroes, y si lo hacemos no es para mantener en orden nuestro organismo -eso es secundario- sino para poder establecer un sistema de rutinas que nos proporcione estabilidad y seguridad, y que a fuerza de repetir un mismo esquema un día tras otro, tras otro, nos genere una sensación de no acabar, de ser inmortales.

Y es que la cosa funciona así, si cada día me despierto a la misma hora, con el mismo despertador, en la misma cama, con la misma persona al lado, o con el mismo hueco,  y voy al mismo trabajo, realizando el mismo trayecto, y mantengo así el esquema un día y otro y otro, al igual que el sol, que cada día nace por el este y se pone por le oeste, entonces  aparece la ilusión de que siempre será así. Las rutinas nos hacen extrapolar lo que ocurre históricamente en el pasado a lo que ocurrirá en el futuro. E, ilusoriamente-nótese que insisto en el término “ilusión”-, se borran las incertidumbres y las provisionalidades, hasta la de nuestra propia existencia. Siempre es siempre.

Pero esa seguridad que nos permite vivir mucho más tranquilos por difuminar la conciencia de provisionalidad, nos hacer perder el valor que toda rutina pueda llegar a tener precisamente debido a esa provisionalidad. Y es una pérdida tremenda, porque a cambio de esa seguridad terminamos dándolo todo por hecho. Damos por hecho que el despertador va a sonar a las 7, damos por hecho que cada día vamos a tener trabajo, damos por hecho que el sol va a salir cada mañana, damos por hecho que nuestro barrio será siempre el mismo, damos por hecho que vamos a poder salir a pasear todos los días, damos por hecho que nuestra pareja nos va a amar siempre, damos por hecho que aquellos a quienes amamos van a estar siempre, damos por hecho nuestra salud,  damos, en definitiva,  la vida por hecho.

Pero es que, además, -y ya sé que me estoy pasando siete pueblos pero es importante-, me parece que también existe una tercera causa para aferrarse a las rutinas y perder esa conciencia de provisionalidad y de duración limitada que en realidad somos. Y es que al perder esa conciencia diluimos también nuestra responsabilidad. Es decir, no sólo tenemos miedo a la muerte, sino que también le tenemos miedo a la vida, ¿por qué? Porque se acaba, porque comparándola con el tiempo cósmico es terriblemente corta, y porque sólo hay una, sólo hay una oportunidad para aprovecharla. Eso genera una cierta presión, no, qué coño, eso genera una presión tremenda. Algo así como dios, sólo voy a vivir una vez, y no durante mucho tiempo, tiene que ser maravilloso, tengo que saber hacerlo bien, tengo que tomar un montón de decisiones cada día, ¿y si me equivoco? ¿y si no hago lo correcto? ¿y si no aprovecho mi tiempo? ¿y si no consigo ser feliz? ¿y si me equivoco y no puedo rectificar? Porque si ocurre todo eso ¿qué sentido habrá tenido mi vida? Ninguno, oh, si no aprovecho mi tiempo, si no tomo las decisiones correctas, si no consigo ser feliz, ni hacer feliz, si no acierto a la primera, y si no acierto a la segunda ni a la tercera, mi vida no habrá tenido ningún sentido. Eso también es un gran miedo. Cuántos miedos.

¿Y qué papel juegan entonces nuestras amigas las rutinas? Es sencillo: al repetir los mismos esquemas un día tras otro, tras otro…., y crearnos así la ilusión de que son esquemas que se repetirán siempre, nos damos la oportunidad de postergar decisiones. ¿Por qué? Porque qué importancia tiene decidir hoy, o lo que haga hoy, o mi insatisfacción de hoy, o mi infelicidad de hoy, o mi error de hoy, si total tengo toda una eternidad para poder arreglarlo. Ya tomaré una decisión mañana, o pasado, ya seré feliz, ya habrá tiempo… y así podemos ir aplazando decisiones, o dejar que nuestro entorno vaya tomándolas por nosotros, y jugamos a quitarle valor al presente para disminuir nuestra responsabilidad sobre el mismo (estaremos de acuerdo en que cuanto más valioso es algo, más responsables nos sentimos de tener que hacerlo bien, y también viceversa, que es a lo que jugamos), y quitándole todo el valor evadimos la presión, pero dejamos también de apreciar, de asombrarnos de lo maravilloso que es sentir calor, y frío, o provocar una sonrisa, o sonreír, o incluso llorar, o andar, correr, escuchar, ver, amar… tanto nos concentramos en creernos inmortales con todo lo que eso conlleva,  que se nos olvida que la vida es un regalo, cada uno de sus momentos, que es increíblemente valiosa precisamente porque tiene un principio, pero sobre todo, porque tiene un final.

