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De sermones

Pablo tiene la costumbre congénita de cumplir años cada doce meses, la última vez fueron diez. Y tiene por costumbre, ésta adquirida, de celebrarlo con una fiesta. Bueno, con unas fiestas, ¿cuántas? Pues las necesarias para que todo aquel con poder adquisitivo suficiente como para hacerle un regalo tenga oportunidad de hacerlo. Así, normalmente, suele haber una fiesta con los padres, otra con familia de menor grado de consanguineidad, otra con los vecinos, otra con los compañeros del colegio.   Por lo que he podido comprobar mediante la observación de la realidad, éste fenómeno también está socialmente extendido, y se ha convertido en costumbre adquirida.

El caso es que este sábado celebramos lo que, espero, sea la última fiesta de cumpleaños –amigos del cole- hasta dentro de doce meses. Haciendo un alarde de pragmatismo –muy de madres, o eso dicen- se me ocurrió unificar en un mismo acto el festejo de mis dos vástagos, lo que significa que mi socio y yo emplearemos  nuestro sábado de descanso en hacer compra para dar de merendar a una horda de niños, a los que después meteremos en casa, así como a sus progenitores, a los que atenderemos con la cordialidad exigida, y sólo una vez que se haya ido el último, podremos con el último aliento limpiar la pocilga en la que se habrá convertido aquello que antes era un hogar. Sea.

Bien, para que todo esto pueda llevarse a cabo, es requisito indispensable preparar invitaciones para las hordas. Miguel aún escribe con dificultad, de modo que se las hice yo. El conflicto llegó cuando al pedirle a Pablo que preparara las suyas su respuesta fue “me da pereza escribirlas, así que escríbelas tú”. Como iba conduciendo, probablemente mi hijo no se dio cuenta de que mi yugular estaba sufriendo un abultamiento que debería haber hecho saltar sus alarmas, y quizá mi esfuerzo de paciencia cuando le contesté sin levantar la voz “Pablo, sólo tienes que poner día, hora, y dirección en diez cartulinas para que tus amigos puedan ir a tu fiesta, no será tanto pedir” tampoco ayudó a que el niño tomara conciencia de lo que se le avecinaba de no cambiar de actitud. De forma que el desastre fue inevitable y llegó el muy temido y nunca bien ponderado sermón de consecuencias impredecibles.

Porque en ese momento, cuando se me desata la indignación, comienzo con el hecho puntual de la dejadez de un niño a la hora de hacer un esfuerzo para algo que se supone que le interesa, sigo con el agravio comparativo que su actitud supone con respecto a la mía - véase algo de tipo “de modo que yo estoy dispuesta a sacrificar mi sábado por la tarde recibiendo niños y padres, haciendo meriendas y gastándome dinero para que tú tengas tu fiesta y no eres capaz de escribir diez tarjetas?”-, y en mi cabeza ya están volando las consecuencias del consentir esa actitud “es que si no son capaces de esforzarse ni siquiera por aquello que quieren…”, y termino filosofando acerca de la actitud ante la vida. Y todo eso casi sin respirar.

No sé cuánto tiempo llevaba hablando a velocidad absurda escupiendo razones, pero sí que Pablo ya no me escuchaba, y se estaba limitando a callar con una prudencia encomiable, mientras para sus adentros envidiaba la suerte de las esporas, que no padecen madres. Y como no me gusta perder el tiempo –de nuevo acudí a ese pragmatismo que mencionaba antes- decidí cerrar el discurso con una pequeña conclusión con una pequeña licencia que sirviera para capturar su atención.

-       Pablo, que no es por no hacerte las invitaciones, de hecho habría tardado menos que en soltarte el discurso. Pero es que ¡los tienes cuadrados!”

-       ¿El qué?

-       ¿Cómo que el qué?  Pues…. 

…….. Los huevos

-       ¿El qué?

-       Los huevos

-        ¿Cómo ?

-         ¡LOS HUEVOS, PABLO, LOS HUEVOS! ¡QUE LOS TIENES CUADRADOS!

-       ¿Cuadrados? ¿Y eso qué significa?

-       Nada, Pablo, nada.

