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Fuera de temporada

Casi nunca como melocotones.  Porque me encantan. Precisamente porque me encantan.  Pero ahora tienen forma de melocotón, piel de melocotón, tacto de melocotón, color de melocotón, sabor a nada. Nada. Como fuera de temporada. Como sacrificados en nevera. Como el tomate en invierno.

Nunca compro tomates en invierno. Porque me encantan.

Rituales 2: Fumar

Convertí  mi adicción al tabaco en un ritual el día en que  comencé a fabricar mis propios cigarrillos, en junio del año pasado.

Supongo que básicamente el hecho es el mismo. Calmo con nicotina la ansiedad que ella misma me genera envenenando mi organismo. Objetivamente no parece haber mucha diferencia. Pero sí la hay.

Antes el acto de fumar era un acto de carácter impulsivo. Sin embargo ahora es otra cosa. Ahora no se trata de sacar de la cajetilla un cigarro mientras llega el autobús (o para hacer que llegue), de matar un momento de aburrimiento, de fumar un cigarro tras otro sin ser consciente siquiera de que estoy fumando…

Cuando me apetece fumar un cigarrillo me siento, saco el neceser con todo el material, con un toque muy Pulp Fiction. Pongo sobre la mesa la bolsa de tabaco, y preparo un papel. Cojo la cantidad necesaria de tabaco. Coloco un filtro fino. Lo coloco, y ya con todo listo, lo prenso, lo lío. Y una vez preparado, observo mi obra y lo enciendo con cariño. No se consume solo como los otros:  yo lo consumo, despacio, y el cigarrillo respeta mi ritmo.

Lo cierto es que ese pequeño tiempo y dedicación que le otorgo a un acto tan banal como fumar, le da valor y le quita banalidad.

Con este capítulo cierro los rituales. No porque no tenga más, sino porque creo que con esto ha quedado clara su importancia, o su inutilidad.

Lo cierto es que podemos banalizar absolutamente cualquier aspecto de nuestra vida. Se puede banalizar la amistad, se puede banalizar el amor, se puede banalizar el sexo, se puede banalizar  todo. Hasta una vida entera. Pero también se puede sacralizar cualquier cosa. Hasta un mísero cigarrillo. Se puede hacer de cualquier cosa o de cualquier momento algo especial, o bien algo vulgar. Y  soy yo misma la que puedo dar o quitar valor a cada uno de los momentos y actos de mi vida.

Rituales 1: La piscina

Mi ritual número 1 no se titula la piscina porque sea mi primer ritual, o el de mayor importancia, no.  Mi ritual número uno se titula la piscina porque  precisamente en la piscina he sido consciente de que hago de mis tardes en ella un ritual. Y he sentido el impulso de escribir y reflexionar acerca de esa toma de conciencia.

De pronto, mientras nadaba, lo he pensado. Cómo es una tarde en la piscina. Una tarde en la piscina transcurre al sol, junto a la piscina.  ¿No tienes calor? Sí. ¿No te bañas? No.

Tengo calor, pero no me importa. Todo tiene que llegar a su tiempo. Y aprender a saborear el calor hasta el límite del calor, a saborear el calor aún con calor.  Sólo cuando dejo de tener calor, cuando se está poniendo el sol y la toalla se llena de sombra, y es hora de volver a casa, sólo entonces, me baño.  Porque me parece inconcebible volver a casa sin hacerlo. Sería incompleto. Aunque ya no haga calor, aunque ya no tenga ganas. Para aprender a saborear el baño cuando no se necesita.

De modo que cuando se pone el sol y la sombra se extiende sobre mi toalla me levanto, me ducho y me tiro al agua de cabeza. Sola. Nado cuatro largos. Ni tres, ni cinco. Cuatro. Siempre. No me vaya a cansar. Y aún así me canso. Y siempre croll y braza. Croll y braza. Siempre. ¿Por qué? Porque sí. Porque así fue el primer día, el segundo y el tercero. Y cuantos más días se repite ese esquema más imposibilita que al siguiente se rompa. Porque se establece un orden.

Me pregunté entonces si existía algún significado. Porque un ritual que no tiene que ser vacío. No tiene sentido hacer nada por nada, y que  tan sólo exista y permanezca por la fuerza de la inercia y la costumbre. Primero permanecer inmóvil, pasiva, bajo el sol, rodeada de conversaciones, risas y gritos de niños, para después romper con frío, agua, movimiento,  soledad y mi propia voz. Y me doy cuenta de que ese contraste, y el orden a la hora de ejecutarlo,  está lleno de belleza. Y cumplir con esa imposición de experimentación de contrastes siguiendo un orden, me da paz.

Soliloquio psi. Por una cabeza.

