El 28 de diciembre es el cumpleaños de mi abuela. Fui una inocentada, dice ella. Se llama María Luisa, su padre se llamaba Luís, y su hermano mayor se llama Luís también. A eso le llamo yo marcar territorio. O tal vez mi bisabuelo fuera un cachondo mental, y le fuera el rollo de las inocentadas. Quizás eso explique que con tan poca variedad de nombres, sus hermanos comenzaran a llamarla Kuki, como el perro. Manda huevos, ¿tercera inocentada?
El caso es que para nosotros, los nietos, siempre ha sido la abuela Kuki. Eso sí, que conste que nada supimos de lo del perro hasta mucho después. Ni de su verdadero nombre.
Los 28 de diciembre, cuando éramos pequeñas, eran día de vacaciones. A veces estábamos con mis abuelos, y casi siempre, de no ser así, íbamos al menos a comer con ellos, a celebrar cumpleaños e inocentadas. Era uno de los pocos días al año en que veíamos a mi prima Marta. Algún alma caritativa nos llevaba a las tres a la Plaza Mayor, y nos compraba bengalas y bromas. Le metíamos a mi abuelo Pepe explosivos en los cigarros, al más puro estilo talibán. Pero si las anginas de pecho no consiguieron que dejase el vicio, tampoco lo harían nuestros ataques terroristas. Era un hombre de principios. Y yo ahora le entiendo. De hecho el primer cigarro que me fumé fue en una habitación de ese piso en la calle San Marcos, con unos ocho años, junto con mi hermana y mi prima, esperando a que estallara el explosivo.
También jugábamos a gastar bromas telefónicas. En eso la que más morro tenía era mi prima. No tenía sentido de la medida. Joder, con lo formalita que parece ahora. Cómo cambiamos.
Mi abuela en su cumpleaños solía hacer huevos rellenos, pollo en pepitoria, o carne en salsa, que ella llama “de la que hago yo”.
Ahora, pasados los años, cada vez cuesta más trabajo reunirnos. En una casa no cabemos. Cada vez hay más familias, lo que implica más vidas que coordinar un día.. El que no puede por una cosa no puede por otra. De todas formas no se me olvida cómo sabe la pepitoria. Me la hizo unas cuantas veces en los años en que vivimos juntas.
La última vez que consiguió juntarnos a todos fue hace tres. Se debió gastar la mujer los ahorros del año en invitarnos. Pero dice que no le importa, que para ella no hay satisfacción más grande que tener a su familia reunida. Y le contaba a los camareros: ¡Fíjense! tres hijos, seis nietos, y dos bisnietos.
Y por supuesto no se detiene ahí y el camarero escucha poniendo cara de interés haciendo un alarde de profesionalidad, cómo nos llama a mi tía Meme y a mí, y nos dice que somos hija y nieta aunque no lo parezca, porque sólo nos llevamos nueve años. Y entonces le dicen que lo que no parece es que ella tenga los años que tiene, que se la ve tan joven, etc…
Y ella no para de decir lo feliz que está, que gracias por estar, y brinda y canta, y le brillan los ojos, y se ríe escandalosamente, así como se ríe ella.
Por último, un camarero le llevó un ramo de rosas que compramos de sorpresa para ella. Y entonces lloró de emoción. Ella es de risa fácil y de lágrima fácil.
Este año, como el 28 cae en domingo, dijo que quería celebrar su cumpleaños. Pero mi hermana no estaba, mi primo Mario tampoco, y yo no sabía si habría vuelto de Galicia. Así que lo cambia al 21, pero aún habiendo cambiado el día, empezó a organizar el tinglado con toda su ilusión y energía, que es mucha, por cierto: ese día estamos todos. ¡Qué puñetera casualidad! Porque resulta que yo hacía un mes que había fijado ese día una comida con amigos. De esos a los que quieres mucho, pero con los que parece que hay que esperar a que lleguen estas fechas para que entre todos hagamos un esfuerzo de agendas por coincidir.
La cosa es que mientras miraba con cierta envidia el chorreo de mails que mis amigos iban cruzando para fijar restaurante y hora, me tuve que conformar con escribirles:
“Nosotros ese día estaremos para la sobremesa, que esperamos sea larga. Mi abuela ha decidido celebrar ese día su cumple, y no he sabido cómo decirle que no iría sin sentirme culpable.”
David me contestó que ya tenía un buen tema para el blog.
No creo que esto sea lo que él esperaba, sino más bien una disertación acerca del querer y el deber. Pero es que en este caso concreto, no puedo evitar pensar en mi abuela y en su historia, que es la mía, y no puedo hablar en sentido abstracto y generalista, porque la culpa llega en situaciones concretas, la culpa llega incluso a la hora de catalogar lo que debería ser un querer como deber. Y a veces, desmenuzando la situación concreta, echando la vista atrás, y removiendo un poquito la historia y las circunstancias, el deber se convierte en querer. Y entiendo un poco mejor a Sartre cuando decía que la felicidad no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace. Estamos en ello.