Finalmente el mozo pasó toda la tarde viendo la tele y no rellenó sus invitaciones (quizá para hacerme saber con otro ejemplo que había aprendido a la perfección el significado de mi desaforunada expresión). Yo tampoco lo hice, así que al día siguiente se las llevó al cole en blanco. Ya puestos a enseñar, además de aquello de esforzarse por lo que uno quiere, decidí seguir con eso de que los actos tienen consecuencias, y uno es responsable ante los mismos. Y a juzgar por las confirmaciones de asistencia que me están llegando, parece que el chaval espabiló, y de mejor o peor humor, ha terminado por hacer lo suyo.

Para el año que viene creo que es menester elevar el grado de dificultad. Yo creo que ya estarán preparados para vivir solos… bueno, o casi. El caso es que, si quieren fiesta, yo les ofreceré apoyo logístico, económico y social recibiendo a los padres con la cordialidad exigida. Pero la merienda, la hacen ellos.

 

De paciencia, oportunidades y consecuencias

Pablo pierde pronto la paciencia y da pocas oportunidades. El otro día, por ejemplo, llevaba persiguiéndolo horas para que terminara unos análisis morfológicos -dichosos deberes estivales- . Tras mucho insistirle me dijo “mamá, ¿me ayudas con una página web que estoy haciendo?” le contesté rápidamente y tirante “Pablo, te ayudo con la lengua, termina los deberes de una vez y déjate de webs”. Entonces me contestó “da igual, ya le preguntaré a mi amigo Jorge, de todas formas, tampoco ibas a saber”.  Me di cuenta de que estaba ante una oportunidad única, si me negaba no volvería a pedirme ayuda, ni a tenerme en cuenta para  incluirme en su proyecto nunca más. De modo que me senté a su lado, y estuve echándole una mano en lo que buenamente supe -intentando que pareciera que sé mucho más de lo que sé, para que en un futuro no me descarte directamente por ser tan amateur en el mundo 2.0-, y sólo después nos pusimos con los dichosos análisis morfológicos. Porque creo que en el fondo, lo que quería no era soporte técnico, sino compañía. Aún le gusta que le prestemos atención, aunque no vaya a reconocerlo nunca. Ni a pedirla.

A la hora de hablar también le ocurre. Si te cuenta algo y no lo entiendes a la primera se desespera. Lo intenta una segunda, repitiendo exactamente las mismas palabras pero de mal humor, más deprisa y con el tono más elevado.  Y ante un nuevo fracaso dice “da igual”, y se acabó. No volverá a intentarlo.

Un día, tras un primer intento fallido le dije “Pablo, no deberías perder la fe en que podamos comprenderte tan fácilmente, lo que ocurre es que quizás, a la segunda, si lo intentaras de otra forma, puede que tuvieras más suerte. Y si a la segunda no sale, intenta una tercera manera. Estoy segura de que eres tan capaz de hacerte entender como nosotros de entenderte”. Él me contestó que se cansaba, que, por ejemplo, si me decía algo y yo estaba en otra habitación y no le oía, y él me lo repetía y seguía sin oírle, ya no lo intentaba más.” Y entonces, en ese caso, ¿no sería más fácil que te entendiera is en lugar de seguir gritando fueras a buscarme y me lo dijeras donde estoy?”

Mientras hablaba con él recordé una cita que había leído en el blog de mi amigo Óskar, que decía algo así como que lo que es una locura es hacer siempre lo mismo y pretender que el resultado sea diferente.  Pues sí, es una locura.

Pero mientras él recobra la fe en que podamos comprenderlo, que sepamos qué quiere, qué es importante, qué siente y qué espera de nosotros, y se esfuerce en intentarlo hasta conseguirlo, y se dé cuenta de que merece la pena, yo procuro aprovechar las oportunidades que da, porque he aprendido que son pocas.

Los miedos de Miguelito

A Miguelito le da miedo montar en bici sin ruedines y le da miedo patinar. Miguelito se siente fuerte y seguro con los pies sobre suelo firme. Sobre suelo firme Miguelito es muy grande, incluso con un balón entre los pies, o especialmente con un balón entre los pies. Hace gala de una destreza, una pasión, una energía, y una seguridad arrolladoras, y aunque mida poco más de un metro, acapara miradas y despierta admiración. Incluida la suya.

A Miguelito le da miedo la oscuridad, y por las noches le gusta dormir con la luz del pasillo encendida. Sus temores no entienden de ahorro energético.

