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El miedo a la libertad II.

Libertad y espontaneidad

“La libertad positiva consiste en la actividad espontánea de la personalidad total integrada.

La actividad espontánea es el ejercicio de la propia y libre voluntad. Una de las premisas de esta espontaneidad reside en la aceptación de la personalidad total y en la eliminación de la distancia entre naturaleza y razón; porque la actividad espontánea tan sólo es posible si el hombre no reprime partes esenciales de su yo, si llega a ser transparente para sí mismo y si las distintas esferas de la vida han alcanzado una integración fundamental.

Los niños pequeños ofrecen un ejemplo de espontaneidad. Tienen la capacidad de sentir y pensar lo que realmente es suyo: tal espontaneidad se refleja en lo que dicen y lo que piensan, en las emociones que se expresan en sus rostros. Atraen profundamente a cualquiera que no esté tan muerto como para haber perdido la capacidad de percibirla.

Muchos de nosotros podemos percibir en nosotros mismos por lo menos algún momento de espontaneidad, momentos que, al propio tiempo, lo son de genuina felicidad.. Que se trate de la percepción fresca y espontánea de un paisaje o del nacimiento de alguna verdad como consecuencia de nuestro pensar, o bien de algún placer sensual no estereotipado, o del nacimiento del amor hacia alguien…. en todos estos momentos sabemos lo que es un acto espontáneo y logramos así una visión de lo que podría ser la vida si tales experiencias no fueran acontecimientos tan raros y tan poco cultivados.

El amor es el componente fundamental de tal espontaneidad: no ya el amor como disolución del yo en otra persona, no ya el amor como posesión, sino el amor como afirmación espontánea del otro, como unión del individuo con los otros sobre la base de la preservación del yo individual.

El otro componente es el trabajo como creación, en el que el hombre, en el acto de crear, se unifica con la naturaleza.

El yo es fuerte en la medida en que es activo. Lo nuestro es solamente aquello con lo que estamos genuinamente relacionados por medio de nuestra actividad creadora, ya sea el objeto de una relación una persona o una cosa inanimada.

La incapacidad para obrar con espontaneidad, para expresar lo que verdaderamente uno siente y piensa, y la necesidad consecuente de mostrar a los otros y a uno mismo un pseudoyó, constituyen la raíz de los sentimientos de inferioridad y debilidad. Seamos o no conscientes de ello, no hay nada que nos avergüence más que el no ser nosotros mismos y, recíprocamente, no existe ninguna cosa que nos proporcione más orgullo y felicidad que pensar, sentir y decir lo que es realmente nuestro.

Cuando el individuo logra vivir no ya de manera compulsiva y automática, sino espontáneamente, entonces sus dudas desaparecen. Es consciente de sí mismo como individuo activo y creador y se da cuenta de que sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir. “

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

El miedo a la libertad. I

El hombre moderno

“Piensa, siente y quiere lo que él cree que los demás suponen que debe pensar, sentir y querer. y en este proceso pierde su propio yo, que debería constituir el fundamento de toda seguridad genuina del individuo libre.

(…)

Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Sin embargo, el precio de todo ello es alto. La consecuencia de este abandono de la espontaneidad y de la individualidad es la frustración de la vida. El autómata, si bien está vivo biológicamente, no lo está ni mental ni emocionalmente. Su vida se le escurre entre las manos como la arena.

(…)

¿Cuál es el significado de la libertad para el hombre moderno?

Se ha liberado de los vínculos exteriores que le hubieran impedido obrar y pensar de acuerdo con lo que había considerado adecuado. Ahora sería libre de actuar según su propia voluntad, si supiera lo que quiere, piensa y siente. Pero no lo sabe. Y adopta un yo que no le pertenece. Cuanto más procede de este modo, tanto más se siente forzado a conformar su conducta a la expectativa ajena.

El hombre moderno está abrumado por un profundo sentimiento de impotencia que le hace mirar fijamente y como paralizado las catástrofes que se avecinan.”

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

El camino del corazón

Últimamente escribo poco y leo mucho. Sigo teniendo cosas que decir, pero no estos días. Esta mañana he leído un artículo del profesor -al que considero amigo- José Carlos García Fajardo, y me ha encantado. Sus palabras son un regalo. Así que, mientras vienen otros días, lo copio aquí, en mi cuaderno de reflexiones, para poder releerlo cuando sea necesario.

