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El primer día del resto de su vida

El primer día del resto de la vida.

Primer día: el encuentro.

Era tan inevitable reparar en aquel vehículo como identificarlo entre los miles que recorren la M-30 a las ocho de la mañana. Un Twingo kaki, circulando a una velocidad tan absurda que obligaba a frenar bruscamente tras él, y entonces sólo quedaba observarlo. De entre todos los coches con los que compartía carretera, su atención había recaído involuntariamente sobre un Twingo kaki. Manda cojones. Algo así como si fuera viendo fotogramas, uno detrás de otro, a gran velocidad y que, de pronto, el cinematógrafo se hubiera detenido en uno. En el más feo.

Esas fueron sus impresiones del primer día. En la M-30. A las ocho. Sólo duraron los segundos en que se mantuvo tras el coche. No volvió a pensar en ello el resto del día.

Segundo día: el déjà vu.

El segundo día, en la M-30, frenó tras el Twingo kaki sobre las ocho y diez. El mismo Twingo kaki que el día anterior, en el mismo carril -el central- en la misma vía. Era imposible que hubiera vuelto a ocurrir. Sin embargo había ocurrido. Era como la sensación de irrealidad de un déjà vu. Pero real.

Las impresiones de este segundo día fueron algo más largas. De hecho, se quedó por curiosidad tras el coche durante un rato antes de cambiar al carril izquierdo y poder meter cuarta. Y tras el desconcierto del déjà vu, aquella casualidad le dio pie para la digresión, a pesar de la radio, y estuvo preguntándose qué clase de ser humano decidía, posiblemente previo endeudamiento, adquirir ese modelo de automóvil, y –por todos los santos- en ese color.

Kaki le pareció un eufemismo de diarrea. Hacía daño a los ojos, y, si se concentraba, también resultaba afectado el olfato. Por segundo día consecutivo además. Pensó que su conductor sólo podía ser un misántropo resentido, y esa elección un acto de ensañamiento.

Tercer día: la conexión

El tercer día cogió la M-30 por el carril central, y volvió a tener que dar un frenazo para no colisionar con el Twingo kaki. El del día uno y el día dos. Pero el tercer día eran las diez de la mañana. Se había quedado dormido. En ese día tres no tuvo sensación de déjà vu, sólo de irrealidad.

De pronto se preguntó si su cinematógrafo había escogido ese fotograma y lo iba a repetir el resto de su vida. Si hiciera lo que hiciera, siempre terminaría frenando detrás del Twingo kaki. Si ese acontecimiento que, cuando ocurrió por primera vez, parecía aislado, fortuito, y absolutamente banal, se convertiría en un hito en su vida. Y si  de pronto comenzaría a contar sus días poniendo como referencia al Twingo kaki. Pensó que el misántropo no era el conductor del Twingo, sino el cinematógrafo.

Esos hechos sin ninguna importancia aparente que sin embargo se convertían en el primer día del resto de su vida le daban miedo. Cuando vas al médico y te dice que tienes una enfermedad seria, o te enteras de que vas a tener un hijo, o te despiden, pues sí, sabes que se trata de un hecho determinante, de un hito, de un terremoto que va a poner tu vida del revés, pero viene de frente. Sabes a lo que te enfrentas, y te preparas, y te organizas, y te mentalizas, y justifica que los pensamientos en retrospectiva comiencen como “el primer día tras la noticia”, “el segundo día tras la noticia…” Pero cuando no los ves venir, cuando vienen camuflados de intrascendencia, y sólo con el tiempo te das cuenta de que están y han llegado para quedarse, y han transformado tu vida sin darte cuenta, sin haberte preparado, sin darte una oportunidad de reacción porque cuando te das cuenta es tarde…. ésos le daban miedo.

Y a pesar de la radio, del tráfico, de haber llegado al trabajo, de haber encendido el ordenador, y de haberse cruzado con unos cuantos compañeros a los que no saludó, había continuado absorto. El fotograma del Twingo, que a pesar de aparecer como azaroso y trivial amenazaba con convertirse en un hito, le había hecho pensar en otros de esos que a fuerza de repetirse habían terminado cambiando su vida. Concretamente uno, el más doloroso, y el que no podía quitarse de la cabeza. El primer plano de ella con la tristeza.

