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De cristal

El salón es el centro neurálgico de mi casa. Todo confluye en él. La cocina es de esas llamadas americanas. Por la noche el sillón se transforma en cama. Y sólo hay una puerta en el pequeño aseo. No tengo demasiadas cosas, pero las que hay son mis amigas. Han aprendido a serlo y las quiero a todas. Pero al salón lo amo.

Mi salón tiene una tele pequeña que nunca enciendo. Me gusta negra y silenciosa, para que mi salón pueda escucharme. Porque yo le hablo. Y siempre sé lo que me contesta: nada. Sólo me escucha. Y yo se lo cuento todo. Él no me contesta, pero sabe que cuando me he tumbado en el sillón a media mañana voy a llorar. Y cuando acabo y ya no hay lágrimas, vuelvo a verlo todo con la luz que se pone naranja al pasar a través de mis cortinas naranjas, y es cálido. Como un abrazo.

La botella de agua está sobre la mesa, justo donde la dejé. Y veo que en el fregadero está el cacito de leche del desayuno, que está esperando a que yo lo friegue. Y… mierda, no veo el aseo. Así que me levanto y abro la puerta, aunque sé que el bote de jabón es rosa, y que la alfombrilla de los pies está doblada en el radiador toallero. Sin embargo el vaso no debería estar sobre el lavabo, así que me acerco a cogerlo. ¿En qué estaría pensando cuando lo llevé allí? El vaso tiene que estar en la cocina, no debe salir de la cocina. Yo cuido de mis cosas, y mis cosas cuidan de mí. Recojo el vaso y me lo llevo a su sitio. Pero lo noto. Mi vaso tiene miedo. Yo le digo que confíe en mí, que no voy a dejar que se rompa. Porque él teme que si se rompe, terminará en la basura, y después en un contenedor, y después dios sabe dónde. Es horrible no saber dónde. Es la nada, es el vacío inmenso. Y el pobre es tan pequeño. Y le produce tanta angustia pensar en lo frágil que es, en no saber dónde puede terminar, siendo ese dónde un lugar tan desconocido y lejano, que sufre mucho. Está sufriendo y yo sé que lo hace, así que acelero el paso. Pero sigue sufriendo. Tanto, que me contagia. Puta empatía. No te angusties, por dios, otra vez no, aquí no! Pero empiezo a sudar. Empiezo a ahogarme. No puedo dar un paso. Sólo se tardan escasos cinco segundos en llegar a la cocina, ahora no, ahora no puedes ponerte así. Cálmate, cálmate porque si no, sabes que te va a suceder otra vez. Como con el otro. ¿Por qué no lo compré de plástico? Como la ensaladera, como el plato, como la jodida taza del desayuno! Porque si se rompe de aquí a la cocina, si se rompe… vas a tener que salir.

Tres manzanas. Tres manzanas hasta la tienda. Con toda esa gente alrededor, el semáforo pitando, la avenida que se convierte en un puto océano y no veo la otra orilla, y me ahogo, y dejo de respirar, y me caigo. Me caigo mucho antes de poder entrar en la tienda y decir delante de toda esa gente que quiero un vaso de plástico. Y mi madre que piensa que estoy loca va a verme al hospital, porque al fin y al cabo soy su hija. Ya es la única que viene. Y me trae un regalo. Un jodido vaso de cristal, maldita sea, ¡de cristal!

Me estoy cayendo, lo noto, voy a perder el sentido, en mi propio castillo. Me va a recoger mi querido salón, te amo y me verás llorar, y no me podrás dar un abrazo naranja porque será de noche. Así que lloraré a oscuras entre todos esos trozos de cristal. Estrecho el vaso contra mi vientre y lo protejo con mis manos mientras me desplomo. Y sin poder pronunciarlo en voz alta le digo, no tengas miedo, estás seguro, lo arreglaré. Jamás saldrás de aquí, jamás saldrás de aquí.

Relato: De cristal

DE CRISTAL

El salón es el centro neurálgico de mi casa. Todo confluye en él. La cocina es de esas llamadas americanas. Por la noche el sillón se transforma en cama. Y sólo hay una puerta en el pequeño aseo. No tengo demasiadas cosas, pero las que hay son mis amigas. Han aprendido a serlo y las quiero a todas. Pero al salón lo amo.