El camino del corazón

Es el camino del coraje, palabra que proviene de cor, corazón. Valentía y cobardía son las dos caras de una misma moneda: el cobarde se deja llevar por sus miedos y se refugia en la aparente seguridad de la razón; el valiente reconoce sus temores y se adentra en lo desconocido. Apuesta por vivir en la inseguridad, con amor, en la confianza; es renunciar al pasado y acoger el futuro. Son las personas que han optado por instalarse en la frontera. Más allá, no porque todavía no conocemos las leyes que gobiernan el caos.
La inocencia perdida no puede recuperarse, pero es posible crear una nueva inocencia. (In noccere: no hacer daño). Se evitan los peligros y se asumen los riesgos afrontándolos. Aunque la vida no tuviera sentido, tiene que tener sentido vivir.
El corazón siempre está dispuesto a arriesgarse, a asumir los desafíos, no a provocarlos; pues nadie puede ser probado más allá de sus fuerzas. Ni nadie sabe de qué es capaz hasta que llega el momento. La mente no es más que memoria. El camino del corazón es creatividad, es ingenio y sentimiento a la vez.
La esperanza no es de futuro sino de lo invisible porque el futuro no consiste en lo porvenir, si no en lo que nos arriesgamos a buscar. No es una realidad, es una hipótesis.
Cada instante debe ser una celebración, sin cálculos ni prejuicios. Es preciso asumir la vida como un juego, ya que nadie nos pidió permiso para nacer. Jugar significa hacer algo por sí mismo, descubrir la luz interna de las cosas. La vida es un don, un quehacer que apuesta por la justicia, por la bondad y por la verdad como experiencia, no como creencia. Es absurdo apegarse a las cosas, como si hubiéramos de llevarnos algo más de lo que trajimos. La única forma de poseer es compartir con alegría.
Hay que vivir apasionadamente, vivir con coherencia, en la frontera del caos. Sugiere Nietzsche que es preciso llevar un caos dentro de uno si queremos alumbrar una estrella. Las instituciones fomentan el ansia de seguridad, para poder someternos. Quisieran ahogar la rebeldía para que no descubramos sus racionalizaciones contra nuestras legítimas ansias de saber y de sentirnos responsables; no los bueyes en que quisieran convertirnos.
La belleza de la vida es su misterio, que siempre nos coge de sorpresa. Una persona se vuelve humana cuando se hace responsable de lo que es. El mayor coraje es ser dichoso, ser libres y vulnerables para que puedan atravesarnos los vientos.

José Carlos Gª Fajardo

La avidez

Dice mi madre que una de las primeras frases completas, con su sujeto y su verbo, que empecé a decir, fue “yo solita” (bueno, con verbo elíptico…). Supongo que esa avidez por ganar autonomía tiene en común con lo que soy ahora, y con lo que he sido siempre,  precisamente la avidez.

Hay niños que son felices de ser niños. Incluso los hay que se obstinan en no dejar de serlo. A mí ahora eso me inspira cierta ternura, pero por aquellos entonces yo no era capaz de entenderlo. A mí la infancia me agotaba, porque limitaba mi mundo a un entorno demasiado pequeño, que me impedía vivir cosas verdaderamente emocionantes, como todas esas que leía en los libros. Y yo tenía unas ganas de vivir todo eso que apenas podía contenerme. Yo quería salir sola a la calle, conocer gente, vivir aventuras, enamorarme, ver mundo, experimentar. Sin la cómoda protección que es la familia.  Yo solita. Pero me tenía que conformar con estar recluida en mi pequeño y seguro mundo formado por mi casa, la urbanización y el colegio. Y con pasar mis días con la gente que había allí, que estaba muy bien, pero que era siempre la misma. Así que la única opción que me quedaba era esperar que el tiempo pasara muy deprisa, porque la espera era interminable, y mientras tanto, inventarme un montón de cosas que me gustaría vivir, y trasladarlas a los juegos, a  fantasear y a  soñar despierta… y por supuesto, a leer.

Una vez, tras lamentarme de mi vida, pues  tenía ya doce años y no me había pasado nada en la vida, mi padre, preocupado, amenazó con censurarme las lecturas… No me extraña…

Y absolutamente de nada sirvió que mi madre me dijera, una y otra vez, que todo tiene su momento, que no corriera tanto, y que llegaría el día en que viviría todo eso. Yo me preguntaba cómo podía estar tan segura. Uno nunca sabe qué día será el último tenga uno  la edad que tenga. Y la avidez sigue ahí.

Donde esté el aire

He ido a trabajar mucho más alegre de lo normal, lo que es relativamente fácil. Son los nervios quienes me impedían saborear la libertad. No entiendo por qué es tan difícil una ruptura. Cambiar de camino.

 

 

Una pequeña bolsa en el maletero del coche era lo único que delataba mi paso. Mi gran paso. Aquello que tantas veces quise y no hice. Normalmente las ganas de dejarlo todo me llegan en un momento de nopuedomás, y me lleno de rabia, y me tiembla la voz, y las manos, pero me lo trago en ese intento de ser un ser social y autocontrolado. Y una vez dominada la furia llega la impotencia. Por no haber podido dar rienda suelta. Por tener que seguir. Un día más. Igual que ayer. Igual que mañana. Conteniendo y conteniendo. Aguantando y aguantando.

Ya no. Ya no más.

 

 

Esta vez es diferente, porque esta vez está hecho en frío. No me he despedido. Ni del trabajo ni de ella. He cogido una bolsa. La he llenado con no sé muy bien qué. Seguro que anda llena de prendas incombinables. Cuchilla de afeitar con pasta de dientes. Pero por una vez, con lo que yo he querido.

 

 

Cuando termine de trabajar voy a coger el coche, a poner mi música, a subir el volumen, y a ir tan deprisa como mi sentido común y las circunstancias del tráfico me permitan. Independientemente de lo que me diga el número absurdo que hay dentro del absurdo límite con forma de círculo rojo. Ni de lo que me diga ella.

