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Inventos absurdos

Salía del metro en Plaza de España, de un vagón de la línea 10, de esa que te obliga a salir de los infiernos con la ayuda de escaleras mecánicas que parecen no terminar nunca, y en los que es imposible ver la luz al final del túnel porque el túnel tiene la propia, artificial, y salía de allí con otras muchas personas, un viernes por la tarde, todos en fila, una fila tan ancha como anchos son los túneles, y como anchas son las escaleras mecánicas, las que no parecen terminar nunca porque al mirar hacia arriba no ves el final, porque hay un tramo y otro y otro… pero terminan. Y por los túneles un músico, si al menos hubiera sido el percusionista asombroso, pero no, era un tipo ignoto, que cantaba boleros ignotos también, que no tenían nada que ver conmigo, y eso que pensaba que esa sensación de que todas las canciones hablan de mí me acompañaba siempre, pero el viernes no, el viernes parece que nada tenía que ver conmigo a la salida del metro, y todo era ajeno, y yo una pieza más de esa masa de gente que caminaba ordenada hacia la luz al final del túnel que no se ve, por los halógenos que dan tanto frío. Y es que dan ganas de no mirar, mirar qué, dan ganas de no mirar porque no puede haber nada, aquí dentro, con este frío, cuando salga ya miraré, pero aquí no. Y es que dan ganas de no mirar, y quizá no miré, pero si no hubiera mirado no habría visto. Miré, sí, miré, a pesar de todo miré, – ¿será que miro incluso cuando creo que no miro? –y si sé que miré es porque la vi. Parecía una señora mayor, una simple señora mayor, como son las señoras mayores, con un traje de color morado, traje de chaqueta y falda por debajo de las rodillas, con las piernas algo arqueadas y los tobillos hinchados, con unos pies de talla chiquitina, de los que no se hacen ahora, y que no admiten ya zapatos con tacones, tan solo de esos de horma ancha y cuña, una señora mayor con pelo corto y teñido, y gafas de sol, y dedos deformados por la artrosis.  Parecía eso para todo el que no hubiera mirado, y sólo habría sido eso, o ni siquiera eso, sería nadie, qué horror, nadie, pero esa señora existía, y me di cuenta cuando vi sus dedos artríticos moverse un poquito, lo suficiente para que no se notara mucho. Y el pie también, lo llevaba de puntillas, y con el talón marcaba un ritmo, suave, casi imperceptible, un ritmo, el del bolero, el bolero, ¡el bolero!, ¡claro!, el bolero, ese que no tenía nada que ver conmigo pero sí con ella, sí, y estaba transformando cada célula de su cuerpo, de forma contenida para que no llamara tanto la atención que ahora era joven y bella, y ya no estaba alumbrada por esos halógenos, sino por la luz de la luna del tiempo en que los hombres y las mujeres bailaban, y sentía en su cintura una mano, esa que terminó resultando familiar, pero que así, en la cintura, con un bolero de fondo siempre le había hecho  temblar, porque siempre, bailando -porque ellos bailaron siempre, aún ahora, cuando los hombres  y las mujeres ya no saben, o simplemente no lo hacen-, bailando, decía, se miraban a los ojos fijamente, de esa forma en que se mira cuando se mira más allá de esos ojos, que brillan, y hasta se humedecen un poco, y no de pena, sino de esa emoción que es tan grande que no cabe dentro y casi no deja respirar, y no deja hablar, pero sí bailar, porque todo suma en esos cuerpos que se mueven al mismo ritmo, y que se sostienen no con los pies  sino con los brazos, que se miran temblando, meciendo la luna, conjurando el bolero.  Y todo eso vi yo en la señora, que aunque tratara de disimularlo, estaba presa del hechizo de esa música, ruborizándose bajo las gafas de sol al notar de nuevo -y por fin- esa mano en la cintura, cerrando los ojos para poder ver de nuevo los de él, al otro lado de esa música, él, que la esperaba llevando el ritmo con el pie,  ciñendo esa cintura tan hermosa y tan amada. Y supuse yo que entonces se reirían ambos, con ganas, de estos inventos absurdos como la distancia, el tiempo, la vida, la muerte, el metro y sus túneles…

Relato: Un día cualquiera.

