Archivo de la etiqueta: Humor

La llamada

Al descolgar el teléfono una voz en francés me pidió que esperara, supongo. Siempre me ha encabronado que llamen para venderme algo y el comercial me haga esperar, pero una cosa es esperar y otra muy distinta esperar en francés.

Cuando la señorita comenzó a atenderme en mi idioma, y antes de que se rompiera el hechizo, le pedí por favor que siguiera en el suyo. Ella me complació encantada, y me preguntó que si la  estaba entendiendo, supongo.

Entonces entró en directamente en materia  -supongo-  con una profesionalidad admirable, y yo no cabía en mí de gozo. Por estar siendo capaz de dejarme llevar tan fácilmente,  por estar recibiendo semejante capricho de manera gratuita, y por el gozo.

Eso sí, cuando al final, tras mis síes en frenesí comenzaron sus preguntas, me cuidé muy mucho de cambiar el tono y contestar monocorde que no. Incluso cuando volviendo a mi prosaico idioma me preguntó prosaicamente si estaba seguro de que no quería contratar la oferta.

Pero es que yo soy un tipo de principios, y hay cosas por las que siempre me he negado a pagar.

 

—————————————————————————————————-

Para Despertando antes de que se vaya el dinosaurio.

http://antesdequesevaya.wordpress.com/

Relato: El don compensatorio

UN DON COMPENSATORIO

La Naturaleza es caprichosa y suele repartir sus dones de manera fortuita, aunque,  a veces, tiene un particular sentido de la justicia y trata de hacer compensaciones. Así fue como, supliendo su tacañería en el reparto de inteligencia, dotó a María Angustias de un extraordinario sentido del oído.

María Angustias ya en su tierna infancia era consciente de no ser como los demás. Cualquier tarea escolar le costaba el triple. A su ya escaso intelecto había que añadir el hecho de que, cuando se sentaba en su mesa de estudio, blanca, pulcra y ordenada, libre de cualquier posible distracción, dispuesta a concentrarse en sus deberes, entraba en acción su raro don auditivo.

Cuatro más siete once, y me llevo una….

Comenzaba con su cuenta, ayudándose de los dedos, mientras escuchaba a su madre canturrear La tarara en la cocina, la conversación de ventana a ventana entre unas vecinas, el camión de la basura, el afilador, la sirena de una ambulancia…

cuatro más siete once y me llevo una… cinco más tres ocho más una que me llevaba….

… su padre pasando de hoja del periódico en el salón, el lento dilatar de las tablillas que conforman, ajustándose y reajustándose ruidosamente, el parquet, los empalagosos susurros al oído tras una sesión amatoria de Mari Pili, la del quinto -por no hablar de los sonidos propiamente amatorios, que por discreción omitiré….

cinco más tres ocho más… ¿cuántas me llevaba? Otra vez: cuatro más siete once, me llevo una….

las gotas de sudor resbalando por las sienes de la madre, que sigue hacendosa en la cocina, cantando La Tarara, y desafinando siempre en “la bailo yo” porque no llega al tono, el tintineo de las patas de la mosca al trepar por el cristal de la ventana en su empeño por encontrar una salida que no encuentra, cayéndose una y otra vez para volver a trepar en su intento, el esponjoso proceso de condensación del aire, la división celular…

Cinco más tres ocho, más una que me llevaba nueve.

Unas cuantas horas le llevaba hacer a María Angustias una insidiosa suma, aún con la ayuda de sus dedos. Pero lejos de desesperar y abandonar la dolorosa obligación escolar a la que era sometida a diario, entregándose a su maravillosa dimensión auditiva, María Angustias era como esa mosca que trepaba torpe por la ventana en busca de una salida, y que caía siempre, y siempre volvía a trepar, inasequible al desaliento.

María Angustias no podía evitar enfadarse por lo que entendía una injusticia. Dedicando muchas más horas y esfuerzo que el resto, era la más lenta en hacer sus tareas, en dar su opinión, en resolver crucigramas, en entender los chistes… vamos, en todo aquello que era realmente valorado por sus seres queridos, y por toda la sociedad en general. Y tanto se enfadaba por esa injusticia que era incapaz de percibir que, en cambio, era poseedora de un don, con el que podría llegar a hacer cosas de las que nadie más sería capaz, aunque ahora mismo no se me ocurra ningún ejemplo.

Su madre la miraba con pena, una niña siempre enfadada, siempre de mal humor, siempre reprochándole que no llegara al tono. Y se preguntaba si quizá el nombre con el que había sido bautizada, debido a la inquebrantable voluntad de su marido, se sentía el deber de mantener viva una ancestral tradición, no sería el responsable de tan amarga actitud vital. Y trasladaría esa culpa a su marido con reproches que durarían hasta que la muerte les separara, como mandan los cánones, faltaría más.

Sin embargo, era unánime la admiración que suscitaba la tenacidad de María Angustias entre sus progenitores y el profesorado, esa capacidad suya para sufrir durante tantas horas encerrada en su cuarto, tantas como fueran necesarias para conseguir terminar aquello que se hubiera propuesto, sin distracción alguna más allá de la imposibilidad del silencio. Esa renuncia al juego, a las amigas, a toda diversión infantil a cambio de un aceptable resultado académico…y de obtener esa admiración, que María Angustias había conseguido supliendo su falta de tan popular talento, con una actitud empeñosa y tintineante. Esa admiración, unida a su amor propio, alimentaron en Nuestra protagonista su propia idea de éxito. Lo importante era llegar donde llegaran los demás. Y no sólo eso, sino destacar, ocupar un lugar de cierto mérito en los campos socialmente valorados. Daban igual las desventajas, daban igual los sacrificios, daban igual los días, las horas, la misma vida. Pues todo eso, unido al éxito, reforzaban su crédito. Y tras terminar con el suplicio del colegio, tenía las ideas claras acerca del siguiente suplicio a trepar: la universidad.

El día en que María Angustias pudo haber cambiado su vida amaneció como cualquier otro, para que no se creara expectativas, quizás. Tenía dieciséis años, y tenía también una cita con la psicóloga del colegio que, tras revisar su expediente, hablar con sus profesores, y realizarle una serie de tests, la orientaría acerca de sus posibilidades profesionales. María Angustias se había levantado enfadada y de mal humor, pues ése era un día como cualquier otro. Ya debía imaginarse que, a pesar de su expediente, cuando aquella mujer examinara los resultados de los tests, trataría de quitarle de la cabeza toda posibilidad de estudio universitario. La entrevista se le antojaba hostil, y acudió tensa.

