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Hacerse acerico

No recuerdo cuándo fue la última vez que limpié el cajón de los calcetines entero. Normalmente me limito a los calcetines. Pero hoy he levantado el papel del fondo y te he encontrado.  Hoy. Y aprovechando que nos vemos te confesaré que aunque te guardé allí, lo que en su día me pidió el cuerpo fue haberte empleado como forro para mi  acerico. Ya con las vísceras templadas miro tu rostro, todo quieto y callado, y voy a aprovechar para hablarte honestamente. Con las vísceras templadas y puesta a elegir, ya que estás tan quieto y callado, te puedo contar que te miro y te pienso como me habría gustado que fueras, -sin opción de réplica te facilito el no estropearlo con lo que eres- . Pero claro, ahora que te he reconstruido entero, y te he creado a imagen y semejanza mía, empiezo a  sentir alfileres hundiéndose despacio en mi cuerpo que sí responde, y en respuesta sale hiel reclamándote de nuevo para el acerico, en legítima venganza por no ser más que una puta foto ahora que eres perfecto. Así que ya ves, mira que lo intento.  Lo intenté cuando dormíamos en la misma cama, cuando tenías tres dimensiones  y un corazón que servía para latir, y lo intento ahora que eres un recuerdo en el cajón de calcetines.  Pero ni de una forma ni de otra evitamos desencontrarnos. Aunque sería más preciso decir que jugamos al desencuentro. Y eso que no tienes derecho de réplica.  Tenemos para eso un don, el de deshacer incluso lo que nunca hicimos. Y ahí ya me acerco a la verdad que hemos estado evitando,  la responsable de que ambos seamos acericos. Esto no es un reencuentro, ni un desencuentro. Querríamos que pudiera serlo, pero da igual lo cerca que vivamos, durmamos o respiremos, tú y yo no tenemos opción al reencuentro, ni tan siquiera al desencuentro. Porque en contra de lo que hubiéramos querido, y de lo mucho que nos esforzamos en forzarlo… nosotros nunca llegamos a encontrarnos.

http://antesdequesevaya.wordpress.com/

El miedo a la libertad II.

Libertad y espontaneidad

“La libertad positiva consiste en la actividad espontánea de la personalidad total integrada.

La actividad espontánea es el ejercicio de la propia y libre voluntad. Una de las premisas de esta espontaneidad reside en la aceptación de la personalidad total y en la eliminación de la distancia entre naturaleza y razón; porque la actividad espontánea tan sólo es posible si el hombre no reprime partes esenciales de su yo, si llega a ser transparente para sí mismo y si las distintas esferas de la vida han alcanzado una integración fundamental.

Los niños pequeños ofrecen un ejemplo de espontaneidad. Tienen la capacidad de sentir y pensar lo que realmente es suyo: tal espontaneidad se refleja en lo que dicen y lo que piensan, en las emociones que se expresan en sus rostros. Atraen profundamente a cualquiera que no esté tan muerto como para haber perdido la capacidad de percibirla.

Muchos de nosotros podemos percibir en nosotros mismos por lo menos algún momento de espontaneidad, momentos que, al propio tiempo, lo son de genuina felicidad.. Que se trate de la percepción fresca y espontánea de un paisaje o del nacimiento de alguna verdad como consecuencia de nuestro pensar, o bien de algún placer sensual no estereotipado, o del nacimiento del amor hacia alguien…. en todos estos momentos sabemos lo que es un acto espontáneo y logramos así una visión de lo que podría ser la vida si tales experiencias no fueran acontecimientos tan raros y tan poco cultivados.

El amor es el componente fundamental de tal espontaneidad: no ya el amor como disolución del yo en otra persona, no ya el amor como posesión, sino el amor como afirmación espontánea del otro, como unión del individuo con los otros sobre la base de la preservación del yo individual.

El otro componente es el trabajo como creación, en el que el hombre, en el acto de crear, se unifica con la naturaleza.

El yo es fuerte en la medida en que es activo. Lo nuestro es solamente aquello con lo que estamos genuinamente relacionados por medio de nuestra actividad creadora, ya sea el objeto de una relación una persona o una cosa inanimada.

La incapacidad para obrar con espontaneidad, para expresar lo que verdaderamente uno siente y piensa, y la necesidad consecuente de mostrar a los otros y a uno mismo un pseudoyó, constituyen la raíz de los sentimientos de inferioridad y debilidad. Seamos o no conscientes de ello, no hay nada que nos avergüence más que el no ser nosotros mismos y, recíprocamente, no existe ninguna cosa que nos proporcione más orgullo y felicidad que pensar, sentir y decir lo que es realmente nuestro.

