Pero pasados pocos meses empezaron a asignarme objetivos. Este era un sistema absolutamente perverso, porque teníamos objetivos personales y de oficina. Si no se cumplían los personales uno no ganaba bonus, cosa que a mí me importaba bien poco, porque para la mierda que me iba a corresponder no me merecía la pena el sufrimiento. Pero si no se cumplían los personales era más complicado cumplir el de la oficina, y si esto ocurría ninguno de los compañeros cobraría ese bonus. Que en el caso del director y de la interventora eran jugosas cuantías ya que tenían pactado un porcentaje de sueldo muy importante en variable.
Todas las mañanas teníamos un comité a primera hora, para tener claro lo que teníamos que vender, y lo que faltaba en total a la oficina. Y en cuanto cerrábamos teníamos que ir otra vez al despacho a rendir cuentas de lo que habíamos hecho a lo largo de la mañana. Y por la tarde a llamar indiscriminadamente. Cada mes había que vender un determinado importe de hipotecarios, de préstamos personales y de fondos de inversión, y de estos últimos los que interesaban eran los que estaban en campaña, o los que dejaban un mayor margen. Lo demás les importaba un bledo.
Al cabo de un año decidieron nombrarme Asesora Financiera y me asignaron una cartera de clientes. Yo pensé que por fin podría realmente mirar por esa gente y poner su dinero donde más les interesara. Vamos, que haría lo que mi cargo indicaba. Pero nada de eso, se trataba de colocarles a todos los productos del mes. El fondo en campaña, el préstamo en campaña, etc…
Yo me preguntaba de qué servía tanto eslogan de pasión por el cliente, si al final nos imponían la política de producto. Y tampoco entendía qué ganaba el banco engañando a un cliente hoy, de qué servía cubrir cuota un mes, si en cuanto el cliente se sintiera engañado dejaría el banco y no volvería más. Pan para hoy….
Bien, pues hipotecarios en ese barrio se hacía más bien pocos o ninguno, y préstamos personales tampoco. Los únicos que solicitaban esos productos eran inmigrantes, a los que después de hacerles llevar toda la documentación y llenarles la cabeza de ilusiones la central de riesgos siempre les denegaba la operación. Terminé perdiendo la ilusión por defender este tipo de operaciones, intentando camelar al delegado de riesgos, documentándolas lo mejor posible, etc… porque en el tiempo en que estuve allí todo lo que me dejaron hacer por una persona cuyo documento de identidad comenzara por X fue darle una tarjeta de crédito. Y por cierto, me parecía tremendo que el programa de scoring, en cuanto analizaba una operación cuyos titulares disponían de tarjetas de residente denegara la operación y nos hiciera enviarla al departamento de riesgos.
Creo que en dos años sólo vendí dos hipotecarios, pero asesoré a muchos, y aunque me obligaban a vender junto con el préstamo tarjetas de crédito, seguro de hogar y de vida, ya me aseguraba yo de decirles que lo único obligatorio y que iba en escritura era el seguro de hogar, pero que lo demás según firmaran la hipoteca podrían cancelarlo.
Y fondos de inversión… bueno, ya os he comentado que la mayor parte de los clientes eran personas bastante mayores. Y claro, cuando un señor de 85 años se sentaba y me decía “aconséjame como si fuera tu abuelo”. Entonces mandaba al carajo los objetivos y le metía en algo seguro y a corto plazo, porque no tenía estómago para decirle que lo que más le interesaba era la renta variable garantizada, eso sí, si lo mantenía cinco años. ¿Y si le daba un tenía un problema de salud antes y tenía que retirar el dinero para pagar a una enfermera, un tratamiento caro o una residencia?…
En resumen, vendía lo justo para ir tirando. Todos los meses sacaban un ranking de vendedores, por zonas. Yo siempre estaba de la mitad para abajo. Mi jefe me advertía, que el jefe de zona se había fijado en mí, que me perseguía, que me tenía en el punto de mira. Ese mismo jefe de zona que en una reunión de esas que fijaba más o menos cada mes, en las que le encantaba pasarse dos o tres horas hablando de proactividad y expertís, para que admiráramos su oratoria, dijo: “Para este trabajo hay que nacer. Hay gente aquí que es muy buena y muy válida, pero que no sirve para vender. A uno le tiene que gustar. Yo vendería a mi madre sin problemas, y además disfrutaría haciéndolo. Si no os sentís identificados buscad otra cosa pues de lo contrario sufriréis” Y me miraba fijamente mientras hablaba. Me había dormido muchas veces en esas reuniones pues tengo una capacidad limitada para escuchar largos discursos en horas taurinas, a pesar de que mi jefe me hubiera tranquilizado diciéndome “no te preocupes, es imposible dormirse escuchando al hijo puta ese”. Pero ese día no me dormí, y escuché el discurso con claridad. Lo había hecho para mí.
