Archivo de la etiqueta: dolor

Una aventura

A veces me cabrea el positivismo absurdo que nos rodea. Ese afán por llevar todos los aspectos de la vida al terreno científico, en especial lo concerciente al hombre. Y miro con indignación cómo se trata de la economía como ciencia, de la sociología como ciencia, de la información como ciencia, de la pedagogía como ciencia, de la psicología como ciencia, y hasta a veces, en los límites del absurdo, del arte como ciencia. Como si el hecho de que ciertos fenómenos no puedan someterse a un modelo o a una ley sea algo peyorativo, cuando es en realidad tan asombroso y genial.

Hoy no. Hoy me produce ternura semejante ingenuidad. Hoy entiendo los por qués. Hoy pienso en los denodados esfuerzos del hombre desde que existe por tratar de explicarse. Desde los dioses que ha creado, las convenciones sociales, los estudios filosóficos, hasta este contemporáneo recurrir  a la ciencia. Hoy miro con enorme compasión esos intentos desesperados por entender la condición humana, por explicarla, por intentar encontrar una verdad inamovible a la que aferrarse, la forma correcta de vivir, dónde está la felicidad, dónde está el camino hacia delante, cómo superar la muerte, el dolor… como si la condición humana fuera una, como si pudiera ser explicada, como si la pudiéramos someter a un modelo, como si fuera tan sencillo, tan exacto, tan matemático, tan físico o tan químico. Pero la condición humana no es una. Hemos construido unos modelos morales y sociales, y hacemos lo posible por encajar en ellos. Pero qué angustia tan profunda cuando llega el día en el que de una forma o de otra nos descubrimos fuera, fuera de esa aproximación, de esa normal. Y nos descubrimos sintiendo, expresándonos o actuando como jamás habríamos imaginado, como nadie espera, de forma errática. Y cuánta soledad, cuánta confusión, cuánto miedo,  cuánta lucha interna, cuánto desamparo.

Porque no todo vale para todos. Porque no existe sólo un camino. No hay un único rasero. No hay una única forma de actuar, ni de sentir, ni de pensar, y porque lo que incluso para una persona concreta en un momento dado fue válido  al cabo de un tiempo puede cambiar.

Hace unos meses tuve una pequeña conversación con Pablo. Pablo estaba dolido porque sus amigos le decían que era malo jugando al fútbol. Él se había apuntado a una escuela pero lo había dejado, no entrena nunca, y cuando juegan un partido termina cansándose y dejándolo a medias. Yo le decía “Pablo, si no entrenas no vas a jugar nunca bien. Si de verdad quieres jugar bien al fútbol, si es importante para tí, mueve el culo, sal ahí fuera y practica.”   Pero Pablo quería jugar bien porque al resto de sus amigos, a todos, les gusta el fútbol.

“¿Y a ti? ¿A ti te gusta, Pablo? Porque si no te gusta, tendrás que tener el valor de enfrentarte a ello, y aceptarte.”

Conocerse, reconocerse, aceptarse.

Supongo que para mí, desde mi perspectiva, era algo mucho más sencillo de aceptar que para un niño de ocho años, cuyo mundo se reduce a sus amigos y a su familia. Y que de pronto descubre que no comparte algo que absolutamente todos, menos su madre, valoran en común.  Pero van pasando los años y los ejemplos se complican. Y conocerse  y aceptarse también.

Y supongo que lo que quiero decir es que tratamos desesperdamente de entender al hombre, a todos, a la generalidad, cuando muy a duras penas alcanzamos  a conocernos o a entendernos a nosotros mismos, nuestras reacciones,  nuestras emociones, nuestros por qués, nuestra evolución constante.  Quizá sea el mayor conocimiento al que debiéramos aspirar.  Y supongo que lo que quiero decir  es que ese componente errático, individual, impredecible, que no se sujeta a modelo alguno, que se presenta sin avisar, que de pronto nos hace sentir vulnerables y perdidos, que a veces es devastador, a veces maravilloso, a veces devastador y maravilloso al mismo tiempo, eso que imposibilita que seamos objeto de estudio científico, eso que nos da tanto miedo y que nos genera tanta búsqueda,  es precisamente lo que hace que el ser humano sea extraordinario, y la vida una aventura.