A Miguelito le da miedo perderse, y cuando estamos entre grandes aglomeraciones de gente, véase centro comercial, estadio de fútbol, entrada o salida de un cine… se aferra a mi mano y la sostiene fuerte.

A Miguelito le da miedo el dolor, y le da miedo la sangre. Yo me invento remedios mágicos. Como el otro día cuando se cayó del sillón y le dije,   “precisamente estaba pelando un melocotón que cura los golpes de caída del sillón contra el suelo… no me mires así, para otros golpes no es malo, pero el melocotón está especialmente indicado para los del sillón contra el suelo.” Miguel sabe que le estoy tomando el pelo, pero se ríe, se lo come y le pregunto, ¿mejor? Sí. ¿Lo ves? Y se vuelve a reír. Pero sin duda, más miedo que el dolor da la sangre, y contra la sangre están las tiritas, que son mágicas y la esconden. Y según la esconden llega la calma.

Miguelito, además de tener miedos tiene mucho amor propio, y no le gusta reconocer que tiene miedo. Cuando le preguntamos si quiere que le enseñemos a montar en bici sin ruedines dice que no le apetece, que no le gusta, o que ya sabe. Le digo que si se acuerda de cuando no se quería bañar en la piscina porque pensaba que se iba a hundir, y el miedo que pasó en clases de natación, a las que no quería ir ni muerto, pero que gracias a ellas ahora sabe que no se hunde, y da igual si el agua le cubre o no le cubre porque él sabe nadar, sabe que sabe, sabe que puede, y se siente grande,  aunque al principio le diera miedo. Y se ríe contento. Es verdad, me dice. ¿Quieres entonces que probemos con la bici? NO.

Un día se cayó y me dijo que aunque se había hecho una herida no le había dolido, ni tampoco llorado, porque ya se estaba haciendo mayor, así que ya era valiente. Y entonces le hablé del valor. Y le dije que ser valiente no consistía en no tener miedo, y que ser valiente no es cuestión de edad. Miguel, valiente es quien a pesar de tener miedo, no se queda paralizado, se enfrenta al miedo, y sólo así descubre que sí que puede. Ser valiente no es cuestión de edad, el miedo no desaparece con los años, siempre va a estar ahí. Dejarás de temer la oscuridad, la bici sin ruedines, y perderte en los centros comerciales,  pero aparecerán otros. Lo que sí puedes es aprender a vencer a tus miedos, y eso es ser valiente. ¿Y sabes por qué los valientes son valientes? Porque tienen un secreto. El secreto de los valientes es que saben que por muy grande que sea el miedo, ellos son más grandes todavía. Tú también eres más grande que ellos, y ahora ya sabes el secreto.

Todavía no se ha puesto con la bici, pero es que incluso conociendo el secreto aprender el valor lleva su tiempo.

Algo que aprender, algo que enseñar

Esta semana he participado en unas cuantas charlas con madres de compañeros de mis hijos, escuchando una serie discursos, de diferentes personas y en diferentes momentos, que reproduzco ahora, no necesariamente en el orden cronológico en que fueron recibidos:

Discurso 1

“ Las mañanas son estresantes. Siempre detrás de ellos: venga el desayuno, venga el uniforme, venga los dientes, venga, deprisa, que llegamos tarde. Yo pensaba que era una cuestión de rutinas, pero es que no me entra en la cabeza que después de seis años de dinámica siga teniendo que estar detrás de ellos para poder llegar a tiempo a clase. La otra mañana me pasó algo: abrí la nevera y al ir a coger algo se me cayó un bote de sobrasada y me puse perdida. Entraba en ese momento mi hijo que vio la escena, y le entró la risa. Y a mí me dio por pensar en una sobrasada asesina, y me entró la risa también. Y cuando me vi riendo me paré a pensar y me dije ¿cuánto tiempo hace que no me reía de esta forma? “

Discurso 2

“ Yo sé que mi hijo es muy distraído y muy lento. En el cole me lo decían: tienes trabajo en casa, porque es el más lento de la clase. Le cuesta un mundo arrancar a hacer cualquier cosa: hasta que saca un lápiz, que resulta que no tiene punta, que ahora la goma, que miro las paredes, etc…. Un desastre. Y en el comedor… siempre se queda el último, se queda a medio comer la mitad de los días. Así que yo me esfuerzo en casa, y me dijeron que, de hecho, iba mejorando. Eso sí, la hora de la cena es un continuo siéntate bien, no pongas el codo en la mesa, no te levantes, no hables, mete otro bocado en la boca, ponte derecho…. Es agotador.”

