Ayer, mientras iba en el autobús, recordé la película “ Mi vida sin mí”. Quizás porque llevaba toda la mañana con dolor de estómago mi habitual hipocondría me llevó a imaginar qué escribiría yo en mi lista de “cosas que hacer antes de morir”. Y se me ocurrió un ejercicio: vivir el día de hoy como si fuera el último día de mi vida, pero desde un punto de vista positivo y no, como he hecho otras veces, torturándome con el sentimiento de pérdida. Ese sentimiento me empañaba la vista literalmente, y las lágrimas no me dejaban ver nada. Así que volvamos al principio.
Claro, de haber sabido que hoy moriré probablemente esta mañana no habría ido a trabajar, pero ya que me puse en el supuesto tarde, empecé a imaginar desde la premisa de enfocar este último día teniendo que ser éste un día como los demás, que tiene más mérito. Miré por la ventana y toda la belleza que vi me estremeció. Nunca había percibido tanta belleza en las calles de Madrid, e intenté llenar con ella cada poro de mi piel. Nunca había mirado de esa manera. Y desde la nostalgia de mis últimas horas me sentí afortunada al poder disfrutar de esas sensaciones. Y me sentí reconfortada. Estábamos por el Paseo de Recoletos. Miré a mi alrededor. El autobús estaba lleno de gente. Cada persona con su vida. Ellos con más tiempo. Me habría gustado abrazarlos a todos, como despedida.
Bajé del autobús en Cibeles y me dirigí a la Delegación de Hacienda de Montalbán, para cumplir con mis obligaciones laborales. Qué tarea tan poco romántica para un día como hoy. Cogí mi número. Había unas treinta personas antes que yo. Edificio por dentro reformado y moderno. Luz artificial y un molesto Bip que sonaba cada vez que una mesa quedaba libre y llamaba al siguiente número. Me propuse que el tiempo que fuera a invertir en Hacienda fuera agradable a pesar de todo. No quería que nada estropeara esas horas. Me senté y cogí un 20 Minutos. Me llamó la atención una sección en la que se despedía al que había sido algo así como el “blogger del año” y daban la bienvenida al siguiente. El primero se despedía del cargo con dolor, y hacía una metáfora en la que era abandonado por la mujer amada, la que soñó para siempre.
El nuevo cargo electo era un taxista que relataba en sus blogs sus historias en el taxi. Y en este primero hablaba de cuánto se quejaban sus clientes de la monotonía de sus vidas. Es curioso que cayera en mis manos esa lectura. Mi día pudo haber sido uno más. Me había levantado a la misma hora de siempre, había preparado el desayuno de mi familia, había ido a trabajar como siempre… y sin embargo no lo era.
Por fin sonó mi Bip, y me dirigí a la mesa que me correspondía. Sonreí al funcionario y le di mi modelo 840 y la documentación necesaria. Él me miró y dijo fastidiado que no lo había hecho nunca, y que a ver qué hacíamos, porque podría hacerlo mal. Le contesté divertida que también era la primera vez que yo había rellenado un 840, y que quizás tuviera errores, y que así podríamos aprender los dos. Comenzó a hojear los poderes y la documentación. Después de examinarlo todo me dice que el DNI del que aporto copia está caducado. ¡Andá! Le explico que claro, el representante manda copia a la asesoría, y que nosotros vamos tirando de copias…. hasta que se caduca, claro. Se lo piensa, me mira y me dice “también puedo hacer como que no lo he visto”. Le sonreí. Llamó a un compañero para que le ayudase a grabar el modelo y entablamos los tres animada charla. Finalmente me resuelven el problema, y paso un rato agradable.
Salgo a la calle pletórica, y mucho más contenta me puse al ver de nuevo el cielo azul y al comprobar lo grato que resultaba el calor del sol.
Tengo que reconocer que el ejercicio es mucho más difícil de lo que parece, porque a veces te olvidas, y cuando te das cuenta de que llevas un rato trabajando mecánicamente has olvidado sentirlo. Eso me pasó a mí a ratos el resto del día.
Por la noche volví a recordarlo y besé todo lo intensamente que pude a mi familia, pero el cansancio puede hasta con la imaginación. Y finalmente y después de todo, no morí con el día…
Lo que me ha quedado es el firme propósito de repetir el ejercicio. Quizás cuanto más me ejercite más fácil me resultará sentir tan intensamente cada pequeña cosa del día como ayer me sucedió durante un rato, así como intentar por todos los medios quedarme con lo bello y lo que reconforta y dejar a un lado (si es que no es posible cambiar) lo que duele, lo triste, lo gris… Y quizás si llego a ser alguna vez cliente del recién nombrado blogger del año, no tendré que hablar con amargura de la monotonía de mi vida. Me queda tan poco tiempo….