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Algo que aprender, algo que enseñar

Esta semana he participado en unas cuantas charlas con madres de compañeros de mis hijos, escuchando una serie discursos, de diferentes personas y en diferentes momentos, que reproduzco ahora, no necesariamente en el orden cronológico en que fueron recibidos:

Discurso 1

“ Las mañanas son estresantes. Siempre detrás de ellos: venga el desayuno, venga el uniforme, venga los dientes, venga, deprisa, que llegamos tarde. Yo pensaba que era una cuestión de rutinas, pero es que no me entra en la cabeza que después de seis años de dinámica siga teniendo que estar detrás de ellos para poder llegar a tiempo a clase. La otra mañana me pasó algo: abrí la nevera y al ir a coger algo se me cayó un bote de sobrasada y me puse perdida. Entraba en ese momento mi hijo que vio la escena, y le entró la risa. Y a mí me dio por pensar en una sobrasada asesina, y me entró la risa también. Y cuando me vi riendo me paré a pensar y me dije ¿cuánto tiempo hace que no me reía de esta forma? “

Discurso 2

“ Yo sé que mi hijo es muy distraído y muy lento. En el cole me lo decían: tienes trabajo en casa, porque es el más lento de la clase. Le cuesta un mundo arrancar a hacer cualquier cosa: hasta que saca un lápiz, que resulta que no tiene punta, que ahora la goma, que miro las paredes, etc…. Un desastre. Y en el comedor… siempre se queda el último, se queda a medio comer la mitad de los días. Así que yo me esfuerzo en casa, y me dijeron que, de hecho, iba mejorando. Eso sí, la hora de la cena es un continuo siéntate bien, no pongas el codo en la mesa, no te levantes, no hables, mete otro bocado en la boca, ponte derecho…. Es agotador.”

Discurso 3

“ El día a día es una lucha constante: apaga la tele, haz los deberes, ordena tu habitación… Al final te das cuenta de que te pasas el día de mal humor por su culpa”

Este tipo de charlas son muchas veces como una terapia de grupo. Yo escucho y veo reflejadas en esas rutinas y conflictos  los míos propios. Pero no podría hablar de terapias de grupo si no hubiera una terapia en sí, un remedio que fuera más allá de un lamento colectivo, del mal de muchos que ya sabemos de quién dicen que es consuelo.

Observo el clima general y es cierto, se respira mal humor, cansancio y tensión constante. Pero también me llama la atención ese “por su culpa”, y me doy cuenta de que ahí está el error. ¿No tenemos nosotros, padres, nada que ver con el ambiente que se respira en casa? Si no tiene nada que ver con nosotros, la situación no puede cambiar y estaríamos ante un callejón sin salida. Pero sí que tiene que ver, porque existen muchos caminos para llegar a un mismo destino, y por lo que ceo es frecuente terminar viéndose en uno en el que se han dejado de lado las risas y el sentido del humor. Hay más formas de hacer las cosas. Pero ese otro camino, el de manejar los conflictos de forma que no desemboquen en tensiones, castigos y gritos, exige inteligencia, imaginación, creatividad, y sobretodo, mucha energía.

Y me pregunto cómo podría uno considerarse satisfecho al ver en un futuro que ha cumplido con sus obligaciones como padre porque ha alimentado, vestido y soportado los gastos de un hijo, porque le ha enseñado educación y civismo, porque ha conseguido que terminara unos estudios, porque ahora es una persona que trabaja y hace su propia vida, aún a costa de muchos años de esfuerzo y sacrificio.  Bien, pero para llegar a eso ¿es absolutamente necesario ese sacrificio? ¿El sacrificio del buen humor, la alegría, y una buena convivencia durante diez o veinte años -siendo optimistas-? Esos diez o veinte años,  no son sólo un medio para conseguir un fin, son un fin en sí mismos.