Discurso 3

“ El día a día es una lucha constante: apaga la tele, haz los deberes, ordena tu habitación… Al final te das cuenta de que te pasas el día de mal humor por su culpa”

Este tipo de charlas son muchas veces como una terapia de grupo. Yo escucho y veo reflejadas en esas rutinas y conflictos  los míos propios. Pero no podría hablar de terapias de grupo si no hubiera una terapia en sí, un remedio que fuera más allá de un lamento colectivo, del mal de muchos que ya sabemos de quién dicen que es consuelo.

Observo el clima general y es cierto, se respira mal humor, cansancio y tensión constante. Pero también me llama la atención ese “por su culpa”, y me doy cuenta de que ahí está el error. ¿No tenemos nosotros, padres, nada que ver con el ambiente que se respira en casa? Si no tiene nada que ver con nosotros, la situación no puede cambiar y estaríamos ante un callejón sin salida. Pero sí que tiene que ver, porque existen muchos caminos para llegar a un mismo destino, y por lo que ceo es frecuente terminar viéndose en uno en el que se han dejado de lado las risas y el sentido del humor. Hay más formas de hacer las cosas. Pero ese otro camino, el de manejar los conflictos de forma que no desemboquen en tensiones, castigos y gritos, exige inteligencia, imaginación, creatividad, y sobretodo, mucha energía.

Y me pregunto cómo podría uno considerarse satisfecho al ver en un futuro que ha cumplido con sus obligaciones como padre porque ha alimentado, vestido y soportado los gastos de un hijo, porque le ha enseñado educación y civismo, porque ha conseguido que terminara unos estudios, porque ahora es una persona que trabaja y hace su propia vida, aún a costa de muchos años de esfuerzo y sacrificio.  Bien, pero para llegar a eso ¿es absolutamente necesario ese sacrificio? ¿El sacrificio del buen humor, la alegría, y una buena convivencia durante diez o veinte años -siendo optimistas-? Esos diez o veinte años,  no son sólo un medio para conseguir un fin, son un fin en sí mismos.

Y por lo que escucho, y por lo que siento, la alegría se ha perdido por el camino. Y digo yo que habrá que buscarla, porque caminar sin ella sí que es un sacrificio injustificado. Eso sí que es algo que hay que aprender, y también que enseñar.

Disecciones materno-filiales

En esta ocasión realizaremos un experimento, o un ensayo –que dicen en literatura- acerca de las relaciones materno-filiales. Pero dada la complejidad del tema a abordar, comenzaremos a enfocar tomando una escena en concreto, una cualquiera. Ésta, por ejemplo, en la que vemos a una madre junto a su hijo sentados frente a una mesa. Para realizar el experimento o ensayo tendremos a mano una lupa, que nos permitirá realizar aumentos en la escena a fin de captar detalles que a simple vista podrían pasar inadvertidos, y aportar datos útiles acerca de la escena a fin de poder extraer concusiones. Asimismo, realizaremos disecciones en el pensamiento de los protagonistas, para poder aproximarnos con la profundidad que requiere todo estudio de aspiraciones mínimamente científicas.

Bien, realizadas dichas precisiones, volvamos a nuestra escena. Recordemos: una madre y un hijo sentados frente a una mesa. Sobre la mesa, un cuaderno escolar de cuadrícula, y unos folios con algo impreso en ellos. La madre, de mediana edad,  se sujeta la cabeza con ambas manos, como si le pesara, y reposa los codos sobre la mesa. El hijo, de unos ocho o nueve años, se encuentra derrengado en la silla, con la cabeza gacha, como si quisiera tocarse el pecho con la barbilla pero no terminara de hacerlo por resultar forzado.

La madre suspira. “Venga,  ya has terminado un problema, sólo te quedan tres, pero a este ritmo vamos a estar aquí toda la tarde”.

