La prueba

Esta mañana escucho al pequeño preguntarle a su padre ¿por qué mamá no se levanta? porque tiene que ir al médico. Respuesta insuficiente. De modo que segundos después lo tengo a mi lado ¿tienes que ir al médico, mamá? sí. ¿porque estás malita? no, porque me tienen que mirar una cosa. ¿qué cosa? el colon. Sabía que con esa respuesta callaría a un niño de tres años.

Paso gran parte del día en la cama, sobre todo a partir de las 12, cuando ya no puedo ni beber. Después de llevar 24 horas sólo con agua, y habiendo tomado un purgante que me ha limpiado el intestino y llevado por el desagüe los excesos navideños. No hay mal que por bien no venga….

Se aproxima la hora así que me ducho cuidadosamente, me depilo, me pongo aceite y me perfumo. Que nadie que haya trabajado con mi cuerpo pueda decir que pasó un mal rato.

DE camino al hospital vemos  Madrid nevado. El Parque del Oeste con niños tirándose en trineo, exposición de muñecos de nieve, la Plaza de Colón, la Biblioteca nacional… todo muy bonito.

Mientras esperamos me acerco a la máquina de vending. Cómprame un zumo  cuando salga, y unas galletitas, las de arriba a la izquierda…. Tengo ganas de que todo acabe porque muero de hambre.

Me llama por fin la enfermera y la seguimos por un pasillo con muchas habitaciones, todas ellas con las puertas abiertas, dejando ver la ropa doblada de quienes las habitaban, a quienes las habitaban, y en las condiciones en las que las habitaban. Llegamos a nuestra habitación y la enfermera me pide que me desnude entera entera. Incluída ropa interior,  dice. Aclaración que me habría podido parecer útil de haber ido allí para que me examinaran una rodilla, pero absolutamente innecesaria para mi colonoscopia. Y me indica después que me ponga una bata de papel con la abertura hacia atrás, unos patucos y un gorro.

Me apresuro a cerrar la puerta. Comentamos el fenómeno de las puertas abiertas. A mí me había resultado violento, no por ver a esas personas con el kit antilujuria que me estaba poniendo yo misma, sino por la exhibición del sufrimiento. El sufrimiento es algo demasiado íntimo como para no mantenerlo puertas para adentro.

Mi chico me anudó la bata con mucho celo, creo que no compartía del todo aquella filosofía mía del trabajo con mi cuerpo y el buen rato. Entonces abrimos la puerta como señal de “ya estoy lista”.

Ante la señal aparece un señor de verde, que al mirarme se pone a dar gritos agudos. No soy capaz de entenderlo hasta que me señala las orejas. Los pendientes, ya entiendo, que me los quite! Me apresuro a hacerlo. La alianza. Mierda, no sale. Llega otro de verde y me dice que da lo mismo. Mientras me llevan al quirófano, veo que le habla con lenguaje de signos. Explicados quedan los gritos. Al entrar en quirófano, se acerca hacia mí otro de verde, cuya discapacidad en una pierna le obliga a caminar como a Cuasimodo.  Qué sórdido todo.  La luz mortecina, el sordo que grita, el cojo… ¿pero dónde coño estoy metida? El Jorobado se transforma en persona en cuanto empieza a hablar. Me da la mano y se presenta como el doctor. Encantada, yo soy la paciente.

Reclinan la camilla.

Otro de verde me coloca una goma en un brazo, y me pregunta si he estado más veces porque le sueno. No. Me mira el dorso de la mano, y comenta que es un trabajo de nota. Yo le miro las suyas y compruebo con alivio que no es manco (con todos mis respetos para los anestesistas que sí lo sean…). Llama a fulanito, dice, que no le quiero destrozar la mano. Fulanito no viene, así que me pincha él, y mientras lo hace, el que se presentó como el DR me acaricia la cara y me pregunta a qué me dedico en mi tiempo libre. Si me acaricia es porque me va a doler, y si me pregunta por mi vida porque me quiere distraer. A cuidar a los enanos. ¿eres profesora? No, madre. Y pensé que había dado una respuesta muy maruja. Y que les agradecía todo el esfuerzo, pero no era ni mucho menos la primera vez que me pinchaban.

