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Desinteresado BSCH

No suelo hablar de estas cosas, pero es que nunca creí que fuera a ver lo que vi ayer en los informativos: un banco indemnizando a sus clientes por una estafa.

Estoy conmocionada con la noticia, ¡un banco asumiendo un coste para restituir las pérdidas de sus clientes! ¡Dios existe!

Pues sí, los clientes particulares afectados por la estafa, provenientes de la banca privada del Banco Santander y Banif, casualmente clientes con patrimonios elevados, con nombres propios que ilustran su perfil como Alicia Koplowitz, Juan Abelló, Ram Bhavnani o Pedro Almodóvar (según el diario Expansión), gracias al gesto benéfico y desinteresado del banco, no tendrán que temer por el sustento de sus hijos; todo el dinero que les fue estafado les será restituido por la entidad financiera. Y por los 500 millones de euros que supuso la broma para esta pobre gente, el banco limpia su buen nombre.

Sin embargo, me surge una duda que si no comparto, me hará reventar. Y es que lo que yo inocentemente me pregunto, es si el SCH habría actuado de la misma forma si los particulares afectados no hubieran sido titulares de pingües patrimonios (siempre quise utilizar ese adjetivo sin acompañarlo del sustantivo “beneficio”), y de haber  tenido como nombre propio un Pepe Pérez cualquiera…

El tiempo en que fui comercial II

Pero pasados pocos meses empezaron a asignarme objetivos. Este era un sistema absolutamente perverso, porque teníamos objetivos personales y de oficina. Si no se cumplían los personales uno no ganaba bonus, cosa que a mí me importaba bien poco, porque para la mierda que me iba a corresponder no me merecía la pena el sufrimiento. Pero si no se cumplían los personales era más complicado cumplir el de la oficina, y si esto ocurría ninguno de los compañeros cobraría ese bonus. Que en el caso del director y de la interventora eran jugosas cuantías ya que tenían pactado un porcentaje de sueldo muy importante en variable.

Todas las mañanas teníamos un comité a primera hora, para tener claro lo que teníamos que vender, y lo que faltaba en total a la oficina. Y en cuanto cerrábamos teníamos que ir otra vez al despacho a rendir cuentas de lo que habíamos hecho a lo largo de la mañana. Y por la tarde a llamar indiscriminadamente. Cada mes había que vender un determinado importe de hipotecarios, de préstamos personales y de fondos de inversión, y de estos últimos los que interesaban eran los que estaban en campaña, o los que dejaban un mayor margen. Lo demás les importaba un bledo.

 

Al cabo de un año decidieron nombrarme Asesora Financiera y me asignaron una cartera de clientes. Yo pensé que por fin podría realmente mirar por esa gente y poner su dinero donde más les interesara. Vamos, que haría lo que mi cargo indicaba. Pero nada de eso, se trataba de colocarles a todos los productos del mes. El fondo en campaña, el préstamo en campaña, etc…

Yo me preguntaba de qué servía tanto eslogan de pasión por el cliente, si al final nos imponían la política de producto. Y tampoco entendía qué ganaba el banco engañando a un cliente hoy, de qué servía cubrir cuota un mes, si en cuanto el cliente se sintiera engañado dejaría el banco y no volvería más. Pan para hoy….

 

Bien, pues hipotecarios en ese barrio se hacía más bien pocos o ninguno, y préstamos personales tampoco. Los únicos que solicitaban esos productos eran inmigrantes, a los que después de hacerles llevar toda la documentación y llenarles la cabeza de ilusiones la central de riesgos siempre les denegaba la operación. Terminé perdiendo la ilusión por defender este tipo de operaciones, intentando camelar al delegado de riesgos, documentándolas lo mejor posible, etc… porque en el tiempo en que estuve allí todo lo que me dejaron hacer por una persona cuyo documento de identidad comenzara por X fue darle una tarjeta de crédito. Y por cierto, me parecía tremendo que el programa de scoring, en cuanto analizaba una operación cuyos titulares disponían de tarjetas de residente denegara la operación y nos hiciera enviarla al departamento de riesgos.

Creo que en dos años sólo vendí dos hipotecarios, pero asesoré a muchos, y aunque me obligaban a vender junto con el préstamo tarjetas de crédito, seguro de hogar y de vida, ya me aseguraba yo de decirles que lo único obligatorio y que iba en escritura era el seguro de hogar, pero que lo demás según firmaran la hipoteca podrían cancelarlo.

