Archivo de la categoría: Humor

Conversaciones de oficina

- Nos vamos a comer, ¿no vienes?

- No.

- Oye, pero ¿tú no comes nunca?

- No. (Pausa valorativa. Por fin me decido.) Lo sé, parezco humana, pero soy un replicante.

- ¡Ah, un replicante! Entonces… te enchufas por las noches y ¿listo?

- Algo así.

- Pues… el resultado es excelente.

- Felicitaré a mis programadores de tu parte.

Aprovecho este espacio para realizar esa felicitación. Ahora, si me disculpan, es hora de enchufarme.

Caracol manzana

Abrir la prensa es a veces una tortura de titulares que tienen que ver con la crisis del euro, la corrupción política, las primas de riesgo, y el apocalipsis en general. Pero el pasado lunes sí encontré una noticia interesante que me mereció la pena leer al completo y que captó todo mi interés. En ella hablaban de un animalillo, el caracol manzana, que bajo su inocente nombre, y su inocente apariencia, con su concha, sus colores, y sus cuernos al sol, esconde una hasta ahora desconocida pero malvada plaga de devoradores insaciables que están asolando el valle del Ebro, y otras partes del planeta.

Uno de los mayores poderes de la plaga, además de comerse las cosechas de arroz, es su indestructibilidad.  Según el artículo, el gobierno ha destinado tres millones y medio de euros en inventar formas para destruir al entrañable caracol manzana y su prole, fracasando con todas ellas. Los expertos han probado a secar los márgenes afectados del río, llenar los desagües con cal viva, regar los arrozales con saponina tóxica, y rociar a los caracoles con un aceite que les impide respirar,  pero todos esos esfuerzos han sido en vano. Hasta ahora, el malvado caracol manzana ha demostrado una inmortalidad sin fisuras. Cito textualmente las declaraciones del biólogo indio, un tal Joshi, experto en  caracoles manzana: “Ningún país ha logrado erradicar esta plaga”, cuya intención supongo que es consolar a los valerosos ciudadanos que han sido derrotados por el bichito con el clásico sistema del mal de muchos.

Sigue con su consuelo, pues afirma el biólogo que, si bien no han conseguido erradicar la plaga, el mero hecho de que no se haya extendido al resto del país ni del continente, es ya una gran victoria. La humanidad entera está en grave riesgo (esto último lo digo yo por deducción.)

La cosa es que, y vuelvo a citar el artículo, “no existe una solución industrial para erradicarlos, sólo queda zambullirse en el agua y destrozarlos con las manos”.  Eso rápidamente me lleva a pensar que quizá podría ser una gran oportunidad para reinventarnos, y hacer de nuestra larga lista de parados un ejército de valerosos guerreros que podrían salvar el delta del Ebro, y crecidos con dicha victoria, podrían extender la salvación al resto del continente, y por último a la humanidad al completo. Porque, con semejante poder de destrucción del poderoso y maléfico caracol manzana –y prole-, no me extrañaría nada que todo el tema de la crisis fuera en realidad una cortina de humo que han utilizado los políticos para no alarmar a la población civil con esta plaga que nos amenaza, y evitar así las terribles consecuencias del pánico.

De hecho, y ahora que lo pienso de una forma más global, y tomando perspectiva espacio-temporal, quién no nos dice que todos los desastres ecológicos de autoría humana no pudieran ser  daños colaterales de esa encomiable y nunca suficientemente valorada lucha por terminar con el malvado caracol manzana…

Y no puedo evitar sentirme en deuda con ese animalillo baboso, porque desde que lo he descubierto, todo parece tener algún sentido. Gracias, gracias de verdad, querido caracol manzana.

Vida inteligente

- Buenas tardes, señor

-Buenas tardes, ser de otro planeta. ¿Está usted de paso por aquí?

- Sí, lo de siempre, buscando vida inteligente, ya sabe …

- Ah! Perfecto, entonces supongo que querrá que yo sea tan amable de realizar una de esas encuestas…

- Sí, pero en forma de conversación se me hace menos arduo, si es que no tiene usted prisa. Ya sabe, los estadísticos siempre prefieren las respuestas estándar de A, B o C, siendo C no sabe no contesta, pero si dispone usted de un rato…

- Adelante.

- Empecemos por algo casual, ¿qué tal su día?

- Bien, muy bien. Por fin voy a comprar una vivienda. He estado en el banco y me han concedido una hipoteca a 27.563 años, por lo que puedo tener una casa y disponible suficiente para no tener que renunciar a ninguna comodidad.

- Caramba, 27.563 años… ¿qué esperanza de vida tienen ustedes aquí?