El que estaba realizando un trabajo para nota suspende. Me pregunta si me ha hecho mucho daño,  pero contesto que no. LLega fulanito y me vuelve a pinchar, ahora en la muñeca y sin difultad. Mientras, el DR también se ha puesto marujo y me habla de sus dos niños. Y el anestesista, que dice que tiene cinco. Y el DR dice que él piensa superarle, pero que su mujer no lo sabe. Me sonrío, aunque el chiste ha sido más bien malillo y manido. Pero es de agradecer. Y el DR me ilumina la cara con un tubito negro y largo. Y el anestesista le dice que no es una gastro, que es una colo, que si quiere empezar por la boca bien, pero que tardará un huevo. Y yo me descojono, éste, éste ha sido mejor, sigue por ahí. ¿Y aparte de reirte con los anestesistas, a qué te dedicas? Soy asesora fiscal, un coñazo, os lo pasáis mucho mejor aquí. ¿Puedo desgravarme el renting entero? Entero no. ¿Crees que con la crisis Hacienda nos va a mirar más? ¿A los profesionales? espero que sí… Total, ya me habían pinchado, y del resto no me iba a enterar, así que para qué ocultar que,  como asalariada, me da rabia que los profesionales facturen en B, se deduzcan de todo, y seamos los tontos de turno los que soportemos lo que ellos no declaran. Pero vaya, que si sé que diciendo mi profesión termino hablando de trabajo, para la próxima remato el marujismo y digo que me dedico a mis labores.

¿Qué te gusta beber cuando sales? (No, más interrogatorios, no, seguid con el humor, más chistes, tú, anestesista, vuelve a bailar como antes con los brazos en alto…. ) Ron ¿Ron con qué? Ron con cola…. Ron con cola…

Lo siguiente que recuerdo es estar en la habitación, Rubén almi lado. La puerta está abierta.

El doctor cojo entra, y a mí me empieza a resultar atractivo. Supongo que el compartir intimidades une. Dice algo pero no me entero.  Se va y deja un sobre en la mesilla. Abro el sobre y leo que la rectoragia estaba causada por  hemorroides. Un diagnóstico vulgar y previsible. Pero la vulgaridad y la previsibilidad me parecieron muy bien. Todo puede ser bueno en según qué circunstancias. Hasta eso.

Llega la enfermera y me dice que me puedo vestir e irme. ¿Y puedo comer? Por supuesto, vida normal.

Rubén me coloca las medias, y abre mi bolso, y me enseña el zumo y las galletas. Y unos alcahueses (como los llamaba mi abuelo Avelino).

¿Qué tal ha ido?

No te lo vas a creer, pero me he divertido.

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3 Respuestas a La prueba

  1. Yo también pasé esa prueba, hace dos años, más o menos. Pero no se pareció a nada de lo que has contado. Fue en una época que sospechaba que podría tener algo serio, y tras pasar la prueba desaparecieron todos los síntomas. Yo no tuve tanta charla, pero ese día estrenaban equipo con pantalla de Alta definición. La bomba. Se congregaron el médico y dos o tres enfermeras, y todo el que pasara por allí, y él orgulloso, decía:
    -Esto es genial, mira si le doy a este botón, lo vemos en verde y rojo, si le doy a este en azul y amarillo,lo rojo es… y lo verde es…
    -Ah muy bien , muy bien, esto no tiene nada que ver con lo que había hasta ayer, es una maravilla.
    Y cuanto más penetraba la cámara yo sufría más dolores.
    -Tranquilo son los gases que vamos introduciendo para que el intestino se expanda, pero no tienes nada, ¿lo estás viendo?.
    -Sí, sí, es una maravilla. Se ve de lujo.

  2. Bueno, normalmente cuando piden la prueba es porque hay sospechas…jeje, digamos que no por gusto, (aunque para gustos los colores) ;-) Yo estuve sedada, de modo que no tengo anécdotas escabrosas….

  3. Supongo que por muy optimista que seas cuando te vas a hacer una prueba así no puedes evitar sentir miedo, por si acaso… yo me siento totalmente identificada con ese sentimiento de indefensión y verguenza que produce la bata de hospital abierta por detrás ;-)
    y me alegro que no fuera (casi) nada. Besos.

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