La primera vez que la vio le había extrañado. Se le hacía raro reconocerla sin sonrisa y con la mirada apagada. Pero ya se le pasaría. Al fin y al cabo, él estaba pasando por un mal momento: el despido, las tensiones con su hermano a cuenta de la herencia del padre, el duelo del padre, las tensiones con la ex mujer, que así pasaran los años conservaba la virtud de sacarle de sus casillas… Al fin y al cabo, es normal que quizá no siempre estuviera de humor para contestarle de la mejor forma posible, para hablar, para dejarse abrazar y menos aún para abrazar. Al fin y al cabo, tenía motivos de sobra para querer estar solo, solo en su malestar, al otro lado del sillón, y al otro extremo de la cama, tenía motivos de sobra para los silencios y para desviar las miradas, y tenía motivos de sobra como para no tener que aguantar encima posibles miradas de reproche –quizá por eso dejó de mirar- o como para no pedir disculpas. Y entonces, un día, había llegado el fotograma. El de ella con la tristeza. Ella, que era un milagro. Pero ya se le pasaría. Sin embargo, el fotograma, el de ella triste,  se repitió al día siguiente. Era imposible que hubiera vuelto a ocurrir. Y sin embargo había ocurrido. Y él, que no sabía durante cuánto tiempo llevaba ocurriendo -la tristeza-, ya no sabía qué hacer, ahí, desde el otro lado del sillón, desde el extremo de la cama. Ahora que había vuelto a mirar, y que veía un día tras otro ese fotograma horrible. Y se preguntó qué había pasado para que ella hubiera dejado de ser un milagro. Por qué se le había olvidado ver que era un milagro. Cómo había permitido que toda la mierda que había a su alrededor le hubiera impedido verlo, que habiendo tenido junto a él un milagro con quien consolarse de esos golpes que venían de fuera, hubiera terminado encerrándose en una caja de espinas, dejando fuera todo lo demás.  Ella había sido milagro mientras él la había visto milagro.  Ahora era un ser lejano y triste porque… Y no quería terminar la conclusión; al fin y al cabo…

Y se preguntaba también por qué su cinematógrafo no podría haber sido más explícito entonces, como con el Twingo, haber hecho que fuera imposible también con ella saber que el fotograma no dejaría de repetirse, un día tras otro, que no se trataba de algo aislado y trivial, que sólo estaba disfrazado pero iba a cambiar su vida. Por qué se había dado cuenta cuando ya no era capaz de traspasar su extremo de la cama, cuando se moría por abrazarla, pero ya no sabía cómo, cuando se moría por volver a su lado en el sillón, y romper el silencio, y decirle que lo sentía, que la echaba de menos, que le ayudara a borrar ese puto fotograma, decirle… cosas, de las de verdad, como antes, pero ya no sabía cómo. Y así hasta que un día se congelara para siempre.

Y así siguió pensando, en la jornada de trabajo, y en el coche de vuelta, a pesar de la radio, de los coches, de no ver tras quién frenaba. Y aparcó, y giró la llave, y entró con miedo, porque igual ya no estaba, pero sí.

Y la miró y dijo “aún estás” pero no se sabe muy bien si era pregunta, afirmación o  deseo. O las tres cosas. Y más, era un aún estás que quería transformar el tercer día en primero. En otro primero. Y la mañana siguiente, utilizaría el transporte público.

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La llamada

Al descolgar el teléfono una voz en francés me pidió que esperara, supongo. Siempre me ha encabronado que llamen para venderme algo y el comercial me haga esperar, pero una cosa es esperar y otra muy distinta esperar en francés.

Cuando la señorita comenzó a atenderme en mi idioma, y antes de que se rompiera el hechizo, le pedí por favor que siguiera en el suyo. Ella me complació encantada, y me preguntó que si la  estaba entendiendo, supongo.

Entonces entró en directamente en materia  -supongo-  con una profesionalidad admirable, y yo no cabía en mí de gozo. Por estar siendo capaz de dejarme llevar tan fácilmente,  por estar recibiendo semejante capricho de manera gratuita, y por el gozo.

Eso sí, cuando al final, tras mis síes en frenesí comenzaron sus preguntas, me cuidé muy mucho de cambiar el tono y contestar monocorde que no. Incluso cuando volviendo a mi prosaico idioma me preguntó prosaicamente si estaba seguro de que no quería contratar la oferta.

Pero es que yo soy un tipo de principios, y hay cosas por las que siempre me he negado a pagar.

 

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Para Despertando antes de que se vaya el dinosaurio.