Relato: El absurdo

Hacía tiempo que no sucedía, pero esta mañana, trabajando tan contenta como estaba, me han sorprendido de nuevo las lágrimas. Tanto me han sorprendido que no me he dado cuenta de que estaban hasta que una de ellas me ha mojado, al caer, la mano. Rápidamente me he secado con el típico gesto de estar en realidad liberándome de una legaña, o, mejor,  de una pestaña en el ojo, que queda mucho menos ordinario.

He levantado la vista y me he dado cuenta de que, por suerte, Ramiro no me estaba mirando. Ramiro es una de esas personas que siempre tiene algún comentario estándar, en forma de opinión, para cada uno de sus compañeros, y que siempre ofrece en voz alta a pesar de que nadie se lo haya solicitado. Yo creo en mi fuero interno que es una de esas personas con aversión al silencio, y que cree que existe la necesidad de tener que decir siempre algo. Y digo yo, que entonces, por qué no recurrirá a hablar de lo malos que son los lunes, o de que al fin es viernes, o de lo fuerte que está el aire acondicionado… de todas formas lo que dice no es tampoco original a causa de la repetición diaria. Para Alfonso le tiene reservado el “vaya corbata llevas hoy”, para Lucía “qué ojeras tienes”, y para mí el “parece que te vas a quedar dormida”. Siempre, invariablemente, al toparse uno con Ramiro, obtiene ese comentario dedicado. Pero tanto Alfonso, como Lucía, como yo, siempre le contestamos con un ¿Tú crees?, en lugar de con un ¿te he pedido tu opinión?  Porque Alfonso, Lucía y yo sabemos que el pobre Ramiro, es un hombre de pocas luces, y  que con sus cuarenta años es tontorrón e inocente como un crío de doce, y porque no hay nada que haga de mala fé, aunque esto sea así porque no tenga las luces suficientes como para ser poder ser malo.

Pero, a lo que iba, Ramiro no me había visto, de modo que podía respirar tranquila y conservar la apreciación diaria que me hacía desde que me conocía, hace ya diez o quince años. Porque me pregunto si de haberme visto con el rostro bañado en lágrimas, cómo habría podido modificarlo. ¿Hoy te veo triste? Y escuchar eso un día tras otro seguramente no sería bueno para seguir trabajando tan contenta a pesar no estarlo. Y bastante me costaba huir de ese dolor mío como para que un hombre como Ramiro, cuyo intelecto no le llegaba ni para ser cruel, diera al traste lleno de ingenuidad y torpeza, con tantos años de terapia, sin poder siquiera tener el derecho a odiarle por ello.

Habitualmente no suelo salir a desayunar fuera de la oficina, pero como esta mañana tenía que hacer una gestión en el banco, decidí aprovechar el paseo, entrar en una cafetería y pedir café y bollo, la oferta desayuno, pero sin el zumo. Me detuve a pensar en ello. Llevaba varias semanas comiendo muchos dulces, pero esta mañana, al pesarme, había adelgazado otro kilo más. Debería haberme dado cuenta antes, deberían haber sonado las alarmas. Miré mi reflejo en el cristal de la barra. No, no estaba como para que alguien al verme me ofreciera un bocadillo, pero sí eran evidentes los kilos de menos cuando lo normal, lo normal habría sido que, con mi dieta, lo evidente fueran los kilos de más. Eso sería lo justo. Además, es de hecho una estrategia femenina tan frecuente… estoy triste, me atiborro a chocolate, engordo, y así, además, he ganado otro motivo más – junto con el de mi rutina laboral, mis problemas de pareja, el niño que no me come, el sueño que no he cumplido o la soledad que me devora- para sentir lástima de mi misma.

Pero yo no. Yo como bollos y adelgazo. Me pregunto entonces para qué como bollos si no es para mí una forma socialmente aceptada y comprensiva de conducta autodestructiva que facilite  la autoconmiseración. O si es que acaso yo no puedo ser como los demás y no puedo tener motivos para ser desgraciada. Al menos alguno que se pueda contar. Porque si le digo a Lucía que hoy estoy deprimida porque a pesar de comer chocolate he adelgazado y  se me han saltado las lágrimas, me voy a quedar sin amiga. Supongo que para contar esas emociones que nadie puede entender, ni siquiera uno mismo, están los profesionales. Me había jurado no volver, pero igual juré en vano.