  • María Angustias, ¿verdad?
  • Sí.
  • Bueno, he revisado tu expediente. Tienes una media de 6,8 que no está mal, y tus profesores han contado de ti maravillas: dócil, trabajadora, empeñosa, cumplidora… también he analizado el test de inteligencia y… El caso es que, antes de comenzar con la entrevista, me gustaría que rellenaras unos cuestionarios de personalidad que me van a ayudar a ayudarte con las decisiones que tendrás que tomar acerca de tu futuro, conociendo un poco más de ti, de tu personalidad, y de tus aptitudes, ¿de acuerdo?

Y así comenzó María Angustias con la última batería de tests interminables, con preguntas difíciles de responder con un verdadero o un falso, que se suponía iban a revelar su personalidad a esa mujer, que iban a marcar el rumbo de la entrevista, que podían mejorar los resultados de los de inteligencia, y mientras una flor que se abre con estrépito al otro lado de la ventana, el polvo de tiza cayendo al suelo de terrazo haciéndose mil pedazos, y sobretodo, el espeluznante chirrido de las patas de un insecto arañando el encerado. “Normalmente me ofendo cuando no le caigo bien a otros. Verdadero o falso”, “No cambiaré mi forma de pensar en asuntos importantes aunque los demás piensen lo contrario. Verdadero o falso”. El insecto es obstinado y no sale del encerado, no rechina violentamente sus patas para caminar y salir de allí, pues de otro modo ya habría salido. ¿O estará quizás caminando en círculos? No camina, no, sólo chirría, como si tuviera uñas, unas uñas arañando la pizarra, una y otra vez, como si se hubiera propuesto ponerle las cosas difíciles a esa chica, ante la indiferencia de la psicóloga. “Me tomo las cosas como algo personal. Verdadero o falso”.

  • María Angustias, ¿te encuentras bien? Te encuentro pálida…
  • No muy bien… es por el bicho, ¿a usted no le molesta?
  • ¿Qué bicho?
  • Pues el que está en algún lugar de la pizarra arañándola con sus uñas, y no me puedo concentrar. ¿Le importa si me levanto y lo saco de ahí?

La profesora se acercó al encerado. Tras mucho buscar, encontró un pequeño pulgón en una esquina.

  • ¿Cómo lo has podido escuchar?
  • Pues como todo lo demás, vaya pregunta, con el oído. ¿Usted no lo oye?
  • No… es imposible para el humano.
  • ¿Se refiere usted a que nadie excepto yo, escucha las cosas pequeñas?
  • No…
  • ¿Ni la división celular tampoco?
  • Por todos los santos, no…

Ambas se quedaron en silencio, una más que otra, durante largo rato. Después la psicóloga reaccionó y le dijo:

  • María Angustias, sólo me falta por ver tu test de personalidad, pero he analizado todo lo demás, y lo cierto es que ya tenía una opinión formada acerca de qué orientación darte. Había visto el sobreesfuerzo que habías debido hacer, a la luz del cociente intelectual que revela el estudio, para haber conseguido semejante expediente académico. Por lo que te doy mi más sincera enhorabuena. Sin embargo pensaba haberte disuadido de continuar con estudios universitarios y ambiciones alejadas de tus capacidades, pues el sacrificio que te iba a suponer el contentar a tu familia y amigos sería un precio a mi juicio demasiado alto. Y por eso pensaba haberte recomendado un oficio. ¡Pero eres un ser extraordinario!, ¡Esto lo cambia todo!
  • ¿Me recomienda entonces ir a la universidad?
  • ¡Nunca! Pero estoy segura de que pensando un poco, entre las dos podríamos llegar a encontrar una utilidad a ese peculiar don tuyo, que fuera útil para toda la sociedad, y que te permita vivir sin hacer tantos sacrificios.
  • ¿Como cuál?
  • Pues… ahora mismo no se me ocurre ninguna.

María Angustias se quedó pensativa, al son de sus latidos. Había sido compensada, había sido compensada todo este tiempo, había sido extraordinaria todo ese tiempo y sólo ahora se daba cuenta. Una persona inteligente y objetiva se lo había descubierto. Inteligente y universitaria. Pensó en todo ese esfuerzo, en todas esas reclusiones luchando contra su incapacidad y todos esos ruidos que sólo escuchaba ella, pensó en su infancia perdida, y en cuán orgullosos se habían sentido todos sus seres queridos por ello. Y ahora ¿qué? ¿ahora se iba a convertir en un bicho raro objeto de estudio? ¿cómo iba a lograr el orgullo de los suyos por un talento del que ella no era responsable ni merecedora? ¿había llevado toda una vida equivocada? ¿tan horrible era querer tener una carrera, y un buen puesto de trabajo, y gente a su cargo? ¿tan imposible? ¿tan incompatible con el don, con ella misma? ¿el don que la hacía maravillosa era acaso el que debía hacerle renunciar al que había sido el sueño de su vida? ¿ser normal?

María Angustias salió de allí prometiendo a la psicóloga meditar su decisión. Pero ya la había tomado. Se había preparado durante mucho tiempo para no dejarse convencer por artimañas psicoanalíticas. Ella era fuerte. Y salió de allí trepando torpemente, tintineando, dispuesta a volver a trepar una y otra vez tras caer. Las que hicieran falta hasta encontrar la salida.

Disecciones materno-filiales

En esta ocasión realizaremos un experimento, o un ensayo –que dicen en literatura- acerca de las relaciones materno-filiales. Pero dada la complejidad del tema a abordar, comenzaremos a enfocar tomando una escena en concreto, una cualquiera. Ésta, por ejemplo, en la que vemos a una madre junto a su hijo sentados frente a una mesa. Para realizar el experimento o ensayo tendremos a mano una lupa, que nos permitirá realizar aumentos en la escena a fin de captar detalles que a simple vista podrían pasar inadvertidos, y aportar datos útiles acerca de la escena a fin de poder extraer concusiones. Asimismo, realizaremos disecciones en el pensamiento de los protagonistas, para poder aproximarnos con la profundidad que requiere todo estudio de aspiraciones mínimamente científicas.

Bien, realizadas dichas precisiones, volvamos a nuestra escena. Recordemos: una madre y un hijo sentados frente a una mesa. Sobre la mesa, un cuaderno escolar de cuadrícula, y unos folios con algo impreso en ellos. La madre, de mediana edad,  se sujeta la cabeza con ambas manos, como si le pesara, y reposa los codos sobre la mesa. El hijo, de unos ocho o nueve años, se encuentra derrengado en la silla, con la cabeza gacha, como si quisiera tocarse el pecho con la barbilla pero no terminara de hacerlo por resultar forzado.