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Hacerse acerico

No recuerdo cuándo fue la última vez que limpié el cajón de los calcetines entero. Normalmente me limito a los calcetines. Pero hoy he levantado el papel del fondo y te he encontrado.  Hoy. Y aprovechando que nos vemos te confesaré que aunque te guardé allí, lo que en su día me pidió el cuerpo fue haberte empleado como forro para mi  acerico. Ya con las vísceras templadas miro tu rostro, todo quieto y callado, y voy a aprovechar para hablarte honestamente. Con las vísceras templadas y puesta a elegir, ya que estás tan quieto y callado, te puedo contar que te miro y te pienso como me habría gustado que fueras, -sin opción de réplica te facilito el no estropearlo con lo que eres- . Pero claro, ahora que te he reconstruido entero, y te he creado a imagen y semejanza mía, empiezo a  sentir alfileres hundiéndose despacio en mi cuerpo que sí responde, y en respuesta sale hiel reclamándote de nuevo para el acerico, en legítima venganza por no ser más que una puta foto ahora que eres perfecto. Así que ya ves, mira que lo intento.  Lo intenté cuando dormíamos en la misma cama, cuando tenías tres dimensiones  y un corazón que servía para latir, y lo intento ahora que eres un recuerdo en el cajón de calcetines.  Pero ni de una forma ni de otra evitamos desencontrarnos. Aunque sería más preciso decir que jugamos al desencuentro. Y eso que no tienes derecho de réplica.  Tenemos para eso un don, el de deshacer incluso lo que nunca hicimos. Y ahí ya me acerco a la verdad que hemos estado evitando,  la responsable de que ambos seamos acericos. Esto no es un reencuentro, ni un desencuentro. Querríamos que pudiera serlo, pero da igual lo cerca que vivamos, durmamos o respiremos, tú y yo no tenemos opción al reencuentro, ni tan siquiera al desencuentro. Porque en contra de lo que hubiéramos querido, y de lo mucho que nos esforzamos en forzarlo… nosotros nunca llegamos a encontrarnos.

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Kevin Miller self portrait

No es tan difícil entender a Kevin Miller. Opinan que mi codicia no tiene límites. Ingenuos… Sin duda el dinero abre muchas puertas, no negaré que me gusta, que disfruto el lujo. Pero no eso. No lo saben. Son simples, y por eso yo hago y deshago a mi antojo en esta ciudad. No me conocen, y quedarán en su ignorancia. No desveles tus pasiones, y no desveles tus miedos, decía mi padre. ¿Y qué te mueve entonces, Miller? ¿Qué más quieres? ¿Hasta dónde vas a llegar?

El poder. Es el poder lo que mueve el mundo. Así es como un alpinista, según alcanza una cima, ya sueña con poder alcanzar una más alta, o un matemático, que según logra someter una realidad a un modelo, ya piensa en poder explicar otra…Poder… siempre es poder… en forma de juego, de reto. Poder actuar, poder tocar, poder cumplir un sueño para después poder cumplir otro más ambicioso…Y lo que divierte de todo ello, del reto, es ganar. Ganar es una droga. Y efímera. Porque según ganas un reto ya piensas en otro, y en el siguiente. Cada vez más difícil, hasta llegar al límite. ¿Y cuál es tu límite Miller? No lo sé, todavía. Aún busco. Aún busco.

Y mientras unas personas se divierten sometiendo montañas, instrumentos musicales, estructuras, incertidumbres, o su propio cuerpo, yo elijo a las personas. Es irónico, pero esa preferencia mía podría convertirme en humanista.

Yo hago que todo el mundo se doblegue ante mí. Se podría considerar un experimento sociológico. Qué hace falta para que los músicos me den un alto porcentaje de sus ingresos, para que una mujer me folle aún causándole repugnancia, para que la policía incumpla las leyes que protege no inmiscuyéndose en mis negocios, para que mis empleados me respeten, para que no se me cuestione, para que todos callen cuando yo hablo, para que se haga lo que yo digo. Eso sí es un reto. Y cuando doblego a alguien sólo pienso en el siguiente. El dinero… el dinero es accesorio, el dinero por sí solo es vulgar.

¿Y qué hace falta? ¿Qué es lo que hace que yo consiga alterar las voluntades y ponerlas a mi servicio? La respuesta a mi pequeño experimento sociológico es sencilla y muy antigua. Se llama miedo. Se ha usado siempre. Lo usaron los dioses que se llenaron de adeptos tras aterrorizar al mundo inventando un infierno, y yo he hecho como ellos. Mas a mi pesar soy humano, nadie creería mi infierno salvo mostrándoselo. De modo que yo les he dado su infierno. He creado uno a imagen y semejanza de cada víctima, de cada miedo. Jamás desveles tus pasiones, y jamás desveles tus miedos… Porque en esta ciudad, detrás de ellos, estoy yo.