- Pues ahora mismo debe rondar los 75.

- Oh, ¿y no se ha planteado usted qué ocurrirá cuando usted muera?

- Verá, la trascendencia está en desuso en la sociedad actual, y yo soy un ateo muy de mi tiempo.

- Bien, ¿y con su hipoteca?

- ¿Eso? Bueno, la pagarán mis hijos, y los hijos de mis hijos, y así…. yo ahora mismo estoy pagando las deudas de parientes que fallecieron trescientos años atrás, es un sistema basado en la solidaridad intergeneracional.

- Solidaridad, eso debe ser lo que en otros planetas denominan timo piramidal, cuestiones de semántica… ¿Y no existe otra forma de conseguir una vivienda?

- Imposible. La vida está montada así. Es una práctica habitual, millones de personas no pueden estar equivocadas.

- Desde el desconocimiento y sin ánimo de juzgar, ¿no le parece a usted más racional una forma de vida que se ajuste a lo que uno tiene, sin necesidad de perjudicar a generaciones posteriores durante más de 27.000 años? Es cierto que el tiempo pasa volando, pero así en frío se me hace mucho. ¿No se da cuenta de que ese modelo no es sostenible?

- No sé,  hasta que no me ha hecho usted la pregunta no se me había ocurrido pensar que pudiera resultar extraño. Hoy funciona. Mañana dios dirá.

- Curioso ateísmo.  Debe tratarse entonces de mi mente extraterrestre, que no alcanza.

- O del choque cultural. Vaya usted a saber.

- De todos modos, creo que estoy curado de espanto. La última vez que me hablaron de solidaridad intergeneracional fue en un planeta que justificaba así la producción de residuos tóxicos que tardaban más de 100.000 años en dejar de resultar mortales, y escondían en agujeros bajo tierra.

- ¿Y por qué hacían eso?

- Porque de otro modo no eran capaces de generar energía suficiente para mantener las necesidades de sus vidas tal cual las habían montado. Las energías limpias no eran rentables.

- ¿Y no existían otras formas de poder vivir que no requirieran ese sacrificio?

- No, porque la vida estaba montada así, era una práctica habitual, y millones de personas no podían estar equivocadas. Entre cambiar de forma de vida o seguir con la misma y producir residuos mortales de forma exponencial optaron por lo segundo.  Cuando se les terminó el espacio para seguir cavando agujeros llenos de mierda, propusieron un acuerdo de Solidaridad interplanetaria. Pero se rechazó.

- Aprecio cierto grado de sarcasmo… No me negará que nuestra situación es de un nivel de irracionalidad mucho menor…

- Qué duda cabe. No obstante, y a pesar de lo grato de la charla, debo continuar mi camino, no se lo tome a mal pero llevo ya un buen rato perdiendo el tiempo. Fíjese, millones de años luz de distancia recorridos, y aún no he dado con vida inteligente.

- Va a ser verdad que están solos.

- Y tanto.

Disecciones materno-filiales

En esta ocasión realizaremos un experimento, o un ensayo –que dicen en literatura- acerca de las relaciones materno-filiales. Pero dada la complejidad del tema a abordar, comenzaremos a enfocar tomando una escena en concreto, una cualquiera. Ésta, por ejemplo, en la que vemos a una madre junto a su hijo sentados frente a una mesa. Para realizar el experimento o ensayo tendremos a mano una lupa, que nos permitirá realizar aumentos en la escena a fin de captar detalles que a simple vista podrían pasar inadvertidos, y aportar datos útiles acerca de la escena a fin de poder extraer concusiones. Asimismo, realizaremos disecciones en el pensamiento de los protagonistas, para poder aproximarnos con la profundidad que requiere todo estudio de aspiraciones mínimamente científicas.

Bien, realizadas dichas precisiones, volvamos a nuestra escena. Recordemos: una madre y un hijo sentados frente a una mesa. Sobre la mesa, un cuaderno escolar de cuadrícula, y unos folios con algo impreso en ellos. La madre, de mediana edad,  se sujeta la cabeza con ambas manos, como si le pesara, y reposa los codos sobre la mesa. El hijo, de unos ocho o nueve años, se encuentra derrengado en la silla, con la cabeza gacha, como si quisiera tocarse el pecho con la barbilla pero no terminara de hacerlo por resultar forzado.

La madre suspira. “Venga,  ya has terminado un problema, sólo te quedan tres, pero a este ritmo vamos a estar aquí toda la tarde”.