La madre suspira. “Venga,  ya has terminado un problema, sólo te quedan tres, pero a este ritmo vamos a estar aquí toda la tarde”.

El niño replica algo emitiendo gruñidos, por lo que no terminamos de entenderlo, de modo que aunque podríamos imaginarlo, evitaremos aquí toda suposición. El niño tapa el bolígrafo, vuelve a destaparlo, tira la goma al suelo, la recoge. Al recogerla se mira las manos y gracias a la lupa de aumento podemos ver que cae en la cuenta de que tiene algo sucio en un uña por lo que comienza a limpiarse con deleite y detenimiento. Pero no retoma la tarea. Nos preguntamos el por qué. Quizá tiene facilidad para la distracción, pero para evitar suposiciones en este punto hacemos uso del bisturí y nos adentramos en el pensamiento del menor.

Nos llenamos de sorpresa al constatar que el niño está retrasando su tarea escolar no porque se distrae sino precisamente para no distraerse.

Tres problemas pendientes, de los cuales debe copiar el enunciado de las hojas impresas al cuaderno escolar. Se trata de una tarea rutinaria donde las haya, utilizando las manos en plena era de la tecnología. Se pregunta por qué su profesora no emplea las TIC en su metodología pedagógica, y si debería denunciarla al Ministerio de Educación por contravenir el espíritu de la LOE.

Asimismo se pregunta también por qué para resolver un problema con una simple suma, además de copiar el enunciado (manualmente y sin procesador de textos), debe explicitar los datos proporcionados por el mismo, escribiendo encima “datos”, escribir “operaciones” sobre las operaciones y escribir “solución” sobre la solución. Y por qué debe saltar cuatro cuadrículas, y no tres ni cinco, entre problema y problema. Piensa que su profesora debe estar empeñada en que realicen aprendizajes para la vida, donde tantas veces tendrán que realizar tareas absurdas simple y llanamente porque se lo exige un superior.

El niño tampoco entiende por qué tiene que hacer deberes en vacaciones si ha sacado buenas notas durante el curso, y si va a tener que trabajar durante el verano apruebe o suspenda, qué ventaja tiene el sacar esas buenas notas tan alabadas por todos.

El niño entonces encuentra otra vía para aferrarse a su fin, el de no distraerse de su no hacer la tarea, para distraer a su madre. Realizamos puntos de sutura, y tomamos  de nuevo distancia.

- Mamá, ¿cuántas asignaturas tengo que suspender para repetir curso?

- No lo sé. Por favor, ¿puedes empezar a copiar el enunciado del segundo problema?

- Pues me han dicho que si suspendo una misma asignatura las tres evaluaciones, repites.

- Bueno, creo que ahora mismo no corres ese riesgo, ¿te puedes poner a copiar de una vez?

- De todas formas en cuarto no se puede repetir.

- Si lo tienes tan claro, ¿para qué preguntas?

- Pero, si suspendes y no repites, ¿qué pasa?

- Lo preocupante no es suspender o aprobar, sino aprender o no.

La madre muerde el anzuelo a la perfección, y comienza a disertar acerca de las virtudes del conocimiento al margen de los resultados académicos, y de los procesos de construcción del mismo que no reproduciremos aquí en su totalidad para no producir en el lector el mismo sopor que produjo, como por otra parte resulta comprensible, en el niño.

Por favor, el bisturí. Esta vez realizaremos un corte en la línea de pensamiento materno.

La mujer, a posteriori, se ha dado cuenta de que, con su alocución, su hijo ha ganado diez minutos más antes de enfrentarse al suplicio de los problemas, y no entiende cómo puede preferir dedicar la tarde a discurrir maniobras de evasión antes que a resolver en el menor tiempo posible tres problemas para poder irse a jugar. Claro, razona, que como jugar es lo que hace el resto del día, quizá las maniobras evasivas presenten mayor distracción que la tele, la consola, la piscina o los amigos. El exceso de tiempo libre nos convierte en seres retorcidos, sentencia.

Pero la madre se ha propuesto no tirar la toalla, y presionar al niño hasta ver la tarea resuelta. Y se basa para tomar esa decisión en su experiencia reciente, cuando cedió ante un  “mamá, te prometo que mañana hago los deberes de hoy y mañana en cuanto me levante”, sabiendo de antemano que el viento iba disolviendo cada palabra según era pronunciada. Pero no era la estafa lo que le hacía desistir. Sino el pensar en lo que podría ser un día con ocho problemas en lugar de cuatro. En ese momento dejó de razonar y odió a la profesora del niño.  La odió con palabras gruesas.

Después del odio retomó su misión, y se propuso ser creativa, ofreciendo a su hijo un reto. Tomemos distancia de nuevo:

- Venga, hijo, para que veas que no es tan horrible voy a hacer los problemas también. Me llevas uno de ventaja. A ver quién termina primero. Y sí, yo también copio los enunciados, y escribo “datos”, “operaciones” y “solución”.

El niño es tentado, y la tentación le aparta de su objetivo, porque se pone a escribir. El reto dura poco. Justo el tiempo que tarda el niño en darse cuenta de que no lo va a ganar: en el intervalo en el que él ha copiado y resuelto el segundo problema, la madre ya ha terminado los cuatro.

- Mamá, no vale, es que tú escribes más deprisa.

-  Porque yo he copiado muchos enunciados en mi vida.

- Así que la finalidad era ésta… ¿y merece la pena?

El niño abandona el reto y retoma su propósito de triunfo por exasperación. Tira el boli al suelo.

La madre se intenta animar. Ya sólo quedan dos.

- Venga hijo, ponte con el tercero…

- Mamá, no puedo hacerlo.

-¿Por qué?

- Porque es demasiado aburrido.

- ¿Pero no te das cuenta de que llevas más de una hora para hacer dos problemas y que tardas mucho más en lamentarte que en hacerlo?

Claro que se da cuenta. Se da perfecta cuenta. Ambos se dan cuenta. La madre se levanta de la silla y se va, y mientras va diciendo:

“Tarda lo que te de la gana, pero yo no pienso perder mi tarde también. Y no te vas a mover de ahí hasta que termines.” Ha perdido la paciencia.