Salí de la cafetería y me fui al banco. Hacía años que no entraba en una oficina. Esto era un favor personal, o eso me había dicho mi jefe. Supongo que el hecho de que tu jefe te pida un favor personal es una forma elegante de darte un trabajo de mierda.

Había a la entrada de la sucursal puertas de esas en las que hay que pulsar para entrar, y se abre para darte paso a un cubículo en el que tienes que pasar la prueba del detector de metales. Como la suspendí, tuve que volver a salir, abrir el bolso para ver qué objetos metálicos llevaba, y depositarlos en una taquilla. Se dio la circunstancia de que el único objeto metálico que llevaba encima eran unas llaves, de forma que tuve que dejar allí las mías para entrar al banco con las de la taquilla.

Empecé a pensar que aquel día, con todos sus absurdos, era una especie de metáfora del absurdo que había sido mi vida desde el día en que nací. Y pensé que ese día, el de mi nacimiento, me había marcado para siempre. También pensé que este pensamiento era absurdo –cómo no- dicho en voz alta y para cualquiera. Pero en mí cobraba un matiz especialmente doloroso. Y eso que dicen que el tiempo lo cura todo, pero mira si han pasado años y todavía me sigue doliendo.

Salí de allí y, al doblar la esquina, pasé por delante de un enano que estaba vendiendo cupones. No pude evitar recordar el comentario que decía el autor de la última novela que había leído, en boca de un psicólogo, de que la gran mayoría de las mujeres han soñado alguna vez en su vida con tener una aventura con un enano. Volví a mirar de reojo. Yo no recordaba haber tenido en mi vida una fantasía sexual con un enano. Y me reafirmé al mirarlo. Debo ser un bicho raro o bien llevar equivocada toda mi vida. Quizás mi falta de deseo hacia los enanos esconda algún tipo de trastorno, quizás el haber vivido sin un referente paterno ha generado en mí esta anomalía. Quizás el resto de las mujeres, las normales, sueñan con enanos aunque en voz alta hablen de negros, o deportistas de élite, o ambas cosas a la vez, y que lo escondan así para que las raras como yo no nos sintamos raras. Claro, que eso desvelaría un comportamiento colectivo de solidaridad y bondad femenina en el que no creo. Y me pregunto quizás si mi padre, que tuvo a bien morirse el mismo día en que yo nací, hubiera vivido, yo engordaría comiendo bollos, tendría motivos normales para autocompadecerme, y dejaría de llorar repentinamente de pura pena en días en que estoy tan contenta. Y quizás si fuera un poco más normal, joder, si mi padre hubiera vivido al menos lo suficiente como para que se pudieran haber divorciado, que no pido tanto, no pido el haber podido convivir con él hasta ser mayor de edad, sólo unos años y un divorcio, por ejemplo, yo también sería más normal. Y no tendría que acudir a las fotos para imaginarlo, ni a pensamientos absurdos como ese del divorcio, o culpables incluso, como ese que me asalta de vez en cuando, en el que preferiría que hubiera sido mi madre, para que dentro del dolor y del sentimiento de culpa, la situación hubiera sido algo más normal. Porque hoy en día es raro perder a tu madre en el parto, pero joder, perder a tu padre, que tuvo el poco temple de  perder los nervios cuando le llamaron del hospital y estrellarse… Es absurdo, ya lo creo.

O quizás, la culpa de que yo sufra no sea de mi padre, y me esté dejando influir por las opiniones de los psicoanalistas a los que he estado manteniendo toda mi vida, y que yo me sienta rara, por tanto diferente, por tanto sola,  que mi vida sentimental sea una cadena de fracasos, y que me inunden las lágrimas inesperadamente,  sea algo intrínseco a mi naturaleza, o a fracasos que no he asumido, o a algún tipo de minusvalía emocional no detectada.

De modo que cuando entré de nuevo en la oficina, decidí dar un giro a mi vida, y cuando Lucía me preguntó a qué se debía esa cara de felicidad, decidí ser valiente y contestarle que era porque  había decidido ser feliz y asumir, de una vez por todas, que a mí los enanos, no me ponen.