Se cerraron las puertas a mi espalda convirtiéndose en mi apoyo. Encontrar a las ocho  asiento libre es una utopía, así que las esperanzas se orientan en encontrar un lugar en el vagón que ofrezca un punto de equilibrio. De entre ellos, el que permite reposar la espalda, el cuerpo entero, contra las puertas, es la mejor opción. Me sentí afortunada.

El tren arrancó, saqué un libro y comencé a leer, pero no conseguí concentrarme. Las puertas, otros días firmes, temblaban y chirriaban hoy de forma anómala. Y de verdad que no lo pude evitar, yo lo intenté, pero no lo pude evitar, hice uso de la imaginación macabra, provoqué el accidente, las puertas saltaron, se abrieron, y sentí el vértigo de sentirme caer hacia atrás, al vacío, y de saber que, en cuestión de segundos, mi cuerpo se golpearía contra la pared que se esconde de seguro tras esa negra nada. Pero no contenta con eso decidí repetir la escena, esta vez elevándome por encima de mí, para ver el gesto completamente ridículo que me imprimía el pánico en el momento en que definitivamente las puertas fallaban y me dejaban caer al abismo.

Volví de nuevo a mi cuerpo, dentro del vagón, y miré a la mujer sujeta junto a mí por las mismas puertas y el mismo destino, pero no encontré en ella un atisbo de angustia. Leía placenteramente, sin un solo músculo facial contraído. ¿La mostraría yo acaso? ¿Podría alguien con sólo observar mi rostro imaginar que acababa de sentir primero la angustia de mi propia muerte absurda para después haberme recreado observándola? Qué forma de morir, qué poca gloria -si es que alguna vez la hubiera en ella-, qué poca paz, qué poco soñada -si es que alguna vez la soñara. Porque ¿quién ha soñado morir en tan hilarante accidente? Recordé la noticia de aquella limpiadora que falleció al bajar del avión que estaba adecentando pues algún gracioso le quitó la escalerilla. Sí, para descojonarse.

Definitivamente no, no creo que nadie que me mirara en dicho instante fuera a ser capaz de adivinar semejante chifladura. Qué buena muestra de lo acostumbrados que estamos a adoptar una imagen de normalidad.

Entonces llegó el rechazo. No, me niego. Me niego a que todo acabe, ahora, así. Me niego a ese absurdo. Pero también a comportarme como la neurótica obsesiva que soy - por aquello de la normalidad-. Eso me quitaba la opción de intentar cambiar de sitio. Sólo una neurótica obsesiva dejaría su privilegiado sitio contra las puertas para colocarse en otro distinto sin apoyo alguno, a merced del traqueteo y la inercia del endemoniado vagón. De modo que la única opción era buscar desesperadamente algo a lo que aferrarme en caso de desastre.

Entonces vi la espalda de ese hombre. Sí, ese que había estado todo el trayecto delante de mí. Ahora lo veía claro, estaba allí, como ofreciéndose, sí, para ser el héroe que todos queremos algún día ser, y salvarse  salvando. Estaba claro, yo era lo mejor que le podía pasar. No había mucho tiempo, así que guardé el libro en el bolso; tendría que tener las dos manos libres. Dejé el bolso en el suelo. Agudicé los reflejos tensando todos los músculos, en un preparados, listos…. esperando el ya, la apertura de esas puertas, en cuyo caso saltaría sobre la espalda  de mi salvador salvado, mientras el abismo negro se llevaba consigo todo lo demás.

Llegué a mi destino, y las puertas continuaron en pie. Casi decepcionada  me dispuse a solicitar paso para salir. Mas mirando por última vez mi espalda  me invadió la gratitud, y la lástima, las lágrimas acudieron a mis ojos, y la emoción me sobrepasó, y todo se llevó a su paso la poca normalidad que me quedaba, y me aferré a ella, a esa espalda, a ese hombre, a esa esperanza, susurrando gracias, gracias, una y otra vez.

Después, recogí -esta vez sí- mi bolso del suelo, y me abrí paso entre la gente, como si hubiera sido un día cualquiera. Y aquel hombre, continuaó con su vida, con su viaje, con su día, supongo, como si fuera uno cualquiera.

 

Se me ocurrió esta absurda historia tras una mañana de metro contra puertas que chirriaban, y la escribí una tarde, a lápiz, en una cafetería, cuando ya no aguantaba más sin escribirla, interrupiendo a la Generación del 27 -que espero perdonen el feo por semejante memez- en tres servilletas de papel. A dos caras.