El niño replica algo emitiendo gruñidos, por lo que no terminamos de entenderlo, de modo que aunque podríamos imaginarlo, evitaremos aquí toda suposición. El niño tapa el bolígrafo, vuelve a destaparlo, tira la goma al suelo, la recoge. Al recogerla se mira las manos y gracias a la lupa de aumento podemos ver que cae en la cuenta de que tiene algo sucio en un uña por lo que comienza a limpiarse con deleite y detenimiento. Pero no retoma la tarea. Nos preguntamos el por qué. Quizá tiene facilidad para la distracción, pero para evitar suposiciones en este punto hacemos uso del bisturí y nos adentramos en el pensamiento del menor.

Nos llenamos de sorpresa al constatar que el niño está retrasando su tarea escolar no porque se distrae sino precisamente para no distraerse.

Tres problemas pendientes, de los cuales debe copiar el enunciado de las hojas impresas al cuaderno escolar. Se trata de una tarea rutinaria donde las haya, utilizando las manos en plena era de la tecnología. Se pregunta por qué su profesora no emplea las TIC en su metodología pedagógica, y si debería denunciarla al Ministerio de Educación por contravenir el espíritu de la LOE.

Asimismo se pregunta también por qué para resolver un problema con una simple suma, además de copiar el enunciado (manualmente y sin procesador de textos), debe explicitar los datos proporcionados por el mismo, escribiendo encima “datos”, escribir “operaciones” sobre las operaciones y escribir “solución” sobre la solución. Y por qué debe saltar cuatro cuadrículas, y no tres ni cinco, entre problema y problema. Piensa que su profesora debe estar empeñada en que realicen aprendizajes para la vida, donde tantas veces tendrán que realizar tareas absurdas simple y llanamente porque se lo exige un superior.

El niño tampoco entiende por qué tiene que hacer deberes en vacaciones si ha sacado buenas notas durante el curso, y si va a tener que trabajar durante el verano apruebe o suspenda, qué ventaja tiene el sacar esas buenas notas tan alabadas por todos.

El niño entonces encuentra otra vía para aferrarse a su fin, el de no distraerse de su no hacer la tarea, para distraer a su madre. Realizamos puntos de sutura, y tomamos  de nuevo distancia.

- Mamá, ¿cuántas asignaturas tengo que suspender para repetir curso?

- No lo sé. Por favor, ¿puedes empezar a copiar el enunciado del segundo problema?

- Pues me han dicho que si suspendo una misma asignatura las tres evaluaciones, repites.

- Bueno, creo que ahora mismo no corres ese riesgo, ¿te puedes poner a copiar de una vez?

- De todas formas en cuarto no se puede repetir.

- Si lo tienes tan claro, ¿para qué preguntas?

- Pero, si suspendes y no repites, ¿qué pasa?

- Lo preocupante no es suspender o aprobar, sino aprender o no.

La madre muerde el anzuelo a la perfección, y comienza a disertar acerca de las virtudes del conocimiento al margen de los resultados académicos, y de los procesos de construcción del mismo que no reproduciremos aquí en su totalidad para no producir en el lector el mismo sopor que produjo, como por otra parte resulta comprensible, en el niño.

Por favor, el bisturí. Esta vez realizaremos un corte en la línea de pensamiento materno.

La mujer, a posteriori, se ha dado cuenta de que, con su alocución, su hijo ha ganado diez minutos más antes de enfrentarse al suplicio de los problemas, y no entiende cómo puede preferir dedicar la tarde a discurrir maniobras de evasión antes que a resolver en el menor tiempo posible tres problemas para poder irse a jugar. Claro, razona, que como jugar es lo que hace el resto del día, quizá las maniobras evasivas presenten mayor distracción que la tele, la consola, la piscina o los amigos. El exceso de tiempo libre nos convierte en seres retorcidos, sentencia.

Pero la madre se ha propuesto no tirar la toalla, y presionar al niño hasta ver la tarea resuelta. Y se basa para tomar esa decisión en su experiencia reciente, cuando cedió ante un  “mamá, te prometo que mañana hago los deberes de hoy y mañana en cuanto me levante”, sabiendo de antemano que el viento iba disolviendo cada palabra según era pronunciada. Pero no era la estafa lo que le hacía desistir. Sino el pensar en lo que podría ser un día con ocho problemas en lugar de cuatro. En ese momento dejó de razonar y odió a la profesora del niño.  La odió con palabras gruesas.

Después del odio retomó su misión, y se propuso ser creativa, ofreciendo a su hijo un reto. Tomemos distancia de nuevo:

- Venga, hijo, para que veas que no es tan horrible voy a hacer los problemas también. Me llevas uno de ventaja. A ver quién termina primero. Y sí, yo también copio los enunciados, y escribo “datos”, “operaciones” y “solución”.