De soñar con volar o ser invisible

El otro día estuve viendo una peli en casa: La habitación de Fermat. Está escrita y dirigida por dos personas, siendo una de ellas Luis Piedrahita, que es un tío con un sentido del humor que me ha arrancado unas cuantas carcajadas. Así que de entrada me llamó la atención, aún a sabiendas de que la película en cuestión no era una comedia. La verdad es que mi impresión final es de “peli-de-suspense-entretenida-para-matar-una-noche-de-domingo”. Sin más.

Pero bueno, el caso es que yo no quería hablar de la película sino de algo que plantean en ella. En un momento dado, uno de los protagonistas, encarnado por Federico Luppi, expone que los dos sueños más frecuentes del ser humano son dos: volar y ser invisible. Y pregunta al resto de los personajes cuál de las dos cualidades preferirían tener.

Cuando uno de los personajes dice que preferiría ser invisible, le contesta que quien quiere ser invisible es para cometer alguna maldad. Quiero ser invisible para mirar a la vecina mientras se ducha, lo que guarda en la cartera el compañero de trabajo… Porque quien hace algo bien no tiene problemas en ser visto. Bueno, quizás sea así en algunos casos, salvo en el de algún que otro modesto patológico. En ese y en de los superhéroes, que si bien no son todos invisibles, tienen en común el mantener a salvo su verdadera identidad, de modo que nadie pueda saber realmente quién es la persona que está salvando el mundo. (O a los Estados Unidos de América, que viene a ser lo mismo.)

Yo de pequeña tenía pesadillas recurrentes. Pero afortunadamente también sueños recurrentes. Y mi sueño recurrente siempre fue volar. ¿Y por qué volar? ¿Qué tiene de bueno? Para mí tenía de bueno la sensación, el cosquilleo en el estómago, la velocidad, el viento, el vértigo, y… rebuscando en el baúl del por qué de los deseos, también el ser capaz de algo fantástico, algo especial, algo que hacía que el resto de los mortales quedaran enmudecidos, y pequeñitos. Y no sólo por el efecto óptico de estar yo arriba.

Pero el volar también tiene una connotación de huida. Volar sería genial, porque el poder desaparecer se convertiría en algo posible en cuestión de segundos. Porque a veces, hay situaciones cuyo desenlace no dependen de uno, y que producen ahogo y asfixia. Y la sensación de que el mundo entero se ríe de uno funcionando como si nada, con ese mecanismo cruel que no se detiene por muy grande que sea el dolor de uno, por muy pequeño que sea ese uno que lo siente. Y uno sólo quiere desaparecer, por no tener que continuar con una rutina a la que se ve obligado, pero que ha perdido todo su sentido.

El caso es que pensando un poco en los por qués y los para qués de estos dos dones imposibles, que según la peli son los más deseados, me queda claro el por qué tan sabiamente nos han sido negados.

Porque es de agradecer que, si queremos hacer daño, no nos den facilidades como ser invisible. (Si sólo se trata de ver a la vecina mientras se ducha, mejor ser honesto e intentar ligarla primero.)

Si en cambio el deseo de ser invisible fuera para hacer el bien, pero por modestia no se necesitan agradecimientos ni honores, siempre queda el ponerse unos calzoncillos (o tanguita) sobre unos pantalones de lycra, una máscara curiosa, e ir por ahí salvando al mundo.

Si el sueño de volar surgiera por la necesidad de sentir velocidad y vértigo, existe el puenting, si es por ver el mundo desde arriba, el Google Earth. Pero si es por una necesidad de hacer algo que deje al resto de la humanidad admirada, siempre se puede conseguir por méritos propios. Que eso a nadie se le ha negado. Y si es por desaparecer… pudiendo desaparecer cuando el dolor ahoga, nunca se sabría que uno puede ser más grande todavía que el dolor. Porque para eso, hay que enfrentarse a él. Y creo que el quedarse sin ese saber, es mucho peor que el no poder ser invisible, o el no saber volar.

Relato: From guillestation91

From: guillestation91@gmail.com
To:
eljosete69@yahoo.es
Subject: Mariquita
Date: Mon, 30 Apr 2008 09:35:42 +0200

Hola gay, qué es de tu vida.