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Cuando hace un par de años escribí esta B-Side para La Taberna, no imaginaba lo fácil que podía llegar a ser encontrarse en la vida real con gángsters que jamás deberían salir de una novela negra. 


Por primera vez

¿Sabes? Ayer estuve en una tienda que justo hacía esquina con aquella casa que tenía en el tejado macetas en lugar de tejas, pero la tienda estaba en una calle distinta,  y me parecía en realidad un lugar distinto, como si la casa con el tejado de macetas se hubiera colocado allí, ayer, para despistarme, o a lo mejor para lo contrario, para darme un punto de referencia. 

Como me puse a mirar el tejado asombrada ante su nueva perspectiva no me di cuenta de que aunque hacía frío y amenazaba con llover, había echado a andar rechazando, en ese mismo acto, la opción de coger un autobús de vuelta a casa. Y cuando me di cuenta de que ya había elegido mis piernas como medio de transporte me hizo ilusión pensar en que quizá reaparecerían las agujetas. Y seguí pensando en las agujetas  ya en la calle Bailén, hasta ver el nombre de una calle “Travesía de las Vistillas”, y decidí desviarme, o no lo decidí, me desvié porque esa travesía me llamó. Y mientras caminaba por allí intenté reconocer algún edificio, algún local, algo que me llevara a un recuerdo conocido. Pero no. No había nada conocido, era una calle por la que no había caminado nunca, con una especie de parque verde al fondo, con pérgolas, como para acoger música de cámara o a Gustavo Adolfo Bécquer,   y un camino cuesta abajo que lo bordeaba, y decidí bordearlo, porque al fin y al cabo yo no era una orquesta, ni el poeta, que está muerto. Yo tenía la sensación de que estaba allí sólo para mirarlo, y por eso no entré, ¿no te ha pasado nunca?

El caso es que el camino que bordeaba ese parquecito era empinado, cuesta abajo, y haciendo curva. Empecé a preguntarme dónde desembocaría aquello: si mi sentido de la orientación no me fallaba estaba yendo en dirección a la calle Segovia, y eso significaba que iba en el buen camino. Pero sé que tengo motivos para desconfiar de ese sentido mío, así que por un momento empecé a dudar, a sentirme perdida, y a pensar que quizá terminaría teniendo que dar media vuelta y deshacer lo andado y volver hasta Bailén, esta vez cuesta arriba.

En pleno momento de dudas vi un atajo a la derecha, más empinado todavía, que según mi sentido de la orientación debía desembocar directamente a la calle Segovia. Y aunque ya sé que tengo motivos para desconfiar de él, el no tener ningún otro a mano me empujó a continuar con mi exploración. El atajo era de escaleras, bajar los primeros peldaños me produjo un poco de vértigo, y eso que no suelo tener. Creo que era más por no saber del todo hacia dónde iba que por la atura. A la izquierda de los peldaños empinados había hierba. Cuánta hierba. Y a la derecha unas casas. La primera tenía un patio interior que se veía desde el exterior, como si se hubieran dejado a propósito ese vano con forma de rectángulo en la fachada para poder ver lo interior. Pero no había ropa tendida. Y la segunda era baja, con techo a dos aguas, tejas color teja y una fachada pintada con un color azul bonito, y parecía como si la hubieran colocado allí, en medio de dos torres un poco grises como un guiño, creo que te gustaría.

Y al final, cuando se terminaron los peldaños empinados llegué a una calle grande, que debía ser la calle Segovia, tenía que ser la calle Segovia, pero no parecía en absoluto la calle Segovia. Y el camino de vuelta a casa se tiñó entero de sensación de irrealidad. No era capaz de entenderlo, cómo es posible, ¿c ó m o  e s  p o s i b l e? Hay calles que he paseado poco pero, ¿cuántas veces hemos subido y bajado la calle Segovia? ¿Cómo es posible que no la reconozca, que tenga esa extraña sensación de estar en un lugar por primera vez en mi vida? Y me di cuenta de que sí, conozco la calle Segovia desde arriba, y la calle Segovia desde abajo, pero no conocía la calle Segovia desde un lado, desde ese en concreto, al que se llega tras haber bordeado un parque verde y desierto con pérgolas, y un atajo con escalones empinados y una casa pintada de azul bonito. Y si me parecía otra es porque también, en cierto modo es otra. Un simple cambio de perspectiva me hace sentirla como por primera vez. Y te lo quería contar, eso y que me gusta. Me gusta esa sensación de primera vez, de descubrimiento y de sorpresa que llega en el momento y el lugar que menos esperas.