El niño protesta, gruñe, se balancea en la silla con una fuerza suficiente como para que al golpear el suelo lo haga con cierta violencia. Con la lupa observamos que con las manos está desmenuzando la goma, y que le asoma una lágrima. Abramos de nuevo, con cuidado, no vayamos a dejar marcas.

Parece que las maniobras evasivas no producen el mismo entretenimiento si el sujeto a evadir –y exasperar- se ha marchado. Sabe que puede seguir en su empeño, sabe que puede ir a mayores, que puede seguir con los golpes en la silla, puede incrementar el nivel de violencia que manifieste su disconformidad, puede permanecer con esa actitud lo que queda de día, y lo que le queda de vida. Pero comienza a plantearse si la victoria le compensa todo aquello. Al mismo tiempo, y por la actitud y el tono de voz de su madre se da cuenta de que ya no queda mucha cuerda de la que tirar, y que la situación amenaza castigo. Y claro, permanecer enfadado de por vida sin tele y sin consola, definitivamente resulta un precio muy caro. Quizá vaya siendo hora de claudicar. Pero hasta para eso hace falta esperar al momento oportuno.

Por favor, el bisturí para la madre. La madre está en su dormitorio. Piensa que es posible que el hijo se plante y no haga sus tareas. Ella está cansada y no quiere sacrificar toda la tarde, ni su salud mental por dos putos problemas de matemáticas, eso sí, el niño se va a enterar, y piensa en posibles castigos. Nada de tele, o nada de consola. Ni tele ni consola. ¿Cuánto tiempo? ¿Esa noche? ¿Durante una semana? ¿El resto de la vida?

Pero no es más que revancha. Es sólo revancha. Antes de darse por vencida vuelve a intentar encontrar una solución. El verdadero problema era copiar el enunciado y no el resolver el problema… ¿y dictándoselo?

- Hijo, ¿y si te dicto los enunciados?

- Vaaaale

La madre comienza a dictar. Tomamos la lupa de aumento. El niño escribe el enunciado antes de escuchar la voz de la madre.

Cinco minutos después la tarea está terminada y el conflicto resuelto.

El niño se aleja pensando que ha ganado las batallas pero ha perdido la guerra.

La madre piensa que ha ganado una batalla, pero que la guerra es otra cosa. También piensa que no existen las victorias absolutas. Ni las derrotas tampoco. Y piensa que el pensar en términos como batallas o guerras, cuando se trata de los conflictos con su hijo, ya es una señal de derrota. Aunque no absoluta.

Nosotros constatamos los enormes esfuerzos de diplomacia que exige el llevar a buen término un conflicto, incluso si el conflicto tiene carácter materno-filial.

Que el paciente lector extraiga, a su vez, sus propias conclusiones.

Relato: Adorable amanda

Todo ocurrió a raíz de esa tarde. Mi nombre es Víctor. Yo soy un tipo normal, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni feo ni guapo. Quizá por eso, porque las parejas tienden a encontrar un equilibrio, o al menos esa es la tesis que sostiene una gran amiga, jamás pensé que podría tener a mi lado a una mujer como Amanda. Porque… qué bien le pusieron el nombre. Quién imaginaría una Amanda fea y antipática. Amanda… del latín amandus, adorable, que debe ser amada. Dios, y ¡vaya si lo era! Pero, ojalá pudiera seguir hablando en presente. De hecho lo haría si no hubiera sido por lo de aquella fatídica tarde.

Después de seis meses de levitación junto a ella, y de otras tantas cosas mucho menos espirituales, decidimos hacer un viaje juntos. Qué digo viaje, una escapada, que dónde va a parar, es mucho más romántico. Cochino dinero. Sí, y cochinas compañías low cost, que ofrecen precios increíbles siempre que uno vuele un viernes por la mañana y regrese un domingo por la mañana también. Bueno, era eso o nada. Y un hotel poco céntrico que probablemente no dispondría de habitaciones matrimoniales. Pero lo de apretarse en una de noventa no iba a ser problema. Sólo faltaba conseguir ese viernes de vacaciones.

Y llegó esa tarde, la de tomar la decisión en función de lo hablado en los respectivos trabajos:

-Mi amor, yo no he tenido problemas. He podido cogerme el día.

-Víctor, cariño, yo no me he arriesgado, si me dijeran que no, no tendría más remedio que odiarles por privarme de esos días perdida contigo en Roma, y odiarles supondría ir a trabajar con el entrecejo fruncido, y un rictus en la boca, y soportar ocho horas diarias de crispación, y tener que buscar otro empleo donde no tener motivos para odiar a nadie, y ahora con la crisis es complicado, y, mi amor, es tan sencillo sin necesidad de tomar riesgos…

-Pero Amanda, querida, quién podría negarte nada, ¡a ti! 

- Calla, está todo resuelto. Me voy a poner enferma. Llamaré el viernes, antes de ir al aeropuerto, y diré que tengo fiebre. Y ya está.

-¿Así de fácil? ¿Y de verdad que no va a suponer un problema? No, ya lo tengo todo pensado. Mi jefe está con gripe. Y Caridad. El jueves comenzaré a estar congestionada. Me pondré a medio día ese blush tan rosa, que me deja la cara como la cerdita Peggie, y me dirán “Amanda, estás colorada, ¿tienes calor?” Y yo diré, no, pero me encuentro mal, siento escalofríos. Y pediré un analgésico. Por último, activaré el desvío de llamadas, por si en un momento dado me llamaran a casa, que automáticamente se filtren a mi móvil. ¿Qué te parece? He estado dándole mil vueltas, y salvo que el avión se estrellara el viernes, cosa que por otro lado, haría que todo este embrollo dejara de tener ninguna importancia, no hay forma de que se sepa mi mentira.

-Bueno, mi amor, si lo tienes tan claro y es tan sencillo…

Todo acabó ahí. Compramos los billetes, y tras una acaramelada despedida con palabras de amor en italiano, nos fuimos cada uno a su casa. Entonces me quedé pensativo. No podía dejar de darle vueltas a la explicación que me había dado mi querida Amanda. ¡Lo tenía todo perfectamente pensado! No habría necesitado mentir, ¡por todos los santos! ¡si es funcionaria!. ¿Por qué lo habría hecho? ¿Por puro placer?  ¡Hasta se iba a maquillar ex profeso para el teatro! Amanda no sólo era adorable, sino también fría y calculadora… Me imaginé nuestra vida juntos, y la posibilidad de que un día, tras habernos dicho te quiero mil veces antes de ir a trabajar, y en un montón de SMS, al volver a casa tras una ardua jornada, pudiera encontrarme  la cerradura cambiada. O quizá podría ser peor. Quizá no me quisiera, y estuviera conmigo por puro interés, y esperara a estar en Roma para darme el toque de gracia. No sé, robarme la cartera, romperme mis gafas con montura al aire, o incriminarme en algún asesinato.