Cuando el individuo logra vivir no ya de manera compulsiva y automática, sino espontáneamente, entonces sus dudas desaparecen. Es consciente de sí mismo como individuo activo y creador y se da cuenta de que sólo existe un significado de la vida: el acto mismo de vivir. “

El miedo a la libertad.

Erich Fromm

La alteración del sueño

Estimado señor A:

 Me dirijo a usted para exponerle un caso singularísimo bajo mi punto de vista, si bien esta apreciación podría carecer de objetividad ya que se trata del mío propio. No obstante, lo pongo en su conocimiento para que pueda juzgar por sí mismo.

Todo comenzó con una alteración en el sueño. Yo no solía ser capaz de recordar, tras el sonido del despertador, aquello con lo inconscientemente me había entrenetenido tras la fase REM salvo quizá alguna pesadilla ocasional. Sin embargo, un buen día, al despertar, apareció nítidamente la imagen de un hombre, alguien a quien no conocía, pero con rasgos que mis sueños dibujaban con absoluta precisión. A partir de ese momento, tomó por costumbre las visitas oníricas nocturnas, y yo el recordarlas cada mañana.

 Sé perfectamente que en estos momentos usted debe pensar que he errado de profesional, y que mejor habría hecho dirigiendo este escrito a un psicoanalista antes que a un abogado. Le ruego a usted paciencia, y una atenta lectura -créame, no queda tanto- hasta “Le saluda atentamente”. Después, si usted gusta, podrá dejar de leer. Permítame que prosiga, para no alargar en exceso este escrito, usted seguramente tiene una vida muy ocupada, y yo también.

 Al margen de mis alteraciones de sueño, yo soy una mujer con una vida normal. Una mujer que nace, crece, trabaja, y, que, de vez en cuando, aprovecha un puente para hacer algún viaje. Fue uno de ellos, el pasado mes de mayo, el que elegí para visitar Lenderal. Me hospedé en la habitación 1531 del Gran Lenderal. En un principio creí haber estado acertada contratando uno de los mejores hoteles de la ciudad. Al ser una construcción moderna sobresalía en altura con respecto a los tradicionales, y desde mi ventana tenía una panorámica privilegiada de los tejados de la ciudad. Asimismo, mi habitación era casi tan amplia como mi apartamento y mi cama grande y confortable.

 Sin embargo, cuando tras haber pasado toda la mañana caminando cámara de fotos en mano, y teniendo en cuenta el poco descanso que me permite mi anteriormente descrita alteración del sueño -por nombrar a ese señor de alguna forma- , me tumbé en mi cama para relajarme después de comer y comencé a escuchar todo ese alboroto en la planta superior, tuve dudas acerca de ese acierto.

Era completamente imposible descansar. Una voz amplificada, ruidos de sillas, aplausos de vez en cuando… Ni siquiera el soporífero hilo musical consiguió ayudarme a discriminar todo ese ruido, y tras casi una hora aguantando, fui a recepción. Cuando el amable empleado ubicó mi habitación se apresuró a disculparse. Justo encima, en el ático, estaba situado un salón en el que se estaba celebrando un congreso. Finalizaría aquella misma tarde, de modo que me garantizó que mi sueño nocturno estaba asegurado. Las personas somos muy dadas a garantizar cosas que están fuera de nuestro alcance.

 El caso es que ya que no podía dormir, y que el museo que quería visitar tardaba aún una hora en abrir, decidí ir hasta el ático y ver más de cerca a los congresistas. No pude curiosear gran cosa. La puerta del salón estaba cerrada, pero fuera había un soporte, de esos que suelen anunciar una kermesse, pero con una foto de tres hombres con traje y corbata, y en letra arial negrita, “VI Congreso de abogados”. Ponentes: Don A, don B, don C.

Al acercarme a la fotografía tuve que frotarme los ojos y pellizcarme para cerciorarme de que me encontraba en estado de vigilia, porque uno de esos conferenciantes fotografiados, disfrazado con traje y corbata, el de la derecha, era mi alteración del sueño, el hombre de las noches. Rasgo por rasgo.

Supongo que usted ya se habrá reconocido.

 Quizá en estos momentos, usted esté tentado a pensar que yo podría llegar a ser una mujer con un desequilibrio mental de cierta envergadura, que vio su fotografía, quedó prendada y se obsesionó. Se equivoca. Quizá, si hubiera sido usted el líder de una famosa banda de rock, o un actor de comedias románticas, yo encajaría en el perfil de fan acosadora. Sin embargo, no es usted músico, ni actor, ni tiene una vida pública conocida.