El niño replica algo emitiendo gruñidos, por lo que no terminamos de entenderlo, de modo que aunque podríamos imaginarlo, evitaremos aquí toda suposición. El niño tapa el bolígrafo, vuelve a destaparlo, tira la goma al suelo, la recoge. Al recogerla se mira las manos y gracias a la lupa de aumento podemos ver que cae en la cuenta de que tiene algo sucio en un uña por lo que comienza a limpiarse con deleite y detenimiento. Pero no retoma la tarea. Nos preguntamos el por qué. Quizá tiene facilidad para la distracción, pero para evitar suposiciones en este punto hacemos uso del bisturí y nos adentramos en el pensamiento del menor.

Nos llenamos de sorpresa al constatar que el niño está retrasando su tarea escolar no porque se distrae sino precisamente para no distraerse.

Tres problemas pendientes, de los cuales debe copiar el enunciado de las hojas impresas al cuaderno escolar. Se trata de una tarea rutinaria donde las haya, utilizando las manos en plena era de la tecnología. Se pregunta por qué su profesora no emplea las TIC en su metodología pedagógica, y si debería denunciarla al Ministerio de Educación por contravenir el espíritu de la LOE.

Asimismo se pregunta también por qué para resolver un problema con una simple suma, además de copiar el enunciado (manualmente y sin procesador de textos), debe explicitar los datos proporcionados por el mismo, escribiendo encima “datos”, escribir “operaciones” sobre las operaciones y escribir “solución” sobre la solución. Y por qué debe saltar cuatro cuadrículas, y no tres ni cinco, entre problema y problema. Piensa que su profesora debe estar empeñada en que realicen aprendizajes para la vida, donde tantas veces tendrán que realizar tareas absurdas simple y llanamente porque se lo exige un superior.

El niño tampoco entiende por qué tiene que hacer deberes en vacaciones si ha sacado buenas notas durante el curso, y si va a tener que trabajar durante el verano apruebe o suspenda, qué ventaja tiene el sacar esas buenas notas tan alabadas por todos.

El niño entonces encuentra otra vía para aferrarse a su fin, el de no distraerse de su no hacer la tarea, para distraer a su madre. Realizamos puntos de sutura, y tomamos  de nuevo distancia.

- Mamá, ¿cuántas asignaturas tengo que suspender para repetir curso?

- No lo sé. Por favor, ¿puedes empezar a copiar el enunciado del segundo problema?

- Pues me han dicho que si suspendo una misma asignatura las tres evaluaciones, repites.

- Bueno, creo que ahora mismo no corres ese riesgo, ¿te puedes poner a copiar de una vez?

- De todas formas en cuarto no se puede repetir.

- Si lo tienes tan claro, ¿para qué preguntas?

- Pero, si suspendes y no repites, ¿qué pasa?

- Lo preocupante no es suspender o aprobar, sino aprender o no.

La madre muerde el anzuelo a la perfección, y comienza a disertar acerca de las virtudes del conocimiento al margen de los resultados académicos, y de los procesos de construcción del mismo que no reproduciremos aquí en su totalidad para no producir en el lector el mismo sopor que produjo, como por otra parte resulta comprensible, en el niño.

Por favor, el bisturí. Esta vez realizaremos un corte en la línea de pensamiento materno.

La mujer, a posteriori, se ha dado cuenta de que, con su alocución, su hijo ha ganado diez minutos más antes de enfrentarse al suplicio de los problemas, y no entiende cómo puede preferir dedicar la tarde a discurrir maniobras de evasión antes que a resolver en el menor tiempo posible tres problemas para poder irse a jugar. Claro, razona, que como jugar es lo que hace el resto del día, quizá las maniobras evasivas presenten mayor distracción que la tele, la consola, la piscina o los amigos. El exceso de tiempo libre nos convierte en seres retorcidos, sentencia.

Pero la madre se ha propuesto no tirar la toalla, y presionar al niño hasta ver la tarea resuelta. Y se basa para tomar esa decisión en su experiencia reciente, cuando cedió ante un  “mamá, te prometo que mañana hago los deberes de hoy y mañana en cuanto me levante”, sabiendo de antemano que el viento iba disolviendo cada palabra según era pronunciada. Pero no era la estafa lo que le hacía desistir. Sino el pensar en lo que podría ser un día con ocho problemas en lugar de cuatro. En ese momento dejó de razonar y odió a la profesora del niño.  La odió con palabras gruesas.