Por eso a lo mejor no todo el mundo le daba lo que ella quería. ¡Claro! Por desconfianza. Algo maligno y perverso debía esconderse en esa cara tan maravillosa y dulce, en esas manos perfectas, en ese pecho turgente y en sus piernas firmes. Era imposible, y más para mí, que soy normalito tirando a del montón, pero claro como el agua clara, pues eso se me ve a leguas.  Era esa la explicación, sólo quería aprovecharse. Además, y ahora que lo pensaba, seguro que sus dorados cabellos no los parió así su madre, elemental, ahora todo encaja. ¡Es teñida la muy puta! En pocos años le saldrá una verruga en la nariz, por la noche vuela sobre una escoba, y tiene un minino negro escondido en algún lugar. Completamente aterrorizado me resolví a terminar con aquella pesadilla que mi mala suerte me había deparado, y la llamé. Amanda, eres una bruja calculadora y fría que vas a buscar mi ruina, y ¡quién sabe si algo peor! ¿Sabes lo que te digo? ¡Hemos terminado! Y así, de esa manera, por el camino de la prudencia y la virtud, me alejé, muy a mi pesar, de la maravillosa Amanda. Y caminé de nuevo hacia esa normalidad de la que nunca debí haber salido.

Noviembre 2008

—————————————————————— —————————————–

En este relato no he podido evitar tomar prestada una frase de un buen amigo. Ahí quede como homenaje.

Relato: El absurdo

Hacía tiempo que no sucedía, pero esta mañana, trabajando tan contenta como estaba, me han sorprendido de nuevo las lágrimas. Tanto me han sorprendido que no me he dado cuenta de que estaban hasta que una de ellas me ha mojado, al caer, la mano. Rápidamente me he secado con el típico gesto de estar en realidad liberándome de una legaña, o, mejor,  de una pestaña en el ojo, que queda mucho menos ordinario.

He levantado la vista y me he dado cuenta de que, por suerte, Ramiro no me estaba mirando. Ramiro es una de esas personas que siempre tiene algún comentario estándar, en forma de opinión, para cada uno de sus compañeros, y que siempre ofrece en voz alta a pesar de que nadie se lo haya solicitado. Yo creo en mi fuero interno que es una de esas personas con aversión al silencio, y que cree que existe la necesidad de tener que decir siempre algo. Y digo yo, que entonces, por qué no recurrirá a hablar de lo malos que son los lunes, o de que al fin es viernes, o de lo fuerte que está el aire acondicionado… de todas formas lo que dice no es tampoco original a causa de la repetición diaria. Para Alfonso le tiene reservado el “vaya corbata llevas hoy”, para Lucía “qué ojeras tienes”, y para mí el “parece que te vas a quedar dormida”. Siempre, invariablemente, al toparse uno con Ramiro, obtiene ese comentario dedicado. Pero tanto Alfonso, como Lucía, como yo, siempre le contestamos con un ¿Tú crees?, en lugar de con un ¿te he pedido tu opinión?  Porque Alfonso, Lucía y yo sabemos que el pobre Ramiro, es un hombre de pocas luces, y  que con sus cuarenta años es tontorrón e inocente como un crío de doce, y porque no hay nada que haga de mala fé, aunque esto sea así porque no tenga las luces suficientes como para ser poder ser malo.

Pero, a lo que iba, Ramiro no me había visto, de modo que podía respirar tranquila y conservar la apreciación diaria que me hacía desde que me conocía, hace ya diez o quince años. Porque me pregunto si de haberme visto con el rostro bañado en lágrimas, cómo habría podido modificarlo. ¿Hoy te veo triste? Y escuchar eso un día tras otro seguramente no sería bueno para seguir trabajando tan contenta a pesar no estarlo. Y bastante me costaba huir de ese dolor mío como para que un hombre como Ramiro, cuyo intelecto no le llegaba ni para ser cruel, diera al traste lleno de ingenuidad y torpeza, con tantos años de terapia, sin poder siquiera tener el derecho a odiarle por ello.

Habitualmente no suelo salir a desayunar fuera de la oficina, pero como esta mañana tenía que hacer una gestión en el banco, decidí aprovechar el paseo, entrar en una cafetería y pedir café y bollo, la oferta desayuno, pero sin el zumo. Me detuve a pensar en ello. Llevaba varias semanas comiendo muchos dulces, pero esta mañana, al pesarme, había adelgazado otro kilo más. Debería haberme dado cuenta antes, deberían haber sonado las alarmas. Miré mi reflejo en el cristal de la barra. No, no estaba como para que alguien al verme me ofreciera un bocadillo, pero sí eran evidentes los kilos de menos cuando lo normal, lo normal habría sido que, con mi dieta, lo evidente fueran los kilos de más. Eso sería lo justo. Además, es de hecho una estrategia femenina tan frecuente… estoy triste, me atiborro a chocolate, engordo, y así, además, he ganado otro motivo más – junto con el de mi rutina laboral, mis problemas de pareja, el niño que no me come, el sueño que no he cumplido o la soledad que me devora- para sentir lástima de mi misma.

Pero yo no. Yo como bollos y adelgazo. Me pregunto entonces para qué como bollos si no es para mí una forma socialmente aceptada y comprensiva de conducta autodestructiva que facilite  la autoconmiseración. O si es que acaso yo no puedo ser como los demás y no puedo tener motivos para ser desgraciada. Al menos alguno que se pueda contar. Porque si le digo a Lucía que hoy estoy deprimida porque a pesar de comer chocolate he adelgazado y  se me han saltado las lágrimas, me voy a quedar sin amiga. Supongo que para contar esas emociones que nadie puede entender, ni siquiera uno mismo, están los profesionales. Me había jurado no volver, pero igual juré en vano.

Salí de la cafetería y me fui al banco. Hacía años que no entraba en una oficina. Esto era un favor personal, o eso me había dicho mi jefe. Supongo que el hecho de que tu jefe te pida un favor personal es una forma elegante de darte un trabajo de mierda.

