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Belleza pasajera

Para Pau, donde estés…

aunque como verás, en lo que compartimos, y en mí, sigues estando. Claro que no me olvido.

 Mil gracias y un beso.

Recuerdas hoy qué me detuvo ayer
Y me obligó a reprimir el deseo
Si ahora que eres mayor ya lo has comprendido
Ya no busques más

Intenta hoy arrancarle al olvido
Lo que quedó de nuestro amor herido
Belleza pasajera eres tu y soy yo
Pienso que fue un error haber fingido
Y no me voy a echar atrás nunca mas

Si vuelves hoy no , no apagues la luz
Quiero ver tu cuerpo, mirarte a los ojos
Deshacerme dentro y saber si eres tu
Si vuelves hoy no, no apaques la luz

Mi ultimo beso se perdio en el tiempo
Me queda un deseo no apagues hoy la luz
No hay color en la obscuridad
No apagues hoy la luz

Belleza pasajera………….
Quiero ver si eres tu… no apagues hoy la luz

Las leyes físicas y el hombre del tren

Lo vi al bajar del tren, mientras subía la carretera hacia la casa de mis padres. Fue mi profesor de estadística de primero. Había debido dar clase a las dos, y volvía a casa. Lo había visto más veces yendo tras él hacia la estación de tren que dentro de un aula. Reconozco que no le di muchas oportunidades, y aún así le di más que si me hubiera dado clases en algún otro curso. El último año me bastaba una sola para saber si ir a clase iba a resultar algo enriquecedor o una absurda pédida de tiempo.

Él era un hombre bajito, con hombros algo caídos, de esos hombre que jamás logran que se haga silencio cuando hablan. Se manchaba las manos de tiza, pero era incapaz de captar la atención de nadie. Supongo que el magnetismo no es algo que necesariamente se gane con la experiencia. Lo intentaba, sí, hablaba entre balbuceos, escribía mil demostraciones y corregía ejercicios para un público completamente ajeno. No sé si dejé de ir a sus clases por aburrimiento o por no tener que contemplar ese espectáculo de fracaso un día tras otro. Sólo lo veía como vecino, como el hombre al que seguía al salir del tren, tras las clases, subiendo la carretera con su abrigo de paño, sus hombros caídos y su Expansión sobresaliendo del bolsillo del maletín.

No me presenté a los exámenes de estadística ni en febrero ni en junio, porque después de haber renunciado a darle más oportunidades dejé la asignatura en el olvido. En agosto me apunté a un curso de dos semanas y me examiné en septiembre. Entonces un día me llamaron por teléfono a casa. Al otro lado del aparato una voz balbuceante se presentó como mi profesor de estadística, se disculpó por irrumpir con su llamada, y me felicitó por mi exámen. Y me dijo también que no le sonaba haberme visto en clase. Yo no tenía cara, al menos no como alumna, quizá como chica del tren. Él sí la tenía. Pensé que quizá estaría resentido conmigo, por haber aprendido al margen de él. Pero no, se alegraba sinceramente por mi examen. Era un mal profesor y lo sabía, pero un buen hombre. No sabía cómo hacerlo mejor, pero lo intentaba.

Y allí estaba trece años después, como una ley física, como espejismo de un orden natural, subiendo por la carretera, con el abrigo de paño, el traje, los hombros caídos, y el Expansión sobresaliendo de la cartera, caminando resignado, como camina quien continúa intentándolo un día tras otro, y como quien continúa fracasando. Yo sabía quién era él, pero yo seguía sin tener cara. ¿Cómo iba a reconocerme como alumna? ¿Y cómo, después de tantos años, como la mujer del tren? Lo adelanté al pensarlo.

Al parar para abrir la puerta de la casa de mis padres él continuó subiendo. Me volví a mirarlo mientras se alejaba; él también se había vuelto, y también me miraba. Le sonreí. Como alumna. Levantó la mano torpemente.

“Adiós”, balbuceó.

