Archivo de la etiqueta: ficción

La llamada

Al descolgar el teléfono una voz en francés me pidió que esperara, supongo. Siempre me ha encabronado que llamen para venderme algo y el comercial me haga esperar, pero una cosa es esperar y otra muy distinta esperar en francés.

Cuando la señorita comenzó a atenderme en mi idioma, y antes de que se rompiera el hechizo, le pedí por favor que siguiera en el suyo. Ella me complació encantada, y me preguntó que si la  estaba entendiendo, supongo.

Entonces entró en directamente en materia  -supongo-  con una profesionalidad admirable, y yo no cabía en mí de gozo. Por estar siendo capaz de dejarme llevar tan fácilmente,  por estar recibiendo semejante capricho de manera gratuita, y por el gozo.

Eso sí, cuando al final, tras mis síes en frenesí comenzaron sus preguntas, me cuidé muy mucho de cambiar el tono y contestar monocorde que no. Incluso cuando volviendo a mi prosaico idioma me preguntó prosaicamente si estaba seguro de que no quería contratar la oferta.

Pero es que yo soy un tipo de principios, y hay cosas por las que siempre me he negado a pagar.

 

—————————————————————————————————-

Para Despertando antes de que se vaya el dinosaurio.

http://antesdequesevaya.wordpress.com/

Hacerse acerico

No recuerdo cuándo fue la última vez que limpié el cajón de los calcetines entero. Normalmente me limito a los calcetines. Pero hoy he levantado el papel del fondo y te he encontrado.  Hoy. Y aprovechando que nos vemos te confesaré que aunque te guardé allí, lo que en su día me pidió el cuerpo fue haberte empleado como forro para mi  acerico. Ya con las vísceras templadas miro tu rostro, todo quieto y callado, y voy a aprovechar para hablarte honestamente. Con las vísceras templadas y puesta a elegir, ya que estás tan quieto y callado, te puedo contar que te miro y te pienso como me habría gustado que fueras, -sin opción de réplica te facilito el no estropearlo con lo que eres- . Pero claro, ahora que te he reconstruido entero, y te he creado a imagen y semejanza mía, empiezo a  sentir alfileres hundiéndose despacio en mi cuerpo que sí responde, y en respuesta sale hiel reclamándote de nuevo para el acerico, en legítima venganza por no ser más que una puta foto ahora que eres perfecto. Así que ya ves, mira que lo intento.  Lo intenté cuando dormíamos en la misma cama, cuando tenías tres dimensiones  y un corazón que servía para latir, y lo intento ahora que eres un recuerdo en el cajón de calcetines.  Pero ni de una forma ni de otra evitamos desencontrarnos. Aunque sería más preciso decir que jugamos al desencuentro. Y eso que no tienes derecho de réplica.  Tenemos para eso un don, el de deshacer incluso lo que nunca hicimos. Y ahí ya me acerco a la verdad que hemos estado evitando,  la responsable de que ambos seamos acericos. Esto no es un reencuentro, ni un desencuentro. Querríamos que pudiera serlo, pero da igual lo cerca que vivamos, durmamos o respiremos, tú y yo no tenemos opción al reencuentro, ni tan siquiera al desencuentro. Porque en contra de lo que hubiéramos querido, y de lo mucho que nos esforzamos en forzarlo… nosotros nunca llegamos a encontrarnos.

http://antesdequesevaya.wordpress.com/

El primer día (parte II)

El primer día. Parte II.

 

Me gusta comenzar a hablar de mí mismo por mi faceta profesional. Soy arquitecto desde hace veinte años. Es vocacional. Soy bueno en ello y me siento seguro cuando presento un proyecto. Invierto en mi trabajo una gran parte de mis horas, e ir ganado concursos y el reconocimiento a mi trabajo que recibo a modo de reportajes sobre mis obras en prestigiosas revistas de Arquitectura, hacen que todo ese esfuerzo se vea recompensado.

Mis amigos no se explican el por qué siendo un hombre que ha cultivado ciertos éxitos, afable y con cierto atractivo puedo estar solo. Yo creo que ahora no estoy solo. No vivo con nadie, que es distinto. Y es una situación elegida.