Yo padezco una alteración en el sueño, pero estoy en pleno uso de mis facultades mentales, y sé distinguir perfectamente el orden cronológico de mis acontecimientos históricos. Y primero fue la aparición, después el reconocimiento en la foto. De ninguna manera al revés.

 En cualquier caso, el motivo de mi escrito era informarle de que mi conclusión acerca de este caso mío, es que, el que haya venido usted a visitarme cada noche, sea usted o no consciente de ello, y el haberle yo recibido, conscientemente o no, es bajo mi punto de vista, una señal inequívoca de que estamos destinados a estar juntos.

Siendo así, puede usted hacerlo fácil o difícil. Usted elija. Si se declinara por la primera opción, le ruego me adjunte en su respuesta la dirección de su domicilio, así como un juego de llaves, para poder trasladar mis efectos personales lo antes posible. Si se siente mejor con un noviazgo más tradicional, consentiré el juego de hacer que esta carta sea el primer contacto entre los dos, y cuando me llame usted para invitarme a tomar café, fingiré sorpresa.

 Y ya no me extiendo más, he de ir a dormir: tengo una cita. Creo que con esto ya tiene usted información suficiente para poder emitir su propio juicio. O quizá no. Le adjunto una foto mía. Soy la de la derecha, y también estoy disfrazada. Ahora sí tiene toda la información.

 Sin otro particular, y esperando su pronta respuesta, le saluda atentamente:

 Z

La raíz de todo

Hoy, en la asamblea de padres del cole, han ocurrido dos cosas que me han gustado. No, gustado no, lo siguiente.

La primera de ellas es que en el turno de ruegos y preguntas ningún progenitor ha levantado la mano. Nadie. Eso podría llegar a valorarse como un acontecimiento paranormal, milagroso.

Pero la importante ha sido la segunda: el lema que han elegido para este año, justificado de la siguiente forma:

La justicia, sin amor, nos hace duros.
La inteligencia, sin amor, nos hace crueles.
La amabilidad, sin amor, nos hace hipócritas.
La fe, sin amor, nos hace fanáticos.
EL deber, sin amor, nos hace malhumorados.
La cultura, sin amor, nos hace distantes.
El orden, sin amor, nos hace complicados.
La amistad, sin amor, nos hace interesados.
La responsabilidad, sin amor, nos hace implacables.
La vida, sin amor, no vale nada.

El lema es “la raíz de todo en el corazón“. Siempre me ha parecido un camino bonito por el que andar. De hecho, el mejor. El amor no es un lema, es toda una filosofía de vida.

Lo que da sentido, por Quevedo

Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo

Guapa

Hoy Miguel me ha dicho “mamá, ¿sabes por qué eres guapa?” Y yo le he contestado “¿por qué?”, y me ha contestado “porque te quiero, por eso eres guapa.”

Y así, con cuatro años, Miguel me ha contado con la naturalidad de quien está llegando a un razonamiento elemental,  el verdadero secreto de la belleza. O uno de tantos secretos de amar. La subjetividad.

Relato: Adorable amanda

Todo ocurrió a raíz de esa tarde. Mi nombre es Víctor. Yo soy un tipo normal, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni feo ni guapo. Quizá por eso, porque las parejas tienden a encontrar un equilibrio, o al menos esa es la tesis que sostiene una gran amiga, jamás pensé que podría tener a mi lado a una mujer como Amanda. Porque… qué bien le pusieron el nombre. Quién imaginaría una Amanda fea y antipática. Amanda… del latín amandus, adorable, que debe ser amada. Dios, y ¡vaya si lo era! Pero, ojalá pudiera seguir hablando en presente. De hecho lo haría si no hubiera sido por lo de aquella fatídica tarde.

Después de seis meses de levitación junto a ella, y de otras tantas cosas mucho menos espirituales, decidimos hacer un viaje juntos. Qué digo viaje, una escapada, que dónde va a parar, es mucho más romántico. Cochino dinero. Sí, y cochinas compañías low cost, que ofrecen precios increíbles siempre que uno vuele un viernes por la mañana y regrese un domingo por la mañana también. Bueno, era eso o nada. Y un hotel poco céntrico que probablemente no dispondría de habitaciones matrimoniales. Pero lo de apretarse en una de noventa no iba a ser problema. Sólo faltaba conseguir ese viernes de vacaciones.

