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Lunes en Madrid

La Ciudad es un ser vivo, que nace, crece, se reproduce y a veces también muere. Que tiene sus defectos y virtudes, su personalidad, un aspecto físico y una vida interior.

Yo intento llevarme bien con ella, tenemos una relación especial, y a veces hacemos planes juntas.

Hay días que salgo a la calle indecisa, sin un rumbo fijo, y entonces le pido ayuda. Hazme una señal, le digo. Y al pisarla saliendo del portal (cosa que hago con mucho cariño, sin prepotencia ni altanería), veo que hay sol, cielo azul, la calle está limpia, los peatones caminan contentos, y me cruzo al frutero y me saluda. Esto me vale, vía libre. Y comienzo a andar. Sin saber dónde ir. Y de pronto, mientras camino, veo que a mi lado un semáforo acaba de ponerse en verde, y que canta como un pájaro, o bueno, casi, porque en lugar de decir pío, pío, dice piú, piú. Pero cada uno es como es. Y entiendo. Quieres que vaya por ahí, ¿no? ¿Dónde me llevas? Y me dejo hacer. Y cruzo. Y paso por una terraza frente a la Almudena, y una de las mesas, la más bonita, tiene una silla algo retirada, invitándome a sentarla. Y a mí hacer feos no me gusta. “¡Por favor, un café!” Y cuando acabo me fijo en los adoquines tan grandes y separados. Si no te importa, ahora me apetece jugar. Bueno, le contesto. A no pisar las líneas, como siempre, no? Eso. Dice ella. Y ando a brincos, y unos niños me miran, sonríen, y siguen su camino junto a su madre, saltando como hago yo, sin pisar las líneas, ni las cacas (esta puñetera siempre le busca alguna dificultad extra al juego). Y con tanto mirar al suelo, me encuentro una moneda de un euro, y un billete de metro. Vaya, hoy te estás pasando, ¿dónde me piensas llevar?…

Pero también es caprichosa. Que no siempre puedo hacer lo que ella diga. Esta mañana me ha puesto charcos en el suelo, el semáforo en rojo, y el metro a rebosar.

Escucha chata, no lo hagas más difícil, que te pongas como te pongas, voy a ir a trabajar.

Una en el metro

El otro día iba a coger el metro como cada mañana y al llegar al andén me encontré con un escenario desolador. Estaba desbordado de gente. Cuando llegó el tren, lleno también, me hice a la idea de que tendría que dejar pasar por lo menos uno. Vi cómo entraba la gente a empujones, como se gritaban unos a otros y cómo se reducía la cola para entrar. Yo me quedé a las puertas, cosa que me aseguraba mi plaza en el siguiente, pero me hacía estar en guardia, porque con las hordas que tenía a mi espalda no me sentía del todo segura tan al borde de las vías. Por fin llegó, también lleno y entré empujada a propulsión, como cabía esperar.

 

Por fin dentro, terminé empotrada a una de las barras centrales, y muy pegada a un señor que estaba a su vez empotrado en esa misma barra. No había hueco para sacar libro, ni prensa, ni nada. A duras penas para respirar. El buen hombre empotrado frente a mi no me quitaba ojo, por otro lado comprensible teniendo en cuenta lo reducido del espacio, y no me hubiera resultado tan incómodo de no ser porque tenía la mirada clavada en mi pecho. Así que la que empezó a mirar para otros lados fui yo, y a mi espalda vi que había una chica sentada de espaldas a la puerta y toda despatarrada, con la barbilla tocando el pecho y los ojos cerrados. Pregunté si se había caído o si estaba durmiendo, y nadie contestó. La chica, al oír que hablaban de ella abrió los ojos, y le pregunté si se encontraba bien. Me dijo que sí, y siguió durmiendo.

Así que dejé de dar crédito. No podía ser verdad que en un vagón en el que apenas se podía respirar, ella se hubiera sentado y despatarrado con las piernas completamente extendidas y estuviera durmiendo plácidamente mientras la gente que estaba a su alrededor hacía verdaderos esfuerzos de equilibrio para no pisarla ni caerle encima en los frenazos y vaivenes. Sólo le faltaba a la moza traerse un puff de casa para que a falta de asientos pudiera ir cómoda. 

 

En fin, yo seguía pensando en eso cuando el baboso contra el que estaba clavada empezó a sacar conversación. Lo que me faltaba. “Pues parece que el metro viene muy lleno hoy, verdad?” Todo esto sin mover la mirada de mi pecho. Me cagué en mi buena educación y en mis reparos para ser tan cortante y brusca como eran mis pensamientos. (Voy a tener que hacer ejercicios de entrenamiento en casa frente al espejo). Y en lugar de decirle que estaría más cómoda si me mirara a los ojos para hablar, y que me entretenía mucho más pensando yo sola que hablando con él de banalidades, o que le agradecería que para decir gilipolleces y obviedades se dirigiera a cualquier otra persona, que contertulios en ese vagón atestado, no le faltarían…. En lugar de decirle todo eso, asentí con un monosílabo en tono amable y volví a girar la cabeza y a contemplar cómo le iba cayendo la babilla a la marmota espatarrada. Ese fue uno de los días en que se da uno cuenta de lo relativo que es el tiempo, y de lo largos que fueron los 15 minutos que tardé en recorrer mis cuatro estaciones habituales.