Cuando Elena me pidió el divorcio quizás sí sentí una punzada de dolor. Quizás más por el fracaso que para mi supuso que por el hecho de tener que alejarme de ella. Siempre he sido perfeccionista y un divorcio se alejaba bastante de lo que yo, tan joven todavía, tenía como idea de vida perfecta.

Así que una vez pasado el mal trago dediqué mi escaso tiempo de ocio a relacionarme con otras mujeres, iniciar amistades, convertirlas en parejas con mayor o menor éxito.

Finalmente decidí casarme de nuevo. Esta vez mi matrimonio duró algo más. Ambos éramos más maduros, personas libres, independientes económicamente hablando, y nos esforzamos en no perder nuestra parcela de individualidad. Tanto nos esforzamos que no sólo conseguimos eso, sino que llegó un momento en que en nuestra casa sólo convivían dos parcelas de individualidad, que éramos ella y yo. Decidimos continuar con nuestro individualismo cada uno en su casa. Más cómodo.

Y después comenzó otro ir y venir de mujeres. Más por empeño de mis amigos que por gusto propio.

Ya ha llegado un punto en que estoy agotado. Agotado de buscar temas de conversación con desconocidas con el único propósito de seducirlas. De tener que ir haciendo preguntas poco a poco para que poco a poco dejen de ser desconocidas. De intuir el tipo de relación que desean, y el ritmo al que es aconsejable que éstas se consoliden. De tener que aprender a amar a cada una de las mujeres con las que estoy. De sufrir tensiones dialécticas cuando alguno de los dos tiene un mal día, de aguantar reproches por mi escaso tiempo libre, de amoldar mi casa y mis costumbres a cada nueva habitante. De sufrir los progresivos deterioros de las sucesivas relaciones. De peleas, de llantos, de silencios llenos de crispación. De perder la paciencia. De tomar decisiones dolorosas. De perder el amor. De dejar de creer en él. De buscar temas de conversación con desconocidas ahora exclusivamente con la intención de llevármelas a la cama. Lo dicho, absolutamente agotado. Así que llegado a este punto tomo la decisión de estar solo. Han finalizado para mí las búsquedas.

Pero lo cierto es que tras varios meses echo de menos pasar un rato agradable con una mujer. Poder cenar tranquilamente, charlar de varios temas que a ambos nos resulten interesantes y no, por obligación, de tópicos y vulgaridades. Charlar por el mero placer de charlar. Sin otra aspiración, sin más compromiso, sin tener de demostrar nada, ni ganarse nada. Tomar una copa, pasar un buen rato después. He de reconocer que se me había pasado por la cabeza varias veces el acudir a servicios profesionales. Pero los clubs me resultan sórdidos. No me habría sentido a gusto en un lugar así. No conozco a nadie que me pudiera “recomendar” a una chica buena en el oficio, y además es un asunto que no he hablado nunca con nadie, y prefiero que así siga siendo.

Casi por inercia me encontré ojeando la sección de contactos de aquel diario. Todo lo que veía anunciado era justamente lo que yo no deseaba. No podía imaginar como seria una velada agradable con “oriental caliente te hago lo que me pidas 45 euros completo”. Desde luego de una buena conversación podía olvidarme.

Leo cinco, siete, diez. Y ya a punto de olvidar el asunto y pasar a otra sección lo veo. “Mujer joven, culta y con clase”.

Quedé con ella una noche. No era desde luego una mujer despampanante, ni lo que uno espera cuando ve aparecer a una mujer que vive de su cuerpo. Pero era elegante, graciosa en sus movimientos, de facciones armoniosas y con un brillo pícaro en los ojos. La lleve a cenar a un japonés. No tenia ni idea de sus gustos, pero al fin y al cabo el que iba a darse un capricho era yo. No tuve el menor reparo en hablar de mis opiniones acerca de urbanismo, de estética arquitectónica, de nuevas tendencias, de mis viajes, de recuerdos atesorados. Me miraba divertida. A pesar de mi grosería al no mostrar el mas mínimo interés por ella y de concentrar en mi y mis vivencias toda la conversación. Se divertía. Eso me divirtió a mí. Me sorprendió que siguiera con mucha facilidad mis conversaciones a pesar de no ser muy ducha en la materia. Pero desde luego dejaba ver una educación esmerada.