Y llegó esa tarde, la de tomar la decisión en función de lo hablado en los respectivos trabajos:

-Mi amor, yo no he tenido problemas. He podido cogerme el día.

-Víctor, cariño, yo no me he arriesgado, si me dijeran que no, no tendría más remedio que odiarles por privarme de esos días perdida contigo en Roma, y odiarles supondría ir a trabajar con el entrecejo fruncido, y un rictus en la boca, y soportar ocho horas diarias de crispación, y tener que buscar otro empleo donde no tener motivos para odiar a nadie, y ahora con la crisis es complicado, y, mi amor, es tan sencillo sin necesidad de tomar riesgos…

-Pero Amanda, querida, quién podría negarte nada, ¡a ti! 

- Calla, está todo resuelto. Me voy a poner enferma. Llamaré el viernes, antes de ir al aeropuerto, y diré que tengo fiebre. Y ya está.

-¿Así de fácil? ¿Y de verdad que no va a suponer un problema? No, ya lo tengo todo pensado. Mi jefe está con gripe. Y Caridad. El jueves comenzaré a estar congestionada. Me pondré a medio día ese blush tan rosa, que me deja la cara como la cerdita Peggie, y me dirán “Amanda, estás colorada, ¿tienes calor?” Y yo diré, no, pero me encuentro mal, siento escalofríos. Y pediré un analgésico. Por último, activaré el desvío de llamadas, por si en un momento dado me llamaran a casa, que automáticamente se filtren a mi móvil. ¿Qué te parece? He estado dándole mil vueltas, y salvo que el avión se estrellara el viernes, cosa que por otro lado, haría que todo este embrollo dejara de tener ninguna importancia, no hay forma de que se sepa mi mentira.

-Bueno, mi amor, si lo tienes tan claro y es tan sencillo…

Todo acabó ahí. Compramos los billetes, y tras una acaramelada despedida con palabras de amor en italiano, nos fuimos cada uno a su casa. Entonces me quedé pensativo. No podía dejar de darle vueltas a la explicación que me había dado mi querida Amanda. ¡Lo tenía todo perfectamente pensado! No habría necesitado mentir, ¡por todos los santos! ¡si es funcionaria!. ¿Por qué lo habría hecho? ¿Por puro placer?  ¡Hasta se iba a maquillar ex profeso para el teatro! Amanda no sólo era adorable, sino también fría y calculadora… Me imaginé nuestra vida juntos, y la posibilidad de que un día, tras habernos dicho te quiero mil veces antes de ir a trabajar, y en un montón de SMS, al volver a casa tras una ardua jornada, pudiera encontrarme  la cerradura cambiada. O quizá podría ser peor. Quizá no me quisiera, y estuviera conmigo por puro interés, y esperara a estar en Roma para darme el toque de gracia. No sé, robarme la cartera, romperme mis gafas con montura al aire, o incriminarme en algún asesinato.

Por eso a lo mejor no todo el mundo le daba lo que ella quería. ¡Claro! Por desconfianza. Algo maligno y perverso debía esconderse en esa cara tan maravillosa y dulce, en esas manos perfectas, en ese pecho turgente y en sus piernas firmes. Era imposible, y más para mí, que soy normalito tirando a del montón, pero claro como el agua clara, pues eso se me ve a leguas.  Era esa la explicación, sólo quería aprovecharse. Además, y ahora que lo pensaba, seguro que sus dorados cabellos no los parió así su madre, elemental, ahora todo encaja. ¡Es teñida la muy puta! En pocos años le saldrá una verruga en la nariz, por la noche vuela sobre una escoba, y tiene un minino negro escondido en algún lugar. Completamente aterrorizado me resolví a terminar con aquella pesadilla que mi mala suerte me había deparado, y la llamé. Amanda, eres una bruja calculadora y fría que vas a buscar mi ruina, y ¡quién sabe si algo peor! ¿Sabes lo que te digo? ¡Hemos terminado! Y así, de esa manera, por el camino de la prudencia y la virtud, me alejé, muy a mi pesar, de la maravillosa Amanda. Y caminé de nuevo hacia esa normalidad de la que nunca debí haber salido.

Noviembre 2008

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En este relato no he podido evitar tomar prestada una frase de un buen amigo. Ahí quede como homenaje.

