Archivo de la etiqueta: cariño

Un tipo especial

 

  

Es lógico que cuando era pequeña, no fuera consciente de hasta qué punto se quedarían ciertas cosas grabadas, y qué presentes estarían a lo largo de mi vida. Como las cosas que solía decir mi padre. En el fondo, eran cosas comunes a todos los padres, va en el papel. Pero mi padre no solía usar las frases hechas que utilizan todos los padres, al más puro estilo de “y si tus amigos se tiran por la ventana, también lo harás tú?”. No, por supuesto que no. Mi padre no sólo es un tipo especial por ser del Atleti, un apasionado de la música country, o por ponerse en las tostadas mermelada de naranja amarga (pero, ¿a qué no-inglés puede gustarle eso?), sino porque para decir las cosas de padre no recurría a las fórmulas ya existentes, sino que se inventaba las suyas propias. Así que  esos míticos “¿como, o no como?”, “huid de todo peligro”, “es que este papá parece un poco tonto”, “yo no soy sospechoso de querer para ti nada malo…”, y el famoso: “no hagáis nada que no fuerais a hacer si yo estuviera delante”-que me encanta por lo ingenuo-, marcaron mi infancia.

 

Además, mi padre tenía la fórmula perfecta para que fuera muy complicado cogerle en un renuncio. Y era predicar con el ejemplo. Además lo decía (y lo hacía) como si fuera lo más natural y lo más fácil del mundo. ¿Cómo os voy a exigir esfuerzo si yo no me esfuerzo? ¿Cómo os voy a pedir que no fuméis si yo fumo? ¿Cómo voy a enseñar respeto si yo no respeto?. Claro, así es imposible fallar. Y bueno, un padre es padre siempre, y alguna vez me ha tocado agachar la cabecita ya adulta cuando después de haber dado una mala contestación a Rubén, ha venido  y me ha dicho, con cariño pero serio, hija, ¿cómo contestas así? ¿tú nos has oído alguna vez hablarnos así a tu madre y a mí? Pues no. Nunca. Ni una mala contestación, ni una pelea, ni nada. Es imposible el contraataque. Sólo queda pensar lo sumamente complicado que es estar a la altura con el ejemplo recibido. Y la suerte que he tenido de que así sea.

 

A las personas especiales se las recuerda en muchas cosas. Pero creo que  la que más me hace pensar en mi padre es el country. Además, hay que reconocer que del Atleti conozco a más gente, y también a otras personas a las que les gusta la confitura de naranja amarga (aunque muy pocas). Pero nadie a quien le guste el country como a él. Y es lógico que cuando era pequeña, y había pasado en el mes de julio seis horas de viaje en el asiento trasero de un coche, escuchando country ininterrumpidamente, no fuera capaz de imaginar que no sólo no sería capaz de olvidar esa música, sino que llegaría a emocionarme escuchándola.

Sobre todo cuando llega así, de sopetón, sin esperarla. Como el día que fui al ensayo del grupo de mi amigo Eme, y una de las canciones era country. O al menos se daba un aire. Y tuve que hacer de tipa dura para que no se me saltara una lagrimita. Y ya ves tú, ni que mi padre estuviera muerto, si le veo todas las semanas… Fue la emoción de que llegaran de repente las seis horas de viaje a Roquetas de mar, los domingos de música por la mañana, las tardes de fútbol y pipas, los besos con abrazo, la mermelada de naranja amarga y el huid de todo peligro… ahí, en el diminuto local de ensayo.

 

Es lógico que cuando era pequeña no fuera consciente, pero ahora sé que cuando me emociono con una canción de música country, cuando me llama la atención una persona coherente, conciliadora y tenaz, cuando me siento orgullosa de sentirme colchonera aunque no me guste el fútbol, o si me fijo en un supermercado en los chocolates con sabor a naranja, es porque detrás de todo eso, como de otras muchas cosas, está mi padre.

Patricia

Ese es mi nombre. No sé cómo me habría gustado llamarme, pero lo cierto es que concretamente Patricia se me hacía raro. Me resultaba frío. Hierático. Altivo, incluso.

Cuando era pequeña tiraba más bien a la redondez. Para mi familia estaba estupenda. No estás gorda, estás llenita, me decían mis tías.