El niño es tentado, y la tentación le aparta de su objetivo, porque se pone a escribir. El reto dura poco. Justo el tiempo que tarda el niño en darse cuenta de que no lo va a ganar: en el intervalo en el que él ha copiado y resuelto el segundo problema, la madre ya ha terminado los cuatro.

- Mamá, no vale, es que tú escribes más deprisa.

-  Porque yo he copiado muchos enunciados en mi vida.

- Así que la finalidad era ésta… ¿y merece la pena?

El niño abandona el reto y retoma su propósito de triunfo por exasperación. Tira el boli al suelo.

La madre se intenta animar. Ya sólo quedan dos.

- Venga hijo, ponte con el tercero…

- Mamá, no puedo hacerlo.

-¿Por qué?

- Porque es demasiado aburrido.

- ¿Pero no te das cuenta de que llevas más de una hora para hacer dos problemas y que tardas mucho más en lamentarte que en hacerlo?

Claro que se da cuenta. Se da perfecta cuenta. Ambos se dan cuenta. La madre se levanta de la silla y se va, y mientras va diciendo:

“Tarda lo que te de la gana, pero yo no pienso perder mi tarde también. Y no te vas a mover de ahí hasta que termines.” Ha perdido la paciencia.

El niño protesta, gruñe, se balancea en la silla con una fuerza suficiente como para que al golpear el suelo lo haga con cierta violencia. Con la lupa observamos que con las manos está desmenuzando la goma, y que le asoma una lágrima. Abramos de nuevo, con cuidado, no vayamos a dejar marcas.

Parece que las maniobras evasivas no producen el mismo entretenimiento si el sujeto a evadir –y exasperar- se ha marchado. Sabe que puede seguir en su empeño, sabe que puede ir a mayores, que puede seguir con los golpes en la silla, puede incrementar el nivel de violencia que manifieste su disconformidad, puede permanecer con esa actitud lo que queda de día, y lo que le queda de vida. Pero comienza a plantearse si la victoria le compensa todo aquello. Al mismo tiempo, y por la actitud y el tono de voz de su madre se da cuenta de que ya no queda mucha cuerda de la que tirar, y que la situación amenaza castigo. Y claro, permanecer enfadado de por vida sin tele y sin consola, definitivamente resulta un precio muy caro. Quizá vaya siendo hora de claudicar. Pero hasta para eso hace falta esperar al momento oportuno.

Por favor, el bisturí para la madre. La madre está en su dormitorio. Piensa que es posible que el hijo se plante y no haga sus tareas. Ella está cansada y no quiere sacrificar toda la tarde, ni su salud mental por dos putos problemas de matemáticas, eso sí, el niño se va a enterar, y piensa en posibles castigos. Nada de tele, o nada de consola. Ni tele ni consola. ¿Cuánto tiempo? ¿Esa noche? ¿Durante una semana? ¿El resto de la vida?

Pero no es más que revancha. Es sólo revancha. Antes de darse por vencida vuelve a intentar encontrar una solución. El verdadero problema era copiar el enunciado y no el resolver el problema… ¿y dictándoselo?

- Hijo, ¿y si te dicto los enunciados?

- Vaaaale

La madre comienza a dictar. Tomamos la lupa de aumento. El niño escribe el enunciado antes de escuchar la voz de la madre.

Cinco minutos después la tarea está terminada y el conflicto resuelto.

El niño se aleja pensando que ha ganado las batallas pero ha perdido la guerra.

La madre piensa que ha ganado una batalla, pero que la guerra es otra cosa. También piensa que no existen las victorias absolutas. Ni las derrotas tampoco. Y piensa que el pensar en términos como batallas o guerras, cuando se trata de los conflictos con su hijo, ya es una señal de derrota. Aunque no absoluta.

Nosotros constatamos los enormes esfuerzos de diplomacia que exige el llevar a buen término un conflicto, incluso si el conflicto tiene carácter materno-filial.

Que el paciente lector extraiga, a su vez, sus propias conclusiones.

Relato: Adorable amanda

Todo ocurrió a raíz de esa tarde. Mi nombre es Víctor. Yo soy un tipo normal, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni feo ni guapo. Quizá por eso, porque las parejas tienden a encontrar un equilibrio, o al menos esa es la tesis que sostiene una gran amiga, jamás pensé que podría tener a mi lado a una mujer como Amanda. Porque… qué bien le pusieron el nombre. Quién imaginaría una Amanda fea y antipática. Amanda… del latín amandus, adorable, que debe ser amada. Dios, y ¡vaya si lo era! Pero, ojalá pudiera seguir hablando en presente. De hecho lo haría si no hubiera sido por lo de aquella fatídica tarde.