Supongo que andarás como siempre, inflándote a tercios mientras le das al billar, qué cabrón. Hace mucho que no voy por el pueblo, tío, ya lo sé, pero seguro que no me pierdo mucho, que seguirás teniendo la misma cara de mariconazo de siempre. Y mientras la recuerde todo está bien. Por aquí todo sigue igual, ya sabes. Menos mal que tengo este trasto. Internet es la hostia. Y con los estudios también me entretengo, cualquiera que me oiga… esto no se lo cuentes a nadie. Y menos al Pelos. Ya ves, ahora que ya da igual, de pronto leo los apuntes y me centro. Y comprendo lo que leo, y me interesa, y tengo ganas de seguir y seguir. Y guardo los apuntes, y recuerdo lo que he leído. Hasta algún problema de mates me he puesto a hacer. Cuando salga de aquí voy a necesitar un programa de rehabilitación. Te voy a meter una paliza al billar que te vas a cagar. Aprovecha a ser el rey de la mesa mientras ande por aquí, porque cuando salga, va a volver el puto amo. Bueno… si es que salgo. Este comentario me habrá costado una colleja, pero no me regañes. No se lo digas a nadie, tío, pero es que esto es muy largo. Es que parece que no va a acabar nunca. Que a veces lo que quiero es que acabe. A ser posible bien, pero que acabe. Me pongo súper filosófico, tío, que igual ni me estás reconociendo, que ya lo sé. Pero es que pienso en el final y tengo miedo. Cómo iba yo a saber que en mi 1’80, hubiera sitio para un tatoo, para el piercing y para el miedo. Todos estamos raros. Hasta mis padres, que intentan disimular, pero no parecen los mismos. Es que no los conozco, tío. Mi madre es más pesada incluso, que ya es decir. Y no me conozco a mí tampoco, porque ahora ya no le digo que no sea pesada, que deje de darme la brasa con tanto abrazo y tanto beso, ya no le digo que me va a amariconar. Ahora me callo, no vaya a ser que por una vez en la vida me tome en serio y deje de hacerlo. Que es que ahora de pronto les ha dado por tomarme muy en serio. Pensarás que soy una nenaza, pero es que mientras me acaricia mi madre la cabeza, y me remueve el pelo, se me olvida el miedo. No se lo digas a nadie, tío. Lo del miedo. Y menos a Sandra. A la Sandra ni media palabra. ¿Cómo está, por cierto? Sigue tan buenorra? Seguro que ya está morena, y pasea su piercing. Me cago en la puta, y yo aquí, perdiéndomelo. A veces me parece mentira que me espere. Que me lo puedes decir, eh? Que si estuviera con otro yo lo entendería. Dile que la escribiré. Que no me llame, y que no venga pa Madrid. Que alguien le dio el teléfono, tío, no te lo conté. Seguro que fue el Pelos, joder, que fallé el mote, que le tendría que haber puesto el Bocas. Me llamó, tío, así, de improviso. Que eso no se hace. Y me quedé mudo. Qué coño mudo, me quedé gilipollas. Y la recordé riendo el día que Santi nos dejó el coche, cómo se tiró el rollo, eso no se me olvida. Y fumamos. Y se reía y se reía. Parece mentira, pero es lo que se me ha quedado a fuego. Más que el polvo. Manda huevos. Y, no me regañes, pero pensé que igual no la volvía a ver reír. Y lloré. Sin control. Me acordé de mi hermano Rodri, que aún se mea por las noches, que no controla. Pues igual yo. Y la tuve que colgar. Y ahora recuerdo tu cara de mariconazo y se mezcla con la risa de la Sandra, y lloro también, pero no se lo digas a nadie, tío, esto entre tú y yo.
Ya te dejo, que hoy tengo ciclo. Estaré unos días sin escribir, ya sabes, me quedo jodido.

Un abrazo,

Guille.

 

Las muelas y el corazón

Una vez me dolieron las muelas. No soy nada original, y es que aquello del juicio le causa problemas a casi todo el mundo. Pero cuando fui al dentista y vio la radiografía, me dijo que debido a la posición del nervio dentario, corría el riesgo de quedar sin sensibilidad en la boca si la extraían. Y de que la lesión resultara irreversible.