Inventos absurdos

Salía del metro en Plaza de España, de un vagón de la línea 10, de esa que te obliga a salir de los infiernos con la ayuda de escaleras mecánicas que parecen no terminar nunca, y en los que es imposible ver la luz al final del túnel porque el túnel tiene la propia, artificial, y salía de allí con otras muchas personas, un viernes por la tarde, todos en fila, una fila tan ancha como anchos son los túneles, y como anchas son las escaleras mecánicas, las que no parecen terminar nunca porque al mirar hacia arriba no ves el final, porque hay un tramo y otro y otro… pero terminan. Y por los túneles un músico, si al menos hubiera sido el percusionista asombroso, pero no, era un tipo ignoto, que cantaba boleros ignotos también, que no tenían nada que ver conmigo, y eso que pensaba que esa sensación de que todas las canciones hablan de mí me acompañaba siempre, pero el viernes no, el viernes parece que nada tenía que ver conmigo a la salida del metro, y todo era ajeno, y yo una pieza más de esa masa de gente que caminaba ordenada hacia la luz al final del túnel que no se ve, por los halógenos que dan tanto frío. Y es que dan ganas de no mirar, mirar qué, dan ganas de no mirar porque no puede haber nada, aquí dentro, con este frío, cuando salga ya miraré, pero aquí no. Y es que dan ganas de no mirar, y quizá no miré, pero si no hubiera mirado no habría visto. Miré, sí, miré, a pesar de todo miré, – ¿será que miro incluso cuando creo que no miro? –y si sé que miré es porque la vi. Parecía una señora mayor, una simple señora mayor, como son las señoras mayores, con un traje de color morado, traje de chaqueta y falda por debajo de las rodillas, con las piernas algo arqueadas y los tobillos hinchados, con unos pies de talla chiquitina, de los que no se hacen ahora, y que no admiten ya zapatos con tacones, tan solo de esos de horma ancha y cuña, una señora mayor con pelo corto y teñido, y gafas de sol, y dedos deformados por la artrosis.  Parecía eso para todo el que no hubiera mirado, y sólo habría sido eso, o ni siquiera eso, sería nadie, qué horror, nadie, pero esa señora existía, y me di cuenta cuando vi sus dedos artríticos moverse un poquito, lo suficiente para que no se notara mucho. Y el pie también, lo llevaba de puntillas, y con el talón marcaba un ritmo, suave, casi imperceptible, un ritmo, el del bolero, el bolero, ¡el bolero!, ¡claro!, el bolero, ese que no tenía nada que ver conmigo pero sí con ella, sí, y estaba transformando cada célula de su cuerpo, de forma contenida para que no llamara tanto la atención que ahora era joven y bella, y ya no estaba alumbrada por esos halógenos, sino por la luz de la luna del tiempo en que los hombres y las mujeres bailaban, y sentía en su cintura una mano, esa que terminó resultando familiar, pero que así, en la cintura, con un bolero de fondo siempre le había hecho  temblar, porque siempre, bailando -porque ellos bailaron siempre, aún ahora, cuando los hombres  y las mujeres ya no saben, o simplemente no lo hacen-, bailando, decía, se miraban a los ojos fijamente, de esa forma en que se mira cuando se mira más allá de esos ojos, que brillan, y hasta se humedecen un poco, y no de pena, sino de esa emoción que es tan grande que no cabe dentro y casi no deja respirar, y no deja hablar, pero sí bailar, porque todo suma en esos cuerpos que se mueven al mismo ritmo, y que se sostienen no con los pies  sino con los brazos, que se miran temblando, meciendo la luna, conjurando el bolero.  Y todo eso vi yo en la señora, que aunque tratara de disimularlo, estaba presa del hechizo de esa música, ruborizándose bajo las gafas de sol al notar de nuevo -y por fin- esa mano en la cintura, cerrando los ojos para poder ver de nuevo los de él, al otro lado de esa música, él, que la esperaba llevando el ritmo con el pie,  ciñendo esa cintura tan hermosa y tan amada. Y supuse yo que entonces se reirían ambos, con ganas, de estos inventos absurdos como la distancia, el tiempo, la vida, la muerte, el metro y sus túneles…

Errantum Lumen

Apareció una noche. Mi amigo Manu y yo habíamos salido a Las Vistillas y habíamos terminado tomando un pisco sour en un local con mucho diseño pero  muy frío en La Latina. Ese hombre, que probablemente habría llamado la atención en cualquier sitio, destacaba como iluminado por luces de neón en aquel peruano ultramoderno.