El caso es que mi madre nunca nos comparaba bollos, y de merienda para el colegio nos ponía medio sandwich con pavo o jamón cocido. Pero cuando mi abuela venía a vernos nos traía siempre algún dulce, que para eso están los abuelos. Ese día fueron esos bollitos de Círculo Rojo de Bimbo que están tan buenos, pero que son chiquitines. Y en el recreo llevaba uno de ellos de merienda, como un gran tesoro. El caso es que según lo estaba desenvolviendo, Pablo , un niño de mi clase, me pidió un trozo. Y a mí siempre me ha costado decir que no. Así que, con todo el dolor de mi corazón, partí la mitad de mi bollito y se lo di.

Pocos días después, en clase estábamos viendo el Imperio Romano. Y la profesora se puso a explicar que los nobles eran llamados patricios. Rápidamente saltó Pablo “Es cierto, Patricia es muy noble, me dio la mitad de su bollito.” Me puse colorada por la vergüenza. Lo primero, porque como siempre, me chirrió el escuchar mi nombre. Lo segundo, porque se lo había dado, sí, pero no sabía él con cuánta pena, cosa que a mi juicio le quitaba al acto toda nobleza. Y lo tercero, fue vergüenza de la ajena, porque no sabía muy bien si el chico quería responder a mi gesto a toda costa, o porque no se había enterado de a qué clase de nobleza se refería la profe.

Yo sólo tenía un nombre. Y un bollito.

El caso es que todo este rollo lo suelto porque mañana es San Patricio. Y ya me he reconciliado con mi nombre. Que me llamen Patricia, Pati, Patri, Pat, Tricia, o mamá, me gusta. Me encanta. Lo que hace que sea realmente bonito es el cariño que quienes te nombran ponen al nombrarte. Mis padres fueron los primeros en ponerlo. El cariño, además del nombre. Y ahora muchas otras personas.

Yo mañana, brindaré por todas ellas, por hacer bonito este nombre que es el mío.

Una tarde en el Retiro

Recuerdo esa tarde en el Retiro como la tarde en que tu fantasma se hizo grande. Y perdona si me repito, que tú esta historia ya la sabes. Casi un año antes estábamos en Binissalem, jugabas a acariciarme con una ramita, hasta que por fin me besaste. Mi segundo beso. Nuestro primer beso. Y ese supo a fruta madura, a viento, y a fuego. Y pocos días más por delante. Días de primavera. Y después a Madrid. Después de haber vivido dos años allí, y el amor llegaba tarde.

Y después unos meses de cartas, y de llamadas los jueves a las ocho. Cartas que decían poco, piel que pedía mucho. Mucho tiempo y mucha distancia. Mucho echar de menos. Me perdonarás que no supiera estar sola. Sólo cuando te dije adios supe que me querías.

Así que no te fuiste del todo:
¿Y si hubiera sido distinto? En otro momento, sin un mar en medio, sin unos años en medio.
¿Y si hubiera sido distinto? Dando forma al fantasma, la tuya esa tarde, en el Retiro.
Te seguían brillando así los ojos cuando los chocabas con los míos, y los atabas fuerte y se quedaban ahí quietos, tiritando, mientras el resto ardía. Y un abrazo, sólo, o tanto. Y el olor a romero, y la primavera soleada, y las cosquillas de esa ramita, allá, en el medio de una isla. Tú te fuiste, se quedó el fantasma. Y mientras tanto, yo helada.
Y así otros encuentros después. Más verte, más besos , más oportunidades. Buscando la fruta, el romero y el fuego. Y una y otra vez el humo en lugar de eso, el del fantasma, tan etéreo. Puto fantasma y puta búsqueda, y puta yo. Y tu corazón en pedacitos. El que no era del fantasma, ese de verdad, de carne y hueso. Y es que lo que un día no es, nunca será sino un fue. Y qué decepcionante es cuando quieres que sea amor, pero ya no es.

Y hace ya ¿cuánto tiempo? ¿Cómo te va? ¿Y qué es de tu vida? Yo bien, ya mayorcita. He aprendido mucho. A quererme. Y a querer.

A no asomarme a precipicios.

A convertir los fantasmas en recuerdos.

Ya los ves,

qué bonitos.