Una aventura

A veces me cabrea el positivismo absurdo que nos rodea. Ese afán por llevar todos los aspectos de la vida al terreno científico, en especial lo concerciente al hombre. Y miro con indignación cómo se trata de la economía como ciencia, de la sociología como ciencia, de la información como ciencia, de la pedagogía como ciencia, de la psicología como ciencia, y hasta a veces, en los límites del absurdo, del arte como ciencia. Como si el hecho de que ciertos fenómenos no puedan someterse a un modelo o a una ley sea algo peyorativo, cuando es en realidad tan asombroso y genial.

Hoy no. Hoy me produce ternura semejante ingenuidad. Hoy entiendo los por qués. Hoy pienso en los denodados esfuerzos del hombre desde que existe por tratar de explicarse. Desde los dioses que ha creado, las convenciones sociales, los estudios filosóficos, hasta este contemporáneo recurrir  a la ciencia. Hoy miro con enorme compasión esos intentos desesperados por entender la condición humana, por explicarla, por intentar encontrar una verdad inamovible a la que aferrarse, la forma correcta de vivir, dónde está la felicidad, dónde está el camino hacia delante, cómo superar la muerte, el dolor… como si la condición humana fuera una, como si pudiera ser explicada, como si la pudiéramos someter a un modelo, como si fuera tan sencillo, tan exacto, tan matemático, tan físico o tan químico. Pero la condición humana no es una. Hemos construido unos modelos morales y sociales, y hacemos lo posible por encajar en ellos. Pero qué angustia tan profunda cuando llega el día en el que de una forma o de otra nos descubrimos fuera, fuera de esa aproximación, de esa normal. Y nos descubrimos sintiendo, expresándonos o actuando como jamás habríamos imaginado, como nadie espera, de forma errática. Y cuánta soledad, cuánta confusión, cuánto miedo,  cuánta lucha interna, cuánto desamparo.

Porque no todo vale para todos. Porque no existe sólo un camino. No hay un único rasero. No hay una única forma de actuar, ni de sentir, ni de pensar, y porque lo que incluso para una persona concreta en un momento dado fue válido  al cabo de un tiempo puede cambiar.

Hace unos meses tuve una pequeña conversación con Pablo. Pablo estaba dolido porque sus amigos le decían que era malo jugando al fútbol. Él se había apuntado a una escuela pero lo había dejado, no entrena nunca, y cuando juegan un partido termina cansándose y dejándolo a medias. Yo le decía “Pablo, si no entrenas no vas a jugar nunca bien. Si de verdad quieres jugar bien al fútbol, si es importante para tí, mueve el culo, sal ahí fuera y practica.”   Pero Pablo quería jugar bien porque al resto de sus amigos, a todos, les gusta el fútbol.

“¿Y a ti? ¿A ti te gusta, Pablo? Porque si no te gusta, tendrás que tener el valor de enfrentarte a ello, y aceptarte.”

Conocerse, reconocerse, aceptarse.

Supongo que para mí, desde mi perspectiva, era algo mucho más sencillo de aceptar que para un niño de ocho años, cuyo mundo se reduce a sus amigos y a su familia. Y que de pronto descubre que no comparte algo que absolutamente todos, menos su madre, valoran en común.  Pero van pasando los años y los ejemplos se complican. Y conocerse  y aceptarse también.