Manu, que es buen fisonomista, cayó pronto en quién hacía pensar. Gary Oldman. LLevaba perilla y pelo largo, camisa, y por motivos que quizá sean subjetivos y que no puedo descifrar, resultaba muy oscuro. Me di cuenta de que no era a Gary Oldman a quien me recordaba, sino a Drácula. Hablaba con gente en la barra, gente que iba y venía. Hablaba con gente pero estaba solo. También se acercó a hablar con nosotros. Se presentó como Errantum Lumen, famoso artista. “¿No me conocéis?, – dijo un poco indignado, -¡Buscad en Internet Errantum Lumen y sabréis quién soy!”

Errantum Lumen. La primera parte de ese nombre suyo sí parecía corresponderle. Pero sin embargo, me pareció contradictorio que una persona tan oscura se autodenominara lumen. Me pregunté cuándo habría perdido la luz y por qué. Además de faltarle luz le sobraba alcohol. Él tampoco debía tener acerca de ese punto la misma percepción que yo, porque aún nos pidió dinero para seguir bebiendo. Recuerdo que antes de irnos le deseé suerte y no le gustó. Supongo que le parecí condescendiente.

Lo estuve buscando por Internet, y aparte de un blog con pocas entradas, con algunas fotos fechadas hace años, no encontré nada más. Me decepcionó un poco,  porque en realidad, y ahora me doy cuenta,  quería encontrar otra cosa, la revelación de alguno de sus misterios, alguna señal que me hablara de la luz, o de la falta de ella, algo que colmara de alguna manera las expectativas que aquel misterioso personaje me había generado, y que no se quedara todo en un dipsómano excéntrico. Pero no encontré nada más.

 

Ayer lo vi al ir a entrar en el metro de Ópera.  Su visión me hizo detenerme para observarlo. Pelo largo, perilla, camisa,  una lata de cerveza,  el mismo halo de oscuridad y misterio, y el mismo poder de atracción. Y seguí observándolo mientras bajaba las escaleras del metro, pensando para mí misma,Errantum Lumen,  no me engañas con tus nombres,  eres quien pareces.

Volví a casa algo distinta. Reconocer a un vampiro otorga una extraña sensación de lucidez.

La alteración del sueño

Estimado señor A:

 Me dirijo a usted para exponerle un caso singularísimo bajo mi punto de vista, si bien esta apreciación podría carecer de objetividad ya que se trata del mío propio. No obstante, lo pongo en su conocimiento para que pueda juzgar por sí mismo.

Todo comenzó con una alteración en el sueño. Yo no solía ser capaz de recordar, tras el sonido del despertador, aquello con lo inconscientemente me había entrenetenido tras la fase REM salvo quizá alguna pesadilla ocasional. Sin embargo, un buen día, al despertar, apareció nítidamente la imagen de un hombre, alguien a quien no conocía, pero con rasgos que mis sueños dibujaban con absoluta precisión. A partir de ese momento, tomó por costumbre las visitas oníricas nocturnas, y yo el recordarlas cada mañana.

 Sé perfectamente que en estos momentos usted debe pensar que he errado de profesional, y que mejor habría hecho dirigiendo este escrito a un psicoanalista antes que a un abogado. Le ruego a usted paciencia, y una atenta lectura -créame, no queda tanto- hasta “Le saluda atentamente”. Después, si usted gusta, podrá dejar de leer. Permítame que prosiga, para no alargar en exceso este escrito, usted seguramente tiene una vida muy ocupada, y yo también.

 Al margen de mis alteraciones de sueño, yo soy una mujer con una vida normal. Una mujer que nace, crece, trabaja, y, que, de vez en cuando, aprovecha un puente para hacer algún viaje. Fue uno de ellos, el pasado mes de mayo, el que elegí para visitar Lenderal. Me hospedé en la habitación 1531 del Gran Lenderal. En un principio creí haber estado acertada contratando uno de los mejores hoteles de la ciudad. Al ser una construcción moderna sobresalía en altura con respecto a los tradicionales, y desde mi ventana tenía una panorámica privilegiada de los tejados de la ciudad. Asimismo, mi habitación era casi tan amplia como mi apartamento y mi cama grande y confortable.