Mantener contacto cero

Cuando bajo hacia la estación paso por delante de una marquesina. A las 8:00 no hay mucha gente, y los pocos que hay sentados lo han hecho de forma que quede un espacio más que prudencial entre ellos.

Llego a la estación, y espero el tren. No tarda mucho. Viene bastante vacío, pero todos los asientos de cuatro están ocupados por una sola persona. Unos pocos por dos. Casi todos se piden los asientos de ventanilla que van en el sentido de la marcha. Todos tenemos en nuestras manos los periódicos gratuitos que nos han dado casi por la fuerza en la estación. Yo llevo concretamente 6: ADN, 20 Minutos, Metro, Universo, Que, Su vivienda. Y es que, se colocan todos los entregadores de periódicos juntos, haciendo pasillo ante la puerta, a traición, y me da reparo decir a unos que sí y a otros que no. No sé qué hacer con tantos. Invadir un asiento libre con ellos me parece un abuso, así que observo para actuar según los usos y costumbres establecidos en los Cercanías. En el Metro no había más opción que quedárselos hasta el destino, espachurrados entre mi pecho y la espalda de otro usuario.

Veo que mis compañeros de vagón dejan los que van leyendo en el portaequipajes. Y de allí los toman quienes, por suerte o por desgracia, no han sido asaltados por los repartidores. Pero también observo que en un mismo asiento de cuatro, el que está en la ventana incordia levantándose a dejarlos en el portaequipajes. Y acto seguido el señor que está enfrente vuelve a incordiar al resto para recogerlos. Curioso.

En Atocha dejo de ver nada, pues los espachurramientos vuelven a resultarme familiares, y cuanto menor espacio vital y de movimientos, menos pie para la observación.

Bajo en Nuevos Ministerios y voy andando hasta mi oficina, acompañada por muchos de mis compañeros de tren y de vagón. Pero caminamos todos callados, mirando hacia el frente, haciendo que no nos conocemos. Porque no nos conocemos. Aunque nos suenen las caras y hayamos compartido lecturas y comportamientos en un vagón.

Y cuando llego a mi oficina, y me meto en uno de los grandes ascensores junto con otras muchas personas, compruebo como cada mañana, que quienes se han quedado al fondo del ascensor, han de hacer uso del gadchetobrazo y a veces de los empujones, para poder marcar su planta.

No he podido evitar pensar que somos capaces de ser retorcidos hasta el extremo, si de esa manera logramos evitar establecer un contacto directo con desconocidos. No sé si atreverme mañana a romper las costumbres establecidas y sentarme junto a alguien aunque queden compartimentos de cuatro vacíos, y si preguntarle a mi compañero/a si quiere leer la prensa antes de colocarla en el portaequipajes. Espero que con más suerte que cuando hace tiempo rompí las reglas en el ascensor, y me di cuenta de que o bien yo era invisible, o mis compañeros de ascensor mudos, porque a pesar de ofrecerme a marcar alguna planta, ellos siguieron haciendo uso del gadchetobrazo. Quién sabe, quizás fuera por esnobismo, que los que tienen aparatos raros están locos por usarlos. Haga falta o no la haga.

El cuento del topo

Érase una vez un topo sensible que un día abrió una bitácora llamada Memorias Subterráneas. Cada día viajaba en metro para ir a trabajar. Y cada día contaba en sus Memorias la historia que había visto en él. Porque todos los viajes tenían una historia.

Y la gente que las leía le preguntaba, ¿pero cómo puedes ver todo eso en el metro, si yo voy en él cada día y nunca veo nada?

Y él contestaba que para ver hay que saber mirar.

Pero un día, el pequeño topo se cansó, se tomó la jubilación anticipada, y colgó el cartel de “Se cierra” tras bailar un último vals. Siguió yendo a trabajar. Pero dejó de escribir.

Unos meses más tarde, recibí un e-mail. ¿Te apetece tomar una cerveza con un topo? Y yo, que  lo echaba de menos, le dije que sí.

Le pregunté entonces que por qué no había vuelto a escribir, y me contestó que no le encontraba sentido. ¿Para qué? A nadie le importa.

El topo sigue viajando en metro cada día. Pero  no pudo evitar confesarme que ahora ya no ve nada.