Mi salón tiene una tele pequeña que nunca enciendo. Me gusta negra y silenciosa. Cuando habla, mi salón no puede escucharme. Porque yo le hablo. Y siempre sé lo que me contesta. Nada. Sólo me escucha. Y yo se lo cuento todo. Él no me contesta, pero sabe que cuando me he tumbado en el sillón a media mañana voy a llorar. Y cuando acabo y ya no hay lágrimas, vuelvo a verlo todo con la luz que se pone naranja al pasar a través de mis cortinas naranjas, y es cálido. Como un abrazo.

La botella de agua está sobre la mesa. Justo donde la dejé. Y veo que en el fregadero está el cacito de leche del desayuno. Que está esperando a que yo lo friegue. Y… mierda, no veo el aseo. Así que me levanto y abro la puerta, aunque sé que el bote de jabón es rosa, y que la alfombrilla de los pies está doblada en el radiador toallero. Sin embargo el vaso no debería estar sobre el lavabo, así que me acerco a cogerlo. ¿En qué estaría pensando cuando lo llevé allí? El vaso tiene que estar en la cocina, no debe salir de la cocina.

Yo cuido de mis cosas, y mis cosas cuidan de mí. Recojo el vaso y me lo llevo a su sitio. Pero lo noto. Mi vaso tiene miedo. Yo le digo que confíe en mí, que no voy a dejar que se rompa. Porque él teme que si se rompe, terminará en la basura, y después en un contenedor, y después dios sabe dónde. Es horrible no saber dónde. Es la nada, es el vacío inmenso. Y el pobre es tan pequeño. Y le produce tanta angustia pensar en lo frágil que es, en no saber dónde puede terminar, siendo ese dónde un lugar tan desconocido y lejano, que sufre mucho. Está sufriendo y yo sé que lo hace, así que acelero el paso. Pero sigue sufriendo. Tanto, que me contagia. Puta empatía. No te angusties, por dios, otra vez no, aquí no! Pero empiezo a sudar. Empiezo a ahogarme. No puedo dar un paso. Sólo se tardan escasos cinco segundos en llegar a la cocina, ahora no, ahora no puedes ponerte así. Cálmate, cálmate porque si no, sabes que te va a suceder otra vez. Como con el otro. ¿Por qué no lo compré de plástico? Como la ensaladera, como el plato, como la jodida taza del desayuno! Porque si se rompe de aquí a la cocina, si se rompe… vas a tener que salir.

Tres manzanas. Tres manzanas hasta la tienda. Con toda esa gente alrededor, el semáforo pitando, la avenida que se convierte en un puto océano y no veo la otra orilla, y me ahogo, y dejo de respirar, y me caigo. Me caigo mucho antes de poder entrar en la tienda y decir delante de toda esa gente que quiero un vaso de plástico. Y mi madre que piensa que estoy loca va a verme al hospital, porque al fin y al cabo soy su hija. Ya es la única. Y me trae un regalo. Un jodido vaso de cristal. ¡Maldita sea! ¡De cristal!

Me estoy cayendo, lo noto, voy a perder el sentido, en mi propio castillo. Me va a recoger mi querido salón, te amo y me verás llorar, y no me podrá dar un abrazo naranja porque será de noche. Así que lloraré a oscuras entre todos esos trozos de cristal.

Estrecho el vaso contra mi vientre y lo protejo con mis manos mientras me desplomo. Y sin poder pronunciarlo en voz alta le digo, no tengas miedo, estás seguro, lo arreglaré. Jamás saldrás de aquí, jamás saldrás de aquí.

Relato en una habitación pequeña

Relato en una habitación pequeña.

 

Tiro poco a poco las latas de cerveza. Como quien tira el infierno a la basura. Cabe aunque no lo parezca, en una habitación tan pequeña, apenas sin luz. Aunque sea de día. Una casa interior. Tan triste con las persianas echadas como sin ellas. Más aún con la luz artificial a medio día. Mientras recojo no he podido evitar verme en el espejo. Muy poco espacio como para no encontrarme con él, y con sus bordes irregulares, y su esquina quebrada. Mejor apago la luz, por si nos volvemos a encontrar.