Y por lo que escucho, y por lo que siento, la alegría se ha perdido por el camino. Y digo yo que habrá que buscarla, porque caminar sin ella sí que es un sacrificio injustificado. Eso sí que es algo que hay que aprender, y también que enseñar.

No hablo de sábados

 

Pablo tiene ya siete años, y el otro día me dio por pensar en que tampoco quedaba ya tanto tiempo para disfrutar de él como niño. Es ahora y ya los fines de semana me persigue para que le organice algún plan con algún amigo… de modo que supongo que con doce o trece años, comenzará rápidamente la transformación en un ser ajeno, huyendo de sus padres, avergonzándose de ellos, pasando a fiarse única y exclusivamente de aquello que dicen otros seres en su mismo proceso llamados amigos, perdiendo completamente su personalidad para poder hacerse más tarde con una propia…hasta que esa mutación en un ser llamado adolescente, fase que hoy en día dura unos diez años o quince en el peor de los casos, quede finalizada con éxito. Así que ponte a contar, Patricia. Cinco años. Te quedan como mucho cinco años para disfrutar de un niño que no se quiere ir a la cama, que quiere que veas Star Wars con él, que mires cómo juega a la consola, que leas los cuentos que se inventa, que leas con él por las noches, que hagas un puzzle con él, que vayas al cine con él, y que la única noche que se puede acostar tarde, la del sábado, la emplees con él. Claro, la idea del sábado por la noche viendo una peli familiar es demoledora, es como quitar el coto al más importante espacio exclusivo para la pareja que aún persiste. Pero… ¿cuántos sábados nos quedan para disfrutar de niño? Y después… después todo será pareja. De modo que cada cosa a su tiempo. Y parece ser el de pareja en clandestinidad.

 

Sin embargo, este sábado sonaron todas las alarmas, y se convirtieron en algo contundente como sólo la realidad sabe ser, cuando Pablo dijo lo siguiente:

  • Pues yo, cuando sea mayor, aunque gane mucho dinero (porque va a ser futbolista, como todos – atrás quedaron sus sueños de ser obrero o bombero.), no me voy a ir a otra casa. Y voy a vivir siempre con vosotros.

Al menos añadió que nos prestaría dinero de hacernos falta.

 

Bueno, después del susto que da eso al principio, siempre queda un consuelo, pues, sabiendo que nos quedan todos los sábados del mundo, da menos cargo de conciencia el que sus noches sigan siendo, en exclusiva, de papá y mamá.

Ubicuidad

Octubre 2007

 

Algunos días me habría gustado ser Dios, a pesar de la responsabilidad que ese cargo conlleva, y no para tener en mis manos la posibilidad de hacer un milagro y que por mi gracia, la de dios, desaparecieran de un plumazo los problemas que asolan la humanidad, sino para algo mucho más frívolo, más egoísta y menos pretencioso. Para tener el don de la ubicuidad. Porque sin él el día a día es muy complicado. Porque aunque una intenta quitarse ese sentimiento, la culpa, como una vulgar psoriaris, está ahí, latente, sin molestar demasiado, picando lo justo, a la espera de un nuevo brote. Y es que no sólo es difícil intentar no pensar en que a diario paso poco tiempo con los niños. Con Pablo dos horas. Con Miguel sólo una. También es difícil aceptar en tu fuero interno que aunque para ellos ese tiempo no sea suficiente, para ti sí lo es. Y no sentirte como un pedacito de mierda, o de mala madre, que es lo mismo, por sentirlo así. Y por decirlo. Porque yo no me callo. Otras madres sí, a ver si a fuerza de callarse se les olvida eso que sienten. Otras madres no lo sienten. No lo sé.

Como cuando entro en la oficina el lunes con una sonrisa radiante y un buen humor estupendo que chirría con el desánimo generalizado, porque por un lado, llego con energías renovadas del fin de semana, pero por otro, a mí salir a trabajar me relaja. Y lo peor no es la cara de estupor con la que me mira la gente a la que se lo cuento. Lo peor soy yo juzgándome por dentro y escuchando siempre el mismo veredicto: culpable.