Después del odio retomó su misión, y se propuso ser creativa, ofreciendo a su hijo un reto. Tomemos distancia de nuevo:

- Venga, hijo, para que veas que no es tan horrible voy a hacer los problemas también. Me llevas uno de ventaja. A ver quién termina primero. Y sí, yo también copio los enunciados, y escribo “datos”, “operaciones” y “solución”.

El niño es tentado, y la tentación le aparta de su objetivo, porque se pone a escribir. El reto dura poco. Justo el tiempo que tarda el niño en darse cuenta de que no lo va a ganar: en el intervalo en el que él ha copiado y resuelto el segundo problema, la madre ya ha terminado los cuatro.

- Mamá, no vale, es que tú escribes más deprisa.

-  Porque yo he copiado muchos enunciados en mi vida.

- Así que la finalidad era ésta… ¿y merece la pena?

El niño abandona el reto y retoma su propósito de triunfo por exasperación. Tira el boli al suelo.

La madre se intenta animar. Ya sólo quedan dos.

- Venga hijo, ponte con el tercero…

- Mamá, no puedo hacerlo.

-¿Por qué?

- Porque es demasiado aburrido.

- ¿Pero no te das cuenta de que llevas más de una hora para hacer dos problemas y que tardas mucho más en lamentarte que en hacerlo?

Claro que se da cuenta. Se da perfecta cuenta. Ambos se dan cuenta. La madre se levanta de la silla y se va, y mientras va diciendo:

“Tarda lo que te de la gana, pero yo no pienso perder mi tarde también. Y no te vas a mover de ahí hasta que termines.” Ha perdido la paciencia.

El niño protesta, gruñe, se balancea en la silla con una fuerza suficiente como para que al golpear el suelo lo haga con cierta violencia. Con la lupa observamos que con las manos está desmenuzando la goma, y que le asoma una lágrima. Abramos de nuevo, con cuidado, no vayamos a dejar marcas.

Parece que las maniobras evasivas no producen el mismo entretenimiento si el sujeto a evadir –y exasperar- se ha marchado. Sabe que puede seguir en su empeño, sabe que puede ir a mayores, que puede seguir con los golpes en la silla, puede incrementar el nivel de violencia que manifieste su disconformidad, puede permanecer con esa actitud lo que queda de día, y lo que le queda de vida. Pero comienza a plantearse si la victoria le compensa todo aquello. Al mismo tiempo, y por la actitud y el tono de voz de su madre se da cuenta de que ya no queda mucha cuerda de la que tirar, y que la situación amenaza castigo. Y claro, permanecer enfadado de por vida sin tele y sin consola, definitivamente resulta un precio muy caro. Quizá vaya siendo hora de claudicar. Pero hasta para eso hace falta esperar al momento oportuno.

Por favor, el bisturí para la madre. La madre está en su dormitorio. Piensa que es posible que el hijo se plante y no haga sus tareas. Ella está cansada y no quiere sacrificar toda la tarde, ni su salud mental por dos putos problemas de matemáticas, eso sí, el niño se va a enterar, y piensa en posibles castigos. Nada de tele, o nada de consola. Ni tele ni consola. ¿Cuánto tiempo? ¿Esa noche? ¿Durante una semana? ¿El resto de la vida?

Pero no es más que revancha. Es sólo revancha. Antes de darse por vencida vuelve a intentar encontrar una solución. El verdadero problema era copiar el enunciado y no el resolver el problema… ¿y dictándoselo?

- Hijo, ¿y si te dicto los enunciados?

- Vaaaale

La madre comienza a dictar. Tomamos la lupa de aumento. El niño escribe el enunciado antes de escuchar la voz de la madre.

Cinco minutos después la tarea está terminada y el conflicto resuelto.

El niño se aleja pensando que ha ganado las batallas pero ha perdido la guerra.

La madre piensa que ha ganado una batalla, pero que la guerra es otra cosa. También piensa que no existen las victorias absolutas. Ni las derrotas tampoco. Y piensa que el pensar en términos como batallas o guerras, cuando se trata de los conflictos con su hijo, ya es una señal de derrota. Aunque no absoluta.

Nosotros constatamos los enormes esfuerzos de diplomacia que exige el llevar a buen término un conflicto, incluso si el conflicto tiene carácter materno-filial.