Un tipo especial

 

  

Es lógico que cuando era pequeña, no fuera consciente de hasta qué punto se quedarían ciertas cosas grabadas, y qué presentes estarían a lo largo de mi vida. Como las cosas que solía decir mi padre. En el fondo, eran cosas comunes a todos los padres, va en el papel. Pero mi padre no solía usar las frases hechas que utilizan todos los padres, al más puro estilo de “y si tus amigos se tiran por la ventana, también lo harás tú?”. No, por supuesto que no. Mi padre no sólo es un tipo especial por ser del Atleti, un apasionado de la música country, o por ponerse en las tostadas mermelada de naranja amarga (pero, ¿a qué no-inglés puede gustarle eso?), sino porque para decir las cosas de padre no recurría a las fórmulas ya existentes, sino que se inventaba las suyas propias. Así que  esos míticos “¿como, o no como?”, “huid de todo peligro”, “es que este papá parece un poco tonto”, “yo no soy sospechoso de querer para ti nada malo…”, y el famoso: “no hagáis nada que no fuerais a hacer si yo estuviera delante”-que me encanta por lo ingenuo-, marcaron mi infancia.

 

Además, mi padre tenía la fórmula perfecta para que fuera muy complicado cogerle en un renuncio. Y era predicar con el ejemplo. Además lo decía (y lo hacía) como si fuera lo más natural y lo más fácil del mundo. ¿Cómo os voy a exigir esfuerzo si yo no me esfuerzo? ¿Cómo os voy a pedir que no fuméis si yo fumo? ¿Cómo voy a enseñar respeto si yo no respeto?. Claro, así es imposible fallar. Y bueno, un padre es padre siempre, y alguna vez me ha tocado agachar la cabecita ya adulta cuando después de haber dado una mala contestación a Rubén, ha venido  y me ha dicho, con cariño pero serio, hija, ¿cómo contestas así? ¿tú nos has oído alguna vez hablarnos así a tu madre y a mí? Pues no. Nunca. Ni una mala contestación, ni una pelea, ni nada. Es imposible el contraataque. Sólo queda pensar lo sumamente complicado que es estar a la altura con el ejemplo recibido. Y la suerte que he tenido de que así sea.

 

A las personas especiales se las recuerda en muchas cosas. Pero creo que  la que más me hace pensar en mi padre es el country. Además, hay que reconocer que del Atleti conozco a más gente, y también a otras personas a las que les gusta la confitura de naranja amarga (aunque muy pocas). Pero nadie a quien le guste el country como a él. Y es lógico que cuando era pequeña, y había pasado en el mes de julio seis horas de viaje en el asiento trasero de un coche, escuchando country ininterrumpidamente, no fuera capaz de imaginar que no sólo no sería capaz de olvidar esa música, sino que llegaría a emocionarme escuchándola.

Sobre todo cuando llega así, de sopetón, sin esperarla. Como el día que fui al ensayo del grupo de mi amigo Eme, y una de las canciones era country. O al menos se daba un aire. Y tuve que hacer de tipa dura para que no se me saltara una lagrimita. Y ya ves tú, ni que mi padre estuviera muerto, si le veo todas las semanas… Fue la emoción de que llegaran de repente las seis horas de viaje a Roquetas de mar, los domingos de música por la mañana, las tardes de fútbol y pipas, los besos con abrazo, la mermelada de naranja amarga y el huid de todo peligro… ahí, en el diminuto local de ensayo.

 

Es lógico que cuando era pequeña no fuera consciente, pero ahora sé que cuando me emociono con una canción de música country, cuando me llama la atención una persona coherente, conciliadora y tenaz, cuando me siento orgullosa de sentirme colchonera aunque no me guste el fútbol, o si me fijo en un supermercado en los chocolates con sabor a naranja, es porque detrás de todo eso, como de otras muchas cosas, está mi padre.

Magia desde Pekín V.2.

Cuando el viento partió la rama del árbol, Karl se encontraba tranquilo en el balcón mirándola caer. Estaba tan absorto con el espectáculo, que apenas fue capaz de dar unos pasos hacia su izquierda, con lo que evitó morir aplastado, que siempre es un alivio. Al fin y al cabo, una magulladura en el hombro a cambio de ser espectador en primera fila de semejante vendaval, le pareció un balance muy a su favor. Y con la cabeza bien alta, como orgulloso ganador de aquel trueque, se dirigió a la sala de Urgencias del Schlosspark-Klinik de Berlín.

 

El busca despertó a Elke a primera hora. En los días de guardia podía sonar en cualquier momento. ¿Por qué no a primera hora? Es un momento como otro cualquiera. Elke se levantó sin esfuerzo, y preparó café, para que se fuera haciendo mientras se duchaba. Se vistió, cogió el pijama azul, lo dobló con cuidado, vació la cafetera en un termo, y se puso su abrigo. Cuando salió a la calle supuso el por qué la habían llamado.