Había a la entrada de la sucursal puertas de esas en las que hay que pulsar para entrar, y se abre para darte paso a un cubículo en el que tienes que pasar la prueba del detector de metales. Como la suspendí, tuve que volver a salir, abrir el bolso para ver qué objetos metálicos llevaba, y depositarlos en una taquilla. Se dio la circunstancia de que el único objeto metálico que llevaba encima eran unas llaves, de forma que tuve que dejar allí las mías para entrar al banco con las de la taquilla.

Empecé a pensar que aquel día, con todos sus absurdos, era una especie de metáfora del absurdo que había sido mi vida desde el día en que nací. Y pensé que ese día, el de mi nacimiento, me había marcado para siempre. También pensé que este pensamiento era absurdo –cómo no- dicho en voz alta y para cualquiera. Pero en mí cobraba un matiz especialmente doloroso. Y eso que dicen que el tiempo lo cura todo, pero mira si han pasado años y todavía me sigue doliendo.

Salí de allí y, al doblar la esquina, pasé por delante de un enano que estaba vendiendo cupones. No pude evitar recordar el comentario que decía el autor de la última novela que había leído, en boca de un psicólogo, de que la gran mayoría de las mujeres han soñado alguna vez en su vida con tener una aventura con un enano. Volví a mirar de reojo. Yo no recordaba haber tenido en mi vida una fantasía sexual con un enano. Y me reafirmé al mirarlo. Debo ser un bicho raro o bien llevar equivocada toda mi vida. Quizás mi falta de deseo hacia los enanos esconda algún tipo de trastorno, quizás el haber vivido sin un referente paterno ha generado en mí esta anomalía. Quizás el resto de las mujeres, las normales, sueñan con enanos aunque en voz alta hablen de negros, o deportistas de élite, o ambas cosas a la vez, y que lo escondan así para que las raras como yo no nos sintamos raras. Claro, que eso desvelaría un comportamiento colectivo de solidaridad y bondad femenina en el que no creo. Y me pregunto quizás si mi padre, que tuvo a bien morirse el mismo día en que yo nací, hubiera vivido, yo engordaría comiendo bollos, tendría motivos normales para autocompadecerme, y dejaría de llorar repentinamente de pura pena en días en que estoy tan contenta. Y quizás si fuera un poco más normal, joder, si mi padre hubiera vivido al menos lo suficiente como para que se pudieran haber divorciado, que no pido tanto, no pido el haber podido convivir con él hasta ser mayor de edad, sólo unos años y un divorcio, por ejemplo, yo también sería más normal. Y no tendría que acudir a las fotos para imaginarlo, ni a pensamientos absurdos como ese del divorcio, o culpables incluso, como ese que me asalta de vez en cuando, en el que preferiría que hubiera sido mi madre, para que dentro del dolor y del sentimiento de culpa, la situación hubiera sido algo más normal. Porque hoy en día es raro perder a tu madre en el parto, pero joder, perder a tu padre, que tuvo el poco temple de  perder los nervios cuando le llamaron del hospital y estrellarse… Es absurdo, ya lo creo.

O quizás, la culpa de que yo sufra no sea de mi padre, y me esté dejando influir por las opiniones de los psicoanalistas a los que he estado manteniendo toda mi vida, y que yo me sienta rara, por tanto diferente, por tanto sola,  que mi vida sentimental sea una cadena de fracasos, y que me inunden las lágrimas inesperadamente,  sea algo intrínseco a mi naturaleza, o a fracasos que no he asumido, o a algún tipo de minusvalía emocional no detectada.

De modo que cuando entré de nuevo en la oficina, decidí dar un giro a mi vida, y cuando Lucía me preguntó a qué se debía esa cara de felicidad, decidí ser valiente y contestarle que era porque  había decidido ser feliz y asumir, de una vez por todas, que a mí los enanos, no me ponen.

Relato: De primero será pisto

El restaurante tenía decoración moderna y mesas muy juntitas. Así los clientes, sin girar la cabeza, pueden ver la pinta de los platos que ya han pedido sus vecinos, cosas de la visión periférica. Y también compartir conversaciones.


A mi derecha se sienta una mujer sola. Espera un rato, entre cinco y siete minutos. Y se sienta pasado este tiempo un hombre enfrente. Ella comienza un soliloquio. Que yo no quería oír, pero lo oigo.


. ¿Para qué me dices una hora? ¿Eh? ¡¡¡Si después vas a llegar cuando te sale de los CO-JO-NES!!! Que tú tienes tus horarios y yo los míos. Te recuerdo que yo estoy en mi periodo de prueba. ¿Qué quieres? ¿Eh? ¿Qué no lo pase? ¿Eh? ¿Qué me vaya a la puta calle? ¿Tal y como están las cosas? ¿Tú es que no te has enterado o qué? ¿Eh? Que se está cayendo todo. ¡¡¡TODO!!!. ¡Todo se va a la mierda! De verdad que estoy intentando que no me jodas la comida pero no puedo. Es que no voy a ser capaz de comer. Definitivamente no voy a poder.


Sigue durante un rato más, y mientras va gritando, empuña un hacha y le va cortando en pequeños pedacitos iguales, que junto con la sangre que cae en la mesa a mí me recuerda al plato de pisto que ha pedido el señor de mi izquierda.


Cuando termina, el señor adquiere de nuevo su forma original, como el Coyote cuando, después de haberse metido accidentalmente el explosivo dirigido al Correcaminos por el culo, vuelve segundos más tarde a perseguirlo alegremente.

Y con voz templada y sin despeinarse, le pregunta a la mujer:

“¿Te pasa algo?”.


El camarero les toma nota. Ella pide pisto.

Debí suponerlo.


Cuando se lo sirvieron me pregunté si sería una mujer de palabra. A priori había varios puntos en contra: ya por su aspecto físico, no parecía tener facilidad para que se le cerrara el estómago, ni siquiera ante un retraso de entre cinco y siete minutos. Y podría llegar a pensar que el ayunar para hacer sentir culpable a su pareja por aquellos entre cinco y siete minutos sería demasiado, después de haberlo descuartizado públicamente. Aunque todo el mundo sabe que si no se cumplen las amenazas no tienen ningún efecto pedagógico. Y, mientras la veo ahora comerse el pisto a dos carrillos con mi -en ese momento desafortunada- visión periférica, y sin clarificar si la culpable fue su naturaleza o su magnanimidad, sé que no es, no, una mujer de palabra.


Miro a mi acompañante. Arquea las cejas. Yo sonrío de lado. Y no hace falta decir nada. Y en ese restaurante de decoración moderna y mesas juntitas, nadie sabe, nadie más que nosotros, que el Correcaminos nos cae gordo, y un poquito hijo de puta.