Sin remite

El martes de la semana pasada mi cartera desapareció misteriosamente de mi bolso. Me di cuenta al ir a coger mi billete de metro. Fue en ese preciso instante y no antes cuando sentí la levedad del bolso. Y no pude entender cómo hasta ese momento no me había dado cuenta de lo que faltaba, cuando desde el momento en que fui consciente sentía la falta a cada paso, como una desnudez.

Volví corriendo al Starbucks donde acababa de comer -y pagar-, pero allí no estaba. LLamé para anular las tarjetas. Pedí dinero para comprar un billete de metro, y me fui a una comisaría a poner una denuncia que me permitiera rehacer mis papeles.

Volví a mi casa y a hacer mi vida normal, en la que sólo cambiaba el hecho de que me acostumbré sorprendentemente pronto a la liviandad de mi bolso.

El viernes de esa semana un sms hizo que de pronto me diera cuenta de que había llegado la primavera al mes de febrero. “En el buzón había un sobre con tu documentación”. Era de mi madre, aún tengo su dirección en el carné.

Alguien había vaciado la cartera con todas mis cosas: mis tarjetas anuladas, mi DNI caducado, mi carnet de conducir, los tickets de la compra, mis billetes agotados de metro, las fotografías, las tarjetas de visita que jamás utilizo, y otra serie de cosas a excepción del dinero – doy por hecho que si lo robó será porque lo necesitaba-. Alguien lo había sacado todo, absolutamente todo, lo había metido en un sobre, había reforzado el cierre con papel de celo, había escrito mi nombre y la dirección de mis padres, había ido hasta Correos, y había pagado el franqueo.

En realidad, poco de lo que hay dentro del sobre me sirve realmente. Poco.

Pero el sobre sí.

Lástima que sea quien fuere, quien tiene mi dinero, quien tiene mi cartera, quien tiene ambas cosas, o ninguna de ellas, qué importa, no escribiera en él el remite. Para haber podido darle las gracias, y decirle que sí sirvió.

 

 

La aventura ambigua

Las sorpresas tienen tantas formas, colores, sonidos y aromas diferentes que a veces no las reconocemos. Sobre todo porque no las esperamos. Eso sí que es fundamental y maravilloso en las sorpresas, el no esperarlas.

Hace unos cuantos días, aprovechando que estaba sola, me fui al cine. Al salir la noche era estupenda, tan oscura y tan cálida, y yo tenía el ánimo tan bajo y la cabeza tan ocupada, que necesité dar un paseo y volver a casa andando.

Y así iba yo, disfrutando de mi momento de soledad, enfrascada en mis cavilaciones, ajena a la calle recorrida, cuando una voz me sacó de mí misma y me trajo de nuevo al mundo de los vivos:

“veo que caminas sola, yo también voy solo, si quieres caminamos juntos”

Tengo que reconocer que cuando me di la vuelta y ví a aquel hombre negro enorme, y que la calle estaba vacía, me sentí un poco insegura, y me pareció una imprudencia el no haber cogido un taxi. Pero lo que de verdad me resultó más molesta fue la interrupción. Es que ese hombre no se había dado cuenta de que yo no estaba sola, estaba conmigo misma tomando consciencia de mi tristeza, y el pensar que de pronto iba a tener que abandonarme   para hacer el esfuerzo de mantener una conversación trivial con un desconocido, para caminar juntos, me irritó.  Imagino que él imaginó mis reticencias, y antes de que le espetara una negativa, inistió: “sólo se trata de hablar, y que el camino sea más divertido”.  Tampoco eso me convenció “Tu parles français?”. La vanidad. Me pudo la vanidad, y olvidé mi irritación para contestar como movida por un resorte  “Oui”.

Y en francés comenzó lo trivial. Oscar era de Camerún, vivía en España desde hacía siete años, daba clases de francés, era masajista, pero también había trabajado de fontanero y de lo que le había surgido a lo largo de siete años de peripecias.  De las reseñas biográficas de cada uno pasamos a hablar del choque cultural, ya en español.