 

Enviaron a Karl a la sala de espera. Se sentó y miró a su alrededor. Algunas personas con brechas, unos cuantos niños colorados y semidesnudos con un termómetro en la axila, y él. No eran demasiados. Pero no cesaba de ver entrar camillas traídas por ambulancias. Y escuchaba gritos del personal sanitario “un tráfico”, “un derrumbamiento”. Y los miraba correr de un lado a otro mientras en la sala de espera estaban todos tan quietos. Era como estar en casa y ver las hojas de los árboles agitarse desde dentro. Pero él había salido al balcón, para verlo desde fuera, y una rama se había roto, y tenía el hombro magullado. Entendía que había muchos tipos de urgencias. Y la suya era de las menos urgentes. No se podía ganar en todo. Y mientras pensaba todo aquello, se dispuso a esperar con paciencia.

 

Elke llevaba trabajando cuatro horas. Entraba de cuando en cuando en la sala de espera a llamar al siguiente. Poco a poco las caras iban cambiando. Todas menos una, la de aquel chico de la contusión leve en el hombro, que no la miraba con cara de ansiedad cuando se disponía a nombrar al siguiente, ni perdía el gesto amable.

Elke llevaba cuatro horas trabajando. De modo que se quitó el pijama, cogió el termo de café, decidió convertir la sala de espera en cafetería, y tomó el asiento contiguo al del chico de la contusión.

 

-¿Quieres un café?

-Gracias. ¿Lo has hecho tú?

-Sí.

-Está muy bueno.

-En realidad yo no lo bebo. Lo he traído por si querías. Siempre hay alguien que quiere café.

-¿Por eso lo haces?

-Por eso, y porque a mi canario le gusta su olor por las mañanas.

-A tu canario le gusta el olor a café… A mí lo que me gusta es el viento. Es lo que más me gusta en el mundo. Ver cómo las cosas se mueven con el viento. De hecho, por eso estoy aquí. Estaba en el balcón, y se rompió una rama de un árbol. Pero por suerte sólo me dio de rebote en un hombro. Soy un hombre afortunado.

-Así que ese viento que tanto te gusta, ha provocado un accidente que casi te mata…

-Bueno, si no me gustara no habría salido al balcón. Verlo desde dentro no es lo mismo. Es como ver una película en casa. A mí me gusta más verla en el cine. Uno no deja de ser espectador, pero tiene la sensación de estar participando.

-Sí, participar…

 

Karl se dio cuenta de que ya habían hablado de él y del canario. Pero de esa mujer sólo sabía lo que no le gustaba. El café. De modo que decidió hacerle una pregunta básica en todo encuentro con un desconocido.

 

-¿Y a ti, qué es lo que más te gusta en el mundo?

 

Elke abrió mucho los ojos y sonrió soñadora.

 

-¿Lo que más? …La salsa de arándanos…

-Deliciosa, sin duda.

-Es curioso, creo que no se lo había contado nunca a nadie.

-¿Por qué?

 

Elke se paró a pensar. Porque nadie se lo había preguntado.

 

-Porque nadie me lo había preguntado. Creo que ni yo misma.

 

Karl pensó que era maravilloso que jamás hubiera pensado qué era lo que más le gustaba en el mundo, y sin embargo, hubiera contestado sin vacilar. A él le parecía una pregunta muy difícil, pues hay tantas cosas buenas entre las que elegir la mejor… Él se había pasado la vida haciendo balance, y aún habiendo elegido, continuaba teniendo dudas.

 

-Fíjate, si no llega a ser por el viento, quizás aún no sabrías qué es lo que más te gusta en el mundo. Y ahora no estaríamos hablando.

 

Y ese hecho reafirmó a Karl. Sí. Definitivamente el viento era lo mejor del mundo.

 

-¿Sabes por qué está soplando el viento?

-¿Por qué?

-Porque en Pekín hay una mariposa batiendo sus alas.

-Todo tiene un por qué y éste me parece bonito. Pero, ¿por qué batía sus alas?

-Para que yo pudiera contarte que lo que más me gusta en el mundo es la salsa de arándanos.

-De modo que estamos cumpliendo un destino… ¿Puedo tomar otro café? Es que me gusta tomar café cuando vivo momentos mágicos. Y cuando tengo el hombro dolorido.

-De modo que esto es magia… ¿Y qué se hace con la magia?

