(Escrito el año pasado por estas fechas. Me apetece conservarlo poque contiene recuerdos de los peques, y supongo que les hará ilusión leerlo dentro de unos años. Poco a poco, empezamos a ir cuesta abajo.)
Esto es algo que me dice mucha gente. ¡Qué suerte! ¡A mí me encantaría tener hijos! A mí me parece sencillísimo. Vamos, prodigiosamente sencillo. Supongo que de tanto ver el Milagro de P. Tinto me aprendí la técnica a la perfección. Dos de dos. Impresionante.
El caso es que siempre que oigo esos deseos en bocas ajenas, hago el ofrecimiento de prestar a los míos para compartir esa maravillosa experiencia. Y de modo completamente desinteresado, completamente gratis, sin pedir nada a cambio. Pero a la hora de la verdad nadie quiere probar.
En fin, si a alguien le hace ilusión quiero decir que mis hijos son perfectos para esta experiencia. Especialmente si es un hombre el que desea vivirla.
Nada más entrar se sentirá de lleno en el papel, pues lo primero que escuchará es a un niño llamándolo papá. El suyo de verdad tuvo que esperar casi dos años para escucharlo. Pero ahora tiene la técnica dominada, y se lo dice con emoción a todo ser de sexo masculino que entra en casa.
Además, entretener a un niño es fácil. Pablo es feliz sólo con que le hagan caso. No necesita que juegues con él. Se conforma con que le mires mientras él juega. Y así, para ganártelo, debes estar atento mientras te enseña lo bien que juega al Súper Mario, al Pequeño Granjero. Te sienta a su lado para que veas Humor Amarillo o Los Autos Locos, o te pone a escucharle mientras lee, o te enseña los 100.000 dibujos que ha hecho desde que aprendió a coger un lápiz. Si le echas una guerra de cosquillas, lo zarandeas, coges en volandas, o te conviertes en toro mecánico, te querrá para siempre. Pero esto ya es para nota. Fácil, verdad? Bueno, pues ahora pasamos al Nivel 2. Hay que hacer todo eso MIENTRAS le das la mano a Miguel que está pegando brincos en el sofá o en la cama, y que a pesar de llevar tres descalabros en lo que va de tarde no ha aprendido. Intenta jugar contigo a los puñetazos. Aunque no sepa hablar te darás cuenta porque llega descojonado de risa diciendo “pum, pum” y te coloca con su manita angelical un puñetazo con todo su ímpetu y su puño cerrado en el carrillo. Si le sigues la gracia malo. Si no se la sigues también. Intentará que le hagas cosquillas y lo persigas por toda la casa (al menos es pequeña), y aunque no te apetezca ni media se reirá con esas carcajadas con las que chantajea constantemente. Y mientras lo persigues por el pasillo oyes a Pablo diciendo “¿cuándo vienes? Es que justo ahora llega la pantalla final y quiero que veas cómo me la paso”. Eh… ahora, ahora voy!
Una señal de alerta máxima es que Miguel se haya callado. Porque a pesar de los golpes que lleva en la cabeza el puñetero la sigue teniendo en uso. O todo lo contrario. El sábado sin ir más lejos, en el tiempo que se tarda en abrir un brick de caldo (sí, cuando el día que dijeron: “mamá, qué rica está esta sopa” fue el día en que en lugar de haberla hecho yo la había comprado de sobre, me juré a mi misma no volver a hacer caldo en la vida), y ponerlo a calentar en una cacerola, Miguel había cogido una silla, la había acercado al mueble donde guardo las medicinas en alto, y me lo encuentro allí en alto, con una tableta de Rhodogil en la mano, y una pastilla chupada en el suelo. Le quito la tableta de las manos. Quedan 3 pastillas. ¿Y cuántas había antes? Ni idea.
- Miguel, ¿cuántas te has comido?
- ——–
- Miguel, la tienes en la barriguita o en el suelo?
- Elo
- ¿O en la barriguita?
