Salía del metro en Plaza de España, de un vagón de la línea 10, de esa que te obliga a salir de los infiernos con la ayuda de escaleras mecánicas que parecen no terminar nunca, y en los que es imposible ver la luz al final del túnel porque el túnel tiene la propia, artificial, y salía de allí con otras muchas personas, un viernes por la tarde, todos en fila, una fila tan ancha como anchos son los túneles, y como anchas son las escaleras mecánicas, las que no parecen terminar nunca porque al mirar hacia arriba no ves el final, porque hay un tramo y otro y otro… pero terminan. Y por los túneles un músico, si al menos hubiera sido el percusionista asombroso, pero no, era un tipo ignoto, que cantaba boleros ignotos también, que no tenían nada que ver conmigo, y eso que pensaba que esa sensación de que todas las canciones hablan de mí me acompañaba siempre, pero el viernes no, el viernes parece que nada tenía que ver conmigo a la salida del metro, y todo era ajeno, y yo una pieza más de esa masa de gente que caminaba ordenada hacia la luz al final del túnel que no se ve, por los halógenos que dan tanto frío. Y es que dan ganas de no mirar, mirar qué, dan ganas de no mirar porque no puede haber nada, aquí dentro, con este frío, cuando salga ya miraré, pero aquí no. Y es que dan ganas de no mirar, y quizá no miré, pero si no hubiera mirado no habría visto. Miré, sí, miré, a pesar de todo miré, – ¿será que miro incluso cuando creo que no miro? –y si sé que miré es porque la vi. Parecía una señora mayor, una simple señora mayor, como son las señoras mayores, con un traje de color morado, traje de chaqueta y falda por debajo de las rodillas, con las piernas algo arqueadas y los tobillos hinchados, con unos pies de talla chiquitina, de los que no se hacen ahora, y que no admiten ya zapatos con tacones, tan solo de esos de horma ancha y cuña, una señora mayor con pelo corto y teñido, y gafas de sol, y dedos deformados por la artrosis. Parecía eso para todo el que no hubiera mirado, y sólo habría sido eso, o ni siquiera eso, sería nadie, qué horror, nadie, pero esa señora existía, y me di cuenta cuando vi sus dedos artríticos moverse un poquito, lo suficiente para que no se notara mucho. Y el pie también, lo llevaba de puntillas, y con el talón marcaba un ritmo, suave, casi imperceptible, un ritmo, el del bolero, el bolero, ¡el bolero!, ¡claro!, el bolero, ese que no tenía nada que ver conmigo pero sí con ella, sí, y estaba transformando cada célula de su cuerpo, de forma contenida para que no llamara tanto la atención que ahora era joven y bella, y ya no estaba alumbrada por esos halógenos, sino por la luz de la luna del tiempo en que los hombres y las mujeres bailaban, y sentía en su cintura una mano, esa que terminó resultando familiar, pero que así, en la cintura, con un bolero de fondo siempre le había hecho temblar, porque siempre, bailando -porque ellos bailaron siempre, aún ahora, cuando los hombres y las mujeres ya no saben, o simplemente no lo hacen-, bailando, decía, se miraban a los ojos fijamente, de esa forma en que se mira cuando se mira más allá de esos ojos, que brillan, y hasta se humedecen un poco, y no de pena, sino de esa emoción que es tan grande que no cabe dentro y casi no deja respirar, y no deja hablar, pero sí bailar, porque todo suma en esos cuerpos que se mueven al mismo ritmo, y que se sostienen no con los pies sino con los brazos, que se miran temblando, meciendo la luna, conjurando el bolero. Y todo eso vi yo en la señora, que aunque tratara de disimularlo, estaba presa del hechizo de esa música, ruborizándose bajo las gafas de sol al notar de nuevo -y por fin- esa mano en la cintura, cerrando los ojos para poder ver de nuevo los de él, al otro lado de esa música, él, que la esperaba llevando el ritmo con el pie, ciñendo esa cintura tan hermosa y tan amada. Y supuse yo que entonces se reirían ambos, con ganas, de estos inventos absurdos como la distancia, el tiempo, la vida, la muerte, el metro y sus túneles…
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No busco en mi cuaderno orden ni concierto, me busco yo, y encuentro canciones, poesía, lo que pienso, lo que recuerdo, lo que me invento, lo que miro, lo que veo... Es mi yo caos.
En el cuaderno http://lalineadeeuler.wordpress.com/ soy Viernes, y escribo artículos de opinión, reflexiones al fin y al cabo junto con Lunes y Miércoles.
Los cuentos que surgen del sonido de los tambores, se quedan en las llanuras de Sitting Bull. http://deseodeserpielroja.wordpress.com/
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