-No lo sé. La magia es tan importante. Actuar con la magia es una gran responsabilidad.

-Mucho más que ser enfermera. A lo mejor hay que ser mago para saber sacar un conejo de una chistera. A mí me gustan lo conejos que salen de las chisteras.

 

Karl, agobiado con el peso de la responsabilidad, se quedó demasiado bloqueado como para continuar con la magia que había llegado con fluidez, y volvió a la sala de espera. Después de todo, no se puede soportar peso con el hombro contusionado.

 

-Quizás te estoy entreteniendo. Ahí fuera todo el mundo sigue corriendo.

 

-Es cierto.

 

Elke pensó en alguna manera de que finalizar un momento de magia abriera esperanza para un comienzo.

 

- ¿Por qué no vienes a verme algún día? Siempre traigo café.

-Claro! Toma mi número de teléfono, por si un día no encuentras quien se lo tome. Me llamo Karl.

-Yo Elke.

 

Elke pasó el resto del día pensando en la salsa de arándanos. Y la boca le sabía dulce. Pensó también en la ética profesional. Y compró una chistera.

Elke se fue con su termo cada mañana a la sala de espera, por si un día volvía a ser cafetería.

 

Karl se dejó mecer por el viento el resto del día. Y de la noche. Y pensó que si las mariposas batiendo las alas habían hecho que llegara el viento, no habría ningún motivo para que esta vez no hicieran sonar el teléfono.

 

Lo que más le gusta a Elke es la salsa de arándanos. Elke mira la chistera en los días ventilados, y piensa en la magia. Y tiene el rostro de Karl.

 

Karl sigue mirando cómo se mueven las cosas con el viento. El viento es lo mejor del mundo, Karl ya no tiene dudas. Y se llama Elke.

La magia vino de Pekín

Cuando el viento partió la rama del árbol, Karl se encontraba tranquilo en el balcón mirándola caer. Estaba tan absorto con el espectáculo, que apenas fue capaz de dar unos pasos hacia su izquierda, con lo que evitó morir aplastado, que siempre es un alivio. Al fin y al cabo, una magulladura en el hombro a cambio de ser espectador en primera fila, de semejante vendaval, le pareció un balance muy a su favor. Y con la cabeza bien alta, como orgulloso ganador de aquel trueque, se dirigió a la sala de Urgencias del Schlosspark-Klinik de Berlín.

 

El busca despertó a Elke a primera hora. En los días de guardia podía sonar en cualquier momento. ¿Por qué no a primera hora? Es un momento como otro cualquiera. Elke se levantó sin esfuerzo, y preparó café, para que se fuera haciendo mientras se duchaba. Se vistió, cogió el pijama azul, lo dobló con cuidado, vació la cafetera en un termo, y se puso el abrigo. Cuando salió a la calle supo por qué la habían llamado.

 

Enviaron a Karl a la sala de espera. Se sentó y miró a su alrededor. Algunas personas con brechas, unos cuantos niños colorados y semidesnudos con un termómetro en la axila, y él. No eran demasiados. Pero no cesaba de ver entrar camillas traídas por ambulancias. Y escuchaba gritos del personal sanitario “un tráfico”, “un derrumbamiento”. Y los miraba correr de un lado a otro mientras en la sala de espera estaban todos tan quietos. Era como estar en casa y ver las hojas de los árboles agitarse desde dentro. Pero él había salido al balcón, para verlo desde fuera, y una rama se había roto, y tenía el hombro magullado. Entendía que había muchos tipos de urgencias. Y la suya era de las menos urgentes. No se podía ganar en todo. Y mientras pensaba en todo aquello, se dispuso a esperar con paciencia.

 

Elke llevaba trabajando cuatro horas. Entraba de cuando en cuando en la sala de espera a llamar al siguiente. Poco a poco las caras iban cambiando. Todas menos una, la de aquel señor de la contusión leve en el hombro, que no la miraba con cara de ansiedad cuando se disponía a nombrar al siguiente, ni perdía el gesto amable.

Elke llevaba cuatro horas trabajando. De modo que se quitó el pijama, cogió el termo de café, decidió convertir la sala de espera en cafetería, y tomó el asiento contiguo al del señor de la contusión.

 

-¿Quieres un café?

-Gracias. ¿Lo has hecho tú?

-Sí.

-Está muy bueno.

-En realidad yo no lo bebo. Lo he traído por si querías. Siempre hay alguien que quiere café.

-¿Por eso lo haces?

-Por eso, y porque a mi canario le gusta su olor por las mañanas.

