Reflexiones

Relato: That’s life

6 Julio, 2009 · 2 comentarios

Todo comenzó de forma completamente casual, un día en que comía solo y no tenía a mano uno de esos instrumentos que justifican esa soledad, como un periódico, o un libro. Y para evitar la sensación de estar siendo observado como un espécimen que come solo, llené la cabeza con otros pensamientos que alejaron a estos primeros, y, siguiendo ese dicho de que no hay mejor defensa que un buen ataque,  me dediqué a observar a mi alrededor mucho más fijamente de lo que mi alrededor me pudiera observar a mí.

Empecé observando las mesas del restaurante, a las camareras, a los clientes, las comidas, la estructura del edificio, las pintadas de las puertas del baño. Pero el caso es que cuando salí de allí continué con la calle, las farolas, el asfalto, las matrículas de los coches, la secuencia de los semáforos, la tonalidad del cielo, y el horizonte. Como si mi alrededor estuviera en un receptáculo de cristal y yo lo estuviera mirando al otro lado de un microscopio.

Lo observaba todo.

Pensé que a la mañana siguiente se me pasaría, pero no. Ni a la siguiente, ni a la otra. De pronto ya no observaba para no sentirme solo, sino que buscaba la soledad para poder continuar observando. Tuve que dejar de trabajar pues era incapaz de dejar de mirar por la ventana, los lápices, a mis compañeros -de los cuales un par de ellos dieron quejas a los superiores por sentirse algo acosados con mis ojos fijos en ellos durante horas-. Porque he de decir que las personas rápidamente constituyeron mi objeto de observación preferida.  Y no porque fueran más importantes, aunque creamos serlo, sino porque me cautivaban su reacciones.

Supongo que no hay palabras para definir la inmensidad, por ejemplo, del universo, o de lo que desde aquí se ve de él. Pero, a pesar de esa impresión inicial, termina resultando decepcionante. Puedo gritarle al sol, le puedo insultar, puedo llorar frente a él, o reír. Pero el sol no se inmuta. No responde. No se mueve. Y si en algún momento me pareciera diferente será porque soy yo mismo el que lo mira de forma diferente.

Y sin embargo, por ejemplo también, un ser sencillo, anodino, mortal, finito, ni especialmente bello ni especialmente feo, como el repartidor de periódicos gratuitos de la esquina entre las calles Molar y San Gregorio, me mira diferente cada mañana. Y la forma en que recojo el periódico que me ofrece, influye. No da igual que le dé al tiempo los buenos días, que le sonría, que le mire a los ojos fijamente, que se lo arranque de las manos sin más, o que le guiñe un ojo. Acción-reacción. Y no sólo eso, no es sólo que reaccione, sino que cada una de esas reacciones era diferente y única. Y, de no observar una de ellas, la perderé para siempre.

Pero lo dramático de mí mismo es que esa obsesión por generar y captar respuestas en otros seres, me hizo dejar de ser consciente de las mías propias. De modo que quizás, si eran éstas las que encarnaban lo que era para mí la vida, había dejado de estar vivo. Estaba muerto. De pronto era un ser inerte y absurdo que sólo sabía observar la vida a su alrededor.

Un día entré en el garaje de mi casa de madrugada. Salí del coche, y escuché música. Me acerqué al lugar de donde procedía el sonido. Y me quedé observando detrás de una columna. La música procedía de un coche. Tenía las puertas delanteras abiertas. Y una pareja, que probablemente pocos minutos antes viajaba separada por una palanca de cambios y quién sabe cuántas otras cosas, bailaba. Él la rodeaba por la cintura con un brazo, ella sostenía el suyo en su hombro. Sus otras manos unidas.  Era Sinatra, That’s Life.

Pensé que, probablemente, no la habían escogido, sino que la canción los había escogido a ellos mientras estaban realizando la maniobra de aparcamiento. Y que, probablemente, todo aquello que les separaba dejó de importar cuando él, en lugar de sacar la llave del contacto, subió el volumen del reproductor, y preguntó en voz alta “¿bailas?”. Y probablemente, cuando la canción dejara de sonar, todo volviera a ser como antes. O quizás no. Pero siempre queda ese instante. Ese par de minutos en que bailaron That’s Life en un garaje, emocionados, juntos, como dos siendo uno.  Y no lo pude evitar, me habría gustado, por una vez, no ser la persona que presenciaba la escena refugiado tras una columna, sino protagonizarla. Me imaginé bailando, sintiendo unas manos entre las mías y me dirigí a mi casa con ese pensamiento.

Sólo al subir al ascensor y ver mi imagen reflejada en su espejo, fui consciente de mi redención. Acción-reacción. Estaba sonriendo. Yo sonreía, por tanto estaba vivo. Y no era importante, pues de hecho yo no lo soy. Ni yo, ni Sinatra, ni la pareja que bailaba. Todos tan pequeños, tan efímeros, tan prescindibles. Pero el que no fuera importante no hizo que dejara de parecerme maravilloso. That’s life.

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