Se cerraron las puertas a mi espalda convirtiéndose en mi apoyo. Encontrar a las ocho asiento libre es una utopía, así que las esperanzas se orientan en encontrar un lugar en el vagón que ofrezca un punto de equilibrio. De entre ellos, el que permite reposar la espalda, el cuerpo entero, contra las puertas, es la mejor opción. Me sentí afortunada.
El tren arrancó, saqué un libro y comencé a leer, pero no conseguí concentrarme. Las puertas, otros días firmes, temblaban y chirriaban hoy de forma anómala. Y de verdad que no lo pude evitar, yo lo intenté, pero no lo pude evitar, hice uso de la imaginación macabra, provoqué el accidente, las puertas saltaron, se abrieron, y sentí el vértigo de sentirme caer hacia atrás, al vacío, y de saber que, en cuestión de segundos, mi cuerpo se golpearía contra la pared que se esconde de seguro tras esa negra nada. Pero no contenta con eso decidí repetir la escena, esta vez elevándome por encima de mí, para ver el gesto completamente ridículo que me imprimía el pánico en el momento en que definitivamente las puertas fallaban y me dejaban caer al abismo.
Volví de nuevo a mi cuerpo, dentro del vagón, y miré a la mujer sujeta junto a mí por las mismas puertas y el mismo destino, pero no encontré en ella un atisbo de angustia. Leía placenteramente, sin un solo músculo facial contraído. ¿La mostraría yo acaso? ¿Podría alguien con sólo observar mi rostro imaginar que acababa de sentir primero la angustia de mi propia muerte absurda para después haberme recreado observándola? Qué forma de morir, qué poca gloria -si es que alguna vez la hubiera en ella-, qué poca paz, qué poco soñada -si es que alguna vez la soñara. Porque ¿quién ha soñado morir en tan hilarante accidente? Recordé la noticia de aquella limpiadora que falleció al bajar del avión que estaba adecentando pues algún gracioso le quitó la escalerilla. Sí, para descojonarse.
Definitivamente no, no creo que nadie que me mirara en dicho instante fuera a ser capaz de adivinar semejante chifladura. Qué buena muestra de lo acostumbrados que estamos a adoptar una imagen de normalidad.
Entonces llegó el rechazo. No, me niego. Me niego a que todo acabe, ahora, así. Me niego a ese absurdo. Pero también a comportarme como la neurótica obsesiva que soy - por aquello de la normalidad-. Eso me quitaba la opción de intentar cambiar de sitio. Sólo una neurótica obsesiva dejaría su privilegiado sitio contra las puertas para colocarse en otro distinto sin apoyo alguno, a merced del traqueteo y la inercia del endemoniado vagón. De modo que la única opción era buscar desesperadamente algo a lo que aferrarme en caso de desastre.
Entonces vi la espalda de ese hombre. Sí, ese que había estado todo el trayecto delante de mí. Ahora lo veía claro, estaba allí, como ofreciéndose, sí, para ser el héroe que todos queremos algún día ser, y salvarse salvando. Estaba claro, yo era lo mejor que le podía pasar. No había mucho tiempo, así que guardé el libro en el bolso; tendría que tener las dos manos libres. Dejé el bolso en el suelo. Agudicé los reflejos tensando todos los músculos, en un preparados, listos…. esperando el ya, la apertura de esas puertas, en cuyo caso saltaría sobre la espalda de mi salvador salvado, mientras el abismo negro se llevaba consigo todo lo demás.
Llegué a mi destino, y las puertas continuaron en pie. Casi decepcionada me dispuse a solicitar paso para salir. Mas mirando por última vez mi espalda me invadió la gratitud, y la lástima, las lágrimas acudieron a mis ojos, y la emoción me sobrepasó, y todo se llevó a su paso la poca normalidad que me quedaba, y me aferré a ella, a esa espalda, a ese hombre, a esa esperanza, susurrando gracias, gracias, una y otra vez.
Después, recogí -esta vez sí- mi bolso del suelo, y me abrí paso entre la gente, como si hubiera sido un día cualquiera. Y aquel hombre, continuaó con su vida, con su viaje, con su día, supongo, como si fuera uno cualquiera.
me has tenido amarrado en toda la narración.
un gustazo leerte. pasaré por aquí más seguido.
saludos!
Hola Pat, ¿Como puedo agregarte de amiga al blog de bloguer?, no veo como hacerlo. Besos.
Sin riesgo no hay gloria…. esa gran frase que uno recita cual mantra cuando se dispone a hacer cualquier innecesaria estupidez con un alto riesgo para la integridad física y con un bajo grado de precauciones adecuadas. Y siempre que la he dicho, lo siguiente que me he preguntado es por el porcentaje de personas cuya última frase antes de morir es
-¡¡Mierda!! ¡Eres imbécil!
Siempre me pareció que sería alto.
Pero imagínate que imaginando lo que puede suceder, en ese mismo momento sucede…, creo que si sales viva del golpetazo comenzarías a coger complejo de vidente, llegarías a la conclusión de que no imaginas, ves el futuro inmediato y eso sí que tiene que ser la hostia…
Beso Pat “Ayala”… lo digo por lo de la generación.
Pues a mí me ha gustado… Desde luego no es un cliché
La verdad es que en cierto sentido creo que me gusta porque yo soy muy dado a flipar en este plan.
Eso sí, el día que mis idas de olla puedan describirse igual de bien… qué coño, ese día agarro al tipo de las espaldas anchas y le hago un hombre!!!
La verdad es que cuando dejamos volar la imaginación en este tipo de asuntos es un alucine. Sobre todo si te levantas catastrofista.
Me ha gustado. El primer párrafo es tal lo que siento cuando entro al metro.
Me alegro que acabaras haciendo caso al impulso y escribiéndolo en la servilleta.