Sonrisas al revés

Una sonrisa al revés no fotografiada por mi.

Una sonrisa al revés no fotografiada por mí.

Es curioso lo que hace el paso del tiempo. Hasta ahora me había pasado desapercibido. Pero el otro día, me fijé en el rostro de una persona. No debía ser excesivamente mayor, no tenía demasiadas arrugas, y sí alguna cana. Lo que delataba su edad era algo mucho más triste que eso. El tiempo le había dibujado una sonrisa, y por un error de trazo, lo había hecho al revés. Busqué con la mirada otros rostros. Y me horrorizó lo que ví. El tiempo no se había equivocado con el trazo. Siempre las hacía así. ¿Y por qué?

Giré la cabeza ante sus ojos atónitos, para mirar desde abajo, y que la sonrisa fuera sonrisa. Pero además de marearme, lo cierto es que aunque sí pude verla derecha, no dejaba de resulta extraño un rostro que comenzara por la barbilla, siguiera con la boca, después llegara la nariz, y a duras penas le viera ya los ojos, ahí abajo. No siempre comprendo el arte moderno. Y eso que no llegaba a ser una abstracción.

Cuando volví a poner la cabeza en su sitio, aquella sonrisa mal dibujada había cambiado. De pronto había ocurrido un milagro, y sus extremos apuntaban al cielo, como tiene que ser, y todo el rostro se levantaba con ella, y los ojos chispeaban. Y me miraba divertido. Y se hizo la luz. Si hacer el ridículo causa esos efectos, prometo hacerlo más a menudo.

Cuando llegué a casa corrí al espejo, y me miré bien seria. Menos mal, el tiempo no se había puesto a garabatear con mi boca. Eso sí, conocer al enemigo ayuda. Ya sé lo que va a hacer conmigo. Pero también sé que no es irreversible. Y no me refiero al botox. Con un poquito de esfuerzo, la sonrisa que está al revés, se puede volver a poner derecha. Sólo hay que sonreír. Habrá que hacerlo todo el tiempo.

Niño negro, niño albino, niño.

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Imagen tomada de www.elnuevodiario.com.ni/pix/

    

Yo jamás lo había visto, de hecho ni se me había ocurrido pensar que pudiera darse, pero ayer en el metro vi un niño negro albino. Piel completamente blanca, pero rizo pegadito al cuero cabelludo, rubio rubísimo, labios gruesos, nariz ancha, madre negra, hermanos negros.

Lo estuve obsevando intentando ser discreta, y es que desde luego no tengo la oportunidad de contemplar todos los días un capricho de la naturaleza.

Me pregunto qué cara se le quedaría al padre.

 

Eso sí, los niños serán blancos, negros, rojos, verdes o morados. Albinos o no. Pero todos se enfadan y dan cabezazos cuando su madre les quita la bolsa de gusanitos. Y ayer, en el forcejeo, los gusanitos del niño, por muy albino que fuera, también se cayeron al suelo del vagón, que quedó como la parte trasera de mi coche.

 

Todos somos diferentes. Todos somos iguales.

       

 

Levanté la mirada

Hoy el metro venía especialmente lleno. De estos días en que una entra como una bomba a presión, presión que ejercían los dos mostrencos que entraron a mi lado y me arrollaron con su impulso. Al menos entré. Hice el viaje empotrada entre dos personas, sin poder agarrarame en nada, sin poder leer el gratuito que tenía aplastado contra mi pecho, sujeto por mis brazos también aplastados contra mi pecho.

Cuando el tren paró en Nuevos Ministerios la cosa fue a peor. No sólo apenas bajó nadie, sino que debía haber mucha gente esperando en el andén. Y digo debía haber porque yo estaba de espaldas y al fondo. Y sin espacio vital para girarme y ver qué ocurría allí afuera ni el por qué de esas voces. La titular de “esas voces” debió darse cuenta, pues satisfizo mi curiosidad elevando su tono de voz, y así pude escuchar lo que decía. “Si es que al fondo hay sitio, si todo el mundo se echara para atrás cabríamos todos, joder, que yo también llego tarde a trabajar. Siempre pasa lo mismo, la gente apiñada en la puerta y por detrás todo vacío”. No le negaré que es una situación que a veces se da. Pero esta mañana de buen grado le habría cambiado el sitio: yo me quedo fuera esperando el siguiente y ella que se pasara al fondo, yo le cedía gustosa todo mi sitio.