Después de seis meses de levitación junto a ella, y de otras tantas cosas mucho menos espirituales, decidimos hacer un viaje juntos. Qué digo viaje, una escapada, que dónde va a parar, es mucho más romántico. Cochino dinero. Sí, y cochinas compañías low cost, que ofrecen precios increíbles siempre que uno vuele un viernes por la mañana y regrese un domingo por la mañana también. Bueno, era eso o nada. Y un hotel poco céntrico que probablemente no dispondría de habitaciones matrimoniales. Pero lo de apretarse en una de noventa no iba a ser problema. Sólo faltaba conseguir ese viernes de vacaciones.

Y llegó esa tarde, la de tomar la decisión en función de lo hablado en los respectivos trabajos:

-Mi amor, yo no he tenido problemas. He podido cogerme el día.

-Víctor, cariño, yo no me he arriesgado, si me dijeran que no, no tendría más remedio que odiarles por privarme de esos días perdida contigo en Roma, y odiarles supondría ir a trabajar con el entrecejo fruncido, y un rictus en la boca, y soportar ocho horas diarias de crispación, y tener que buscar otro empleo donde no tener motivos para odiar a nadie, y ahora con la crisis es complicado, y, mi amor, es tan sencillo sin necesidad de tomar riesgos…

-Pero Amanda, querida, quién podría negarte nada, ¡a ti! 

- Calla, está todo resuelto. Me voy a poner enferma. Llamaré el viernes, antes de ir al aeropuerto, y diré que tengo fiebre. Y ya está.

-¿Así de fácil? ¿Y de verdad que no va a suponer un problema? No, ya lo tengo todo pensado. Mi jefe está con gripe. Y Caridad. El jueves comenzaré a estar congestionada. Me pondré a medio día ese blush tan rosa, que me deja la cara como la cerdita Peggie, y me dirán “Amanda, estás colorada, ¿tienes calor?” Y yo diré, no, pero me encuentro mal, siento escalofríos. Y pediré un analgésico. Por último, activaré el desvío de llamadas, por si en un momento dado me llamaran a casa, que automáticamente se filtren a mi móvil. ¿Qué te parece? He estado dándole mil vueltas, y salvo que el avión se estrellara el viernes, cosa que por otro lado, haría que todo este embrollo dejara de tener ninguna importancia, no hay forma de que se sepa mi mentira.

-Bueno, mi amor, si lo tienes tan claro y es tan sencillo…

Todo acabó ahí. Compramos los billetes, y tras una acaramelada despedida con palabras de amor en italiano, nos fuimos cada uno a su casa. Entonces me quedé pensativo. No podía dejar de darle vueltas a la explicación que me había dado mi querida Amanda. ¡Lo tenía todo perfectamente pensado! No habría necesitado mentir, ¡por todos los santos! ¡si es funcionaria!. ¿Por qué lo habría hecho? ¿Por puro placer?  ¡Hasta se iba a maquillar ex profeso para el teatro! Amanda no sólo era adorable, sino también fría y calculadora… Me imaginé nuestra vida juntos, y la posibilidad de que un día, tras habernos dicho te quiero mil veces antes de ir a trabajar, y en un montón de SMS, al volver a casa tras una ardua jornada, pudiera encontrarme  la cerradura cambiada. O quizá podría ser peor. Quizá no me quisiera, y estuviera conmigo por puro interés, y esperara a estar en Roma para darme el toque de gracia. No sé, robarme la cartera, romperme mis gafas con montura al aire, o incriminarme en algún asesinato.

Por eso a lo mejor no todo el mundo le daba lo que ella quería. ¡Claro! Por desconfianza. Algo maligno y perverso debía esconderse en esa cara tan maravillosa y dulce, en esas manos perfectas, en ese pecho turgente y en sus piernas firmes. Era imposible, y más para mí, que soy normalito tirando a del montón, pero claro como el agua clara, pues eso se me ve a leguas.  Era esa la explicación, sólo quería aprovecharse. Además, y ahora que lo pensaba, seguro que sus dorados cabellos no los parió así su madre, elemental, ahora todo encaja. ¡Es teñida la muy puta! En pocos años le saldrá una verruga en la nariz, por la noche vuela sobre una escoba, y tiene un minino negro escondido en algún lugar. Completamente aterrorizado me resolví a terminar con aquella pesadilla que mi mala suerte me había deparado, y la llamé. Amanda, eres una bruja calculadora y fría que vas a buscar mi ruina, y ¡quién sabe si algo peor! ¿Sabes lo que te digo? ¡Hemos terminado! Y así, de esa manera, por el camino de la prudencia y la virtud, me alejé, muy a mi pesar, de la maravillosa Amanda. Y caminé de nuevo hacia esa normalidad de la que nunca debí haber salido.

