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Un barrio

Esta tarde ha ocurrido algo insólito. Algo que en casi ocho años no me había pasado. He dejado de vivir en Madrid.

Y ha sido esta misma tarde, cuando después de una sesión de parque hemos decidido sentarnos a tomar algo en una terraza. Y estando allí sentados, como si fuera lo más normal del mundo en una ciudad donde para ver a un amigo hay que llamar, buscar un vacío en la agenda, utilizar varios medios de transporte público, e invertir cuatro o cinco horas, ha aparecido mi amiga Reichel, hombre hola, me tomo una con vosotros. Y así, sin grandes aspavientos y como si aquello fuera lo más normal del mundo, hemos estado charlando, comiendo croquetas, bravas y cañas.

Pero de pronto ha aparecido mi hermana con un amigo, y se han sentado también. Así, como si fuera lo más normal del mundo. Con las croquetas y las bravas. Y las cañas y el tinto de verano.

Así que con esos encuentros casuales, debidos quizás a la casualidad, quizás al calor del verano, quizás a una tarde con magia, vividos con naturalidad, como lo más normal del mundo, de pronto he perdido la conciencia de ser ciudad para convertirme en barrio.

Relato: From guillestation91

From: guillestation91@gmail.com
To:
eljosete69@yahoo.es
Subject: Mariquita
Date: Mon, 30 Apr 2008 09:35:42 +0200

Hola gay, qué es de tu vida.

Supongo que andarás como siempre, inflándote a tercios mientras le das al billar, qué cabrón. Hace mucho que no voy por el pueblo, tío, ya lo sé, pero seguro que no me pierdo mucho, que seguirás teniendo la misma cara de mariconazo de siempre. Y mientras la recuerde todo está bien. Por aquí todo sigue igual, ya sabes. Menos mal que tengo este trasto. Internet es la hostia. Y con los estudios también me entretengo, cualquiera que me oiga… esto no se lo cuentes a nadie. Y menos al Pelos. Ya ves, ahora que ya da igual, de pronto leo los apuntes y me centro. Y comprendo lo que leo, y me interesa, y tengo ganas de seguir y seguir. Y guardo los apuntes, y recuerdo lo que he leído. Hasta algún problema de mates me he puesto a hacer. Cuando salga de aquí voy a necesitar un programa de rehabilitación. Te voy a meter una paliza al billar que te vas a cagar. Aprovecha a ser el rey de la mesa mientras ande por aquí, porque cuando salga, va a volver el puto amo. Bueno… si es que salgo. Este comentario me habrá costado una colleja, pero no me regañes. No se lo digas a nadie, tío, pero es que esto es muy largo. Es que parece que no va a acabar nunca. Que a veces lo que quiero es que acabe. A ser posible bien, pero que acabe. Me pongo súper filosófico, tío, que igual ni me estás reconociendo, que ya lo sé. Pero es que pienso en el final y tengo miedo. Cómo iba yo a saber que en mi 1’80, hubiera sitio para un tatoo, para el piercing y para el miedo. Todos estamos raros. Hasta mis padres, que intentan disimular, pero no parecen los mismos. Es que no los conozco, tío. Mi madre es más pesada incluso, que ya es decir. Y no me conozco a mí tampoco, porque ahora ya no le digo que no sea pesada, que deje de darme la brasa con tanto abrazo y tanto beso, ya no le digo que me va a amariconar. Ahora me callo, no vaya a ser que por una vez en la vida me tome en serio y deje de hacerlo. Que es que ahora de pronto les ha dado por tomarme muy en serio. Pensarás que soy una nenaza, pero es que mientras me acaricia mi madre la cabeza, y me remueve el pelo, se me olvida el miedo. No se lo digas a nadie, tío. Lo del miedo. Y menos a Sandra. A la Sandra ni media palabra. ¿Cómo está, por cierto? Sigue tan buenorra? Seguro que ya está morena, y pasea su piercing. Me cago en la puta, y yo aquí, perdiéndomelo. A veces me parece mentira que me espere. Que me lo puedes decir, eh? Que si estuviera con otro yo lo entendería. Dile que la escribiré. Que no me llame, y que no venga pa Madrid. Que alguien le dio el teléfono, tío, no te lo conté. Seguro que fue el Pelos, joder, que fallé el mote, que le tendría que haber puesto el Bocas. Me llamó, tío, así, de improviso. Que eso no se hace. Y me quedé mudo. Qué coño mudo, me quedé gilipollas. Y la recordé riendo el día que Santi nos dejó el coche, cómo se tiró el rollo, eso no se me olvida. Y fumamos. Y se reía y se reía. Parece mentira, pero es lo que se me ha quedado a fuego. Más que el polvo. Manda huevos. Y, no me regañes, pero pensé que igual no la volvía a ver reír. Y lloré. Sin control. Me acordé de mi hermano Rodri, que aún se mea por las noches, que no controla. Pues igual yo. Y la tuve que colgar. Y ahora recuerdo tu cara de mariconazo y se mezcla con la risa de la Sandra, y lloro también, pero no se lo digas a nadie, tío, esto entre tú y yo.
Ya te dejo, que hoy tengo ciclo. Estaré unos días sin escribir, ya sabes, me quedo jodido.