La verdad es que mi jefe era un buen tipo. Y digo era no porque se haya muerto sino porque ahora mismo está disfrutando de su prejubilación. Y él odiaba vender. Y había sufrido con su trabajo toda su vida. Pero su sentido del deber y de obediencia al banco eran mayores que su conciencia, y vendía. Y cumplía con los objetivos, y consiguió su casita en la sierra para descansar de su vida cotidiana en Vallecas. Y me decía a la hora de comer, cuando la amargura me torcía el gesto “Patri, yo no he podido hacer otra cosa en la vida, que tengo cuarto y reválida. Pero tú eres joven y estás preparada, sal de esta mierda.”
Y llegaban los domingos y empezaba la agonía, la de cada día cuando el metro paraba en Lista y tenía que bajar, y subía las escaleras y atravesaba los pasillos arrastrando los pies. Y me dirigía a mi oficina como cerdo al matadero.
“¿Cuánto has vendido hoy Patri?” “Nada, 6.000 euros en plazo fijo” “Patri, que tu contrato vence en junio, que el zona te tiene vigilada”.
En las evaluaciones mi jefe me valoraba de una manera, yo la firmaba, y después el zona le hacía modificarlas. A peor, claro. “Yo no quería, pero me ha obligado” “No te preocupes Eduardo”. Pobre. Mi jefe era un buen tío, pero le faltaban cojones.
Mientras tanto pasaba mis días escuchando a mis clientes, que en su gran mayoría eran bien majos. Y mi mesa parecía más un gabinete psicológico. A mí no me importaba dejar que estuviera sentada la señora María tres horas si no había colas, contándome que después de la guerra tuvo que prostituírse para sobrevivir, y que su hijo no la hablaba, que estaba sola, que sólo tenía a su hermana de leche que era quien la había acogido en su casa y la cuidaba sólo por lástima, pero que no la quería. Ni a Antonio, que se dedicaba a comprar y vender acciones para no aburrirse desde que lo habían prejubilado después de sufrir un infarto y convertirse en un estorbo para su compañía. Ni a Ángel y Tamara, que querían comprar un piso cuando Ángel consiguiera aprobar las oposiciones a policía, pero que echaban de menos Málaga, su ciudad natal. Y así miles de historias, miles de vidas, miles de problemas, pero poco negocio.
“Patri, cuánto has vendido hoy?” “Dos tarjetas de crédito” “Te recuerdo que tu contrato vence en junio.””Ya lo sé Eduardo, ya lo sé. ¿Cómo va el ránking?” “Mal, la 45 de 62”.
Y cada día me sentía peor, más fracasada, más inepta, más insegura y más incapaz. Yo, que siempre había sido buena en todo. Mi hermana me decía que debía sentirme orgullosa porque las cosas me estuvieran yendo así de mal. Que ella jamás se fiaría de un buen comercial. No sé, visto así…. También hay gente que tiene suerte, y está en una oficina en Sanchinarro vendiendo hipotecas como churros, sin sufrimientos, presiones ni engaños.
Por supuesto en junio no me renovaron. De cien personas que entramos dejaron fuera a tres o cuatro, una de ellas yo. Me quedó el consuelo de que muchos de mis clientes entraron a dar queja al director. Pero mi autoestima acabó por los suelos. Al menos me quedó ilesa la conciencia.
De todo esto aprendí dos cosas: que no tuve suerte ni con mi oficina ni con mi jefe de zona, y que nunca más sería comercial.
Hay gente que dice no arrepentirse de nada en su vida. Yo estoy absolutamente segura de que me equivoqué. Y admitir errores es de sabios.