Y supongo que lo que quiero decir es que tratamos desesperdamente de entender al hombre, a todos, a la generalidad, cuando muy a duras penas alcanzamos  a conocernos o a entendernos a nosotros mismos, nuestras reacciones,  nuestras emociones, nuestros por qués, nuestra evolución constante.  Quizá sea el mayor conocimiento al que debiéramos aspirar.  Y supongo que lo que quiero decir  es que ese componente errático, individual, impredecible, que no se sujeta a modelo alguno, que se presenta sin avisar, que de pronto nos hace sentir vulnerables y perdidos, que a veces es devastador, a veces maravilloso, a veces devastador y maravilloso al mismo tiempo, eso que imposibilita que seamos objeto de estudio científico, eso que nos da tanto miedo y que nos genera tanta búsqueda,  es precisamente lo que hace que el ser humano sea extraordinario, y la vida una aventura.

Experiencias veraniegas: conversaciones con Pablo

Conversación 1

- Pablo, vas a cumplir dentro de nada ocho añazos ya…

- Sí, estoy envejeciendo.

- Bueno, todos lo hacemos. El no cumplir años sería peor, ¿no?

- Ya, pero yo no quiero envejecer.

- ¿Por qué?

- Porque no me quiero morir.

- Todos vamos a morir, pero no pasa nada. Mientras tanto disfruta.

- Pero yo no quiero. Aunque por otro lado… tengo una curiosidad enorme por saber qué pasa… Me voy con la bici.

Conversación 2.

- Mamá, ¿cuáles crees que son mis aspiraciones en la vida?

Silencio.

- Hummmm, cuéntamelo tú, ¿cuáles son tus aspiraciones en la vida, Pablo?

- Bah, déjalo.

Tápame los ojos

Leí el libro El Perfume muy joven, no recuerdo la edad, pero recuerdo que me impresionó profundamente. Y una de las cosas que no consigo olvidar es que fue mi madre la que me lo recomendó. No debía recordar bien ciertas escenas tan explícitamente sórdidas. De lo contrario seguro que no sólo no me lo habría ofrecido, sino que me lo habría desaconsejado. El caso es que a pesar de mi sorpresa y mi impresión, a mí me encantó leerlo. Y pensar que mi madre pensaba que era mayor como para eso. También ayuda el tema de que en los libros no haya una calificación moral.

En el cine sí.

En las vacaciones los horarios infantiles se vuelven locos. Así que por la noche, Pablo, que ya es más mayor, compartía velada. Y a pesar de suponer que Gladiador no era apta para un niño de siete años, casi ocho, no me pareció mala idea que la viera con nosotros.

El que el ritmo de preguntas fuera casi más rápido que la secuencia de imágenes no me pareció un incordio. Si acaso a veces, algo complicado. Por qué un hijo mata a su padre, por qué invadían otros países, por qué los invadidos no se iban a otra parte en lugar de arriesgarse a morir luchando, qué es violar. No sé si estaba él más ilusionado por poder ver una peli de mayores con los mayores, o yo porque él lo estuviera haciendo. Y el estar ilusionado sin duda, aumenta la motivación a la hora de contestar cuarenta millones de preguntas en dos horas.

Empecé a dudar de lo acertado del plan cuando Pablo comenzó a sufrir con las luchas, las heridas y la sangre. ¿Y ahora con remilgos? Pues bien que después ve Smackdown, y no le impresiona lo más mínimo… Supongo que la clave está en la contextualización. Como en tantas otras cosas.

- Mamá, no quiero verlo, tápame los ojos, y me avisas cuando acabe

- No tienes por qué verlo. Si quieres quito la película.

- No, ahora no la quites, si la quitas antes de ver cómo acaba, me voy a ir con náuseas a la cama. Porque, acaba bien, ¿verdad?.

Ese fue el golpe de gracia para darme cuenta de que había sido un completo error. Acabar bien… Bueno, eso es algo un tanto relativo. El que el reunirse con los seres amados después de muerto sea un buen final pasa obviamente, por lo que cada uno entienda como ese después de muerto. Y por supuesto llegó la pregunta. De cuya respuesta dependía ni más ni menos el que la película tuviera un final feliz, como consuelo, para un niño de siete años, casi ocho, después de tantas muertes, tanta sangre, tanta violencia.