No lo tuve que pensar demasiado. Porque antes de que apareciera el dolor de muelas, una vez sentí pena, y me dolió el corazón. Ya dije antes que no soy original. Y también quise arrancarlo. Y dejar de sentir. Nadie me dijo entonces que podría resultar irreversible. Lo del sentir. La farmacéutica no me vendió nada. Eso debe ser para el otro corazón, ese que es un músculo, a la izquierda del pecho. El otro está en todas partes. En la piel, en el alma, en la punta de los dedos, en las tripas y en la expresión.

Pude haberlo arrancado, y haber dejado de sentir pena, y alegría, y tristeza, y soledad, y frío, y amor. Pude haber dejado de sentir. Claro, estando en tantos sitios, era imposible no dañar irreversiblemente algún nervio. Y lo dejé conmigo. Aunque alguna vez duela. Como la muela. Total, tampoco duele siempre. Sólo a veces. Total, hay calmantes. Si renunciar al dolor significa renunciar a sentir frío al comer helado, calor al beber café, o renunciar al tacto de un beso, me quedo con mi dolor. Aunque cuando esté en momentos rebeldes rabie, y suplique que maten a esa muela, y a ese juicio, y a ese nervio, suplique que me arranquen la sensibilidad. Pero se pasa. Son dos días o dos semanas. Pero el helado sigue siendo helado. Y los besos, besos.

Y ya no sé si hoy estaba hablando del sentido, de la sensibilidad, de las muelas o del corazón. O si simplemente hablo de vivir, que es menos complicado.

PD: Esto lo escribí en febrero de 2008. En julio me tragué mis palabras, y viendo que el dolor no era de días, ni de semanas, sino que se había quedado a vivir, decidí correr el riesgo. Y gané :-)

Me temo que en breve quitaré otra.Qué guerra dan las muy cabronas.

El corazón lo sigo teniendo en su sitio.

Seguiremos informando.

Nunca me han dejado

Empecé a fumar con 15 años. Hasta esa edad no me dejaban salir por ahí sola con mis amigas, por la noche (lo de por la noche es un decir, porque era a las 22:00h cuando la Cenicienta tenía el toque de queda). Primero íbamos a comprar unas patatas fritas de esas que ponen en un cucurucho, con salsas y que se comen con un palito. Después al Mil Copas, donde después de aburrirnos con los zumos, comenzamos nuestro descubrimiento del alcohol con Licor 43 mezclado con batido de chocolate. Y por último tratábamos de que nos dejaran pasar a la única discoteca que había en la zona con un DNI falsificado. No colaba casi nunca a pesar del maquillaje. Entonces nos dedicábamos a deambular hasta que se hacía la hora de coger el bus de vuelta, y para amenizar la espera comprábamos una cajetilla y nos fumábamos uno o dos cigarros cada una, sin tragar el humo, sólo por diversión, por probar. No podíamos ir a bailar pero al menos nos quedaba el cigarro en la calle.

 

Aprendí a tragarme el humo con 16, en un campamento de vela en San Javier que organizaba el Ayuntamiento, y al que fui con la que definitivamente pasó a ocupar el puesto de mejor amiga: Raquel. A ella se le daba mejor que a mí. Yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos, porque no conseguí dejar de toser cuando aspiraba el humo. Pero hice gala de un gran amor propio. Si Raquel lo ha conseguido, yo también. Así que por pura cabezonería y también por fastidiar al chico con el que ligué en ese campamento, Javi1, el único chico espectacular con el que he estado, por el que dejé a mi primer novio y con el que pasé a la fase 2 sexualmente hablando, de las 3 que hay, conseguí perfeccionar mi técnica. Me pregunto qué sentido tenía el fastidiar a Javi fumando, quizás como una rebeldía ante tanta perfección que iba exhibiendo el muchacho, o quizás para que siguiera intentando impedírmelo a besos. Yo, que nunca me había considerado una gran cosa no podía entender qué había visto en mí el chico más guapo del campamento, que para más inri era mayor que yo e iba a empezar a estudiar Ciencias Políticas. Al final se terminó cayendo de ese pedestal que yo había construido para él.