Él escogió esta habitación para que fuera nuestra casa. De los tres. El que venía en camino ahora duerme en la única cama. Echo de menos la luz. Poco más. Mi mamá tampoco me comprendía. Como mi hermana. Ya no vivo con ella. Se metió en medio. Nunca debió hacerlo. Ella no lo entiende. Ahora tengo que hablar con ella a escondidas. Y con nadie más. No me hace falta. Él me quiere tanto que no me puede compartir con nadie. Sólo suya. Flaquita, sin ti me muero. Eso me dice. Y de pronto lo soy todo. Y todo tiene sentido. Lástima que anochezca tan pronto. Porque por la noche llegan los demonios. Esos que se meten dentro. Con nosotros, en la cama.

La oscuridad me da miedo. Cuando llega la noche abrazo al bebé y rezo. Para que no vengan. Para que nos dejen tranquilos. Y mientras rezo las latas de cerveza se van multiplicando. Y su aliento dulce se transforma, hasta que me cuesta respirar. Hasta que es hediondo. Camina y se tropieza con un zapato. Se tambalea, cae al suelo. Agarro fuerte la almohada y cierro los ojos. Y apago así la luz mortecina. Y rezo más fuerte. Me grita que conteste, pero siempre callo. Noto moverse al bebé y oigo su llanto. No, por favor. Grita más y oigo un golpe y trozos de cristal caer al suelo. Así no me veré más por las mañanas. Y dejo de controlar mi cuerpo. Y tiemblo. Me insulta pero ya no oigo nada. Me veo jugando por las calles de Santa Cruz. Y escucho esa canción que cantaba, esa que me enseñó mi hermana, la de la culebrita. Y la canto mientras me llega su aliento antes que él. Mientras me agarra del pelo y tirando de él me saca de la cama. No oigo el llanto del pequeño, no oigo gritar carajo, esa concha de tu madre, qué ha hecho contigo, que eres mierda, me oyes, puritita mierda. Me muerdo el labio mientras siento los golpes en las costillas. No oigo. La culebrita pum pum pum, corre que te pilla pum pum pum. Hasta que el demonio me saca de mi infancia, de mi Bolivia, me agarra la cara con las dos manos y me ordena que lo mire. Y vuelvo a sentir que estoy temblando. Y cuando veo su rostro me echo a llorar. Porque se parecen tanto. Me da un cabezazo y me empuja junto a la cama, sembrada de latas. Calla a ese niño, carajo! Y se tumba a nuestro lado riendo. Y me penetra con tanta violencia que me sangra el labio de tanto morderlo, y me escucho dejando escapar un gemido. Puta, ya sé que te gusta. Y se desploma al lado. Y se duerme.

Me levanto con cuidado para terminar de apagar las colillas. Respiro mal con el costado adolorido, y me vuelvo a tumbar entre mi hijo y el monstruo. Y sigo llorando. En silencio. Es mejor cuando callo. Y así espero que llegue el cielo. Que él despierte y me acaricie y me bese, y sufriré porque sufrirá. Y me dirá Flaquita, te juro que no vuelvo a tomar, si tú me faltas me muero. Es mejor cuando callo porque igual nadie me entiende. Nadie entiende que para llegar al cielo sea necesario sufrir demonios. Si yo no estoy se muere. ¿Qué más amor hay dado? Fuera de él no hay nada. Porque sólo me lo puede quitar todo quien me lo da todo. Porque yo sin él, soy nada.

 

Eso le pasa a cualquiera

Yo, gran parte de mi vida, me la he pasado prometiendo. Pero no siempre he cumplido. Eso sí, cuando prometía, de verdad que tenía intención de hacerlo… pero es que… es que las cosas no siempre salen como uno espera. Como cuando con 15 años mis padres hicieron obra en casa y mi hermana y yo dejamos de dormir en la misma habitación. Ella se pidió la que había sido la nuestra y me relegaba a la de invitados. Así que comencé a suplicar por la buhardilla. Mamá, si yo vivo arriba, ni te vas a enterar de que hay otra planta habitada. Si yo vivo arriba, yo lo limpiaré todo. Si yo vivo arriba seré ordenada. Si yo vivo arriba… Tan pesada me puse que mi padre hasta me dedicó una chirigota. Creo que no hace falta explicar que finalmente viví en la buhardilla, con mi habitación, mi saloncito y mi baño. Yo creo que fue entonces cuando mis padres se dieron cuenta de que yo no me iría jamás de su casa, y optaron por irse ellos. Y además se fueron bien lejos, donde no pudiera llegar fácilmente con la ropa sucia y el tupper vacío cada sábado. A Lima. Pero eso ocurrió un poco después.

