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Si no te quiero yo

La mañana del día en que di la gran noticia, dije en el trabajo que tenía que ir al médico. Me fui temprano y en ayunas al Hospital de Mostotes. Allí, tres meses después que el predictor, confirmaron mi embarazo. Y allí, yo sola, escuché el corazón del niño que ya había decidido tener. Y allí, sola, le vi agitar sus bracitos. Y yo sola, de vuelta al trabajo, con las fotos de ese embrión que respiraba porque yo respiraba, y que vivía porque yo vivía, pensaba cuál sería la razón que me movía a poner toda mi vida del revés por dejar seguir respirando al dueño de esos brazos. Por qué me había enfrentado a mi pareja. Por qué tendría que pasar un mal rato en mi casa. Por qué me arriesgaba a perder mi trabajo, a perder a mi pareja,  una juventud cómoda,  mi independencia, o mis oportunidades.

Ese día no me llamó nadie para preguntarme por él.

Y yo sólo podía pensar “si no te quiero yo, ¿quién te va a querer?”.

De esto hace aproximadamente ocho años. Yo tenía veintidós.

Por la noche, con un gran nudo en el estómago, y las fotos en el bolso, vi que mi madre estaba sola en la cocina, recogiendo la cena. Me acerqué. Mamá, tengo que decirte algo. Voy a tener un hijo. Quizás le vinieran a la cabeza las mismas palabras que me venían a mí cuando pensaba en mi hijo. No lo sé. Pero no lo dudó ni un instante: me abrazó. Muy fuerte. ¿Qué tal estás? Bien, mamá.

En los meses siguientes se oyeron muchas bromitas. Una de ellas era de mi padre, quien decía que lo peor de convertirse en abuelo, es que empiezas a dormir con una abuela.

Bueno mamá, siento haberte hecho abuela prematura. Pero el ser abuela no te ha envejecido. Ni los 53 años que has cumplido hoy. Eso siempre lo has llevado bien. En general la vida la has llevado bien. La llevas bien. Cuando te ha tocado lo difícil y cuando te ha tocado lo fácil. No sé cómo lo haces para que siempre parezca fácil.



Felicidades mamá.


La comida de cumpleaños y Sartre

El 28 de diciembre es el cumpleaños de mi abuela. Fui una inocentada, dice ella. Se llama María Luisa, su padre se llamaba Luís, y su hermano mayor se llama Luís también. A eso le llamo yo marcar territorio. O tal vez mi bisabuelo fuera un cachondo mental, y le fuera el rollo de las inocentadas. Quizás eso explique que con tan poca variedad de nombres, sus hermanos comenzaran a llamarla Kuki, como el perro. Manda huevos, ¿tercera inocentada?

El caso es que para nosotros, los nietos, siempre ha sido la abuela Kuki. Eso sí, que conste que nada supimos de lo del perro hasta mucho después. Ni de su verdadero nombre.

Los 28 de diciembre, cuando éramos pequeñas, eran día de vacaciones. A veces estábamos con mis abuelos, y casi siempre, de no ser así, íbamos al menos a comer con ellos, a celebrar cumpleaños e inocentadas. Era uno de los pocos días al año en que veíamos a mi prima Marta. Algún alma caritativa nos llevaba a las tres a la Plaza Mayor, y nos compraba bengalas y bromas. Le metíamos a mi abuelo Pepe explosivos en los cigarros, al más puro estilo talibán. Pero si las anginas de pecho no consiguieron que dejase el vicio, tampoco lo harían nuestros ataques terroristas. Era un hombre de principios. Y yo ahora le entiendo. De hecho el primer cigarro que me fumé fue en una habitación de ese piso en la calle San Marcos, con unos ocho años, junto con mi hermana y mi prima, esperando a que estallara el explosivo.

También jugábamos a gastar bromas telefónicas. En eso la que más morro tenía era mi prima. No tenía sentido de la medida. Joder, con lo formalita que parece ahora. Cómo cambiamos.

Mi abuela en su cumpleaños solía hacer huevos rellenos, pollo en pepitoria, o carne en salsa, que ella llama “de la que hago yo”.

Ahora, pasados los años, cada vez cuesta más trabajo reunirnos. En una casa no cabemos. Cada vez hay más familias, lo que implica más vidas que coordinar un día.. El que no puede por una cosa no puede por otra. De todas formas no se me olvida cómo sabe la pepitoria. Me la hizo unas cuantas veces en los años en que vivimos juntas.

La última vez que consiguió juntarnos a todos fue hace tres. Se debió gastar la mujer los ahorros del año en invitarnos. Pero dice que no le importa, que para ella no hay satisfacción más grande que tener a su familia reunida. Y le contaba a los camareros: ¡Fíjense! tres hijos, seis nietos, y dos bisnietos.

Y por supuesto no se detiene ahí y el camarero escucha poniendo cara de interés haciendo un alarde de profesionalidad, cómo nos llama a mi tía Meme y a mí, y nos dice que somos hija y nieta aunque no lo parezca, porque sólo nos llevamos nueve años. Y entonces le dicen que lo que no parece es que ella tenga los años que tiene, que se la ve tan joven, etc…

Y ella no para de decir lo feliz que está, que gracias por estar, y brinda y canta, y le brillan los ojos, y se ríe escandalosamente, así como se ríe ella.