Que el paciente lector extraiga, a su vez, sus propias conclusiones.

I don’t believe

Ayer tenía que preguntar a Pablo religión.  Para variar, Pablo pasó de estudiar, así que no me extrañó mucho que cuando le pregunté qué era un sacramento me contestara con un  “no sé”.

- Pablo, ¿de qué palabra crees que viene “sacramento”?

- De sagrado….¡Ah, ya sé!, sacramento es un signo sagrado.

- Vale, ponme un ejemplo de signo sagrado de la Iglesia.

- No sé.

- Pues el bautismo, la comunión, la confirmación, el matrimonio….

- ¡Ah! ¡Es eso! ¿Y qué es la confirmación?

- A ver, el bautismo es el signo mediante el cual se supone que entras a formar parte de la Iglesia. Pero un bebé no puede decidir si quiere o no hacerlo. Pues bien, cuando ya eres mayor, y ya tienes tus propias ideas  y criterio para decidir, mediante la confirmación te reafirmas en que, por voluntad propia, sigues formando parte de la Iglesia. Que tienes fe.

- ¿Y tú la hiciste?

- Sí. Porque al colegio al que iba te obligaban.

- ¿Cómo que te obligaban? ¿Pero no se trataba de decidir por voluntad propia?

- Pues sí, es absurdo.

- ¿Y tú querías? ¿Tú eres de la Iglesia?

- ¿Tú qué crees?

- Que no, tú no vas nunca a misa y esas cosas.

- No, yo no tengo fe.

- ¿Qué significa que no tienes fe?

- Que no creo en Dios.

- ¿No? Mamá, una cosa es no ir a misa, pero… ¿no creer en Dios?

- No.

- Entonces,  ¿en qué crees?

- En el ser humano. Yo tengo fe en el ser humano.

Lenguajes

Mientras esperaba el autobús me entretuve hablando con la abuela de Jorge.  LLegó dejándonos con la conversación a medias y la apuramos mientras bajaban los niños.

De camino a casa Pablo me preguntó

-¿qué le estabas diciendo a la abuela de Jorge?

-Es que Jorge quiere venir a casa el jueves, y el jueves nace su hermana, y supongo que a sus padres les hará ilusión que vaya al hospital a conocerla, pero Jorge estaba empeñado en venir. Y yo le decía a su madre que ya se le pasaría. Ahora puede que le de pereza lo de la hermana, pero seguro que después le hará más ilusión.

-No me refiero a eso. ¿Qué le estabas contando antes?

-Ah, antes…  -este niño tiene un radar cuando se habla de él, y más si se habla de él y de su hermano- … Bueno, pues la abuela de Jorge me comentaba que Jorge es poco cariñoso y que suponía que la querría, pero que como no se lo demostraba no estaba segura. Y yo le dije que seguro que sí. Y le hablé de vosotros. Que tú eres también muy reservado, sólo das besos si te lo recuerdo y jamás me dices que me quieres. Pero es tu forma de ser. Yo sé muy bien que me quieres. Sin embargo Miguel…

-Miguel… no para! -y se ríe.

-Eso es. Los dos sois diferentes, cada uno es como es, y cada uno expresa sus sentimientos de una forma diferente. Pero me queréis los dos. Cada uno a su manera. Y yo también os quiero a los dos, a cada uno como es.

Lo llevé a sus clases de  batería.

Cuando dos horas más tarde volví a buscarlo, se abalanzó sobre mí (dentro de la escuela y delante de todo el mundo!!!!!!!) y me dio un abrazo fuerte y un beso. Tras una primera reacción de extrañeza ante tan insólito arranque, entendí que sin pronunciar palabra y a su manera, me estaba diciendo profundamente, te quiero, y quiero que lo sepas.  “¿Lo has pasado buen en clase?”  Pero lo que yo le decía,  también sin pronunciarlo, era  lo sabía y lo sé,  pero gracias. Yo también a tí. Y él lo entendió. “Sí”

Torpezas

Esta semana santa estuvimos con unos amigos y sus respectivos hijos en una casa rural en Navaluenga. El viernes, aprovechando el buen tiempo, fuimos todos a dar un paseo por el río.  Yo aproveché para llevarme la cámara y estuve entretenida robando fotos. Cuando nos instalamos me quedé un poco al margen, porque debo reconocer que a veces me faltaba un poco de espacio,  así que me senté yo sola en una piedra, algo alejada del resto, y me quedé ensimismada mirando el entorno y a los chavales corriendo, jugando con una pelota, al rugby, etc…