Y fondos de inversión… bueno, ya os he comentado que la mayor parte de los clientes eran personas bastante mayores. Y claro, cuando un señor de 85 años se sentaba y me decía “aconséjame como si fuera tu abuelo”. Entonces mandaba al carajo los objetivos y le metía en algo seguro y a corto plazo, porque no tenía estómago para decirle que lo que más le interesaba era la renta variable garantizada, eso sí, si lo mantenía cinco años. ¿Y si le daba un tenía un problema de salud antes y tenía que retirar el dinero para pagar a una enfermera, un tratamiento caro o una residencia?…

 

En resumen, vendía lo justo para ir tirando. Todos los meses sacaban un ranking de vendedores, por zonas. Yo siempre estaba de la mitad para abajo. Mi jefe me advertía, que el jefe de zona se había fijado en mí, que me perseguía, que me tenía en el punto de mira. Ese mismo jefe de zona que en una reunión de esas que fijaba más o menos cada mes, en las que le encantaba pasarse dos o tres horas hablando de proactividad y expertís, para que admiráramos su oratoria, dijo: “Para este trabajo hay que nacer. Hay gente aquí que es muy buena y muy válida, pero que no sirve para vender. A uno le tiene que gustar. Yo vendería a mi madre sin problemas, y además disfrutaría haciéndolo. Si no os sentís identificados buscad otra cosa pues de lo contrario sufriréis” Y me miraba fijamente mientras hablaba. Me había dormido muchas veces en esas reuniones pues tengo una capacidad limitada para escuchar largos discursos en horas taurinas, a pesar de que mi jefe me hubiera tranquilizado diciéndome “no te preocupes, es imposible dormirse escuchando al hijo puta ese”. Pero ese día no me dormí, y escuché el discurso con claridad. Lo había hecho para mí.

La verdad es que mi jefe era un buen tipo. Y digo era no porque se haya muerto sino porque ahora mismo está disfrutando de su prejubilación. Y él odiaba vender. Y había sufrido con su trabajo toda su vida. Pero su sentido del deber y de obediencia al banco eran mayores que su conciencia, y vendía. Y cumplía con los objetivos, y consiguió su casita en la sierra para descansar de su vida cotidiana en Vallecas. Y me decía a la hora de comer, cuando la amargura me torcía el gesto “Patri, yo no he podido hacer otra cosa en la vida, que tengo cuarto y reválida. Pero tú eres joven y estás preparada, sal de esta mierda.”

Y llegaban los domingos y empezaba la agonía, la de cada día cuando el metro paraba en Lista y tenía que bajar, y subía las escaleras y atravesaba los pasillos arrastrando los pies. Y me dirigía a mi oficina como cerdo al matadero.

“¿Cuánto has vendido hoy Patri?” “Nada, 6.000 euros en plazo fijo” “Patri, que tu contrato vence en junio, que el zona te tiene vigilada”.

En las evaluaciones mi jefe me valoraba de una manera, yo la firmaba, y después el zona le hacía modificarlas. A peor, claro. “Yo no quería, pero me ha obligado” “No te preocupes Eduardo”. Pobre. Mi jefe era un buen tío, pero le faltaban cojones.

Mientras tanto pasaba mis días escuchando a mis clientes, que en su gran mayoría eran bien majos. Y mi mesa parecía más un gabinete psicológico. A mí no me importaba dejar que estuviera sentada la señora María tres horas si no había colas, contándome que después de la guerra tuvo que prostituírse para sobrevivir, y que su hijo no la hablaba, que estaba sola, que sólo tenía a su hermana de leche que era quien la había acogido en su casa y la cuidaba sólo por lástima, pero que no la quería. Ni a Antonio, que se dedicaba a comprar y vender acciones para no aburrirse desde que lo habían prejubilado después de sufrir un infarto y convertirse en un estorbo para su compañía. Ni a Ángel y Tamara, que querían comprar un piso cuando Ángel consiguiera aprobar las oposiciones a policía, pero que echaban de menos Málaga, su ciudad natal. Y así miles de historias, miles de vidas, miles de problemas, pero poco negocio.

“Patri, cuánto has vendido hoy?” “Dos tarjetas de crédito” “Te recuerdo que tu contrato vence en junio.””Ya lo sé Eduardo, ya lo sé. ¿Cómo va el ránking?” “Mal, la 45 de 62”.

Y cada día me sentía peor, más fracasada, más inepta, más insegura y más incapaz. Yo, que siempre había sido buena en todo. Mi hermana me decía que debía sentirme orgullosa porque las cosas me estuvieran yendo así de mal. Que ella jamás se fiaría de un buen comercial. No sé, visto así…. También hay gente que tiene suerte, y está en una oficina en Sanchinarro vendiendo hipotecas como churros, sin sufrimientos, presiones ni engaños.