Un abrazo,

Guille.

 

Sabe aquel que diu… y mi Reichel

Un chaval acababa de terminar la diplomatura de empresariales. El padre, preocupado por su futuro, acude a un amigo influyente para que ayudara a su hijo a iniciar su andadura por el mercado laboral. Y que con un poco de suerte se largara de casa antes de los 35. El caso es que el amigo influyente en cuestión está encantado de poder hacer un favor y le ofrece un puesto de Director Fianaciero. El padre, muy halagado, rechaza la oferta.

- Hombre, si es un chavalín que acaba de terminar de estudiar. Yo creo que ese puesto se le queda grande. Yo sólo buscaba un pequeño empujoncito. No sé, ¿no puedes contratarlo como becario?

- ¿Becario? Lo siento mucho, pero para eso no puedo hacer nada. Las normas son muy claras en ese sentido. Para eso tu hijo necesitaría un MBA y dos idiomas.

La última vez que vi a Raquel me contó ese chiste. No hay nada como tomarse con humor la realidad de cada uno. Por muy surrealista que parezca.

Raquel es mi Reichel, y yo soy su Tricia. Me siento afortunada por tener tantos nombres, y que cada cual me haya bautizado a su manera. También me siento afortunada por conservar una amiga que conocí con seis años.

 

Puedo intentar describirla de una forma subjetiva. Y es que Reichel es alta, es guapa y tiene un cuerpazo. Y es que Reichel es absolutamente brillante en todo lo que hace. Es inteligente, es creativa, es una gran oradora, tiene un gran sentido del humor. Es divertida y es alegre. Es leal. Es una gran persona. Es grande toda ella. Y no, no tiene novio. Aunque en este sentido me convierto en su amiga madre a falta de una madre que sea su amiga, pero bueno, es lo que hay, y siempre pienso que no hay hombre en el mundo suficientemente bueno para ella.

 

Puedo intentar alejarme un poco y tratar de ser más objetiva. Y es que Reichel causa una primera impresión normalmente mala. Desde luego no deja indiferente. Llega como un huracán. No es discreta. Rápidamente se hace con las conversaciones. Tiene puntos de vista polémicos. Y siempre es el centro. Pero lo que causa esa primera impresión de rechazo es esa seguridad insultante. Es tan grande que parece imposible que haya nada que pueda hacerle chiquitita. Y eso es algo que a veces molesta. Que la envidia es muy mala. Y la inseguridad también.