Por último, un camarero le llevó un ramo de rosas que compramos de sorpresa para ella. Y entonces lloró de emoción. Ella es de risa fácil y de lágrima fácil.

Este año, como el 28 cae en domingo, dijo que quería celebrar su cumpleaños. Pero mi hermana no estaba, mi primo Mario tampoco, y yo no sabía si habría vuelto de Galicia. Así que lo cambia al 21, pero aún habiendo cambiado el día, empezó a organizar el tinglado con toda su ilusión y energía, que es mucha, por cierto: ese día estamos todos. ¡Qué puñetera casualidad! Porque resulta que yo hacía un mes que había fijado ese día una comida con amigos. De esos a los que quieres mucho, pero con los que parece que hay que esperar a que lleguen estas fechas para que entre todos hagamos un esfuerzo de agendas por coincidir.

La cosa es que mientras miraba con cierta envidia el chorreo de mails que mis amigos iban cruzando para fijar restaurante y hora, me tuve que conformar con escribirles:

Nosotros ese día estaremos para la sobremesa, que esperamos sea larga. Mi abuela ha decidido celebrar ese día su cumple, y no he sabido cómo decirle que no iría sin sentirme culpable.”

David me contestó que ya tenía un buen tema para el blog.

No creo que esto sea lo que él esperaba, sino más bien una disertación acerca del querer y el deber. Pero es que en este caso concreto, no puedo evitar pensar en mi abuela y en su historia, que es la mía, y no puedo hablar en sentido abstracto y generalista, porque la culpa llega en situaciones concretas, la culpa llega incluso a la hora de catalogar lo que debería ser un querer como deber. Y a veces, desmenuzando la situación concreta, echando la vista atrás, y removiendo un poquito la historia y las circunstancias, el deber se convierte en querer. Y entiendo un poco mejor a Sartre cuando decía que la felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace. Estamos en ello.

Felicidades

El día que naciste no fue el mejor día de mi vida. Llevaba meses leyendo que así sería y cómo me sentiría, pero no fue así.

Después de más de catorce horas de dilatación llegó el momento. Pero estabas mal colocado. Supongo que ya intuías que por encima del techo del quirófano y la luz artificial había un cielo azul y profundo que no te querías perder y en lugar de nacer mirando al suelo lo hiciste al revés. Tras una hora y media de expulsivo, que recuerdo a trozos porque perdí el conocimiento por falta de oxígeno en algunos momentos, con tres comadronas, dos ginecólogas y tres pediatras alrededor, mi madre sujetando la camilla en la cabecera porque estaba rota y se movía, trajeron las palas y te sacaron. Entonces dejaron entrar a tu padre que me acariciaba la cara mientras me cosían. Estabas blanco como la cera y no llorabas. No pude verte pues te llevaron corriendo a hacerte las primeras exploraciones. Oí cómo te pegaban las palmadas que tanto se oyen en las películas seguidas de un llanto. Pero esta vez sin llanto. Lo intentaban y lo intentaban. Al fin un pequeño gemido. Como un gatito. Ví que te sacaban corriendo del quirófano envuelto en tela verde. Lo único que pude distinguir es que seguías igual de blanco y que tenías una herida en la frente. “El mío es el de la herida”- pensé.

Preguntaba qué te pasaba, si estabas bien. Y cuanto más se esforzaban por tranquilizarme más tenía la impresión de que nadie decía la verdad y me estaban protegiendo como si no fuera capaz de aceptar la realidad por respuesta. Es difícil sacar la preocupación de una cara. Puede uno cuidar el tono de voz, que puede sonar cariñoso y seguro. Pero es que la preocupación se instala en el fondo de los ojos y se acomoda en el resto de la cara. Y no hay sonrisa que borre su huella.

Después me dejaron en una cuartito. Y llegó el frío. Por muy 28 de agosto que fuera no hubo calcetines ni mantas que me quitaran la tiritona.

Tu padre subió a verte. ¿Qué tal está? Tiene tus pies, me dijo.

A mí no me dejaron ir hasta las 6 de la mañana que era hora de visitas y podía entrar. Trajeron una silla de ruedas, porque no era capaz de caminar sin ahogarme. El camino se me hizo eterno.

La sala estaba llena de incubadoras, y en cada una un bebé minúsculo. Hasta que llegué a la tuya. Parecías el hermano mayor, pues tu problema no había sido el peso, y allí estabas, llenando esa incubadora con tus tres kilos y medio. Lleno de cables y tubos, y con tu herida en la frente. Sólo podíamos entrar de uno en uno, y fui yo primera. Metí la mano por el agujerito y te acaricié las piernas y los brazos. Te acaricié la palma de las manos con cuidado para no descolocarte la vía. Me dejaron cogerte en brazos. Una enfermera te colocó sobre mí con cuidado para no descolocar nada. Dormías plácidamente, con la cabecita caída hacia atrás y la barbilla puntiaguda.