El caso es que estaba en tercero de BUP. Y era junio, y sólo tenía colegio medio día. Podía quedarme a comer en el comedor del colegio. Pero insistí e insistí. Ya soy mayor, me quedo en casa, me preparo cualquier cosa y después estudio. Y eso debería haber hecho aquel día, prepararme cualquier cosa. Pero no, la niña tenía que hacerse algo sofisticado que requiriera una sartén, como un filete o huevo frito. Me preparé lo que fuera, me llevé mi comida en una bandeja, y me fui a comer tranquilamente al salón.

Cuando terminé, hice un esfuerzo titánico y en lugar de sestear directamente antes de estudiar (que de verdad pensaba hacerlo…), llevé mi bandejita de vuelta a la cocina. Vi un reflejo naranja en la puerta de cristal de la cocina. La abrí despacio, y me encontré de lleno en el infierno. Se me había olvidado apagar la vitrocerámica. Eso le puede pasar a cualquiera. Y se me había olvidado también quitar la sartén de la placa. Que también le puede pasar a cualquiera. Lo jodido es que se te olviden las dos cosas al tiempo. Así que una columna de fuego iba desde la sartén hasta la campana, ya carbonizada. Me acerqué temerosa a la columna e hice lo que cualquier persona con sentido común haría en caso de incendio: soplar. Y las llamas se dirigieron hacia mí agresivas, y no me quedé sin cejas, pelo y pestañas de milagro. Así que la respuesta correcta no era soplar. Vamos con la opción B, a falta de comodín del público. Me protegí las manos y llevé la sartén con su fuego al fregadero. Y me quedé observando cómo poco a poco se iba consumiendo.

Pasado el peligro miré a mi alrededor, toda la cocina negra, y varios muebles derretidos. Cuatro horas para limpiar antes de que llegaran mis padres, y preparar tres exámenes. Consideré que aún me sobraban diez minutos para salir de casa y correr calle abajo, y más tarde calle arriba y descargar tensiones.

Al final queda demostrado que quien me pone en su vida, amortiza los seguros de hogar y de automóvil. He preferido no hacerme seguro de vida, no vaya a ser.

Y me he acordado de todo esto porque Eva ha llegado hoy compungida: “mi madre ayer quemó la cocina, se dejó el fuego encendido con la sartén llena de aceite. Y no veas qué disgusto tiene la pobre”. Bueno Eva, dile que no se preocupe, que eso le pasa a cualquiera.

El color de una aguja

En julio de 2006 mi amiga Elena aprobó la oposición de tipo A que llevaba tres años preparando, y que a punto estuvo de acabar con su cordura y con su matrimonio. Así que cuando por fín todos esos momentos de angustia y esfuerzo se vieron premiados (hay gente a la que no le premian nunca, así que puede sentirse afortunada), decidió hacer una fiesta y cerrar una discoteca para invitar a sus amigos. Mis padres ya estaban en Cádiz, así que tratándose de semejante ocasión le pedimos a la cuidadora de los niños, Rebeca, que se quedara con ellos por la noche.

Quedamos primero en casa de Víctor, que estaba deseoso de enseñarnos el ático que tiene alquilado en el centro, y sobre todo: su terraza, con una tremenda plantación de ese arbusto tan aromático y tan ilegal que albergaba. Con las plantas no tenía problemas: riego automático, luz en abundancia… pero tras observar una serie de helicópteros sobrevolar su casa durante unos días decidió camuflar su frondoso vergel colocando en las plantas unas flores rojas artificiales. Era un espectáculo digno de ver. Y bien orgulloso estaba Víctor de su éxito como jardinero de tan cotizada especie.