- Aiíta
Mierda. Le doy otra vez la tableta. Observo cómo las saca. Quita el aluminio y delicadamente la deja caer. El plástico no pierde su forma. Repite el proceso varias veces. Cojo la tableta y observo la forma de los plásticos donde ya no hay pastilla. Sólo hay dos sin aplastar. Una estaba en el suelo. Así que como mucho se ha tragado una. No hace falta ir a urgencias.
Pablo no pierde la esperanza y sigue pidiéndote periódicamente que vayas con él. Y Miguelito poniendo en serio riesgo su vida para que no le quites ojo.
Pero todo llega a su fin, y después de haber inundado el cuarto de baño para asearlos, de haber corrido por toda la casa porque han decidido que vestirse es un juego, y tú la llevas, y de haber luchado para que cenen, se van a la cama y se duermen. Y te dan besos, abrazos, te dicen que te quieren, y que porfi, cinco minutos más.
Y entonces descubres lo que es descansar de verdad. Y entonces te das cuenta del valor de un sillón. Por muy pintado que esté. Y aunque te duele todo y estás hecho trizas, y llevabas deseando ese momento toda la tarde, no puedes evitar dar otro paseo más a su habitación. Y mirarlos. Dormidos. Con los pies al aire. Y se los tapas. Y ya… esos padres deben estar a punto de volver. Y suspiras hondo al verlos llegar. Y te vas cansado y con alivio. Pero no puedes evitar sonreír cuando recuerdas las carcajadas sonoras, el pum pum del puñetazo y que te han llamado papá. Te has enganchado un poquito. No estés triste. Si eres bueno, otro día más.
Quizás por todo eso que cuentas, nosotros sólo tenemos uno. Hay más razones, por supuesto, pero yo, a mi edad, no me veía con fuerzas para aguantarles el ritmo.
Creo que el momento ideal de la paternidad (maternidad) está cuando tienes un equilibrio entre la madurez mental y la forma física.
Si, es agotador, rompedor, y cuando a las diez de la noche recuperas el control del salón, vuelves a ser dueño del sofá, del mando, del silencio… es una experiencia casi mística. Pero esa paz no significaría tanto sin la revolución que la ha precedido, así que yo no podría estar sin ellos.
Y soy una gran defensora de tener dos (como mínimo), porque al final dan menos trabajo, se divierten juntos, se complementan y aprenden a compartir, o a disputar. Y porque escuhar sus “trascendentales” conversaciones a escondidas es muy muy divertido.
Besos. Me ha encantado tu post.
Tiene una amiga mi mujer, que cada vez que nos veía por la calle y nos parábamos a charlar, cuando Mario , mi hijo, ya tenía sus dos o tres añitos siempre nos hacía el comentario que ha hecho karmenjt: “Y ese momento hacia las 9 ó 10, según a que hora acostáis a Mario, que vuelve el silencio a la casa, te apoderas del sofá y la tele ¿no es lo más maravilloso del día, cuando recuperas tu tiempo?”
Ellos también tienen dos hijos, supongo que el contraste entre ambos momentos también será mayor.
Genial el post, Pat. Yo también tengo un Miguel, de ocho añitos, que es para echarle de comer aparte; hay días en los que aguantarle es más duro que correr la maratón, pero ¡cuánto me ha hecho crecer como ser humano! Para mí los hijos son una forma estupenda de dar lo mejor de nosotros mismos, de crecer como personas; yo tengo tres hijos de edades muy dispares-17 años, 8 años y 21 meses-, y de cada uno aprendo cosas distintas. A veces es verdad que estoy agobiada, harta de estar todo el día trabajando para que no se vea el resultado de mi trabajo por ninún lado, cansada de ruido y de no tener tiempo para mí. Sin embargo, no concibo ya la vida sin ellos, sin sus gritos, sus risas, sus enfados, sus lloros…; pero sobre todo sin sus besos, sus abrazos y sus “te quiero mamita”.
Enhorabuena por tus hijos y como dicen los viejos en este pueblo extremeño: “salud para criarlos…”
Besos.