Por supuesto en junio no me renovaron. De cien personas que entramos dejaron fuera a tres o cuatro, una de ellas yo. Me quedó el consuelo de que muchos de mis clientes entraron a dar queja al director. Pero mi autoestima acabó por los suelos. Al menos me quedó ilesa la conciencia.
De todo esto aprendí dos cosas: que no tuve suerte ni con mi oficina ni con mi jefe de zona, y que nunca más sería comercial.
Hay gente que dice no arrepentirse de nada en su vida. Yo estoy absolutamente segura de que me equivoqué. Y admitir errores es de sabios.

 

El día en que fui comercial I.

Lo primero que quiero explicar es el por qué una chica de 24 años, con una licenciatura, un master y dos años de experiencia en una firma de auditoría, deja su trabajo para ser comercial en la red de oficinas de un banco. Bien, pues es que esa chica de 24 años con carrera y master tenía también un niño de un año al que no veía más que los fines de semana. Agotada por las jornadas laborales de 9 a 21:00, y con el corazón encogido por no poder ejercer de madre, dediqué mis esfuerzos a buscar un trabajo que me dejara más tiempo. Y ya que no me podía permitir el lujo de preparar una oposición, cuando vi en prensa una oferta de un banco para recién licenciados me lancé a por ello.

 

Así que una vez superadas las mil pruebas de selección (que más bien parecen ginkanas) dejé mi trabajo como auditora, mi contrato indefinido, mi sueldo de 18.000 euros y mi próximo ascenso por un trabajo de comercial en red de oficinas con contrato en prácticas durante dos años, un sueldo de 12.000 euros, y eso sí, una jornada laboral de 8:00 a 15:00. Me lo jugué todo a esa baza, y perdí: no olvidaré mi primer día de trabajo. Me había tocado una oficina en pleno barrio de Salamanca, en la calle Ortega y Gasset, y cuando entré en el despacho del director lo primero que me dijo es “aquí trabajamos full time, mañana y tarde”.

 

Mientras preparaban mi mesa y mi puesto, me sentaron con una comercial veterana, de unos 50 años, con la que estuve aprendiendo un par de días. Me cayó mal desde el primer día: clasista, conservadora y profundamente comercial. Mi primera lección: lo primero que tienes que hacer es pedir el NIF. Si ves que es cliente de otra oficina te deshaces de él, porque lo único que vas a hacer es perder el tiempo.

 

En cuanto tuve mi mesa me soltaron unos panfletos de los que se les daba a los clientes con los productos que se comercializaban y me lanzaron a la aventura: hala, a vender. Y yo lo primero que hice según comencé fue incumplir mi primera lección, y atender a cada cliente que pasara por mi mesa, fuera de la oficina que fiera… Tardaba menos en hacer la gestión que fuera que en inventarme un rollo para quitármelo de encima, y encima el fulano en cuestión se iba tan contento! Yo tenía una idea muy diferente de lo que era la atención al público,  bastante paciencia, y bastante mano izquierda, así que en general solía conseguir que los clientes que llegaban al banco encabronados (bastante frecuente por cierto) se marcharan satisfechos. Resolvía incidencias, devolvía comisiones, pedía duplicados de tarjetas, procuraba dar las mayores facilidades posibles, e incluso me saltaba alguna que otra norma….

 


Los primeros tiempos no fueron muy malos. Eso sí, entraba a trabajar a las 8, comía en 10 minutos y seguía hasta las 18:30, hora que me había marcado como tope, se quedara quien se quedara, me miraran como me miraran y les pareciera como les pareciera. Por supuesto los sábados en invierno también.

 

¿Y qué demonios se hace en una oficina de banca cuando está cerrada al público? Ese era el momento en que aprovechando que no había clientes solicitando gestiones, se destinaba a gestión comercial pura y dura: las llamadas. Yo odiaba las llamadas. El banco dispone de una amplia base de datos de clientes y no clientes. Había que llamara a ambos. Cada cliente estaba clasificado por el número y el tipo de productos que tenía y en función de eso la base de datos te indicaba los productos a ofertar. Con los no clientes se trataba sólo de concertar citas.  Yo odiaba las llamadas (¿op eso ya lo había dicho?) Iba mirando los nombres de la gente a la que llamar, y sus edades. Madre mía, la edad media de los residentes en el barrio de Salamanca era de 80 años. Y yo pensaba, ¿y a este señor, nacido en 1918, que ha vivido tantas cosas, con tanto que contar, voy a llamarle yo para preguntarle que si le interesa un fondo de inversión? Todo el mundo hará lo que hago yo cuando me llaman, escaquearse. Lo mejor que me podía pasar era que saltase el contestador. Entonces dejaba un mensaje, daba la llamada por buena, y a por el siguiente. Lo peor… en fin, los miles de rapapolvos que me soltaban quejándose del banco, del trato y de las comisiones. Así que terminé por inventarme los resultados de las llamadas sin hacerlas, sin ser vidente podía tener una idea muy cercana a lo que habría sido la realidad: no le interesa, no le interesa, no le interesa.