La llevé a un hotel. Empecé a preguntarme cuál seria el precio de este tipo de servicios. Factura no me iba a hacer, eso estaba claro. Y hablar abiertamente de este tema me violentaba. Así que prepare una cantidad que me pareció razonable y la introduje en un sobre mientras ella pasaba al baño. El sexo fue divertido y desde luego muy reparador para mí. A ella no le pregunté, me resultaba de mal gusto. Nadie le pregunta a un albañil si ha disfrutado reparando una tubería.

Le entregué el sobre. Ella lo introdujo en su bolso sin mirar el contenido. Nos despedimos cordialmente.

Desde esa noche reprimo mis deseos de volver a llamar.

 

 

El primer día (parte I)

El primer día

Tengo veintidós años y estudio en la Universidad. Bellas Artes. Soy de Valencia, pero conseguí plaza en la escuela de Madrid.  Nací en una familia acomodada y siempre fui querida y mimada. Nunca me ha faltado nada. No he tenido que trabajar los fines de semana para poder hacer un viaje, y dispongo de una tarjeta de crédito con cargo a la cuenta de mis padres. Ellos me pagan el alquiler del piso en el que vivo y estudio, el material que necesito, la matrícula de la Universidad y las copas del sábado. Yo también he cumplido. Fui una buena niña. Fui también buena estudiante. Tuve gran facilidad para los estudios y obtuve muy buenos resultados con un esfuerzo mínimo. Quizás porque siempre tuve una gran capacidad de síntesis, interés, una magnífica comprensión lectora, retentiva, habilidad relacionando conceptos y separando el grano de la paja. Si eso es la inteligencia se puede decir que yo lo soy. Y estos años en la facultad estoy demostrando poseer también talento artístico.

 

Pero me aburro.

Me he aburrido siempre. Siempre intentando encontrar algo, llenarme con algo. Algo que me sacuda y me encienda.

Desde que estoy en Madrid he vivido sola, lo que me ha ayudado mucho a seguir con mi búsqueda. He vivido la noche. He bebido. Me he acostado con unos cuantos chicos. He probado algunas drogas. He viajado. Sola. Acompañada.

De momento las experiencias nuevas me divierten, pero pronto dejan de ser nuevas, y el aburrimiento vuelve. Sólo me distraigo pintando.

He probado una nueva excentricidad. Lo he vuelto a intentar.

Un anuncio en prensa. Aparece mi teléfono. Nada vulgar. Más bien sobrio. Selectivo. Hay un millón en la sección de contactos, mucho más sugerentes. No espero nada, pero un día mi teléfono suena.

Joven, culta y con clase. Yo cumplía con mi compromiso. Él, de unos cuarenta. Con aspecto de profesional liberal. Vestido de Roberto Verino. Poco pelo, pero por lo demás bien conservado y cuidado en general. No es mi tipo, pero supera mis expectativas. Cenamos en un japonés. Hablamos de arte, de viajes, de literatura. Él es mucho más culto que yo, y más vivido, pero eso no me intimida. El no saber qué va a pasar después de esa cena me aguijonea el estómago, y la curiosidad y el miedo me divierten como nunca. Lo observaba mirándome. Sí, también se divierte.

 

Tras la cena me lleva al Meliá Castilla, que me decepcionó por lo que se notaban los años del hotel en las habitaciones. Follamos y me divertí. Sin más. Me dio un sobre. Lo guardé en el bolso sin mirar. Salimos juntos y nos despedimos. Como se despiden dos amigos.

Cogí un taxi y abrí el bolso. Trescientos euros. Más la cena. Más la experiencia. No está mal.

Hoy ha vuelto a sonar el teléfono. Número desconocido. Pienso durante un par de segundos y ….. descuelgo.