No pude por menos que sonreír mientras pensaba lo desquiciada que estaba aquella chica. Pude haber seguido mirando al suelo y quedarme con ese momento para mí. Pero levanté la mirada, y con ella mi sonrisa malvada. Y allí me crucé con otra, encontré un cómplice, que también me miró, y también esbozó una de esas sonrisas.

 

Da gusto cruzarse con una mirada cómplice de vez en cuando. Alguien que comparte lo que estás pensando, sea conocida o no. Aunque no cruce uno palabra. Podría haber sido un pensamiento mío nada más. Pero soy de las que prefiere levantar la mirada, por si hay suerte. Hoy la ha habido. Y levantar la mirada y encontrar complicidad en otra me ha hecho sentir menos bulto anónimo apretado en un vagón de metro cualquiera, y más yo. Y este pequeño gesto me ha hecho escribir

Jacobo

Hoy en el metro de vuelta a casa, mientras nos recolocábamos tras la avalancha de gente que había entrado en Nuevos Ministerios, me empezó a invadir un olor a rancio. Me di la vuelta y vi de espaldas a un chico con un chándal lleno de polvo. Me fijé en sus manos que estaban completamente manchadas, desde la muñeca hasta la punta de los dedos. Parecía como un barniz, o un pegamento. De color oscuro, descolgánse a trozos de su piel. Sacó el móvil de su bolsillo y lo bloqueó. La pantalla estaba rota. Escuchaba música con un MP3 blanco. La pantalla también estaba rota. Levanté la cabeza y miré su rostro. Y el corazón me dio un vuelco. Era igual que Jacobo. Su mirada, sus ojos, su gesto brusco y altivo. Hacía muchos años desde la última vez y el tiempo no le había tratado bien. ¿Es él? Parece imposible, pero… ¿Le digo algo? Es que es tan parecido…

Jacobo había sido compañero mío en mi primer trabajo, en una firma de auditoría. Él llevaba un año más que yo, y debía tener unos 25 años. Estuve en su equipo en el primer cliente que me asignaron, auditando los fondos de pensiones Caser. Era la típica persona “yo siempre mejor”. Él siempre se lo pasaba mejor que nadie los fines de semana y en vacaciones, el conocía garitos mejores, su novia era la mejor, su ocio era el mejor, su forma de trabajar la mejor. Y la de escaquearse también. Bastante chulo. Pero tampoco era mal tío. Creo que era fachada.

Eso sí, mucho quejarse de las jornadas eternas, del sueldo y de su jefa, pero se le llenaba la boca cuando decía que era auditor. Como si eso fuera comparable a haber ganado un Príncipe de Asturias o un Nóbel.

Después audité con él un inventario en Daganzo, en una fábrica de accesorios de limpieza, una perra mañana de principios de enero. Fue bastante cómodo trabajar con él, que iba de responsable, porque ambos íbamos con bastante predisposición a darlo todo por bueno y a no pasarnos todo el santo día contando estropajos. Así que, después de comprobar haciendo un muestreo bastante escueto, nos largamos de allí con su maletero lleno con productos de limpieza que nos regalaron. Me dejó en una parada de metro y me dijo que para no dejarme cargada ya me daría otro día la mitad. Lo cierto es que le agradecí bastante que nunca lo hiciera, porque si un día hubiera tenido que volver a casa con el portátil y una bolsa llena de bayetas y detergentes para el baño, habría optado por regalar dicha bolsa al primero que pasara por la calle. Puñetera ilusión que me hacía a mí tener acopios de ese género, máxime cuando trato de usarlos lo menos posible.

Al año siguiente lo ascendieron, y pasó a ser el jefe de equipo de los fondos de pensiones Cáser. Yo ya no participé, pues el trabajo comenzó antes de que me reincorporara de mi baja. Era un cliente muy complicado para una sola persona con tan poca experiencia. Así que la gerente tuvo que echarle una mano, por decir algo. Ya que esta mujer era una trabajadora incansable y le tenía horas y horas junto a ella. Mirando y remirando, buscando y rebuscando.