 

Pero a mí lo que me da rabia es precisamente que sí haya cosas que le hagan sentir pequeñita. Que hasta la gente grande sea vulnerable. Y dude y se agache. Que tenga que escuchar de una boca como la suya, y en un hilo de voz “si yo he hecho todo lo que se suponía que debía hacer: he ido al colegio, he obtenido buenos resultados, he estudiado arquitectura, he obtenido muy buenos resultados, he trabajado en buenos estudios y he ganado algunos concursos… y no entiendo en qué he fallado para tener unas condiciones laborales tan malas, ni para que me traten así de mal. Me hacen sentir que no merezco más”. Reichel se puede sentir pequeñita, pero sólo está un poco agachada. Yo estoy esperando. Porque un día de estos va a sacar pecho (y qué pecho!) y a levantar la cabeza (y qué cabeza!). Y se verá como es. Grande. Inmensa.

Los amigos

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Y eso que yo soy postiza, la que llegó al grupo como novia de, y después como mujer de. Y eso que yo no soy del núcleo duro, de la pandilla de hace quince, veinte años. Que yo no fui a su colegio. Ni empecé a salir con ellos. Que no iba siempre a los mismos bares. Que no jugué a los dardos con ellos. Ni al mus en Esgos los domingos después de comer. Ni mataba con ellos los ratos libres cuando no tenía trabajo. Ni celebraba mis cumpleaños. Ni los magostos. Ni bajaba a tomar cafés al Alaska. Ni me quedaba hasta que me hubieran cerrado el último garito. Ni iba después a comer una hamburguesa de desayuno antes de volver a casa, ya de día.

Y eso que yo soy postiza me quedo algo fría cuando, cada vez que viajamos, y esperamos un reecuentro, la mesa se reserva cada vez para menos. Cada vez que veo que el núcleo duro es cada vez más blando. Que de los que no están se sabe cada vez menos. Que de los que están se sabe cada vez menos. Que cuando antes se llenaban tantos huecos a diario, cuesta ahora rellenar una noche cada dos meses.

Que los que un día fueron incombustibles bostezan después de las doce, como Cenicientas. Que los que se quedan ya no son viejos amigos. Son dispersos, extraños, y les gustan otros sitios. Y no juegan a los dardos. Y con ellos el tiempo ya no vuela, y no llega el día sin que uno se de cuenta.

Y eso que yo soy postiza, miro hacia atrás y no reconozco ya a ese grupo de amigos. Que tuvo su tiempo. Como todo en esta vida.

Quédate en Madrid

El viernes pasado, de camino a Somosaguas fui explorando los Cd´s que había en el cargador. No estaban los de siempre. Me quedé con un disco y fui pasando las pistas hasta que encontré mi canción preferida. No debí hacerlo, que estaba tiernita. No sé escuchar música sin cantar. Y canté. Pero llegó su voz, así, sin avisar, y se quebró la mía. Contrólate Pat. Aunque, qué carajo, no llevas rímel. Llora si quieres llorar. Y es que una echa de menos cuando menos se lo espera. Parecía que cantábamos como lo hicimos un día. Pero como siempre que recuerdo su nombre el asiento de al lado está vacío.

 

Lo último que tengo de él es un mensaje en el móvil, en mi pasado cumpleaños. “Feliz cumpleaños, pat! Soy godino. Espero que estés bien. Celébralo como tu quieras. Mucha suerte para los años que te queden por cumplir. Abrazos con pasado.”

Debería haberme gustado, pero sonaba a despedida. Y ese abrazo con pasado no me sirve, que memoria ya conservo yo la mía. Y con la mía me sobra.

Es curiosa esa sensación de saber de otra persona, que las cosas le van bien, que a fuerza de creer en sí mismo está en el camino que quiere, en el que él mismo se ha hecho. Es curioso el poder seguirle la pista, admirar su obra. Es curioso sentirme orgullosa de él, y no decírselo, que él no lo sepa y puede que ni le importe. Es curioso el dejar de conocerse. Es curioso cómo duele. Podría enviarle un mail. O podría dejarlo aquí.

 

Me pregunto si es mi amigo, o si lo fue.

