El primer día del resto de la vida.
Primer día: el encuentro.
Era tan inevitable reparar en aquel vehículo como identificarlo entre los miles que recorren la M-30 a las ocho de la mañana. Un Twingo kaki, circulando a una velocidad tan absurda que obligaba a frenar bruscamente tras él, y entonces sólo quedaba observarlo. De entre todos los coches con los que compartía carretera, su atención había recaído involuntariamente sobre un Twingo kaki. Manda cojones. Algo así como si fuera viendo fotogramas, uno detrás de otro, a gran velocidad y que, de pronto, el cinematógrafo se hubiera detenido en uno. En el más feo.
Esas fueron sus impresiones del primer día. En la M-30. A las ocho. Sólo duraron los segundos en que se mantuvo tras el coche. No volvió a pensar en ello el resto del día.
Segundo día: el déjà vu.
El segundo día, en la M-30, frenó tras el Twingo kaki sobre las ocho y diez. El mismo Twingo kaki que el día anterior, en el mismo carril -el central- en la misma vía. Era imposible que hubiera vuelto a ocurrir. Sin embargo había ocurrido. Era como la sensación de irrealidad de un déjà vu. Pero real.
Las impresiones de este segundo día fueron algo más largas. De hecho, se quedó por curiosidad tras el coche durante un rato antes de cambiar al carril izquierdo y poder meter cuarta. Y tras el desconcierto del déjà vu, aquella casualidad le dio pie para la digresión, a pesar de la radio, y estuvo preguntándose qué clase de ser humano decidía, posiblemente previo endeudamiento, adquirir ese modelo de automóvil, y –por todos los santos- en ese color.
Kaki le pareció un eufemismo de diarrea. Hacía daño a los ojos, y, si se concentraba, también resultaba afectado el olfato. Por segundo día consecutivo además. Pensó que su conductor sólo podía ser un misántropo resentido, y esa elección un acto de ensañamiento.
Tercer día: la conexión
El tercer día cogió la M-30 por el carril central, y volvió a tener que dar un frenazo para no colisionar con el Twingo kaki. El del día uno y el día dos. Pero el tercer día eran las diez de la mañana. Se había quedado dormido. En ese día tres no tuvo sensación de déjà vu, sólo de irrealidad.
De pronto se preguntó si su cinematógrafo había escogido ese fotograma y lo iba a repetir el resto de su vida. Si hiciera lo que hiciera, siempre terminaría frenando detrás del Twingo kaki. Si ese acontecimiento que, cuando ocurrió por primera vez, parecía aislado, fortuito, y absolutamente banal, se convertiría en un hito en su vida. Y si de pronto comenzaría a contar sus días poniendo como referencia al Twingo kaki. Pensó que el misántropo no era el conductor del Twingo, sino el cinematógrafo.
Esos hechos sin ninguna importancia aparente que sin embargo se convertían en el primer día del resto de su vida le daban miedo. Cuando vas al médico y te dice que tienes una enfermedad seria, o te enteras de que vas a tener un hijo, o te despiden, pues sí, sabes que se trata de un hecho determinante, de un hito, de un terremoto que va a poner tu vida del revés, pero viene de frente. Sabes a lo que te enfrentas, y te preparas, y te organizas, y te mentalizas, y justifica que los pensamientos en retrospectiva comiencen como “el primer día tras la noticia”, “el segundo día tras la noticia…” Pero cuando no los ves venir, cuando vienen camuflados de intrascendencia, y sólo con el tiempo te das cuenta de que están y han llegado para quedarse, y han transformado tu vida sin darte cuenta, sin haberte preparado, sin darte una oportunidad de reacción porque cuando te das cuenta es tarde…. ésos le daban miedo.
Y a pesar de la radio, del tráfico, de haber llegado al trabajo, de haber encendido el ordenador, y de haberse cruzado con unos cuantos compañeros a los que no saludó, había continuado absorto. El fotograma del Twingo, que a pesar de aparecer como azaroso y trivial amenazaba con convertirse en un hito, le había hecho pensar en otros de esos que a fuerza de repetirse habían terminado cambiando su vida. Concretamente uno, el más doloroso, y el que no podía quitarse de la cabeza. El primer plano de ella con la tristeza.
La primera vez que la vio le había extrañado. Se le hacía raro reconocerla sin sonrisa y con la mirada apagada. Pero ya se le pasaría. Al fin y al cabo, él estaba pasando por un mal momento: el despido, las tensiones con su hermano a cuenta de la herencia del padre, el duelo del padre, las tensiones con la ex mujer, que así pasaran los años conservaba la virtud de sacarle de sus casillas… Al fin y al cabo, es normal que quizá no siempre estuviera de humor para contestarle de la mejor forma posible, para hablar, para dejarse abrazar y menos aún para abrazar. Al fin y al cabo, tenía motivos de sobra para querer estar solo, solo en su malestar, al otro lado del sillón, y al otro extremo de la cama, tenía motivos de sobra para los silencios y para desviar las miradas, y tenía motivos de sobra como para no tener que aguantar encima posibles miradas de reproche –quizá por eso dejó de mirar- o como para no pedir disculpas. Y entonces, un día, había llegado el fotograma. El de ella con la tristeza. Ella, que era un milagro. Pero ya se le pasaría. Sin embargo, el fotograma, el de ella triste, se repitió al día siguiente. Era imposible que hubiera vuelto a ocurrir. Y sin embargo había ocurrido. Y él, que no sabía durante cuánto tiempo llevaba ocurriendo -la tristeza-, ya no sabía qué hacer, ahí, desde el otro lado del sillón, desde el extremo de la cama. Ahora que había vuelto a mirar, y que veía un día tras otro ese fotograma horrible. Y se preguntó qué había pasado para que ella hubiera dejado de ser un milagro. Por qué se le había olvidado ver que era un milagro. Cómo había permitido que toda la mierda que había a su alrededor le hubiera impedido verlo, que habiendo tenido junto a él un milagro con quien consolarse de esos golpes que venían de fuera, hubiera terminado encerrándose en una caja de espinas, dejando fuera todo lo demás. Ella había sido milagro mientras él la había visto milagro. Ahora era un ser lejano y triste porque… Y no quería terminar la conclusión; al fin y al cabo…
Y se preguntaba también por qué su cinematógrafo no podría haber sido más explícito entonces, como con el Twingo, haber hecho que fuera imposible también con ella saber que el fotograma no dejaría de repetirse, un día tras otro, que no se trataba de algo aislado y trivial, que sólo estaba disfrazado pero iba a cambiar su vida. Por qué se había dado cuenta cuando ya no era capaz de traspasar su extremo de la cama, cuando se moría por abrazarla, pero ya no sabía cómo, cuando se moría por volver a su lado en el sillón, y romper el silencio, y decirle que lo sentía, que la echaba de menos, que le ayudara a borrar ese puto fotograma, decirle… cosas, de las de verdad, como antes, pero ya no sabía cómo. Y así hasta que un día se congelara para siempre.
Y así siguió pensando, en la jornada de trabajo, y en el coche de vuelta, a pesar de la radio, de los coches, de no ver tras quién frenaba. Y aparcó, y giró la llave, y entró con miedo, porque igual ya no estaba, pero sí.
Y la miró y dijo “aún estás” pero no se sabe muy bien si era pregunta, afirmación o deseo. O las tres cosas. Y más, era un aún estás que quería transformar el tercer día en primero. En otro primero. Y la mañana siguiente, utilizaría el transporte público.
http://antesdequesevaya.wordpress.com/2012/02/07/el-primer-dia-del-resto-de-su-vida/
