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Relato: De nuevo ayer

Sabía que llegaría algún día en que me arrepentiría de lo que deseaba. Por ejemplo, el día en que, postrado en una cama, yazca agonizante mirando cómo se desvanece mi vida y busque esas horas perdidas con las que no hice otra cosa sino ansiar que trancurrieran deprisa.

O mucho antes.

Pero hay momentos en los que uno no se ve con un tiempo caduco. O el tiempo caduco da lo mismo. O simplemente me permití el lujo de mandar la caducidad a la mierda, y de desear, sí, de desear que ese día que actuaba como frontera, desapareciera. Y mandé a la mierda ese día.

Y sí, desapareció, como desaparecen todos. Pero sólo una vez que hubieron transcurrido las veinticuatro horas de rigor. Veinticuatro horas que fueron veinticuatro mundos. Y los minutos mil cuatrocientos cuarenta mundos.  Y todo eso sin una sola cana nueva, ni una arruga. Tan sólo desesperación y ansiedad, y rabia. Y por último resignación. Resignación a esos mundos.

Pero desaparecieron. Y cuando por fin llegó ese momento que había recreado mentalmente desde el día en que nací aún sin saberlo, cuando por fin estuvimos frente a frente, cuando sin querer evitarlo se empezó a caer mi piel a pedazos mientras mi boca era incapaz de articular palabras porque también se deshacía, cuando llegó el día que no debió haber acabado nunca, aquel que encontraré cuando busque yaciendo agonizante en una cama, aquel que no duró un mundo sino un suspiro, o tres, o diez, aquel que no duró un mundo peros se convirtió en el mío.

Cuando por fin llegó ese momento, lo único que fui capaz de desear es que fuera de nuevo ayer.

Relato: Sin que nadie se de cuenta

Acudió a la cita como cerdo al matadero. Podría haber intentado caer en la ingenuidad de tratar de camuflar la inseguridad bajo maquillaje, escote y tacones. Pero ya era mayor como para no darse cuenta de lo inútil de la estrategia. De modo que se puso maquillaje, escote y tacones, pero como uniforme de guerra.

Salió de casa. En el portal la esperaba Roberto. Nadie se dio cuenta, decidida como caminaba, de que arrastraba los pies. Recorrió en silencio los diez minutos que tardaron en llegar al punto de encuentro. Roberto hizo chistes que él mismo rió para matarlo. Alicia le apretó la mano antes de entrar.
Allí estaba, junto con el resto de los amigos. La había imaginado más guapa. La imaginación es así de cabrona. La mujer que más había querido Roberto. La que le había partido el corazón meses antes. Antes de que Alicia apareciera.
Se abrazaron y besaron como si estuvieran encantadas de conocerse. Pidieron unas copas. Después otras. Se notaba en el ambiente el esfuerzo de simpatía y normalidad. Tanto, que nadie se dio cuenta de la familiaridad sobreactuada de la ex cuando se aproximaba de tanto en cuando a Roberto, que más que un manifiesto de intimidad pasada, era el meado de un perro en su dominio.
Alicia sonreía y bailaba. Como segura. Como por encima de aquello. Como indiferente. Con un como tan cristalino y ensayado, que nadie se dio cuenta de que rastreaba agónica la mirada de Roberto, para poder martirizarse si en algún momento la encontraba posada sobre la ex obscena y cínica. Otra copa. Y otra más.

De pronto la chica morena deja de mear sobre Roberto y se acerca a Alicia, le pone la mano en el hombro, y se la lleva apartada.


- ¿Eres feliz con Roberto?
- Sí.
- Pues a ver si contigo se espabila, porque es un puto vago. No tiene ni puta idea de mujeres.
(…)

Alicia queda muda. Y nadie se da cuenta de lo inútil que es su uniforme de guerra.

La noche termina. Salen Roberto y Alicia abrazados. La acompaña a casa, le dice que la quiere, qué tal lo ha pasado. Bien, muy bien. Pero se ha dado cuenta de que hubo dos mujeres en petit comité.

- ¿Qué cuchicheabais las dos?

- Nada especial.

Entonces, Roberto saca a relucir poderes adivinatorios propios de iniciados:

- No hace falta que me lo digas. Te ha dicho que nos desea mucha suerte, y que me cuides mucho, y todas esas cosas que decís las mujeres, ¿verdad?

Alicia queda impresionada, pero nadie se da cuenta. Lo mira triste, con ternura. Piensa durante un segundo. Respira hondo, y contesta:

- Sí, algo así.

El licor café y la bañera

Ocurrió la primera vez que fui a Ourense, hace 9 años, aquel puente de San Isidro, en el que yo a mis padres les conté que me iba a pasar un fin de semana a Villalba a casa de una amiga, cuando en realidad lo que hice fue una escapada puramente sexual con un gallego con el que me había liado un fin de semana en Madrid. (Hay cosas que los padres prefieren no saber, así que por qué no hacerles el favor).

Cogí un hotel céntrico, y el primer día lo íbamos a pasar íntegramente juntos, pues él sólo iba a poder dormir esa primera noche fuera de su casa. Después de enseñarme la ciudad y de llevarme a Allariz, fuimos a cenar de pinchos. Allí me presentó a sus amigos como su novia, cosa que no dejó de parecerme un poco precipitado.

Allí, en medio de tanto desconocido, incluido mi “novio”, me sentí en la obligación de estar a la altura, así que cometí el grave error de intentar seguirles el ritmo. Primero unos vinos: ribeiros y mencías. ¿Cómo era? Ah, sí! “metidos en el laberinto lo mismo da blanco que tinto”. Y una mierda. Pero empezó a aflojárseme la risa.

Después me dijeron que tenía que probar el licor café, típico de allí. Bueno, algo suave, pensé. Como el de avellanas pero de café. Lo probé, y mientras lo tragaba noté cómo me iba achicharrando el esófago. Así que, ya que no quería quedar mal, y aquello sabía a rayos, pensé “cuanto antes, mejor”, apurándolo de un trago. Para el que no lo sepa, el licor café tiene un nombre que llama al engaño, pues es puro orujo que se ha fermentado con café y azúcar.

Ahora ya no estaba con la risa floja, estaba chispada perdida. Es algo que me pasa muy a menudo. Me emborracho mucho antes que el resto. Y soy graciosa, porque empiezo con la incontinencia verbal y las explosiones de risa, y me pongo ocurrente cuando todo el mundo anda completamente sobrio. Eso sí, cuando la gente se empieza a entonar yo ya estoy de resaca.

El caso es que después venían los cubatas, y … bueno, lo cierto es que me lo pasé muy bien, que a los amigos les caí muy bien… pero la noche se había acabado para mí.

Apenas era capaz de desnudarme.

Rubén dijo que no iba a permitir que me durmiera la única noche que teníamos entera. Puso la bañera, me desnudó, me metió, me jabonó, me lavó el pelo, me sacó, me secó, me lavó los dientes (sí, ¡me lavó los dientes!), me llevó a la cama… pero fue imposible. Yo andaba en el limbo etílico. Podría haber hecho lo que quisiera. Total, yo ni me habría enterado, y tampoco me habría importado. Pero no lo hizo. Se metió en la cama y dormimos abrazados.

Eso sí, a la mañana siguiente me levanté como una rosa. Y lo demás no lo cuento, que estamos en horario infantil.

Pero aún me sonrojo pensando en el ridículo tan espantoso que hice la primera noche que dormí con Rubén. Y todo por un licor café….