Al reclamo de mis sueños
Lo que ocurrió aquella noche consiguió alterar lo que hasta entonces había sido una apacible existencia. De esas que se consiguen con mucho esfuerzo. Con muchas horas de rutina. Con muchos años junto a una misma persona. Y aquella noche era una como tantas. ¿Quién me iba a decir a mí? Si yo había hecho lo de siempre. Me había duchado por la mañana, había salido a trabajar, y después a la vuelta, me había puesto mi bata de estar en casa. Había hecho con los niños las tareas mientras adelantaba la plancha.
Cenamos cuando llegó mi marido. Y después avié la casa y archivé unas facturas. ¿Y quién me iba a decir a mí? ¡Si fue lo de siempre! Si me lavé la cara, me puse una crema, y el pijama. Si ni siquiera me puse el camisón de días especiales. Con esas pintas, ¿quién me iba a decir?
Me dormí tan pronto como de costumbre en esas noches sin sueño. Sin ser esa noche una noche más, una noche sin sueño. No sé por qué ese hombre tuvo que venir a buscarme. Ni por qué me desnudó de esa manera. Ni por qué me deseaba. Ni por qué me dejé llevar. Ni por qué me sacudió ese calor que desde hace años no era sino tibieza. Pero desperté empapada en sudor. Y febril. Y comenzó la tortura. Y los días que no se acababan nunca, llevada por el despiste. Olvidaba los recados, quemaba la cena, y mezclaba la ropa blanca y la de color. Y pensaba en él. Como no había pensado nunca en nadie. Y me iba la primera a la cama, a buscar el sueño. Con mi camisón de noches especiales. Porque lo eran. Cada noche acudía. Y yo controlaba mis sueños. Lo que no controlaba eran mis días. Y cada noche con menos pudor. Y con mayor ansiedad. Sin tener nunca la absoluta certeza de que mi amante continuara respondiendo al reclamo de mis sueños.
Dejé de comer. Las facturas se amontonaban en el cajón, los niños iban a clase con los deberes sin hacer, llegaba tarde a trabajar y me quedaba absorta, mirando por la ventana, con una sonrisa que no se terminaba de borrar, y el día que no cenábamos sin pan, se terminaba la fruta, y las tortillas siempre quemadas. Quién me iba a decir. Soñando despierta con fantasías absurdas. Con lo tranquila que yo estaba. Con lo que cuesta ordenar una vida.
Una noche entre sus brazos, de pronto se fue el deseo. Se fue apagando el fuego, y el sudor se quedó frío. Mi amante no se dio cuenta, y seguía enfrascado, con la cara contraída, y los ojos cerrados. Algo fallaba. Había algo más. Alguien a quien yo no había llamado. Y el frío se llamó culpa. Y giré mi cabeza, y observé horrorizada la mirada de mi marido sobre mí, y mi adulterio, tumbado junto a nosotros, en nuestra propia cama. Debí haberlo supuesto, él me devolvería a mi vida ordenada.
-Mi amor, sólo es un sueño.
-Sí, pero aburrido estoy de tortillas quemadas.
Adoro la forma en que me engancha tu manera de escribir, sin saber si es realidad, si es ficción, si son las dos cosas.
Y la sorpresa final. De 10.
Me alegra que te guste. Estoy dejando los relatos para el fin de semana. Saber que a alguien le gusta leer es lo que da sentido al escribir. Gracias.