Porque a lo mejor… a lo mejor prefiero no tener el don de la ubicuidad y seguir culpando al trabajo de no pasar más tiempo con los niños de cara a la galería. Y a mí misma por dentro por estar cómoda con las cosas tal como están.

 

Pero es que los conflictos no terminan ahí. Los conflictos continúan mientras estoy con los niños. Porque atender al mismo tiempo a un niño de dos años y a otro de seis tiene su aquél. Porque nada más entrar en casa, Miguel me espera abrazado a su almohada y su chupete para agarrarme la pierna y llevarme hasta la cama, quitarme los zapatos, poner su almohadita e indicarme que me tumbe, tumarse junto a mí, y prestarme su chupete, y dejarse acariciar. Y mientras, Pablo me grita: “Mamá, ¿vienes a ver cómo juego? ¿sabes lo que me ha pasado hoy en el cole? ¿hacemos un puzzle? ¿qué hay de cena?”.

 

¿Y ahora qué? Pues que siempre acabo diciéndole a Pablo, que es más mayor y se acuesta más tarde, el “ahora no puedo, luego cuando acueste a tu hermano”, cruzando los dedos para que no termine odiando a su hermano, que le quita los juguetes, le desmonta los legos que ha tardado tres horas en construir, y tiene casi en exclusiva la atención de su madre. Y por otro lado, cruzando los dedos para que Miguel no me odie por hablar delante de él como si él no estuviera delante. Porque el hecho de que no hable no significa que no entienda. Y eso es algo que tiendo a olvidar.

 

Por eso, cuando en lugar de estar cenando sentados y callados, se levantan cada dos por tres con las manos llenas de grasa, para perseguirse, esconderse, y hacer carreras, y chillan por el pasillo, y se ríen a carcajadas, les dejo hacer (que ya habrá tiempo para que coman sentados y callados, y de todas formas, algún día habrá que pintar las paredes, no?). Y cuando después del baño en lugar de vestirse rápido se ponen a saltar encima de la cama, y se empiezan a tirar uno encima del otro, y juegan a luchar, y llenan la casa de risas, les dejo hacer (mientras cruzo los dedos para que no acabe alguno escalabrado). Y cuando un sábado a las 7:30, oigo que Miguel se despierta, y Pablo se despierta con su llanto, y enciende la luz, y se ponen a jugar a guerra de almohadas, y llenan la habitación de risas les dejo hacer (que cuanto más duren las risas más tiempo me dejan a mí seguir en la cama, calentita… ¡joder!, ¡que es sábado!).

Y cuando escucho a Pablo decirle a su hermano a escondidas y en voz baja “¡eres el mejor hermanito del mundo!” cubro mi culpa con cortisona, me rebajo la condena, y pienso que será poco, pero intenso. Parece que no va tan mal.

De hordas infantiles y batallas domésticas

Ayer la tarde fue durilla. Por la tarde estuve en la cama fastidiada porque me había sentado mal la comida, y mi chico se llevó a los enanos a la piscina. Esa fue la mejor parte de la tarde. Para cenar, como yo no tenía ganas, me declaré en huelga y dije: hoy cena libre. Cada uno que se haga lo que quiera. Así que cenaron bocadillos. Por supuesto cenaron con tele, llevo unos días claudicando. Me consolaría mucho saber que los hijos de los demás se desmadran también en vacaciones o si soy yo la única que de tanto dar manga ancha, termina con un niño que, con la excusa de las vacaciones, hace lo que le da la realísima gana.

 

Pablo aún no ha terminado de cenar, y de pronto aparece una cuadrilla de niños que rápidamente toma la terraza, invaden la cocina y no siguen con el resto de la casa porque, sólo de pensar en la posibilidad de que despertaran al pequeño, me hizo reaccionar e impedirles el acceso. Pablo se levantó de la mesa y rápidamente se fue hasta la nevera. Sacó agua para todos, reparto de helados, etc….