- Mamá, ¿después de morir también se vive?

- No lo sé, supongo que sí, aunque de otra manera. Pero la verdad, Pablo, es que nunca he estado muerta, así que no te puedo explicar gran cosa acerca de eso.

Y sí, lamentablemente, ese fue todo el consuelo que fui capaz de darle a un niño de siete años casi ocho, que quería irse a la cama tranquilo. Unos minutos antes no había tenido tantos reparos para taparle los ojos.


En fin, a pesar de mi fracaso protegiendo a mi vástago de crisis existenciales, a las que tarde o temprano tendrá que enfrentarse él solo, éste durmió perfectamente. Y no obstante, aunque las recomendaciones morales no me suelen gustar demasiado, decidí que iba a tomar más en cuenta las que a catalogaciones cinematográficas se refieren. Al menos hasta quitarme esta sensación de fracaso.

De la muerte y otros negocios

Trabajo en una asesoría. Y más concretamente me dedico a contabilizar para empresas, liquidar impuestos, hacer cierres mensuales, reportes y controlling financiero, consolidaciones, y procurar que no tengan problemas con la Temible Hacienda Pública, enseñándoles a portarse bien. Y si los tienen, arreglarlos de la mejor manera posible. Casi tan apasionante como ser piloto acrobático.

El caso es que un día corriente, en medio de este trabajo corriente, trabajando para un cliente corriente, una factura no muy corriente me llamó la atención. La emitía una funeraria. El importe era elevado. Miré el concepto. No había error. Estaban facturando un sepelio y demás servicios funerarios. No pude evitarlo, y la escudriñé hasta que vi el nombre del muerto. Por los apellidos até cabos. Era el hijo del socio de esa empresa. Por ley, la sociedad no se puede deducir esa factura. Pero lo cierto es que en esos momentos me dio reparo llamarle para decírselo. Hice mi trabajo como se debe sin consultarle. No encontraba palabras con tacto suficiente como para abordar el tema. Claro, que este señor no tuvo ningún reparo en pedirle a la funeraria una factura a nombre de la empresa con el cuerpo de su hijo sin terminar de enfriarse. Y eso que yo siempre he sido partidaria de buscar el lado positivo de todo. Pero el razonamiento ese de “bueno, ya que la ha diñado, al menos me deduzco los gastos del sepelio”… no coincide exactamente con lo que yo entiendo por “lado positivo”. Y es que cuando el lado positivo tiene que ver con el dinero, esa filosofía se envilece.

Supongo que todo el mundo piensa en su muerte, que es la única muerte que con certeza va a tener que vivir. Y también en su post-mortem. Y no me refiero a si hay o no vida después, a una posible reencarnación, o al Nirvana. Yo me refiero a imaginarme a mí misma dentro de una caja de pino abierta en un tanatorio. Y a la familia y amigos desplazándose para acompañar a los más allegados y afectados, desfilando delante de un cuerpo en el que a duras penas se reconoce la vida que antes hubo. Y no me gusta. Al igual que no me gustan los cementerios. Ni las visitas obligadas. Ni las limpiezas de lápidas. Ni mucho menos una urna dentro de una casa. Me pregunto si no sería posible que nadie velara mi cuerpo y que lo metieran directamente en un horno. Si no sería posible que mis cenizas se tiraran en algún lugar bonito. Aunque si es por el váter tampoco me importa. Total, no me voy a enterar.

Me pregunto si sería posible que no hubiera ningún lugar físico que recuerde el “aquí yace”, para poder yacer en los corazones de aquellos que me hayan querido. Ese se me hace un lugar mucho más hermoso. Y sobre todo me pregunto si sería posible vivir en su recuerdo.