Una viernes, después de haber estado toda la semana saliendo de trabajar a las once de la noche, quedó con su novia. Muy tarde, claro. Cogió el coche, fue a Madrid por la Casa de Campo, se quedó dormido, chocó contra un árbol de frente y salió por la ventana. Pasaron horas hasta que lo encontraron y estuvo en coma durante unos cuantos días.

Me pregunto si su jefa sentiría algún tipo de remordimiento, a pesar de que él no se hubiera puesto el cinturón. Me pregunto también si ese orgullo que le producía a Jacobo el poder decir a sus amigos que era auditor, le compensaba trabajar 14 horas diarias. Por qué pagaba ese precio. Por qué se conformaba. Por qué nos conformábamos.

Yo me fui de la empresa poco después. Al banco. Porque yo sí tenía muy claro que a mí no me compensaba, y que desde luego no me conformaba.

Seguí mirando a ese chico rubio de olor a rancio, de manos negras, y móvil y mp3 rotos. Y no podía dejar de pensar en Jacobo.

Al llegar a mi estación me bajé cabizbaja. Pudo mi escepticismo y no le dije nada.

Sobre todo porque la última vez que vi a Jacobo yacía en una caja de pino, en el tanatorio de Puerta de Hierro.

Una en el metro

El otro día iba a coger el metro como cada mañana y al llegar al andén me encontré con un escenario desolador. Estaba desbordado de gente. Cuando llegó el tren, lleno también, me hice a la idea de que tendría que dejar pasar por lo menos uno. Vi cómo entraba la gente a empujones, como se gritaban unos a otros y cómo se reducía la cola para entrar. Yo me quedé a las puertas, cosa que me aseguraba mi plaza en el siguiente, pero me hacía estar en guardia, porque con las hordas que tenía a mi espalda no me sentía del todo segura tan al borde de las vías. Por fin llegó, también lleno y entré empujada a propulsión, como cabía esperar.

 

Por fin dentro, terminé empotrada a una de las barras centrales, y muy pegada a un señor que estaba a su vez empotrado en esa misma barra. No había hueco para sacar libro, ni prensa, ni nada. A duras penas para respirar. El buen hombre empotrado frente a mi no me quitaba ojo, por otro lado comprensible teniendo en cuenta lo reducido del espacio, y no me hubiera resultado tan incómodo de no ser porque tenía la mirada clavada en mi pecho. Así que la que empezó a mirar para otros lados fui yo, y a mi espalda vi que había una chica sentada de espaldas a la puerta y toda despatarrada, con la barbilla tocando el pecho y los ojos cerrados. Pregunté si se había caído o si estaba durmiendo, y nadie contestó. La chica, al oír que hablaban de ella abrió los ojos, y le pregunté si se encontraba bien. Me dijo que sí, y siguió durmiendo.

Así que dejé de dar crédito. No podía ser verdad que en un vagón en el que apenas se podía respirar, ella se hubiera sentado y despatarrado con las piernas completamente extendidas y estuviera durmiendo plácidamente mientras la gente que estaba a su alrededor hacía verdaderos esfuerzos de equilibrio para no pisarla ni caerle encima en los frenazos y vaivenes. Sólo le faltaba a la moza traerse un puff de casa para que a falta de asientos pudiera ir cómoda. 

 

En fin, yo seguía pensando en eso cuando el baboso contra el que estaba clavada empezó a sacar conversación. Lo que me faltaba. “Pues parece que el metro viene muy lleno hoy, verdad?” Todo esto sin mover la mirada de mi pecho. Me cagué en mi buena educación y en mis reparos para ser tan cortante y brusca como eran mis pensamientos. (Voy a tener que hacer ejercicios de entrenamiento en casa frente al espejo). Y en lugar de decirle que estaría más cómoda si me mirara a los ojos para hablar, y que me entretenía mucho más pensando yo sola que hablando con él de banalidades, o que le agradecería que para decir gilipolleces y obviedades se dirigiera a cualquier otra persona, que contertulios en ese vagón atestado, no le faltarían…. En lugar de decirle todo eso, asentí con un monosílabo en tono amable y volví a girar la cabeza y a contemplar cómo le iba cayendo la babilla a la marmota espatarrada. Ese fue uno de los días en que se da uno cuenta de lo relativo que es el tiempo, y de lo largos que fueron los 15 minutos que tardé en recorrer mis cuatro estaciones habituales.