Noviembre 2008

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En este relato no he podido evitar tomar prestada una frase de un buen amigo. Ahí quede como homenaje.

Relato: Un día cualquiera.

Se cerraron las puertas a mi espalda convirtiéndose en mi apoyo. Encontrar a las ocho  asiento libre es una utopía, así que las esperanzas se orientan en encontrar un lugar en el vagón que ofrezca un punto de equilibrio. De entre ellos, el que permite reposar la espalda, el cuerpo entero, contra las puertas, es la mejor opción. Me sentí afortunada.

El tren arrancó, saqué un libro y comencé a leer, pero no conseguí concentrarme. Las puertas, otros días firmes, temblaban y chirriaban hoy de forma anómala. Y de verdad que no lo pude evitar, yo lo intenté, pero no lo pude evitar, hice uso de la imaginación macabra, provoqué el accidente, las puertas saltaron, se abrieron, y sentí el vértigo de sentirme caer hacia atrás, al vacío, y de saber que, en cuestión de segundos, mi cuerpo se golpearía contra la pared que se esconde de seguro tras esa negra nada. Pero no contenta con eso decidí repetir la escena, esta vez elevándome por encima de mí, para ver el gesto completamente ridículo que me imprimía el pánico en el momento en que definitivamente las puertas fallaban y me dejaban caer al abismo.

Volví de nuevo a mi cuerpo, dentro del vagón, y miré a la mujer sujeta junto a mí por las mismas puertas y el mismo destino, pero no encontré en ella un atisbo de angustia. Leía placenteramente, sin un solo músculo facial contraído. ¿La mostraría yo acaso? ¿Podría alguien con sólo observar mi rostro imaginar que acababa de sentir primero la angustia de mi propia muerte absurda para después haberme recreado observándola? Qué forma de morir, qué poca gloria -si es que alguna vez la hubiera en ella-, qué poca paz, qué poco soñada -si es que alguna vez la soñara. Porque ¿quién ha soñado morir en tan hilarante accidente? Recordé la noticia de aquella limpiadora que falleció al bajar del avión que estaba adecentando pues algún gracioso le quitó la escalerilla. Sí, para descojonarse.

Definitivamente no, no creo que nadie que me mirara en dicho instante fuera a ser capaz de adivinar semejante chifladura. Qué buena muestra de lo acostumbrados que estamos a adoptar una imagen de normalidad.

Entonces llegó el rechazo. No, me niego. Me niego a que todo acabe, ahora, así. Me niego a ese absurdo. Pero también a comportarme como la neurótica obsesiva que soy - por aquello de la normalidad-. Eso me quitaba la opción de intentar cambiar de sitio. Sólo una neurótica obsesiva dejaría su privilegiado sitio contra las puertas para colocarse en otro distinto sin apoyo alguno, a merced del traqueteo y la inercia del endemoniado vagón. De modo que la única opción era buscar desesperadamente algo a lo que aferrarme en caso de desastre.

Entonces vi la espalda de ese hombre. Sí, ese que había estado todo el trayecto delante de mí. Ahora lo veía claro, estaba allí, como ofreciéndose, sí, para ser el héroe que todos queremos algún día ser, y salvarse  salvando. Estaba claro, yo era lo mejor que le podía pasar. No había mucho tiempo, así que guardé el libro en el bolso; tendría que tener las dos manos libres. Dejé el bolso en el suelo. Agudicé los reflejos tensando todos los músculos, en un preparados, listos…. esperando el ya, la apertura de esas puertas, en cuyo caso saltaría sobre la espalda  de mi salvador salvado, mientras el abismo negro se llevaba consigo todo lo demás.

Llegué a mi destino, y las puertas continuaron en pie. Casi decepcionada  me dispuse a solicitar paso para salir. Mas mirando por última vez mi espalda  me invadió la gratitud, y la lástima, las lágrimas acudieron a mis ojos, y la emoción me sobrepasó, y todo se llevó a su paso la poca normalidad que me quedaba, y me aferré a ella, a esa espalda, a ese hombre, a esa esperanza, susurrando gracias, gracias, una y otra vez.

Después, recogí -esta vez sí- mi bolso del suelo, y me abrí paso entre la gente, como si hubiera sido un día cualquiera. Y aquel hombre, continuaó con su vida, con su viaje, con su día, supongo, como si fuera uno cualquiera.