Cuántas cosas con sólo una factura. No seré piloto acrobático, pero al menos puedo permitirme el lujo de ponerme pensativa. Sólo siento que, en mi caso, no vaya a existir factura que le permita a alguien pagar menos impuestos. Aún así espero que me lo perdonen y no me aparten de su memoria.

Mientras pienso todo esto, no puedo evitar escuchar a mi vocecita interior, esa que es mi amiga, recitarme:

When I am dead, my dearest,
Sing no sad songs for me;
Plant thou no roses at my head,
Nor shady cypress tree:
Be the green grass above me
With showers and dewdrops wet;
And if thou wilt, remember,
And if thou wilt, forget.

I shall not see the shadows,
I shall not feel the rain;
I shall not hear the nightingale
Sing on, as if in pain:
And dreaming through the twilight
That doth not rise nor set,
Haply I may remember,
And haply may forget
.

de Christina Georgina Rossetti

Relato: From guillestation91

From: guillestation91@gmail.com
To:
eljosete69@yahoo.es
Subject: Mariquita
Date: Mon, 30 Apr 2008 09:35:42 +0200

Hola gay, qué es de tu vida.

Supongo que andarás como siempre, inflándote a tercios mientras le das al billar, qué cabrón. Hace mucho que no voy por el pueblo, tío, ya lo sé, pero seguro que no me pierdo mucho, que seguirás teniendo la misma cara de mariconazo de siempre. Y mientras la recuerde todo está bien. Por aquí todo sigue igual, ya sabes. Menos mal que tengo este trasto. Internet es la hostia. Y con los estudios también me entretengo, cualquiera que me oiga… esto no se lo cuentes a nadie. Y menos al Pelos. Ya ves, ahora que ya da igual, de pronto leo los apuntes y me centro. Y comprendo lo que leo, y me interesa, y tengo ganas de seguir y seguir. Y guardo los apuntes, y recuerdo lo que he leído. Hasta algún problema de mates me he puesto a hacer. Cuando salga de aquí voy a necesitar un programa de rehabilitación. Te voy a meter una paliza al billar que te vas a cagar. Aprovecha a ser el rey de la mesa mientras ande por aquí, porque cuando salga, va a volver el puto amo. Bueno… si es que salgo. Este comentario me habrá costado una colleja, pero no me regañes. No se lo digas a nadie, tío, pero es que esto es muy largo. Es que parece que no va a acabar nunca. Que a veces lo que quiero es que acabe. A ser posible bien, pero que acabe. Me pongo súper filosófico, tío, que igual ni me estás reconociendo, que ya lo sé. Pero es que pienso en el final y tengo miedo. Cómo iba yo a saber que en mi 1’80, hubiera sitio para un tatoo, para el piercing y para el miedo. Todos estamos raros. Hasta mis padres, que intentan disimular, pero no parecen los mismos. Es que no los conozco, tío. Mi madre es más pesada incluso, que ya es decir. Y no me conozco a mí tampoco, porque ahora ya no le digo que no sea pesada, que deje de darme la brasa con tanto abrazo y tanto beso, ya no le digo que me va a amariconar. Ahora me callo, no vaya a ser que por una vez en la vida me tome en serio y deje de hacerlo. Que es que ahora de pronto les ha dado por tomarme muy en serio. Pensarás que soy una nenaza, pero es que mientras me acaricia mi madre la cabeza, y me remueve el pelo, se me olvida el miedo. No se lo digas a nadie, tío. Lo del miedo. Y menos a Sandra. A la Sandra ni media palabra. ¿Cómo está, por cierto? Sigue tan buenorra? Seguro que ya está morena, y pasea su piercing. Me cago en la puta, y yo aquí, perdiéndomelo. A veces me parece mentira que me espere. Que me lo puedes decir, eh? Que si estuviera con otro yo lo entendería. Dile que la escribiré. Que no me llame, y que no venga pa Madrid. Que alguien le dio el teléfono, tío, no te lo conté. Seguro que fue el Pelos, joder, que fallé el mote, que le tendría que haber puesto el Bocas. Me llamó, tío, así, de improviso. Que eso no se hace. Y me quedé mudo. Qué coño mudo, me quedé gilipollas. Y la recordé riendo el día que Santi nos dejó el coche, cómo se tiró el rollo, eso no se me olvida. Y fumamos. Y se reía y se reía. Parece mentira, pero es lo que se me ha quedado a fuego. Más que el polvo. Manda huevos. Y, no me regañes, pero pensé que igual no la volvía a ver reír. Y lloré. Sin control. Me acordé de mi hermano Rodri, que aún se mea por las noches, que no controla. Pues igual yo. Y la tuve que colgar. Y ahora recuerdo tu cara de mariconazo y se mezcla con la risa de la Sandra, y lloro también, pero no se lo digas a nadie, tío, esto entre tú y yo.
Ya te dejo, que hoy tengo ciclo. Estaré unos días sin escribir, ya sabes, me quedo jodido.