-A tu canario le gusta el olor a café… A mí lo que me gusta es el viento. Es lo que más me gusta en el mundo. Ver cómo las cosas se mueven con el viento. De hecho, por eso estoy aquí. Estaba en el balcón, y se rompió una rama de un árbol. Pero por suerte sólo me dio de rebote en un hombro. Soy un hombre afortunado.

-Así que ese viento que tanto te gusta, ha provocado un accidente que casi te mata…

-Bueno, si no me gustara no habría salido al balcón. Verlo desde dentro no es lo mismo. Es como ver una película en casa. A mí me gusta más verla en el cine. Uno no deja de ser espectador, pero tiene la sensación de estar participando.

-Sí, participar…

 

Karl se dio cuenta de que ya habían hablado de él y del canario. Pero de esa mujer sólo sabía lo que no le gustaba. El café. De modo que decidió hacerle una pregunta básica en todo encuentro con un desconocido.

 

-¿Y a ti, qué es lo que más te gusta en el mundo?

Elke abrió mucho los ojos y después sonrió soñadora.

 

-¿Lo que más? …La salsa de arándanos…

-Deliciosa, sin duda.

-Es curioso, creo que no se lo había contado nunca a nadie.

-¿Por qué?

 

Elke se paró a pensar. Porque nadie se lo había preguntado.

 

-Porque nadie me lo había preguntado. Creo que ni siquiera yo misma.

 

Karl pensó que era maravilloso que jamás hubiera pensado qué era lo que más le gustaba en el mundo, y sin embargo, hubiera contestado sin vacilar. A él le parecía una pregunta muy difícil, pues hay tantas cosas buenas entre las que elegir la mejor… Él se había pasado la vida haciendo balance, y aún habiendo elegido, continuaba teniendo dudas.

 

-Fíjate, si no llega a ser por el viento, quizás aún no sabrías qué es lo que más te gusta en el mundo. Y ahora no estaríamos hablando.

 

Y ese hecho sirvió pata reafirmar a Karl. Sí. Definitivamente el viento era lo mejor del mundo.

 

-¿Sabes por qué está soplando el viento?

-¿Por qué?

-Porque en Pekín hay una mariposa batiendo sus alas.

-Todo tiene un por qué y éste me parece bonito. Pero, ¿por qué batía sus alas?

-Para que yo pudiera contarte que lo que más me gusta en el mundo es la salsa de arándanos.

-De modo que estamos cumpliendo un destino… ¿Puedo tomar otro café? Es que me gusta tomar café cuando vivo momentos mágicos. Y cuando tengo el hombro dolorido.

-De modo que esto es magia… ¿Y qué se hace con la magia?

-No lo sé. La magia es tan importante… Actuar con la magia es una gran responsabilidad.

-Mucho más que ser enfermera. A lo mejor hay que ser mago para saber sacar un conejo de una chistera. A mí me gustan lo conejos que salen de las chisteras.

 

Karl, agobiado con el peso de la responsabilidad, se quedó demasiado bloqueado como para continuar con la magia que había llegado con fluidez, y volvió a la sala de espera. Después de todo, no se puede soportar peso con el hombro contusionado.

 

-Quizás te estoy entreteniendo. Ahí fuera todo el mundo sigue corriendo.

 

-Es cierto.

 

Elke pensó en alguna manera de que finalizar un momento de magia abriera esperanza para un comienzo.

 

- ¿Por qué no vienes a verme algún día? Siempre traigo café.

-Claro! Toma mi número de teléfono, por si un día no encuentras quien se lo tome. Me llamo Karl.

-Yo Elke.

 

Elke pasó el resto del día pensando en la salsa de arándanos. Y la boca le sabía dulce. Pensó también en la ética profesional. Y compró una chistera.

Elke se fue con su termo cada mañana a la sala de espera, que ya no se convirtió en cafetería, porque al fin y al cabo, era una sala de espera.

 

Karl se dejó mecer por el viento el resto del día. Y de la noche. Y pensó que si las mariposas batiendo las alas habían hecho que llegara el viento, no habría ningún motivo para que esta vez no hicieran sonar el teléfono. Pero el teléfono no volvió a sonar.

 

Lo que más le gusta a Elke es la salsa de arándanos. Elke mira la chistera en los días ventilados, y piensa en la magia. Y tiene el rostro de Karl.

 

Karl sigue mirando cómo se mueven las cosas con el viento. El viento es lo mejor del mundo, Karl ya no tiene dudas. Y se llama Elke.