 Sin embargo, cuando tras haber pasado toda la mañana caminando cámara de fotos en mano, y teniendo en cuenta el poco descanso que me permite mi anteriormente descrita alteración del sueño -por nombrar a ese señor de alguna forma- , me tumbé en mi cama para relajarme después de comer y comencé a escuchar todo ese alboroto en la planta superior, tuve dudas acerca de ese acierto.

Era completamente imposible descansar. Una voz amplificada, ruidos de sillas, aplausos de vez en cuando… Ni siquiera el soporífero hilo musical consiguió ayudarme a discriminar todo ese ruido, y tras casi una hora aguantando, fui a recepción. Cuando el amable empleado ubicó mi habitación se apresuró a disculparse. Justo encima, en el ático, estaba situado un salón en el que se estaba celebrando un congreso. Finalizaría aquella misma tarde, de modo que me garantizó que mi sueño nocturno estaba asegurado. Las personas somos muy dadas a garantizar cosas que están fuera de nuestro alcance.

 El caso es que ya que no podía dormir, y que el museo que quería visitar tardaba aún una hora en abrir, decidí ir hasta el ático y ver más de cerca a los congresistas. No pude curiosear gran cosa. La puerta del salón estaba cerrada, pero fuera había un soporte, de esos que suelen anunciar una kermesse, pero con una foto de tres hombres con traje y corbata, y en letra arial negrita, “VI Congreso de abogados”. Ponentes: Don A, don B, don C.

Al acercarme a la fotografía tuve que frotarme los ojos y pellizcarme para cerciorarme de que me encontraba en estado de vigilia, porque uno de esos conferenciantes fotografiados, disfrazado con traje y corbata, el de la derecha, era mi alteración del sueño, el hombre de las noches. Rasgo por rasgo.

Supongo que usted ya se habrá reconocido.

 Quizá en estos momentos, usted esté tentado a pensar que yo podría llegar a ser una mujer con un desequilibrio mental de cierta envergadura, que vio su fotografía, quedó prendada y se obsesionó. Se equivoca. Quizá, si hubiera sido usted el líder de una famosa banda de rock, o un actor de comedias románticas, yo encajaría en el perfil de fan acosadora. Sin embargo, no es usted músico, ni actor, ni tiene una vida pública conocida.

Yo padezco una alteración en el sueño, pero estoy en pleno uso de mis facultades mentales, y sé distinguir perfectamente el orden cronológico de mis acontecimientos históricos. Y primero fue la aparición, después el reconocimiento en la foto. De ninguna manera al revés.

 En cualquier caso, el motivo de mi escrito era informarle de que mi conclusión acerca de este caso mío, es que, el que haya venido usted a visitarme cada noche, sea usted o no consciente de ello, y el haberle yo recibido, conscientemente o no, es bajo mi punto de vista, una señal inequívoca de que estamos destinados a estar juntos.

Siendo así, puede usted hacerlo fácil o difícil. Usted elija. Si se declinara por la primera opción, le ruego me adjunte en su respuesta la dirección de su domicilio, así como un juego de llaves, para poder trasladar mis efectos personales lo antes posible. Si se siente mejor con un noviazgo más tradicional, consentiré el juego de hacer que esta carta sea el primer contacto entre los dos, y cuando me llame usted para invitarme a tomar café, fingiré sorpresa.

 Y ya no me extiendo más, he de ir a dormir: tengo una cita. Creo que con esto ya tiene usted información suficiente para poder emitir su propio juicio. O quizá no. Le adjunto una foto mía. Soy la de la derecha, y también estoy disfrazada. Ahora sí tiene toda la información.

 Sin otro particular, y esperando su pronta respuesta, le saluda atentamente:

 Z

El cuento del chico, el río y el secreto.

Érase una vez un chico que vivía en un pueblo pequeño que a él no le gustaba, quizá porque era el suyo, o porque era pequeño, o porque se sentía extranjero. Se aburría, y algunas veces, para escapar de allí, jugaba a explorar en sus alrededores, buscando algo, quizá sólo el juego, quizá su lugar.