Un abrazo,

Guille.

 

Las dos caras de una neura

Cuando empecé a escribir, hace un año y medio, mi primer artículo se llamó El último día de mi vida. No es casualidad. He tenido muchos últimos días de mi vida a lo largo de la misma. Es una neura, supongo. Todos tenemos alguna. O no. La cosa es que creo que si he corrido tanto ha sido a causa de esa neura, siempre pensando en el tiempo que se acaba.

La neura tiene su lado malo. Y es el puto miedo. La semana pasada, mi compañero de curro, Manu, tenía problemas con su estómago. Siempre está fastidiado con eso, pero la semana pasada más. Cuando bajamos a tomar café y le preguntamos que cómo seguía, tenía la cara desencajada. A duras penas acertó a decir que se había puesto a mirar en Internet… en fin, eso yo ya me lo sé, así que le ayudé a terminar, “tienes un cáncer de estómago, en fase avanzada, ¿verdad?” “sí”. Joder Manu, parece mentira. Cuando buscas diagnóstico en Internet siempre hay algún tipo de cáncer o enfermedad terminal que se ajusta perfectamente a tus síntomas. Serán gases, o la helicobacter pillori, no te preocupes, nada que un buen antibiótico no cure. Después del resultado de su endoscopia confirmé que soy buena diagnosticando (espero serlo sólo con los demás por la cuenta que me trae). Pero no me puedo olvidar de la cara de terror de mi amigo, esa que yo he tenido en la propia tantas veces.  Qué jodido es el miedo. No hay quien lo controle. Pero creo que yo me he acostumbrado a vivir con él. Ya no me oprime el pecho, ni dejo de dormir por las noches. O casi (o casi a lo de la opresión, porque el sueño aún no me lo ha quitado nada.)

Hoy ha sido un día de esos. Así que he intentado quitarme de la cabeza el futuro que duele, como las despedidas, y ese tipo de cosas que sólo sirven para hacer llorar, y he venido pensando en momentos que me gustaría tener presentes, momentos que me gustaría detener, y quedarme allí y no olvidar. Y no conseguía traer a la cabeza ninguno de esos grandes días que se supone que marcan hitos en la vida de todo ser humano, igual soy rebelde hasta para eso. Me acordé del baño del domingo, que fue a la carta. Miguel quiso que papá se bañara con ellos, y Pablo quiso que yo les pusiera vídeos de trompazos. Así que se metieron los tres en la bañera, y yo me quedé con ellos, buscándoles con el portátil vídeos de trompazos y caídas en you tube. Y allí estaban los tres, sentados en fila, en pelota picada, riendo a carcajadas mirando el portátil. Y yo los miraba. Y Rubén me decía, mami, te estás perdiendo el vídeo. Pero no habría cambiado el mirarlos así ni por todos los trompazos del mundo.

Y mientras pensaba eso me moría por llegar a casa. Y cuando llegué Miguel me recibió a gritos “no quiero cenar gallo”, ¿pero por qué siempre se queja cuando hay pescado si luego se lo come? Pero sonreí. Y Pablo se había metido las dos piernas en una misma del pantalón, y andaba a brincos como una sirena con pies (entre otros atributos). Le ayudé a sacárselo. Le pedí un abrazo, y me dio uno muy fuerte. Y pensé que también quería guardarme ese momento. Y la visión de Miguel trayéndome un trozo de pizza de plasti. Sabiendo que los momentos son los últimos, los quiero todos. Y es que hasta las neuras tienen un lado positivo.