“Aquí tenéis de todo, pero no sabéis ser felices. Os resulta extraño hablar con las personas. Tenéis miedo. Yo hablo con todo el mundo en el barrio, como puedo estar hablando ahora contigo. Pero muchas personas te rechazan, por miedo. Allí somos comunidad. Una fiesta, un funeral, lo que sea, nos une a todos. Todos nos conocemos, todos hablamos, nos alegramos con la felicidad de los demás y nos acompañamos en nuestras desgracias. No tenemos dinero para tomar algo, para charlar en un bar, pero hablamos en la calle, con quienes te encuentras, y estamos cerca todos de todos.”

Sí. En los pueblos pequeños todavía hay algo de eso, pero las ciudades han impuesto un individualismo feroz. Estamos rodeados de millones de personas, que son millones de extraños a los que no nos acercamos, con los que nos resulta violento hablar. Hay mucha soledad en las ciudades. No se estila hablar con los desconocidos.

Y me contestó: “Ya os iremos enseñando.”

Estuve más de una hora charlando con ese hombre que no dejaba de sonreír  y de sentirse agradecido con la vida, de pie, en la calle. De diferencias culturales, de soledad, de comunicación, de la actitud ante la vida,  de la felicidad y del valor. Me recomendó un libro “L’aventure de l’ambiguë”, de  Cheikh Hamidou Kane.

Y cuando nos despedimos y seguí mi camino a casa, me di cuenta de que la tristeza y la pesadumbre que estaban conmigo a la salida del cine habían desaparecido. Y que el haber compartido todas esas impresiones con ese extraño me había llenado de energía. Y que de pronto caminaba contenta. Y que había merecido la pena cometer la imprudencia de conversar con un desconocido que, desde Camerún, y tras un viaje odisíaco, había venido a enseñarnos. Toda una sorpresa, de color negro.

I don’t believe

Ayer tenía que preguntar a Pablo religión.  Para variar, Pablo pasó de estudiar, así que no me extrañó mucho que cuando le pregunté qué era un sacramento me contestara con un  “no sé”.

- Pablo, ¿de qué palabra crees que viene “sacramento”?

- De sagrado….¡Ah, ya sé!, sacramento es un signo sagrado.

- Vale, ponme un ejemplo de signo sagrado de la Iglesia.

- No sé.

- Pues el bautismo, la comunión, la confirmación, el matrimonio….

- ¡Ah! ¡Es eso! ¿Y qué es la confirmación?

- A ver, el bautismo es el signo mediante el cual se supone que entras a formar parte de la Iglesia. Pero un bebé no puede decidir si quiere o no hacerlo. Pues bien, cuando ya eres mayor, y ya tienes tus propias ideas  y criterio para decidir, mediante la confirmación te reafirmas en que, por voluntad propia, sigues formando parte de la Iglesia. Que tienes fe.

- ¿Y tú la hiciste?

- Sí. Porque al colegio al que iba te obligaban.

- ¿Cómo que te obligaban? ¿Pero no se trataba de decidir por voluntad propia?

- Pues sí, es absurdo.

- ¿Y tú querías? ¿Tú eres de la Iglesia?

- ¿Tú qué crees?

- Que no, tú no vas nunca a misa y esas cosas.

- No, yo no tengo fe.

- ¿Qué significa que no tienes fe?

- Que no creo en Dios.

- ¿No? Mamá, una cosa es no ir a misa, pero… ¿no creer en Dios?

- No.

- Entonces,  ¿en qué crees?

- En el ser humano. Yo tengo fe en el ser humano.

Gimme danger


La avidez

Dice mi madre que una de las primeras frases completas, con su sujeto y su verbo, que empecé a decir, fue “yo solita” (bueno, con verbo elíptico…). Supongo que esa avidez por ganar autonomía tiene en común con lo que soy ahora, y con lo que he sido siempre,  precisamente la avidez.