 

Voy a coger una carretera. Y voy a huir. Sí. A huir antes de que me ahogue del todo. Antes de que se me olvide respirar, mientras el resto se queda mirándome con la tez roja, morada, azulada.  Sin desabrochar siquiera el nudo de esta corbata.

 

 

Y por fin estoy. Por fin lo he hecho.

He cogido la A-42. ¿Por qué? Y por qué no. Y he seguido conduciendo. Y he llegado hasta Toledo. Y la he dejado atrás. Como el recuerdo. Un cartel marrón. Parque Nacional de Cabañeros. Odio el marrón. No entiendo por qué un parque Nacional tiene que estar anunciado en un triste y aburrido cartel marrón. Igual de absurdo que el rojo circular de la señal anterior. Y cuanto más me alejo menos casas. Más prado. Y también montes. Los montes… tengo que concentrarme para no desconcentrarme en esa carretera de doble sentido, mientras mato mi conciencia a fuerza de subir el volumen, y dejo volar mis sentidos mirando todo aquello. Los montes. Ellos sí que son libres. Y no necesitan correr. Ni están solos. Uno al lado del otro. Que si no baja el aire ya suben ellos. Tan quietos. Tan serenos.

 

 

Anochece y me duermo,  así que paro en el siguiente pueblo. Las Navillas. Es la primera vez que viajo sin rumbo. Sin saber dónde voy a pasar la noche y sin tener reserva para dormir.  Pensé que eso era la libertad, pero lo cierto es que me siento un poco aturdido. Paro el coche, y bajo la ventanilla al ver a un aldeano acercarse. Dice que hay una casa rural, me  indica cómo llegar.

 

La observo antes de entrar. Es grande, hecha de ladrillo. Con contraventanas de madera. Creo que esto es decisivo. La casa de mi abuela tenía contraventanas de esas.  No tengo que esperar ni diez minutos, y ya estoy dejando mi bolsa llena de desatinos junto a la cama. Sin cepillo de dientes, pero con pasta.

 

La habitación es de color verde. Verde manzana. Con una ventana al fondo. Vigas de madera en el techo.  La cama grande. Demasiado.  

Me acerco a la ventana, la abro y miro a través.  En esa noche despejada distingo los montes. Llenos de aire. Tan quietos. Tan serenos. Y el cielo lleno de estrellas. Adornando las cimas. Enredándose en ese aire que antes tanto me faltaba.

Pero aún no puedo respirar. Y ya me había quitado hasta la corbata. Dirijo la mirada hacia el teléfono.

“Me ha pasado algo horrible. Intentaba respirar pero me ahogaba. He encontrado aire. Pero no he sabido inspirar. Por favor, ven.”

Le doy las señas. Y vuelvo a asomarme. Y respiro profundo. Ahora sí. Y me lleno de verde y de esperanza. Ya no miro más. Y el móvil, por la ventana.

Las bicicletas son para el verano

Dicen que montar en bici es algo que nunca se olvida.

Con esa esperanza compramos hace dos o tres veranos unas bicicletas para dejar en la playa y poder dar paseos todos juntos.
La última vez que yo había montado en bici debió ser hace más de 15 años.

Cuando montas en bici sin seguridad sólo vas pendiente de conservar a toda costa el equilibrio, y no dejas de ver amenazas en tu camino. Dios!, viene alguien de frente y no vamos a caber en el carril bici, no voy a ser capaz de bajar ese bordillo, en esa rampa me van a resbalar las ruedas y me pica la nariz pero si suelto la mano del manillar me la voy a pegar. Y no me puedo caer, madre mía, si me caigo y me rompo algo!!! ¿Cómo soluciono yo mi casa con un brazo roto? Yo ahora no me puedo quedar inútil!.

Según te llenas de miedos, y te preocupas de todo aquello que te rodea y que se ha convertido en un gran peligro, la bicicleta comienza a ser ingobernable, se vuelve inestable, te tambaleas, el miedo no te deja seguir, y al final… te caes. Y tienes más miedo. Esta vez es sólo un rasguño, pero ¿qué necesidad tengo yo de montar en bici a estas alturas? Con lo bien que se va andando o en coche. Pero vuelves a coger la bici. Y vuelves a montar.

Cuando pasado un tiempo sabes que puedes hacerlo, sabes que lo haces bien, y estás lleno de confianza en tí mismo, la bici no se tambalea, subes y bajas bordillos, pendientes, terraplenes. Esquivas niños, tertulias marujiles, bicis de frente, triciclos y patinadores, porque nada te va a hacer caer. Y no pierdes el equilibrio. No dudas. No te caes. Y si te caes te levantas sin miedo a seguir pedaleando, porque sabes que es ocasional, porque sabes que sabes. Porque eres tú quien maneja la bici. Y además la manejas bien. Y quedan las piernas algo doloridas por la velocidad y el esfuerzo. Y el aire en la cara. Y un regustillo de libertad en el paladar.

Y así,pedaleando, me da por pensar:  qué curioso! Vivir es como montar en bici…