Su cena en el plato y los 100.000 niños que no se largaban y no paraban de moverse por todas partes y gritar.

Poco a poco noté cómo se me iba hinchando la yugular, y que iba perdiendo los nervios por momentos. Y cuando la sangre alterada me llegó a la boca empecé con los gritos. Que te he dicho que te sientes a terminar de cenar y que cuando acabes podrás salir. Es que no tengo más hambre. Pues no vengas a decirme a la hora de dormir que quieres comer algo más. Es que quiero un helado. Ni de coña! Te terminas la cena y tomas fruta antes. Al final las hordas infantiles se largaron espantadas por los gritos, Pablo terminó de cenar y yo me sentí fatal por regañarle delante de sus amigos.

Después no quiso salir a jugar porque dijo que sus amigos estaban trepando por las paredes para intentar entrar a una casa y que él no quería, Y que además no sabía trepar. Bueno, siendo así… casi prefiero que estés en casa. Pero estar en casa es sinónimo de tele, así que se acabó el documental que veía su padre y empezamos con Caillou. Poco después nos intentamos ir a la cama, pero el niño que no, que quería ver más tele. Acostaros vosotros. Pues sólo faltaba. Mañana tienes todo el día para ver la tele. Pero para un niño el mañana no existe. Y como ya me quedaba poca paciencia y el tira y afloja no tenía visos de ir a mejorar, terminé aplicando la pena máxima: mañana castigado sin tele.

 

Quizás me precipité, pero un castigo es un castigo. Así que durante la mañana me iré armando de valor para la tarde que me espera de chantaje emocional según salga de trabajar. Hoy habría sido un buen día para hacer horas extra.

 

(Julio 2007)

Primera noche sin tele

Y no, no va de sexo. Ayer fue el primer día de cena sin tele. Una vez acosté al pequeño, preparé la cena para el resto. La cosa empezó mal y terminó peor. Pablo empezó protestando porque no quería ponerse una camiseta, y cuando apagamos la tele, el llanto fue tan profundo y desconsolado que tuve que aplicar la técnica que nunca falla después de haberlo intentado por las buenas: voy a contar hasta tres, y, o dejas de llorar, o mañana te quedas sin tele todo el día.

Dejó de llorar, pero su cena está ahora mismo en la nevera envuelta con un film transparente. Se quedó dormido. Bueno, al menos hoy ya no tengo que pensar qué le doy. Así que cenamos solos mi marido, yo, y mi mal humor tras el éxito. No puedo evitarlo, me gusta que los planes salgan bien..

A las once el pequeño se puso a llorar. Perfecto. No sé, tendrá más hambre. Otro biberón. Y cuando nos íbamos a acostar, otra vez el llanto. Pasé a verlo, lo cogí en brazos y nada más hacerlo me echó encima una vomitona monumental. Estas cosas mucho mejor con mamá, claro que sí. Por detrás escuchaba a mi marido gritando ¡qué asco! ¡voy a vomitar! Pues lo que faltaba….

El pobre Miguelito lloraba y me miraba aterrorizado como diciendo ¿qué me está pasando?, ¡esto es horrible!

Así que lo espachurré contra mí, los dos empapados, lo besé conteniendo la respiración, y le dije “no pasa nada mi amor, ahora nos limpiamos, y ya verás como enseguida estás mejor”.

Así que el final de la romántica noche sin tele lo pasé limpiando vómitos, preparando manzanilla, y maldurmiendo (esta vez no por el calor…).

Pero soy obstinada, así que hoy volveré a intentarlo.

 

 

(Julio 2007)

 

 

Hoy, julio de 2008, puedo decir que las cenas son sin tele. La persistencia es fundamental. Los niños suelen vencer por cansancio.