Un barrio en calma en un día de sol. Los comercios ya abiertos reciben contentos los carritos de la compra. Los árboles hacen la fotosíntesis, mientras algunos pajarillos hacen tertulia en sus ramas sin incordiar, cagando, eso sí, de vez en cuando. Las lunas de los coches aparcados allá abajo ya se han resignado. A eso y a los chinazos en carretera.
Un poco más a la derecha un parque infantil. De los de barrio, con pocos columpios, poca zona verde, y un arenero rodeado de una valla de madera pintada de colores. También se ha despertado, y los bancos que lo rodean escuchan atentamente las conversaciones de las madres mientras los retoños hacen flanes y bollos en el arenero. La pobre valla de madera no hace gran cosa. Sólo es una valla. Toma el sol, y da colorido. Retener ahí dentro a los niños nunca se le dio muy bien.
De pronto, un hecho insignificante es suficiente para romper durante unos instantes la armonía tácitamente acordada que reina en esa mañana de sábado. Una señora aparece y atraviesa el parque. A su lado, camina un perro pequeño con abundante pelo largo, como su rabo, que menea alegre al son de una cancioncilla que no se le va de la cabeza. Pero un niño ha debido escucharla también, y así es como repara en el perro y deja su cubo, su pala, su flan de arena, y a su madre en el banco, para salir corriendo detrás de ese perro, muy a pesar de la valla y de sus colores. El perro se echa a correr, delante del niño, recordando las enseñanzas de su padre, que siempre le dijo que huyera de todo peligro. La dueña del perro corre detrás del niño y del perro, gritando, porque no se fía de su perro, ni de ese niño. La madre oye los gritos y corre detrás de la dueña del perro, del niño y del perro, intuyendo en los gritos, y en el perro, peligro para su pequeño. Y todo el mundo mira la escena, y el tiempo y la armonía se han detenido por unos momentos.
La dueña del perro se planta desafiante entre el perro y el niño. El niño salta de alegría y grita a su mamá algo incomprensible para cualquiera que no sea ella, una cosa así como: “mía amá, un peíto”. La madre agarra al niño de la mano. La dueña del peíto conserva el ceño fruncido, y no da por finalizada la carrera sin antes decir:
- “Señora!, mire que si el niño agarra al animal del rabo, y después lo muerde…!”
Ante lo cual, la señora, apabullada con el peso de la culpa por las miradas a su alrededor, por la falta de resuello del perro, por el ceño fruncido de su dueña, por la conversación de las vecinas que se ha quedado a medias, y por el perjuicio al medio ambiente, viendo que hasta los setos están observando, y han dejado de fotosintetizar, no tiene más remedio que disculparse, y con toda sinceridad contesta:
- Por dios, discúlpeme, nunca debí sacar al crío sin su cadena ni su bozal.
Genial. ¿Te sucedió alguna vez?.