… Y si fuera ahora?

Cuando tenía catorce o quince años solía tener crisis de hipocondría. De pronto creía tenía síntomas evidentes de padecer una enfermedad terminal. Y no se lo contaba a nadie a nadie, porque se reían de mí, porque yo misma era muy consciente de que eran cosas mías, que estaba en mi cabeza… pero, en mi interior, comenzaba todo un proceso. Primero de tremenda angustia por saber que la vida se me acababa. Después negación,  pánico. Y poco a poco comenzaba un intento de aceptación. Por último, de despedida.

Morir con quince años para mí significaba que tu vida no ha tenido absolutamente ningún sentido. Se suele decir que a esa edad uno tiene toda la vida por delante. Y es cierto, porque detrás apenas queda nada. Pero, si lo que te queda es toda la vida por delante y te quedas sin vida, te quedas sin nada. Te conviertes en un sinsentido, en un esfuerzo en vano, en un proyecto inacabado. Me iba a morir sin un beso, sin follar, sin saber lo que era amar, sin haber tenido un hijo. Y creo que desde entonces, y creyendo luchar contra el tiempo, me he pasado sorbiendo la vida a trompicones, con avidez, con mucha sed, dando pasos muy grandes, saltando, corriendo, como si se me fuera a acabar. Y con cuánto criterio, porque cada día es una lucha contra el tiempo. Porque se nos va a acabar.

Y estaba pensando el otro día en ello.

¿Y si fuera ahora?

¿Y si mis días se agotaran ahora?

Pues es curioso, porque cuando más amo la vida menos peso me supone dejarla. Porque aunque no haya nada que quiera con más fuerza que seguir levantándome por la mañana, que vibrar con el sol, que tiritar con este frío que me pone manos de vieja, que espachurrarme en el metro, que reír con mis compañeros y amigos, que seguir llenando páginas en este diario, que estar junto a mis hijos cada día, que me sepan su incondicional, que seguir disfrutando de mi mejor momento del día, cuando me acuesto y abrazo a Rubén, y dormimos entrelazados y calentitos, y mientras en la calle hiela. Y siento que estoy en casa.

Porque aunque no haya nada que desee con más fuerza que seguir, que poder levantarme un día más, mil días más, un millón de vidas más, y que aunque no haya plantado un árbol ni escrito un libro, si fuera ahora, podría decir que sé lo que es un beso, sé lo que es follar. Me han amado mucho, muchísimo, hasta hacerme sentir grande, especial, valiosa, única. Que hacer esos dos niños ha sido lo más parecido a ser dios. Y que cuidar de ellos cada día, verlos, escucharlos, sentirlos y abrazarlos, y la ilusión poder estar a su lado siempre, llena de sentido el pasado, el presente y el futuro. Que he amado hasta el punto de saber que a pesar de que me inundara toda, y creyera que pudiera hacerme estallar, aún puedo amar más, porque la capacidad es infinita, y he amado al mundo entero, y he amado el amar. No sé si aún puedo pedir más.

Quizás soy simple, pero ya tenga un día o diez mil más, así me haya quedado mucho aún por hacer, he alcanzado mis grandes sueños. Vivo en ellos. Mi vida está llena de sentido, tanto si continúa como si no. Ya dejé de ser sólo un proyecto. Mis grandes ambiciones están ya cumplidas. Y además soy muy feliz. Ya me puedo ir en paz.