El caso es que íbamos a tomar nuestra primera cerveza cuando sonó mi móvil: Rebeca. Pablo se había caído y se había abierto la cabeza. Mis vecinas se habían hecho cargo de él y quedé con ellas en el ambulatorio de Urgencias.
El camino fue horrible. Por un lado pensar el miedo que estaría pasando el pobre: ¿y si lo cosen y yo no estoy con él?. Y por otro, intentar controlarme para no agredir físicamente (ni de ninguna otra manera) a Rubén cuando intentaba convencerme de que era lo mejor que le podía pasar al niño. Con el complejo que había tenido él siempre por no tener ninguna cicatriz que lucir. Y luchar también contra el cargo de conciencia que sentía por desear terminar pronto con esa historia para tener tiempo de ver a Elena.

En el ambulatorio estaba Pablo con la cabeza vendada, medio dormido en brazos de Isabel. Allí no quisieron coser al niño. Los bordes eran muy irregulares y nos dieron un volante para cirugía plástica en La Paz. La última vez que fui a La Paz estuve esperando cuatro horas. Así que llamé a mi seguro privado. ¿Hay cirujanos plásticos de Urgencias? Sí, en La Zarzuela. Perfecto, me queda al lado. Allí le quitaron la venda, y los bordes de la herida se abrieron. Así que mientras me decían cuándo lo podían coser me quedé en la sala de espera uniéndole los trozos de frente con las manos. Rubén desapareció. La gente saludaba a Pablo, que seguía vestido con el uniforme del Atleti con el que se había caído. Lo de ser un pupas debe ir en los colores. Si el verlo vestido de merengue le hubiera ahorrado la brecha yo misma me habría encargado del cisma familiar.

Media hora más tarde me recibieron de nuevo para decirme que hasta la mañana siguiente no le podría coser el cirujano plástico. Salí hecha una furia y vi a Rubén blanco como la cera.
- Dónde te habías metido?
- Es que verle la frente así me ha impresionado, y pensé que era preferible desmayarme en la calle que delante de vosotros.
De nuevo vuelvo a pensar lo engañadas que nos tienen con el concepto de lo que es un hombre y lo que se debe esperar de ellos.
Salgo de allí con lágrimas de pura ira. Me habría encantado poder pegar a alguien, o insultar y gritar hasta quedarme afónica. Pero uno no siempre puede hacer lo que se le antoja o lo que le pide el cuerpo.
Eso sí, si llego a oír otra vez aquello de ¡qué suerte, una cicatriz en toda la frente! no habría respondido.

En la Paz me relajé. Nos atendieron nada más llegar. Pusieron al niño anestesia local y prepararon quirófano. Mientras le hacía efecto la anestesia me puse a contarle lo que le iban a hacer.
- No tengas miedo, porque no te va a doler. Te van a cerrar la herida con una aguja muy finita.
- ¿Una abuja con hilo? (lo decía con naturalidad, sin ningún miedo)
- Sí, hijo, y te van a coser la frente como se cose la ropa.
- Ah, ¿y de qué color?
- ¿De qué color qué?
- Digo que de qué color es la abuja.
- Ah! No sé. A lo mejor es rojiblanca. Pero enseguida lo vemos.
No me dejaron entrar con él, pero me quedé en la puerta y lo escuché reír. ¡Se partía de risa! La celadora que me acompañó fuera no daba crédito. Y sí me dio una agradable conversación. Dentro había cuatro enfermeras y un médico. Todo un despliegue de medios para unos puntos. Y sobre todo un despliegue de humor, porque Pablo se lo pasó bomba. Vamos, que tal y como estaba yo, ya me hubiera gustado a mí estar en esa camilla y que un doctor me hiciera reir para no enterarme. Si al final sí iba a ser una suerte.
- Tenías razón, mamá, no me ha dolido.
Y no podía evitar pensar en la pregunta de Pablo. Que de qué color eran las agujas… Porque las plantas de maría eran verdes, las flores de plástico rojas, la venda blanca, su camiseta rojiblanca, mi ira roja a secas, el mareo blanco a secas, las batas de los sanitarios verdes, y el hilo de su costura se veía negro. Pero las agujas… me quedé sin saber el color de esas agujas. Y también sin compartir con Elena su gran noche. Pero me queda el recuerdo. El del valiente Pablo.