 

No te reconocí. Es curioso, porque si me hubieran puesto encima a cualquier otro niño habría sentido lo mismo. Y es que no es un reconocimiento de hijo lo que me hizo quererte desde el primer momento, fue ese verte tan pequeñito, tan indefenso, tan vulnerable y tan dependiente. Es el primer tipo de amor que sentí por ti, quise a ese pequeño desconocido por la ternura que me inspiraba, y por la responsabilidad que tenía con él, que más que un amor consciente y razonado era un instinto de protección.

 

Miré a Rubén, que estaba al otro lado del cristal. Me miraba con mucha emoción, y con el dedo escribió en el cristal “te queda muy bien”. Y volví a mirarte y a mirarte, para conocerte, para ir descubriéndote.

Y no lloré. Estaba emocionada pero no lloré. Tú no llorabas, yo tampoco. Tú tenías ese semblante de paz y de tranquilidad. En su momento lloré, pero no al verte, sino una noche, sentada en esa silla, mientras recorría pasillos de hospital oscuros, en los que sólo se oía el llanto de algún niño que sí podía estar en una habitación con su madre.

 

Finalmente te fuiste reponiendo. Cada tres horas estábamos allí puntuales. Y en cada visita ibas luciendo un cable menos. Una semana después te dieron el alta, y no se me olvidará lo que me dijo la pediatra cuando firmaba el alta: “os devolvemos un niño normal”. Me dio un escalofrío.

 

Y de esto hace hoy siete años. Siete años desde que naciste, siete años desde que empezamos a vivir juntos Rubén y yo. Siete años de tantas cosas. Siete años de una gran aventura.

Felicidades Pablo.

Miguel

Miguel acaba de cumplir dos años. Sube y baja escaleras, está aprendiendo a comer solo, y no habla prácticamente nada. El miércoles le llevé al pediatra a su revisión de los dos años y me preguntó “¿cuántas frases de más de tres palabras dice?” Bueno, digamos que en su vocabulario apenas hay más de tres palabras. Aunque estos últimos días está empezando a hacer esfuerzos por repetir e imitar otras nuevas, así que a su “papá, mamá, caca, yatá (ya está), no (acompañado por su dedo índice moviéndose con energía de izquierda a derecha)” está incorporando “bobo (globo) tatoto (una moto), y alguna más”.
En definitiva, un desastre.
A Miguel le gusta desayunar con su biberón, y después lanzarse a por nuestro desayuno. Subirse a las sillas, de ellas a la mesa, coger la mantequilla, quitarle la tapa y meter los dedos dentro y una vez dentro moverlos mucho. Le gusta también coger el zumo de naranja, quitar y poner el tapón de rosca, e intentar llenar un vaso. De hecho lo consigue, aunque de paso quede zumo en el mantel, en la mesa, en las sillas y en el suelo. En todas partes menos en el tetra brick.
Otra cosa que le encanta es perderte de vista cuando quiere curiosear algo que no debe, de modo que cuando estás más de cinco minutos sin verle y oírle probablemente lo encontrarás en el baño con la afeitadora eléctrica en su barbilla y él reproduciendo el ruidito, con sus deditos en tu crema hidratante (sí, con el mismo estilo que con la mantequilla), con la laca de uñas vertida en el suelo y él decorando con el pincel su camiseta, o jugando con la escobilla del WC (eso es uno de sus juegos favoritos).
A Miguel los juegos de construcción, el Mr Potato, los Puzzles acolchados, los cuentos de gomaespuma o los cochecitos no le gustan. Si se rompen no pasa nada y además suelen pasar el test de dureza al que somete todo aquello que cae en sus manos. Tampoco se puede intoxicar ni escalabrar con ellos. Claro, ni puñetera gracia encuentra en ellos.
Es un melómano empedernido. Cuando vamos en el coche sabe cuando está terminando una canción y entre una y otra chilla desesperado “ota, ota” (otra). Por cierto, se me olvidó antes incluirla en su vocabulario. Una de sus favoritas es Let me out de Dover.
Y desde luego lo que odia es pirateemos música, y la almacenemos en el portátil, porque poco le hace tan feliz (salvo arrojar objetos contundentes por la ventana o escaleras abajo) como abrir y cerrar una caja, sacar el CD, metérselo en el dedito, y arrastrarlo por todas las superficies posibles hasta que quede completamente rallado.
En la bañera disfruta haciendo lanzamiento de esponja y de patitos de goma. A veces me alcanza y acabamos a esponjazo limpio, yo desde fuera y él desde dentro. Los dos empapados y el vecino de abajo con goteras. Lo que me hace menos gracia es lo de tener que reponer cada tres días el gel de ducha y el champú, porque en cuanto me pilla parpadeando los abre y me los vacía en la bañera. Es que es muy limpito él.
Eso sí, Miguel duerme como un campeón. De nueve a nueve y tres horitas de siesta. Cosa que para mi salud mental e integridad física está muy bien.
Y es tan simpático, tan risueño y sonríe con tanta luz, que es capaz de cambiar los instintos de atarle por los de darle un beso y un achuchón en cuestión de segundos.

En fin, es que Miguelito… es mucho Miguelito….

Agosto 2007