El reto

A mí siempre me han gustado los retos. Y me pongo muchos en mi día a día. Por lo general suelen ser bastante estándares, porque aunque una tiene sus cosas, si jugáramos a hacer estadísticas, creo que me podría encuadrar en el inmenso margen de aquello que se llama normalidad, que es lo que asociamos siempre a la media.

Pero tengo un reto que me ha tenido frustrada durante meses, ese reto que parecía pequeñito y tontorrón, y que probablemente no quedara registrado como estándar. Fíate tú de un reto, te lo marcas y nunca sabes por dónde te va a salir.

Yo me había propuesto hacer sonreír a la panadera. Porque no hay derecho a que una le sea fiel, compre el pan siempre en el mismo sitio, sea atendida siempre por la misma persona, pida siempre el mismo tipo de pan para no complicarle la vida, y la mujer haga su trabajo como una autómata. Sin mirar, sin mirarme, y sin expresar el más mínimo asomo de expresión que la convierta en humana. Eso es algo que le pasa a mucha gente cuando trabaja, el dejar de parecer humana. Y no es que yo pretenda que me cuente su vida o sea mi mejor amiga, pero sí me gustaría que mi panadera dejara de parecer un androide, y dejara entrever por algún resquicio, que es de carne y hueso, y siente, y padece.

Lo fácil sería pasar, o incluso, para los más sensibles, cambiar de panadería. Pero yo sólo veía un reto, con mi vocecilla interior espetándole.: “¿Así que con que esas tenemos? Pues no sabes con quién has dado, que te voy a robar una sonrisa, me cueste lo que me cueste”.

Desde ese día, cuando llego al mostrador, así esté contenta, triste, cansada, exhausta, con ánimos o sin ellos, dibujo la mejor de mis sonrisas, y la amabilidad se personifica en mí. Pero nada. Derrota estrepitosa un día tras otro. Como si ni me viera ni me oyera. No baja la guardia la tía, ni su escudo antisonrisas.

Y tras tanto intento infructuoso, un día bajé la guardia. Volvía con Pablo, al que había ido a recoger de un cumple. Y cuando llegué al mostrador se me olvidó el reto, y pedí el pan casi sin mirarla, tan centrada estaba en la conversación que mantenía con el niño:

- Pablo, ¡es que no puedes ir preguntando a la gente cuánto gana!

- ¿Pero por qué?

- Porque es indiscreto

- Pues no lo entiendo

- Su pan

- Gracias

Entonces la miré. Y sonreía. Y por dentro le dije “¿Ves cómo eras humana?”.

Sólo era cuestión de tiempo. Y de que un niño me echara un cable. O me pusiera en un aprieto. Será cabrona….

Vaya etapas

El otro día, un amigo me comentaba que la adolescencia se había adelantado. Cuando antes un niño de doce años sólo pensaba en jugar al fútbol y en cambiar cromos, ahora tiene móvil, chatea con sus amigos, se engalana antes de salir, tontea…

Y es curioso, porque si la adolescencia se ha adelantado, lo que antes se llamaba madurez se ha retrasado. Cada vez se estudia durante más años: una carrera, después un post grado, después un máster… cualquier excusa es buena para retrasar en lo posible la incorporación la mundo laboral (y no me extraña). Los sueldos, a pesar de tanta sabiduría, no son muy grandes, y la vivienda es muy cara. Cuántas excusas unidas para no abandonar el nido antes de los treinta. Eso por lo menos. Y ya lo de los hijos es capítulo a parte.

Así que entre la pre-adolescencia temprana, la adolescencia en sí misma, y la post adolescencia, nos hemos pulido media vida para deleite de psicólogos. (Ya se sabe, todo aquello que lleve consigo la palabra adolescencia, ya sea delante, detrás, o sola, suele ser motivo de consulta.). Por no hablar de la crisis de los cuarenta, que con estos cambios tan bruscos debe ser brutal. “Pero doctor, si hace tres días yo era un estudiante alocado…”

El caso es que a mí ya se me ha pasado el chollo. Yo fui una de las que tuvieron poca visión de futuro y no explotaron todo que habrían podido esa post adolescencia. Pero el tiempo pasa y me doy cuenta de que a Pablo le va quedando cada vez menos de su más tierna infancia. Hay señales inequívocas.Como el comenzar a cuestionarse mis normas. “Mamá, ¿te acuerdas de la norma de que la consola es sólo para los fines de semana? Pues no la entiendo.”

O como ciertas conversaciones de una alta carga emocional:

- Mamá, es que no me escuchas y no me entiendes!!!!

(Ahí, dando donde más duele. Una se repone del golpe con la mayor dignidad posible, para que el niño no vea ni la herida ni la sangre, que siempre impresiona.)

- ¿De verdad tienes la impresión de que no te escucho? Pues es curioso, porque a mí contigo me pasa exactamente lo mismo. Vamos a tener que hacer un esfuerzo por escucharnos más el uno al otro….

Pero sin duda, lo que ha sido definitivo, lo que ha marcado un antes y un después, lo que me hizo darme cuenta de que su infancia había dejado de ser tierna, fue su siguiente afirmación:

- Mamá, no me vuelvas a poner NUNCA MÁS los calzoncillos de Winnie The Pooh.

Y la verdad, tiene razón, son una mariconada.

El seguro y la apuesta

Hacerse una tarjeta de crédito de esas que son gratuítas de por vida, y que además te regalan dos vuelos, noches de hotel, o una bonificación de 100 euros, puede salir muy caro. No me refiero al uso irresponsable. Me refiero a que si efectivamente el tiempo es oro, a mí las llamadas que tan frecuentemente me hacen sus emisores, me han hecho perder ya unos cuantos kilates.

La otra mañana, en el trabajo, me llaman al móvil de parte de uno de los bancos emisores. El comercial muy amable me preguntó si era un buen momento para informarme de un seguro que ofrecían con mi tarjeta. Y yo muy amablemente le dije que no.

Dos horas más tardes, me pasa una llamada la recepcionista de mi oficina. Otro comercial de otro banco. Este comercial que sabe que está llamando a un trabajo, no sólo no tiene la poca consideración de no preguntar también por si era un buen momento, sino que, sin darme opción a replicar, comienza a ofrecerme otro seguro asociado a mi visa (¿es que es el mes del seguro o qué?). Que si fallecemos mi pareja o yo en accidente me pagan tanto. Que si fallezco, pero no es en un accidente cuanto. Que si enfermo en el extranjero me pagan la hospitalización. Que si la diño en el extranjero se encargan de repatriar mi cuerpo. Y todo esto por nueve euros al mes. Joder, yo sigo sin entender por qué se les llama seguros de vida. Si lo que aseguran es mi muerte. Escucho calladita pero rabiosa toda la perorata. El tipejo este que no para de hablar de mi muerte, y en horas de trabajo. Y encima le pone precio. Será cabrón.