Jacobo

Hoy en el metro de vuelta a casa, mientras nos recolocábamos tras la avalancha de gente que había entrado en Nuevos Ministerios, me empezó a invadir un olor a rancio. Me di la vuelta y vi de espaldas a un chico con un chándal lleno de polvo. Me fijé en sus manos que estaban completamente manchadas, desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Parecía como un barniz, o un pegamento. De color oscuro, descolgánse a trozos de su piel. Sacó el móvil de su bolsillo y lo bloqueó. La pantalla estaba rota. Escuchaba música con un MP3 blanco. La pantalla también estaba rota. Levanté la cabeza y miré su rostro. Y el corazón me dio un vuelco. Era igual que Jacobo. Su mirada, sus ojos, su gesto brusco y altivo. Hacía muchos años desde la última vez y el tiempo no le había tratado bien. ¿Es él? Parece imposible, pero… ¿Le digo algo? Es que es tan parecido…

Jacobo había sido compañero mío en mi primer trabajo, en una firma de auditoría. Él llevaba un año más que yo, y debía tener unos 25 años. Estuve en su equipo en el primer cliente que me asignaron, auditando los fondos de pensiones Caser. Era la típica persona “yo siempre mejor”. Él siempre se lo pasaba mejor que nadie los fines de semana y en vacaciones, el conocía garitos mejores, su novia era la mejor, su ocio era el mejor, su forma de trabajar la mejor. Y la de escaquearse también. Bastante chulo. Pero tampoco era mal tío. Creo que era fachada.

Eso sí, mucho quejarse de las jornadas eternas, del sueldo y de su jefa, pero se le llenaba la boca cuando decía que era auditor. Como si eso fuera comparable a haber ganado un Príncipe de Asturias o un Nóbel.

Después audité con él un inventario en Daganzo, en una fábrica de accesorios de limpieza, una perra mañana de principios de enero. Fue bastante cómodo trabajar con él, que iba de responsable, porque ambos íbamos con bastante predisposición a darlo todo por bueno y a no pasarnos todo el santo día contando estropajos. Así que, después de comprobar haciendo un muestreo bastante escueto, nos largamos de allí con su maletero lleno con productos de limpieza que nos regalaron. Me dejó en una parada de metro y me dijo que para no dejarme cargada ya me daría otro día la mitad. Lo cierto es que le agradecí bastante que nunca lo hiciera, porque si un día hubiera tenido que volver a casa con el portátil y una bolsa llena de bayetas y detergentes para el baño, habría optado por regalar dicha bolsa al primero que pasara por la calle. Puñetera ilusión que me hacía a mí tener acopios de ese género, máxime cuando trato de usarlos lo menos posible.

Al año siguiente lo ascendieron, y pasó a ser el jefe de equipo de los fondos de pensiones Cáser. Yo ya no participé, pues el trabajo comenzó antes de que me reincorporara de mi baja. Era un cliente muy complicado para una sola persona con tan poca experiencia. Así que la gerente tuvo que echarle una mano, por decir algo. Ya que esta mujer era una trabajadora incansable y le tenía horas y horas junto a ella. Mirando y remirando, buscando y rebuscando.

Una viernes, después de haber estado toda la semana saliendo de trabajar a las once de la noche, quedó con su novia. Muy tarde, claro. Cogió el coche, fue a Madrid por la Casa de Campo, se quedó dormido, chocó contra un árbol de frente y salió por la ventana. Pasaron horas hasta que lo encontraron y estuvo en coma durante unos cuantos días.

Me pregunto si su jefa sentiría algún tipo de remordimiento, a pesar de que él no se hubiera puesto el cinturón. Me pregunto también si ese orgullo que le producía a Jacobo el poder decir a sus amigos que era auditor, le compensaba trabajar 14 horas diarias. Por qué pagaba ese precio. Por qué se conformaba. Por qué nos conformábamos.

Yo me fui de la empresa poco después. Al banco. Porque yo sí tenía muy claro que a mí no me compensaba, y que desde luego no me conformaba.

Seguí mirando a ese chico rubio de olor a rancio, de manos negras, y móvil y mp3 rotos. Y no podía dejar de pensar en Jacobo.

Al llegar a mi estación me bajé cabizbaja. Pudo mi escepticismo y no le dije nada.

Sobre todo porque la última vez que vi a Jacobo yacía en una caja de pino, en el tanatorio de Puerta de Hierro.