 

Se me ocurrió esta absurda historia tras una mañana de metro contra puertas que chirriaban, y la escribí una tarde, a lápiz, en una cafetería, cuando ya no aguantaba más sin escribirla, interrupiendo a la Generación del 27 -que espero perdonen el feo por semejante memez- en tres servilletas de papel. A dos caras.

Que no es que lo diga yo

Pablo no se ha rendido en su empeño de ser gracioso.  Y qué demonios, el pasado miércoles, tras cuatro chistes infructuosos, consiguió hacerme reír por primera vez. Así que he decidido dejarlo como recuerdo.

Empezó así:

- Mamá, que no es que lo diga yo, eh?  Es que es así…

-Va, cuéntalo ya -sin ninguna fe en que las palabrotas que sin duda iba a escuchar estuvieran justificadas, y sobre todo, en que fuera a hacerme gracia el chiste-

Esto es un hombre que entra en una cafetería, y le dice al camarer:

-Deme tres café.

-Si viene usted solo, ¿para quién son?

– Uno para mí, otro para tí y otro para tu puta madre.

Entonces el camarero le da una paliza. Al día siguiente vuelve al bar, con el brazo en cabestrillo y el ojo morado.

– Dame dos cafés, uno para mi y otro para tu puta madre, que a tí  te sientan fatal.

La cosa es que me reí. Vale, no es que el chico sea Eugenio, pero me reí con ganas.  Y bueno, el caso es que no hay que perder la fé, por si acaso.

Relato: De primero será pisto

El restaurante tenía decoración moderna y mesas muy juntitas. Así los clientes, sin girar la cabeza, pueden ver la pinta de los platos que ya han pedido sus vecinos, cosas de la visión periférica. Y también compartir conversaciones.


A mi derecha se sienta una mujer sola. Espera un rato, entre cinco y siete minutos. Y se sienta pasado este tiempo un hombre enfrente. Ella comienza un soliloquio. Que yo no quería oír, pero lo oigo.


. ¿Para qué me dices una hora? ¿Eh? ¡¡¡Si después vas a llegar cuando te sale de los CO-JO-NES!!! Que tú tienes tus horarios y yo los míos. Te recuerdo que yo estoy en mi periodo de prueba. ¿Qué quieres? ¿Eh? ¿Qué no lo pase? ¿Eh? ¿Qué me vaya a la puta calle? ¿Tal y como están las cosas? ¿Tú es que no te has enterado o qué? ¿Eh? Que se está cayendo todo. ¡¡¡TODO!!!. ¡Todo se va a la mierda! De verdad que estoy intentando que no me jodas la comida pero no puedo. Es que no voy a ser capaz de comer. Definitivamente no voy a poder.


Sigue durante un rato más, y mientras va gritando, empuña un hacha y le va cortando en pequeños pedacitos iguales, que junto con la sangre que cae en la mesa a mí me recuerda al plato de pisto que ha pedido el señor de mi izquierda.


Cuando termina, el señor adquiere de nuevo su forma original, como el Coyote cuando, después de haberse metido accidentalmente el explosivo dirigido al Correcaminos por el culo, vuelve segundos más tarde a perseguirlo alegremente.

Y con voz templada y sin despeinarse, le pregunta a la mujer:

“¿Te pasa algo?”.


El camarero les toma nota. Ella pide pisto.

Debí suponerlo.


Cuando se lo sirvieron me pregunté si sería una mujer de palabra. A priori había varios puntos en contra: ya por su aspecto físico, no parecía tener facilidad para que se le cerrara el estómago, ni siquiera ante un retraso de entre cinco y siete minutos. Y podría llegar a pensar que el ayunar para hacer sentir culpable a su pareja por aquellos entre cinco y siete minutos sería demasiado, después de haberlo descuartizado públicamente. Aunque todo el mundo sabe que si no se cumplen las amenazas no tienen ningún efecto pedagógico. Y, mientras la veo ahora comerse el pisto a dos carrillos con mi -en ese momento desafortunada- visión periférica, y sin clarificar si la culpable fue su naturaleza o su magnanimidad, sé que no es, no, una mujer de palabra.


Miro a mi acompañante. Arquea las cejas. Yo sonrío de lado. Y no hace falta decir nada. Y en ese restaurante de decoración moderna y mesas juntitas, nadie sabe, nadie más que nosotros, que el Correcaminos nos cae gordo, y un poquito hijo de puta.

La ducha

A mí no me suele gustar compartir ducha. Es mi espacio, es mi momento, y sobretodo, soy intransigente con la temperatura del agua, y no es mucha la gente que soporta las temperaturas que son buenas para mí.