 

El último día de mi vida

Ayer, mientras iba en el autobús, recordé la película “ Mi vida sin mí”. Quizás porque llevaba toda la mañana con dolor de estómago mi habitual hipocondría me llevó a imaginar qué escribiría yo en mi lista de “cosas que hacer antes de morir”. Y se me ocurrió un ejercicio: vivir el día de hoy como si fuera el último día de mi vida, pero desde un punto de vista positivo y no, como he hecho otras veces, torturándome con el sentimiento de pérdida. Ese sentimiento me empañaba la vista literalmente, y las lágrimas no me dejaban ver nada. Así que volvamos al principio.

Claro, de haber sabido que hoy moriré probablemente esta mañana no habría ido a trabajar, pero ya que me puse en el supuesto tarde, empecé a imaginar desde la premisa de enfocar este último día teniendo que ser éste un día como los demás, que tiene más mérito. Miré por la ventana y toda la belleza que vi me estremeció. Nunca había percibido tanta belleza en las calles de Madrid, e intenté llenar con ella cada poro de mi piel. Nunca había mirado de esa manera. Y desde la nostalgia de mis últimas horas me sentí afortunada al poder disfrutar de esas sensaciones. Y me sentí reconfortada. Estábamos por el Paseo de Recoletos. Miré a mi alrededor. El autobús estaba lleno de gente. Cada persona con su vida. Ellos con más tiempo. Me habría gustado abrazarlos a todos, como despedida.

Bajé del autobús en Cibeles y me dirigí a la Delegación de Hacienda de Montalbán, para cumplir con mis obligaciones laborales. Qué tarea tan poco romántica para un día como hoy. Cogí mi número. Había unas treinta personas antes que yo. Edificio por dentro reformado y moderno. Luz artificial y un molesto Bip que sonaba cada vez que una mesa quedaba libre y llamaba al siguiente número. Me propuse que el tiempo que fuera a invertir en Hacienda fuera agradable a pesar de todo. No quería que nada estropeara esas horas. Me senté y cogí un 20 Minutos. Me llamó la atención una sección en la que se despedía al que había sido algo así como el “blogger del año” y daban la bienvenida al siguiente. El primero se despedía del cargo con dolor, y hacía una metáfora en la que era abandonado por la mujer amada, la que soñó para siempre.

El nuevo cargo electo era un taxista que relataba en sus blogs sus historias en el taxi. Y en este primero hablaba de cuánto se quejaban sus clientes de la monotonía de sus vidas. Es curioso que cayera en mis manos esa lectura. Mi día pudo haber sido uno más. Me había levantado a la misma hora de siempre, había preparado el desayuno de mi familia, había ido a trabajar como siempre… y sin embargo no lo era.

Por fin sonó mi Bip, y me dirigí a la mesa que me correspondía. Sonreí al funcionario y le di mi modelo 840 y la documentación necesaria. Él me miró y dijo fastidiado que no lo había hecho nunca, y que a ver qué hacíamos, porque podría hacerlo mal. Le contesté divertida que también era la primera vez que yo había rellenado un 840, y que quizás tuviera errores, y que así podríamos aprender los dos. Comenzó a hojear los poderes y la documentación. Después de examinarlo todo me dice que el DNI del que aporto copia está caducado. ¡Andá! Le explico que claro, el representante manda copia a la asesoría, y que nosotros vamos tirando de copias…. hasta que se caduca, claro. Se lo piensa, me mira y me dice “también puedo hacer como que no lo he visto”. Le sonreí. Llamó a un compañero para que le ayudase a grabar el modelo y entablamos los tres animada charla. Finalmente me resuelven el problema, y paso un rato agradable.

Salgo a la calle pletórica, y mucho más contenta me puse al ver de nuevo el cielo azul y al comprobar lo grato que resultaba el calor del sol.

Tengo que reconocer que el ejercicio es mucho más difícil de lo que parece, porque a veces te olvidas, y cuando te das cuenta de que llevas un rato trabajando mecánicamente has olvidado sentirlo. Eso me pasó a mí a ratos el resto del día.

Por la noche volví a recordarlo y besé todo lo intensamente que pude a mi familia, pero el cansancio puede hasta con la imaginación. Y finalmente y después de todo, no morí con el día…

Lo que me ha quedado es el firme propósito de repetir el ejercicio. Quizás cuanto más me ejercite más fácil me resultará sentir tan intensamente cada pequeña cosa del día como ayer me sucedió durante un rato, así como intentar por todos los medios quedarme con lo bello y lo que reconforta y dejar a un lado (si es que no es posible cambiar) lo que duele, lo triste, lo gris… Y quizás si llego a ser alguna vez cliente del recién nombrado blogger del año, no tendré que hablar con amargura de la monotonía de mi vida. Me queda tan poco tiempo….