 Un día, en una de esas huidas, encontró un río. Le pareció hermoso, le pareció que el murmullo del agua decía cosas bonitas que sólo él podía comprender, y al asomarse, en el reflejo del agua, se descubrió a sí mismo. Como por una necesidad imperiosa de saber más sobre sí, se desnudó contemplando su imagen, y se sumergió en el agua, fundiéndose con ella, y el frío le hizo ser consciente de su cuerpo, de su piel, de cada uno de sus músculos, y sintió como si hasta ese día hubiera vivido abotargado, siguiendo las normas del pueblo, de su casa, de todo aquello que le producía hastío, y que jamás reflejaba su imagen.

Después del baño miró la hora, el tiempo había pasado tan deprisa. Se vistió corriendo, se secó el pelo con la camiseta, aún dio un rodeo hasta llegar a su casa ya seco, casi sudando, sin marcas de agua, ni de río, ni de sí mismo, pues todo ello había pasado a formar parte del más bonito de sus secretos.

Comenzó a acudir allí cada vez que tenía la oportunidad de ser invisible, y a la orilla hablaba con el murmullo del agua, y le contaba sus sueños, le decía que allí era feliz, que se iría de su casa y allí viviría, y se bañaría cada día, y cada día se asomaría para no olvidar su imagen, para no olvidar quién era.

 El río también era feliz, porque sentía que sus aguas tenían sentido en la medida en que daban forma al cuerpo de aquel chico, en que reflejaban su imagen, en que lo hacían feliz, y a fuerza de escuchar sueños aprendió a soñar también, y se soñó casa, se soñó eterno, se soñó siempre, se soñó real.

 Un día, el chico acudió al río con una mochila y un saco de dormir. Había decidido que era el momento. El río estaba tan contento que las aguas avanzaban torrenciales, brincando, contentas, y no eran ya susurro sino un estallido de espuma y júbilo. Y con tanto alboroto, el chico, al asomarse, no pudo ver su reflejo, sino un conjunto extraño de colores y formas. Y como no sabía quién era, sólo por los reflejos, se sintió perdido. Se desnudaba angustiado y se bañaba con frío y miedo, y sus ojos no brillaban. Porque aunque su pueblo no le gustara, era su pueblo, y echaba de menos su cama, pisar los caminos polvorientos. Y el haber llegado allí con mochila, con intención de quedarse, para descubrirse igual de perdido que siempre, hizo que de pronto el río le resultara extraño y hostil.

 El río, al sentir desde dentro la desdicha de aquel chico lleno de sueños, pensó primero que la desdicha se debía a su pasión desmedida. Y procuró calmar sus aguas, pero no pudo evitar las lágrimas, y tantas derramaba que sus aguas continuaban violentas y torrenciales. Sin embargo un día el río abrió los ojos y entendió. Aunque durante un tiempo había soñado ser casa, compañera, o  mujer, – una mujer, sí-, supo entonces que para él sería un río, y secreto, siempre. Un secreto siempre es un secreto, y sobre un río no se puede construir nada, ni una casa, ni unos sueños, ni una vida. Ni sobre un secreto que será siempre secreto. Y ni todo el bullicio de sus aguas, ni toda su transparencia, ni su fuerza arrolladora harían feliz a ese chico. Ni al revés. Esos pequeños hombros jamás podrían soportar sus crecidas con las lluvias, y se abrasarían bajo el sol cuando la sequía evaporase el agua. Él no soportaría todo aquello, pues sólo amaba al río en tanto en cuanto había creído que éste le descubriría quién era él y cuál era su sitio. Retenerlo supondría pasar de ser un rincón de libertad para convertirse en celda. Y el río se sabía río, y secreto, pero cárcel no, cárcel jamás.

 Las aguas del río que había sido el más bonito secreto poco a poco comenzaron a transcurrir serenas, pero no volvieron a reflejar ninguna imagen, ni sus murmullos dijeron más, para que él pudiera marchar sin pena, como último gesto de amor hacia ese chico al que ya amaría siempre. Y los sueños se fueron alejando a nado, para desembocar en un afluente mayor hasta llegar al océano, dejando, mientras se alejaban, un dolor sordo.

El río con pintura de dedos y pinceles

Micro: Almohada

Duermo abrazado a mi almohada desde que tengo memoria. No puedo conciliar el sueño de ninguna otra manera.  Un día me desperté sobresaltado pues noté que mi almohada respiraba. Me pellizqué varias veces,  pero ella seguía respirando. Entre mis brazos.

Pude sentirme el hombre más afortunado del mundo hasta que imaginé la reacción de mi mujer cuando la viera por la mañana.  Lleno de angustia le pedí a mi almohada que me abrazara un poco. Al fin y al cabo, yo llevaba haciéndolo toda la vida.