Hay padres que son más intervencionistas y otros que lo son menos. Yo en general me considero tirando a los que menos. Y tengo mis motivos. Con tanto intervencionismo, tanto proteccionismo y tanto cuidado extremo, estamos educando futuros adultos incompletos, llenos de miedos que no dejamos de transmitirles desde niños, con una autonomía más que limitada, y poca responsabilidad sobre los actos propios. Bien, esos son básicamente mis motivos.
Dicen que en el término medio está la virtud. El que dice eso es un cachondo, porque ya me gustaría a mí que me dijera por dónde queda exactamente el medio. Me imagino que en este caso concreto estaría en la educación que deja margen de maniobra al niño, para desarrollarse como persona, para adquirir autonomía, para equivocarse y aprender, etc… pero que guarda las garantías necesarias para que el niño en cuestión no sufra daños considerables por una excesiva libertad de movimientos.
Digamos que en mi casa en concreto yo soy poco intervencionista y Rubén algo más. Me pregunto si entre ambos podría decirse que alcanzamos un término medio. O si el alcanzarse en media no sirve.
Esto viene porque una noche vacacional, estuvimos cenando en Sanlúcar, junto a la playa, tras una tarde de carreras de caballos que no presenciamos, pero que intuimos dado el número de gente que abarrotaba las calles. El caso es que a pesar de todo conseguimos mesa junto a la playa, y pudimos contemplar la puesta de sol bajo Doñana. Pero a los niños poco les interesaba el espectáculo de luces crepusculares, y mucho menos la cena. De modo que saltaron a la playa y se pusieron a jugar con perros que se dejaran acariciar, con la arena, con otros niños.
Rubén empezó a ponerse muy nervioso por el pequeño. Que se está alejando mucho. Que se va a perder. Cómo puedes estar ahí tan tranquila, que sólo tiene tres años. Pero si está allí con su hermano. Sí, pero es que están cada vez más lejos. Bueno, pues ahora vendrán, si los vemos desde aquí. Pues yo voy a por él y si no es capaz de jugar cerca que se quede en la mesa con nosotros. Vale, pues tú mismo. De modo que se levantó a buscar a Miguelito.
Creo que pocas veces me he alegrado tanto de protagonizar un momento poco intervencionista como aquella noche, cuando Rubén regresó dando enormes zancadas, jurando en arameo, dirigiéndose al baño con el niño en volandas, que se traía como trofeo una caca de caballo en cada mano, como recuerdo de la carrera de la tarde que no había visto, pero para qué, si sobre la arena habían dejado lo mejor…
jajajaja, lo que me he reído, si lo llega a pillar quiero-quiero… llegan hasta las orejas… jajaja.
En mi caso es similar, yo intervengo menos que mi marido… pero es que quiero-quiero y yo somos iguales…almas libres y como a mí me fastidiaba que estuvieran todo el rato encima mío, pues yo estoy lo imprescindible (o peligroso). Besotes…
Así que otra poco intervencionista! A mí la sobreprotección me pone un poco mala, claro, que ese concepto cambia de unos padres a otros… En fin, que un beso de mala madre a mala madre
jajaja, de mala madre a mala madre te lo digo… prefiero dejar que se tropiece a que nunca sepa qué se siente al caer…
Eso es, y no sólo eso, sino que además, no suelen servir las advertencias: sólo cayéndose aprenderán a a levantarse
, y sabrán que pueden.
Me quedo con tu término medio, que es el de poco intervenir y que la pareja compense (suelen ser más sufridores los padres que conozco que las madres, o es que solo me junto con madres desnaturilazadas como yo
).
Quñé te voy a decir, si en eso somos del mismo palo