- ¿Le interesa?

- No, muchas gracias.

- ¿Me puede decir por qué? Si sólo son nueve euros al mes!

- Porque a pesar de eso, he decidido arriesgar, y he apostado por mi suerte.

Mi reflejo en el plato.

Mi futuro marido me ha dejado instalada en esta mesa. Le he pedido una botella de cava, porque me pienso emborrachar. Y le he dejado dicho que ni quiero carta, ni quiero que nadie me bombardee con sugerencias. Tráeme tú lo que consideres oportuno, y no te molestes en explicarme lo que es, pues no pienso entenderlo. Pero sobre todo, no olvides el cava.

Trago el primer sorbo mirando mi reflejo en un plato de cuatro esquinas. Apenas distingo el rojo de los labios. Levanto la cabeza y comienzo a mirar a mi alrededor. Al principio me he sentido incómoda en este lugar. Como si todo el mundo me estuviera mirando. Como si todo el mundo se estuviera riendo. Como si todo el mundo supiera que yo no he estado en un restaurante así en mi vida, ni muy probablemente vaya a volver. Como si a pesar de mi vestido negro ceñido, largo hasta las rodillas, las medias de cristal y los zapatos de salón, fuera destilando una vulgaridad que azotara a los aquí presentes.

Pero con la segunda copa ya estoy cómodamente apoyada en mi silla, como si del salón de mi casa se tratara. Ahora soy yo la que mira. Miro a toda esa gente. ¡¡Mira a toda esa gente!! Probablemente habrán reservado su mesa con varios meses de antelación, y se habrán encargado de que todo su círculo lo sepa. Para llegar después y pasar la noche hablando de cotizaciones bursátiles y de política exterior. Míralos con esas cabezas sin pelo, esas tripas tan grandes, esas tetas tan operadas, y esos labios siliconados. Con sus BMW en la puerta, sus despachos llenos de títulos, sus currículum llenos de ascensos. Míralos, gastando alegremente trescientos euros por cubierto, poniendo cara de orgasmo cuando de una sola pinchada vacían el plato, y se meten en la boca algo que no tiene aspecto de alimento, aroma de alimento, ni sabor de alimento, pero les encanta. Porque cuesta trescientos euros.

Y mira el chef, explicando por las mesas en qué consisten sus platos, que no son platos, son obras de arte, sugiriendo las exquisiteces de las texturas en la lengua, en el paladar, en la boca. Míralo, cómo gesticula excéntrico, cómo abre los ojos, cómo los cierra, cómo se contonea hacia delante, hacia atrás, cómo articula los brazos, cómo todo ese movimiento le hace perder el equilibrio a su flequillo, que se desmorona sobre la frente, y le da ese aspecto de sufrir algún trastorno serio. Es que lo vive, está sintiéndose tan maestro, que le parece increíble cómo puede poner al servicio del mundo una genialidad tan grande por un precio, proporcionalmente, tan pequeño. De verdad que he empezado a reírme sola, y no soy capaz de parar. Y no tiene nada que ver con el cava. ¿A eso le llama él creatividad? Creatividad es abrir la nevera de mi casa, y ser capaz de preparar una cena con media lechuga rancia y un huevo. Eso es creatividad, grandísimo estafador. Que yo no sabré en qué consiste la reacción de Maillard, pero cuando las he pasado putas, siempre he tenido una idea genial con la que seguir sobreviviendo. Y si no, mírame ahora. ¿Esto es o no es jodida creatividad?

Mira, por aquí viene Walter con el chef.

  • Señor, ésta es Cristina Fernández, mi futura esposa.

  • Walter, qué ceremonioso eres. Es usted el genio, verdad?

  • Encantado de conocerte, Cristina, es un placer haberte invitado esta noche,  aprecio mucho a Walter, y qué menos que conozcas el sitio donde trabaja tantas horas. Es un gran profesional. Por cierto, Walter, qué guapa es, ¿cómo la has engañado? (risas por compromiso) Cristina, te cuento lo que he pensado para ti.

  • Oh, no, por favor, me pongo enteramente en tus manos.

  • Perfecto, aunque me gusta explicar mis creaciones, creo que el conocimiento es fundamental para que la degustación adquiera todas sus dimensiones.

  • A mí me gustan las sorpresas.

  • Como quieras. Espero que disfrutes de la velada. Siento no poder dejarte a Walter, pero me resulta imprescindible.

  • El cava está siendo un compañero extraordinario. Muchas gracias.

Ya se van los dos. El chef con grandes y alegres zancadas, menando su flequillo y su arte. Walter le sigue, como un perrillo. Sumiso y fiel. Tan pequeño, tan indio. Sin duda debe ser bueno. Debe destacar de alguna manera, aunque así a simple vista me cueste trabajo creerlo. No he podido evitar que el paso del tiempo me haya convertido en una escéptica. No hay ningún título de hostelería que remunerar, ni experiencia previa, ni siquiera seguridad social. Eso sí, lo ha moldeado a su imagen y semejanza, como cualquier dios haría. Y Walter se siente afortunado. Tanto, que no le ha importado endeudarse para poder pagar el contrato que le va a permitir seguir trabajando tranquilo. Pobre Walter.

Claro, que las deudas de Walter son las que me van a permitir salir adelante durante un par de años. Por ahí viene sonriente con un plato sobre el que hay un vaso de los de chupito. Sorbete de mar, con esencia de berberecho y tamiz floral. Gracias Cristina. No me des las gracias, has pagado por ello.

Me pregunto si las veces que nos queden por hacer el paripé serán tan sencillas como disfrazarme de elegancia, sonreír sin ganas y emborracharme con un cava prohibitivo. Sólo siento tener que probar la guarrería esa de berberecho. Lo haré por Walter, que su jefe no diga que su futura mujer es una rancia. Y que cuando nos separemos no le diga “te lo dije”. Pobre Walter. Voy a brindar por él, y por la noche de bodas, que igual hasta se la regalo; hoy me siento generosa. Alzo la copa y vuelvo a buscar mi reflejo en el plato. Pero apenas veo el rojo de los labios.