El caso es que al poco tiempo llegó una familia con trajes de exploradores,  recién salida de Coronel Tapioca. Uno de los hombres llevaba también una cámara en mano y andaba haciendo fotos familiares de posado. A una de las mujeres se le ocurrió que podían saltar a una piedra grande rodeada de agua con los niños, y hacer una maravillosa fotografía muy natural que consistía en que, estando todos de espaldas al fotógrafo y a la voz de ya, se daban la vuelta con sonrisas profident, y entonces el de la cámara hacía click, inmortalizando el momento de felicidad bucólica. Así es como el fotógrafo dijo “ya!” y todos se dieron la vuelta para aquella foto ridícula. Todos menos uno.  “¿Qué tal ha salido?” preguntó la mujer de la gran idea, espectante. “Pues bien, si no hubiera sido por Alejandro. Así es como supe el nombre del niño de unos cuatro años que se había quedado de espaldas estropeándole la instantánea a su madre.

Hicieron un segundo intento, pero Alejandro seguía negándose a dar la vuelta. Y en general a poner cara de felicidad. Entonces la madre comenzó con los reproches. “Alejandro, ¿quieres por favor sonreír y no estropear las fotos? Si no, ¿para qué has venido?” Hombre, pensé yo, teniendo en cuenta la edad que tiene el niño, imagino que habrá ido al río para jugar. Y en última instancia, porque no le quedarían muchas otras opciones que obedecer.

Otra de las niñas, sin embargo, nada más terminar la sesión fotográfica, comenzó feliz y sonriente a saltar de piedra en piedra junto al río. Me gustaba suponerla imaginándose fantasías en su cabeza,  protagonista de una aventura, saltando por aquellas piedras, en medio de alguna valerosa misión. El disfraz que llevaba  ayudaba a meterse en situación.  El señor de la cámara la interrumpió. “¡Nerea! Ven aquí ahora mismo y deja de saltar. Que tú eres muy torpe y te vas a caer”. Así es como supe que esa niña se llamaba Nerea.  Pensé que había muchas formas de decir las cosas, baja de las piedras que te puedes caer y mojarte, que es peligroso y puedes  hacerte daño, … pero queriendo decir eso, dijo “Tú eres muy torpe”.

Nerea obedeció, borró la sonrisa, se le cayeron los hombros, y observé en silencio cómo dejaba de ser una aventurera para regresar a su papel de niña torpe.

Entonces vi esas dos ramitas secas, tan solas  como dos niños que no son tenidos en cuenta, y les hice una foto sin pedir que sonrieran, con la intención de seguir aprendiendo. No sólo de las torpezas ajenas, sino también de las propias.

Alejandro y Nerea

Jugar al Monopoly

El viernes por la tarde Pablo se empeñó en jugar al Monopoly. De modo que aunque estábamos sólo él, Miguel y yo empezó la partida. La cosa se convirtió en un duelo, porque Miguelito hacía poco más que tirar los dados y mover las fichas. El caso es que empezamos a comprar nuestras calles, y mantuvimos la situación equilibrada. Sin construcciones, sin grandes inversiones, sin casas, sin hoteles… sin nada que hiciera que el contrario tuviera que abandonar la partida debido a una bancarrota.  Y me di cuenta que de seguir así podríamos continuar jugando toda la vida. Y probablemente así habría sido si Miguel, después de dos horas tirando los dados, no hubiera dicho  “mamá, es que ya me estoy aburriendo…”

La cosa es que me dio por pensar en lo absuro del empeño por ganar en un juego haciendo que para ello otros jugadores se queden fuera. Me dio por pensar en el Monopoly como una pequeña metáfora del mundo.

Guapa

Hoy Miguel me ha dicho “mamá, ¿sabes por qué eres guapa?” Y yo le he contestado “¿por qué?”, y me ha contestado “porque te quiero, por eso eres guapa.”

Y así, con cuatro años, Miguel me ha contado con la naturalidad de quien está llegando a un razonamiento elemental,  el verdadero secreto de la belleza. O uno de tantos secretos de amar. La subjetividad.