Lo más triste es que no echo de menos los mil buenos momentos pasados, sino los futuros. Los que no van a llegar. Lo más triste es saber que a Javier le basta con el pasado. El colegio, el grupo, la guitarra, los dibujos, Djinn.

 

Lo único que puedo hacer es conformarme con echarte de menos en mi coche, cuando a traición te has colado dentro y has puesto tu voz tu voz junto a la mía cantando esta canción.

Y es que ya ves, uno echa de menos cuando menos se lo espera.

Si me vuelves a enviar un abrazo, y puedo elegir, que sea con futuro.

 

 

El primer beso

Me enamoré por primera vez con quince años. El clásico enamoramiento de campamento de verano.  Fui a Les Angles a estudiar un intensivo de francés. Llegué allí sola y pronto aparecieron mis dos compañeras de habitación, amigas íntimas que venían de Girona. Nos presentamos y nos dijimos de dónde veníamos. Inmediatamente después, ellas se dieron media vuelta, me convirtieron en invisible, y comenzaron a hablar en catalán. Yo las entendía perfectamente después de mi paso por Palma, pero no es necesario el idioma para dejar de lado. Ellas no tenían ninguna necesidad de hacer amigas, la traían puesta. Así que desde entonces procuré pasar el tiempo indispensable en esa habitación y me hice amiga de los chicos, que eran mayoría.
Y si dicen que el deporte une y que de todos el fútbol el que más, en mi caso como no podía ser de otra forma, no fue el fútbol sino el futbolín. Empecé a aprender con Agustín, un chico con el que había volado desde Madrid. Pero a pesar de que era un chaval muy correcto, era también competitivo y de los que no pierden ni a las chapas. Y como compañera yo era un lastre. Así que según me fui integrando pasé a ser la compañera oficial de Pau. Pau era alto, rubio, con ojos claros, muy delgado y desgarbado, y aparatos en los dientes. Me enseñaba con paciencia, me defendía a capa y espada, se reía conmigo de mis torpezas, y me miraba con ojos brillantes cuando marcaba. Después terminamos mirándonos con ojos brillantes siempre.
Empezamos coincidiendo en el futbolín. Después en la máquina del trivial, casualmente encontrábamos sitio juntos en el comedor, y coincidíamos en las actividades al margen del francés. ¿Qué te toca ahora? ¿Tiro con arco? ¡Anda, como a mí! ¿Patinaje? Yo no voy, que no sé! Yo te doy la mano, tú me enseñaste al futbolín. Actividades a las que al principio acudíamos con mucha ilusión, y de las que poco a poco nos terminamos escabullendo para dar paseos, escuchar música y contarnos nuestra visión de la vida.

Y poco a poco, lo que ocurría de forma fortuíta primero, forzadamente fortuíta más tarde, y descaradamente intencionada después, fuera lo que fuera y se llamara como se llamara, dejó de importarnos mientras ocurriera. Aunque al terminar él se fuera a ir a Valencia y yo a Madrid. Aunque tuviera un año y medio menos que yo. Aunque fuera alto y yo baja. Aunque…

La última noche organizaron una especie de fiesta final. Y aunque sólo el pensar en la despedida me arañara en el estómago, soñaba con ese primer beso como símbolo de esos paseos, de las manos entrelazadas, de la  música, las palabras, las miradas brillantes. Y entre la certeza del adiós y el deseo del beso no conseguí quitarme el temblor en toda la noche. Bueno, sí. Cuando Pau me abrazó y bailamos juntos muy despacio una de esas canciones lentas que ponen los americanos siempre al final de la Fiesta de la Primavera en las películas, y que por lo que comprobé, hacían también estos franceses en el Pirineo. El que empezó a temblar entonces fue él.

Pero no hubo beso. No se atrevió. Yo tampoco. Al día siguiente nos fuimos a casa. Tristes. Prometimos escribirnos.  Pau me escribió. Yo le escribí. Durante siete años. Nos quisimos y nos echamos de menos. Sin besos. Pero qué más da, no hicieron ninguna falta. Los besos duran segundos. El amor se queda siempre.