El sábado me estaba duchando tan a gusto con mi agua hirviendo, cuando aparece un pequeñito desnudo por la puerta diciendo “mamá, es que me quiero duchal contigo”.

Le dije que de acuerdo con fastidio interno. A Miguel es difícil negarle un sí. Pero no tenía ni la más mínima intención de bajar la temperatura. Va a aguantar dos segundos, y después se irá. Pero veo que  eso de tomarme tan en serio lo de criar tipos duros se está volviendo en mi contra, porque  el tío ni se inmutaba; estaba tan feliz escaldándose conmigo. Así que ahí estábamos compartiendo chorro, cuando de pronto se puso a jugar con un vasito de plástico. Jugaba a regatearlo con los pies. “Mamá, ¿a que no me lo quitas?”

Lo primero que salió de mí fue el prudente sermón de madre, así que muy en mi papel le dije: “No Miguel, no podemos jugar a los regates en la ducha, es peligroso y nos podemos caer. ” Pero lo veía tan entusiasmado con el vasito, e iba a ser tan sencillo quitárselo… Después de todo, ¿cómo decir no? Me estaba retando el muy mocoso. Así que sin darme cuenta, empecé a quitarme años de encima, miré a la alfombrita antideslizante como diciéndole “confío en tí”, y nos pusimos a jugar al fútbol con el vaso, a regatear, y a hacernos faltas sin árbitro que mediase, todo valía a fin de conseguir la posesión del vaso-balón.

Pero de verdad no fui consciente de que en ese momento ya no tenía treinta años sino tres, cuando, en lugar de estar preocupada por si el pequeño pegaba un resbalón y se lastimaba,   me sorprendí pensando “como nos caigamos y nos pillen, me va a caer una bronca…”. Y no obstante, pudo más el embrujo de las carcajadas de Miguelito, y seguimos jugando alegremente. Total, no se tienen tres años todos los días. Benditas regresiones.

Intervencionismos y trofeos

Hay padres que son más intervencionistas y otros que lo son menos. Yo en general me considero tirando a los que menos. Y tengo mis motivos. Con tanto intervencionismo, tanto proteccionismo y tanto cuidado extremo, estamos educando futuros adultos incompletos, llenos de miedos que no dejamos de transmitirles desde niños, con una autonomía más que limitada, y poca responsabilidad sobre los actos propios. Bien, esos son básicamente mis motivos.

Dicen que en el término medio está la virtud. El que dice eso es un cachondo, porque ya me gustaría a mí que me dijera por dónde queda exactamente el medio. Me imagino que en este caso concreto estaría en la educación que deja margen de maniobra al niño, para desarrollarse como persona, para adquirir autonomía, para equivocarse y aprender, etc… pero que guarda las garantías necesarias para que el niño en cuestión no sufra daños considerables por una excesiva libertad de movimientos.

Digamos que en mi casa en concreto yo soy poco intervencionista y Rubén algo más. Me pregunto si entre ambos podría decirse que alcanzamos un término medio. O si el alcanzarse en media no sirve.

Esto viene porque una noche vacacional, estuvimos cenando en Sanlúcar, junto a la playa, tras una tarde de carreras de caballos que no presenciamos, pero que intuimos dado el número de gente que abarrotaba las calles. El caso es que a pesar de todo conseguimos mesa junto a la playa, y pudimos contemplar la puesta de sol bajo Doñana. Pero a los niños poco les interesaba el espectáculo de luces crepusculares, y mucho menos la cena. De modo que saltaron a la playa y se pusieron a jugar con perros que se dejaran acariciar, con la arena, con otros niños.

Rubén empezó a ponerse muy nervioso por el pequeño. Que se está alejando mucho. Que se va a perder. Cómo puedes estar ahí tan tranquila, que sólo tiene tres años. Pero si está allí con su hermano. Sí, pero es que están cada vez más lejos. Bueno, pues ahora vendrán, si los vemos desde aquí. Pues yo voy a por él y si no es capaz de jugar cerca que se quede en la mesa con nosotros. Vale, pues tú mismo. De modo que se levantó a buscar a Miguelito.

Creo que pocas veces me he alegrado tanto de protagonizar un momento poco intervencionista como aquella noche, cuando Rubén regresó dando enormes zancadas, jurando en arameo, dirigiéndose al baño con el niño en volandas, que se traía como trofeo una caca de caballo en cada mano, como recuerdo de la carrera de la tarde que no había visto, pero para qué, si sobre la arena habían dejado lo mejor…