Empecé a fumar con 15 años. Hasta esa edad no me dejaban salir por ahí sola con mis amigas, por la noche (lo de por la noche es un decir, porque era a las 22:00h cuando la Cenicienta tenía el toque de queda). Primero íbamos a comprar unas patatas fritas de esas que ponen en un cucurucho, con salsas y que se comen con un palito. Después al Mil Copas, donde después de aburrirnos con los zumos, comenzamos nuestro descubrimiento del alcohol con Licor 43 mezclado con batido de chocolate. Y por último tratábamos de que nos dejaran pasar a la única discoteca que había en la zona con un DNI falsificado. No colaba casi nunca a pesar del maquillaje. Entonces nos dedicábamos a deambular hasta que se hacía la hora de coger el bus de vuelta, y para amenizar la espera comprábamos una cajetilla y nos fumábamos uno o dos cigarros cada una, sin tragar el humo, sólo por diversión, por probar. No podíamos ir a bailar pero al menos nos quedaba el cigarro en la calle.
Aprendí a tragarme el humo con 16, en un campamento de vela en San Javier que organizaba el Ayuntamiento, y al que fui con la que definitivamente pasó a ocupar el puesto de mejor amiga: Raquel. A ella se le daba mejor que a mí. Yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos, porque no conseguí dejar de toser cuando aspiraba el humo. Pero hice gala de un gran amor propio. Si Raquel lo ha conseguido, yo también. Así que por pura cabezonería y también por fastidiar al chico con el que ligué en ese campamento, Javi1, el único chico espectacular con el que he estado, por el que dejé a mi primer novio y con el que pasé a la fase 2 sexualmente hablando, de las 3 que hay, conseguí perfeccionar mi técnica. Me pregunto qué sentido tenía el fastidiar a Javi fumando, quizás como una rebeldía ante tanta perfección que iba exhibiendo el muchacho, o quizás para que siguiera intentando impedírmelo a besos. Yo, que nunca me había considerado una gran cosa no podía entender qué había visto en mí el chico más guapo del campamento, que para más inri era mayor que yo e iba a empezar a estudiar Ciencias Políticas. Al final se terminó cayendo de ese pedestal que yo había construido para él.
Destapé mi vicio la noche que dejé a Javi 1. A mí nunca me han dejado. Lo cierto es que yo estaba enamorada hasta las trancas, pero a mí el amor nunca me ha cegado hasta el punto de no saber distinguir cuándo una relación no marchaba. Y mientras yo quería a ese chico hasta el punto de tener el estómago con nudo permanente y de estar dispuesta a cualquier cosa que me hubiera pedido (y no me pidió), yo sentía que era para él una distracción de fin de semana. Y antes de pasar por ser víctima, escuchar palabras de consuelo y ánimo, antes de tener que estar soportando la lástima de los demás, opté por ser tachada de lo contrario. De modo que antes de que alguien pudiera dejarme me apresuraba yo a dar ese paso.
Esa noche le había llamado, le había dejado, me había quedado con el resto de nuestra gente de copeo, y había logrado una actuación magnífica. Porque con un dolor que me partía en alma en dos, delante de los demás me había divertido como nunca. Javi en cambio estuvo toda la noche cabizbajo. Fumé más que nunca.
Llegué a casa, y mis padres tenían invitados, estaban cenando. Dije que me iba a la cama. Mi pidieron que saludara y besara al menos. Al besar a mi padre saltó.
- Patricia, hija, hueles a tabaco. Es que en esos bares cómo se pega el olor porque… no habrás fumado, no? (a quién se le ocurre hacerme esa pregunta el peor día de mi vida y delante de los invitados)
- Sí.
- Pero, ¿cómo me dices eso?
- Me preguntas y te contesto, ¿Qué si he fumado? Pues sí.
- Qué falta de personalidad. Seguro que tus amigos fuman y te has dejado llevar.
- Pues te equivocas, esta noche fui yo la única. Me compré mi cajetilla y me la fumé enterita y sin ayuda. (y pensé: ¿me podéis dejar ya irme a mi habitación para poder seguir muriéndome de pena y poder llorar por fin?)
No hay nada peor que una tonta con personalidad, no? En fin, que creo que he pasado por casi todas las etapas de la vida, muy deprisa y muy intensamente. Y desde luego la adolescencia dio para mucho y fui, como está mandado, una auténtica tocapelotas.
Desde entonces he seguido fumando por diversos motivos. El primero, el que todo el mundo intenta camuflar en sus motivos (yo no quiero dejarlo, yo fumo porque me gusta, yo lo dejo cuando quiero)…. La adicción a la nicotina.
El segundo, porque durante una buena temporada me sirvió de arma arrojadiza para fastidiar a mis padres, con los que estaba permanentemente enfadada por hacerme volver a casa antes que mis amigos, y por considerar que mis penas, mis alegrías, mis amigos o mis novios eran tonterías. Que lo importante eran los estudios. Y digamos que los padres tienen poca picardía, porque habiendo llevado mi padre toda la vida diciéndome que había dejado de fumar para dar ejemplo y no caer en un renuncio cuando nos piediera que no lo hiciéramos, yo ya sabía cuál era el punto débil, y hasta qué punto le encabronaría mi vicio.
El tercero, para ser de las malas en el colegio de monjas. Y seguir llevando la contraria, para variar.
El cuarto, porque ahora que Rubén es un ex fumador militante, y no para de darme la matraca con el tema, ha sustituido a mi padre en el cargo de “represaliado mediante el tabaco”.
El quinto, porque llegados a un punto, llegas a asociar cualquier aspecto significativo de tu vida con el pitillo, y su ausencia en determinados momentos crea un vacío difícil de reponer, haciendo que sin él, cada euforia o cada depresión no se manifiesten con toda su intensidad. Y es como un compañero, un amante, o un amigo. Que te llena con cada calada. (Podría contar media vida al hilo de mi vicio)
Pero como ya he dicho, a mí nunca me han dejado. Y sé de sobra que esta relación nuestra no se basa en el amor sino en la dependencia, y no va a llegar a buen fin. Y antes de que seas tú quien me hagas daño, y desde aquí, al borde del abismo que supone dejar atrás tantos años de encuentros y desencuentros, y desde el miedo de que resulte otro intento fallido, amigo gris, te digo adiós.
Escrito en agosto de 2007. Dejé de fumar un mes. A día de hoy me he pasado al tabaco de liar. Consumo diario 7 u 8 cigarros diarios. De momento el romance continua.