El viernes por la tarde Pablo se empeñó en jugar al Monopoly. De modo que aunque estábamos sólo él, Miguel y yo empezó la partida. La cosa se convirtió en un duelo, porque Miguelito hacía poco más que tirar los dados y mover las fichas. El caso es que empezamos a comprar nuestras calles, y mantuvimos la situación equilibrada. Sin construcciones, sin grandes inversiones, sin casas, sin hoteles… sin nada que hiciera que el contrario tuviera que abandonar la partida debido a una bancarrota. Y me di cuenta que de seguir así podríamos continuar jugando toda la vida. Y probablemente así habría sido si Miguel, después de dos horas tirando los dados, no hubiera dicho “mamá, es que ya me estoy aburriendo…”
La cosa es que me dio por pensar en lo absuro del empeño por ganar en un juego haciendo que para ello otros jugadores se queden fuera. Me dio por pensar en el Monopoly como una pequeña metáfora del mundo.
Y una muy buena metáfora. En este mundo, lamentablemente, pero realistamente, gana el que tiene más propiedades. pierde el que queda en bancarrota. Sencillo y práctico.
Saludos.
Pues yo creo que en este mundo gana quien encuentra a los demás en sí mismo.
No veo ninguna necesidad de jugar con las reglas de los que creen en el monopoly.