 

Destapé mi vicio la noche que dejé a Javi 1. A mí nunca me han dejado. Lo cierto es que yo estaba enamorada hasta las trancas, pero a mí el amor nunca me ha cegado hasta el punto de no saber distinguir cuándo una relación no marchaba. Y mientras yo quería a ese chico hasta el punto de tener el estómago con nudo permanente y de estar dispuesta a cualquier cosa que me hubiera pedido (y no me pidió), yo sentía que era para él una distracción de fin de semana. Y antes de pasar por ser víctima, escuchar palabras de consuelo y ánimo, antes de tener que estar soportando la lástima de los demás, opté por ser tachada de lo contrario. De modo que antes de que alguien pudiera dejarme me apresuraba yo a dar ese paso.

Esa noche le había llamado, le había dejado, me había quedado con el resto de nuestra gente de copeo, y había logrado una actuación magnífica. Porque con un dolor que me partía en alma en dos, delante de los demás me había divertido como nunca. Javi en cambio estuvo toda la noche cabizbajo. Fumé más que nunca.

Llegué a casa, y mis padres tenían invitados, estaban cenando. Dije que me iba a la cama. Mi pidieron que saludara y besara al menos. Al besar a mi padre saltó.

- Patricia, hija, hueles a tabaco. Es que en esos bares cómo se pega el olor porque… no habrás fumado, no? (a quién se le ocurre hacerme esa pregunta el peor día de mi vida y delante de los invitados)

- Sí.

- Pero, ¿cómo me dices eso?

- Me preguntas y te contesto, ¿Qué si he fumado? Pues sí.

- Qué falta de personalidad. Seguro que tus amigos fuman y te has dejado llevar.

- Pues te equivocas, esta noche fui yo la única. Me compré mi cajetilla y me la fumé enterita y sin ayuda. (y pensé: ¿me podéis dejar ya irme a mi habitación para poder seguir muriéndome de pena y poder llorar por fin?)

 

No hay nada peor que una tonta con personalidad, no? En fin, que creo que he pasado por casi todas las etapas de la vida, muy deprisa y muy intensamente. Y desde luego la adolescencia dio para mucho y fui, como está mandado, una auténtica tocapelotas.

 

Desde entonces he seguido fumando por diversos motivos. El primero, el que todo el mundo intenta camuflar en sus motivos (yo no quiero dejarlo, yo fumo porque me gusta, yo lo dejo cuando quiero)…. La adicción a la nicotina.

El segundo, porque durante una buena temporada me sirvió de arma arrojadiza para fastidiar a mis padres, con los que estaba permanentemente enfadada por hacerme volver a casa antes que mis amigos, y por considerar que mis penas, mis alegrías, mis amigos o mis novios eran tonterías. Que lo importante eran los estudios. Y digamos que los padres tienen poca picardía, porque habiendo llevado mi padre toda la vida diciéndome que había dejado de fumar para dar ejemplo y no caer en un renuncio cuando nos piediera que no lo hiciéramos, yo ya sabía cuál era el punto débil, y hasta qué punto le encabronaría mi vicio.

El tercero, para ser de las malas en el colegio de monjas. Y seguir llevando la contraria, para variar.

El cuarto, porque ahora que Rubén es un ex fumador militante, y no para de darme la matraca con el tema, ha sustituido a mi padre en el cargo de “represaliado mediante el tabaco”.

El quinto, porque llegados a un punto, llegas a asociar cualquier aspecto significativo de tu vida con el pitillo, y su ausencia en determinados momentos crea un vacío difícil de reponer, haciendo que sin él, cada euforia o cada depresión no se manifiesten con toda su intensidad. Y es como un compañero, un amante, o un amigo. Que te llena con cada calada. (Podría contar media vida al hilo de mi vicio)

Pero como ya he dicho, a mí nunca me han dejado. Y sé de sobra que esta relación nuestra no se basa en el amor sino en la dependencia, y no va a llegar a buen fin. Y antes de que seas tú quien me hagas daño, y desde aquí, al borde del abismo que supone dejar atrás tantos años de encuentros y desencuentros, y desde el miedo de que resulte otro intento fallido, amigo gris, te digo adiós.

 

Escrito en agosto de 2007. Dejé de fumar un mes. A día de hoy me he pasado al tabaco de liar. Consumo diario 7 u 8 cigarros diarios. De momento el romance continua.