Hay niños que son felices de ser niños. Incluso los hay que se obstinan en no dejar de serlo. A mí ahora eso me inspira cierta ternura, pero por aquellos entonces yo no era capaz de entenderlo. A mí la infancia me agotaba, porque limitaba mi mundo a un entorno demasiado pequeño, que me impedía vivir cosas verdaderamente emocionantes, como todas esas que leía en los libros. Y yo tenía unas ganas de vivir todo eso que apenas podía contenerme. Yo quería salir sola a la calle, conocer gente, vivir aventuras, enamorarme, ver mundo, experimentar. Sin la cómoda protección que es la familia.  Yo solita. Pero me tenía que conformar con estar recluida en mi pequeño y seguro mundo formado por mi casa, la urbanización y el colegio. Y con pasar mis días con la gente que había allí, que estaba muy bien, pero que era siempre la misma. Así que la única opción que me quedaba era esperar que el tiempo pasara muy deprisa, porque la espera era interminable, y mientras tanto, inventarme un montón de cosas que me gustaría vivir, y trasladarlas a los juegos, a  fantasear y a  soñar despierta… y por supuesto, a leer.

Una vez, tras lamentarme de mi vida, pues  tenía ya doce años y no me había pasado nada en la vida, mi padre, preocupado, amenazó con censurarme las lecturas… No me extraña…

Y absolutamente de nada sirvió que mi madre me dijera, una y otra vez, que todo tiene su momento, que no corriera tanto, y que llegaría el día en que viviría todo eso. Yo me preguntaba cómo podía estar tan segura. Uno nunca sabe qué día será el último tenga uno  la edad que tenga. Y la avidez sigue ahí.

Tápame los ojos

Leí el libro El Perfume muy joven, no recuerdo la edad, pero recuerdo que me impresionó profundamente. Y una de las cosas que no consigo olvidar es que fue mi madre la que me lo recomendó. No debía recordar bien ciertas escenas tan explícitamente sórdidas. De lo contrario seguro que no sólo no me lo habría ofrecido, sino que me lo habría desaconsejado. El caso es que a pesar de mi sorpresa y mi impresión, a mí me encantó leerlo. Y pensar que mi madre pensaba que era mayor como para eso. También ayuda el tema de que en los libros no haya una calificación moral.

En el cine sí.

En las vacaciones los horarios infantiles se vuelven locos. Así que por la noche, Pablo, que ya es más mayor, compartía velada. Y a pesar de suponer que Gladiador no era apta para un niño de siete años, casi ocho, no me pareció mala idea que la viera con nosotros.

El que el ritmo de preguntas fuera casi más rápido que la secuencia de imágenes no me pareció un incordio. Si acaso a veces, algo complicado. Por qué un hijo mata a su padre, por qué invadían otros países, por qué los invadidos no se iban a otra parte en lugar de arriesgarse a morir luchando, qué es violar. No sé si estaba él más ilusionado por poder ver una peli de mayores con los mayores, o yo porque él lo estuviera haciendo. Y el estar ilusionado sin duda, aumenta la motivación a la hora de contestar cuarenta millones de preguntas en dos horas.

Empecé a dudar de lo acertado del plan cuando Pablo comenzó a sufrir con las luchas, las heridas y la sangre. ¿Y ahora con remilgos? Pues bien que después ve Smackdown, y no le impresiona lo más mínimo… Supongo que la clave está en la contextualización. Como en tantas otras cosas.

- Mamá, no quiero verlo, tápame los ojos, y me avisas cuando acabe

- No tienes por qué verlo. Si quieres quito la película.

- No, ahora no la quites, si la quitas antes de ver cómo acaba, me voy a ir con náuseas a la cama. Porque, acaba bien, ¿verdad?.

Ese fue el golpe de gracia para darme cuenta de que había sido un completo error. Acabar bien… Bueno, eso es algo un tanto relativo. El que el reunirse con los seres amados después de muerto sea un buen final pasa obviamente, por lo que cada uno entienda como ese después de muerto. Y por supuesto llegó la pregunta. De cuya respuesta dependía ni más ni menos el que la película tuviera un final feliz, como consuelo, para un niño de siete años, casi ocho, después de tantas muertes, tanta sangre, tanta violencia.

- Mamá, ¿después de morir también se vive?

- No lo sé, supongo que sí, aunque de otra manera. Pero la verdad, Pablo, es que nunca he estado muerta, así que no te puedo explicar gran cosa acerca de eso.