Hoy ha sido un día de esos en los que habría venido bien un obrero que me dijera ¡guapa!, o que hubiera podido ser digerido junto con una tableta de chocolate. Sin embargo lo primero en los días como hoy está más bien complicado, porque con toda esa pesadumbre en los hombros no creo que nadie hubiera sido capaz de llamarme tal. Ni siquiera un obrero. Es como cuando voy un día a trabajar sin el ojo pintado. Aunque en realidad eso es peor, porque no es que entonces no me diga nadie nada, ojalá, es que lo que oigo es Patricia, ¿has dormido mal esta noche?. O peor aún ¿estás enferma? No, es mi cara. La de verdad.

El otro día estaba con mi hermana comprando ropa interior y nos detuvimos ante una gran foto en la que anunciaban unas bragas que levantaban el culo. Bueno, eso ya es demasiado, no?¿Es que todo es mentira? A lo que mi hermana me contestó enumerando: maquillaje, ropa, tacones, sujetador … ¿qué más da algo más? ¿dónde está el límite? Entonces supe que mi límite está en las bragas que levantan el culo. Y al terminar de contarle la anécdota a mi amigo Manu, mientras él me miraba sonriendo, le pregunté que por qué los hombres no engañaban con nada. No sé, me dijo, supongo que porque de donde no hay no se puede sacar. No sé exactamente si lo dijo en el sentido físico o en el intelectual. Pero dejé de pensar en ello mientras me preguntaba: ¿pero te compraste las bragas o no? No, soy una mujer de principios, y si digo que ese es mi límite es que lo es, o al menos hasta que los modifique.

Lo del intento con el chocolate fue bastante más ligero de lo previsto, con el café me suelen regalar una chocolatina que suelo descartar. Pero hoy no descarté nada. Me la comí aún a sabiendas de que la pesadumbre no se iba a mover de sitio. Es otro de esos intentos inútiles, y que se saben inútiles de antemano, de sacarse un mal día de encima. Éstos se suelen ir cuando llega el siguiente.

El otro día estuve comprando tés por internet. Nada de té de bolsita cómodo de supermercado. Sino de esos exóticos importados que venden a granel, para preparar en una bonita tetera, con agua hirviendo y tiempos de reposo. Creo que más que el té me llama la atención el ritual. Como el del tabaco de liar, al que me he hecho asidua en los últimos meses. Tengo últimamente una cierta tendencia a introducir rituales en mi día a día. Y no me estoy volviendo mística ni nada por el estilo. Me pregunto el por qué. Quizás porque necesito ese contraste de dedicarle el tiempo y la atención necesaria a un determinado acto. Todo lo contrario de lo que suelo hacer a lo largo del día. Y en estos momentos me viene a la cabeza el momento de regreso del trabajo, cuando voy con el bolso, la bolsa del tupper, entro en el supermercado, compro el pan y otras cuatro cosas, para las que no cojo cesta porque no me voy a entretener, pero al final siempre me entretengo, y llego a la cola de las cajas haciendo equilibrios con esas cuatro cosas que se han convertido en diez, y lo pongo todo desordenado en el mostrador, y tardo en meter el cambio en el monedero que no cierra, y el de atrás está esperando, y me pongo nerviosa y lo guardo todo sin cerrar en el bolso donde se me desperdigan todas las monedas, y el ticket de la compra, que se junta con los otros muchos que hay arrugados al fondo de ese saco sin fondo. Pues eso, qué menos que después dedicar unos minutos a un algo.

Y el té está de camino, pero no tengo tetera. Que pensaba haberla dejado para marzo, que febrero era mi mes del ahorro. Pero otra forma inútil de alegrar un día tonto es ir de compras. De modo que fui, y me enamoré de una tetera japonesa de hierro templado, que además estaba a mitad de precio. Así que me pareció perfecta para un mes del ahorro, que me está saliendo por cierto, caro de narices.

Y he llegado a casa intentando encontrar más explicaciones al por qué de los rituales. Allí, sin más, se me ha olvidado que tenía el día tonto. Es complicado acordarse de ello mientras le doy un puré a Miguel subido a mis hombros, o mientras Pablo me pide una vez más que le apunte a clases de informática, a la que confesó que iba de vez en cuando invitado por sus amigos.

De pronto en un anuncio la volví a escuchar. La tocaba con un acordeón un hombre todas las tardes a las siete a la salida de mi oficina. Y yo volvía a casa tarareándola en voz alta como si anduviese sola. Pero como este mes salgo a las seis no había podido escucharla. Debía andar con mono. A los pocos minutos me la había bajado Rubén con el emule. Y ahora que sí que tengo tiempo para acordarme, me doy cuenta de que no tengo de qué. Así que ya ves, Patricia, que no hace falta, para acabar con un día tonto, necesariamente esperar al siguiente. ¡Guapa!