Y sí, lamentablemente, ese fue todo el consuelo que fui capaz de darle a un niño de siete años casi ocho, que quería irse a la cama tranquilo. Unos minutos antes no había tenido tantos reparos para taparle los ojos.


En fin, a pesar de mi fracaso protegiendo a mi vástago de crisis existenciales, a las que tarde o temprano tendrá que enfrentarse él solo, éste durmió perfectamente. Y no obstante, aunque las recomendaciones morales no me suelen gustar demasiado, decidí que iba a tomar más en cuenta las que a catalogaciones cinematográficas se refieren. Al menos hasta quitarme esta sensación de fracaso.

Óxido

Recordaba el montar en bici en la playa casi como volar. Joder, el año pasado había escrito ese Pancho y Bea... Los recuerdos generan también expectativas. Y lo cierto es que este año el invierno ha dejado más óxido del que esperaba.

Así que estos días no volaba, estos días notaba el esfuerzo que suponía avanzar cada metro. Aunque quizás eso fuera algo del primer día, y poco a poco, todo fuera mejor. Pero el segundo, al montar en la bici, fue más penoso aún con las dichosas agujetas.

Cuando me quise dar cuenta ya me estaba quejando en voz alta. Ay! Mi culo!

Entonces Pablo me miró extrañado.

- ¿Qué te pasa, mamá? ¿Crees que vas a poder aguantarlo?

Y la duda me ofendió.

Sí. Por supuesto que sí.

Intervencionismos y trofeos

Hay padres que son más intervencionistas y otros que lo son menos. Yo en general me considero tirando a los que menos. Y tengo mis motivos. Con tanto intervencionismo, tanto proteccionismo y tanto cuidado extremo, estamos educando futuros adultos incompletos, llenos de miedos que no dejamos de transmitirles desde niños, con una autonomía más que limitada, y poca responsabilidad sobre los actos propios. Bien, esos son básicamente mis motivos.

Dicen que en el término medio está la virtud. El que dice eso es un cachondo, porque ya me gustaría a mí que me dijera por dónde queda exactamente el medio. Me imagino que en este caso concreto estaría en la educación que deja margen de maniobra al niño, para desarrollarse como persona, para adquirir autonomía, para equivocarse y aprender, etc… pero que guarda las garantías necesarias para que el niño en cuestión no sufra daños considerables por una excesiva libertad de movimientos.

Digamos que en mi casa en concreto yo soy poco intervencionista y Rubén algo más. Me pregunto si entre ambos podría decirse que alcanzamos un término medio. O si el alcanzarse en media no sirve.

Esto viene porque una noche vacacional, estuvimos cenando en Sanlúcar, junto a la playa, tras una tarde de carreras de caballos que no presenciamos, pero que intuimos dado el número de gente que abarrotaba las calles. El caso es que a pesar de todo conseguimos mesa junto a la playa, y pudimos contemplar la puesta de sol bajo Doñana. Pero a los niños poco les interesaba el espectáculo de luces crepusculares, y mucho menos la cena. De modo que saltaron a la playa y se pusieron a jugar con perros que se dejaran acariciar, con la arena, con otros niños.

Rubén empezó a ponerse muy nervioso por el pequeño. Que se está alejando mucho. Que se va a perder. Cómo puedes estar ahí tan tranquila, que sólo tiene tres años. Pero si está allí con su hermano. Sí, pero es que están cada vez más lejos. Bueno, pues ahora vendrán, si los vemos desde aquí. Pues yo voy a por él y si no es capaz de jugar cerca que se quede en la mesa con nosotros. Vale, pues tú mismo. De modo que se levantó a buscar a Miguelito.

Creo que pocas veces me he alegrado tanto de protagonizar un momento poco intervencionista como aquella noche, cuando Rubén regresó dando enormes zancadas, jurando en arameo, dirigiéndose al baño con el niño en volandas, que se traía como trofeo una caca de caballo en cada mano, como recuerdo de la carrera de la tarde que no había visto, pero para qué, si sobre la arena habían dejado lo mejor…