A veces no puedo evitar mirarme en mis hijos y jugar a las cinco diferencias. O a las similitudes. Es curioso, porque a veces he oído a mi madre decir “no he visto nunca un niño que se parezca tanto a su madre”. Evidentemente no estoy hablando de semejanzas o diferencias físicas. Pablo y yo nos parecemos en algún gesto, o nos damos un aire. Pero él es más rubio, tiene los ojos claros, y es muy delgado. Y yo era rubia pero menos, ojos castaños y regordeta, muy a mi pesar.
No puedo evitar insistir en recordar aspectos de mi niñez y mi adolescencia estando con ellos. Y sentimientos. Y escenas. Y es que no quiero que se me olviden, porque sé que me voy a tener que poner en su lugar. Me quiero poner en su lugar. Quiero mirar desde su perspectiva.
Yo de niña era muy habladora. En eso tenemos un punto en común. Y era incapaz de guardarme algo para mí. Salía del colegio y estallaba al ver a mi madre, y me salían las palabras a borbotones, y lo contaba todo. Lo bueno y lo malo. Si había discutido con alguna amiga, si me habían castigado, o la nota que había sacado en el último examen. Si hasta confesé lo de los condones! Era incapaz de estar enfadada, triste, o feliz y no contar el por qué a los cuatro vientos.
Esto fue cambiando poco a poco. Y según pasaron los años fueron disminuyendo mis confidentes. La primera en quedarse a un lado fue mi madre. Pero para eso están los amigos. Con mi padre cuando era niña hablaba poco. De hecho nunca fue confidente. Nos queríamos, de hecho yo creo que tiene una auténtica debilidad por mí, pero no nos comprendíamos demasiado. No le gustaba mi música, ni mi forma de vestir. Según él, lo más importante para mí eran mis estudios. Y lo demás, tonterías de la edad que ya se me pasarían. Visto desde la óptica de un adulto, quizás no le faltara razón. Pero para un niño, lo que es importante es completamente distinto. Y en el mundo de un niño, haber discutido con un amigo podía significar toda una debacle, y ésta haber puesto de cabeza ese pequeño mundo.
Después de unos años de distancia afectiva llegó la distancia física. Y mis padres se fueron unos años a vivir fuera. Y entonces, en esas visitas cortas que teníamos, volvía mi enorme necesidad de contarle a mi madre todo aquello que no podía a diario, y que probablemente jamás le habría contado de vivir a diario con ella. Lo cierto es que siempre fue una buena interlocutora. Aunque con ese afán no entrometerse demasiado para no parecerse a su madre, o sea, a mi abuela, con la que yo vivía, hacía pocas preguntas. Que yo no sabía cómo interpretar. ¿No pregunta porque el tema no le gusta?. ¿No pregunta porque le resulta violento?. No pregunta para no meterse. No pregunta porque espera que se lo cuente yo si me apetece. Antes siempre me apetecía. Siempre me ha apetecido. Pero hay cosas que no he podido contar en su momento. Unas porque les habría hecho daño. Y otras porque también les habrían hecho daño. Cosas que cuando por fin conté les hicieron daño. Y les robaron horas de sueño.
Mi padre me solía decir cuando salía de casa “no hagas nada que no hicieras si yo estuviera contigo”. Buen intento, papá, pero es que yo he tenido que probarlo todo, y he necesitado llegar deprisa a todo, con ansia, como si se me fuera a acabar. Otra frase que recuerdo hasta la saciedad “no corras, Patricia, que hay tiempo para todo”. ¿Seguro que lo hay? ¿Y quién me lo garantiza?
No se trata sólo de ocultar temas relativos a la sexualidad, aunque sean los más vistosos. Yo de hecho, intenté no hacerlo. Y ya con dieciocho años le dije a mi madre con toda confianza que me estaba acostando con mi novio. Ya éramos mayores como para poder hablar de esas cosas. Claro, si hubiera sabido cuál sería la reacción, en buena hora habría abierto la boca. Que si en qué me he equivocado como madre, que si qué ha fallado en la educación, y patatín y patatán. Lo cierto es que no quiero ser injusta porque esa ha sido la única vez en que mi madre ha tenido una salida inesperada. Y mira que le he tenido que hacer confesiones mucho peores.
Bueno, el berrinche le duró poco. Si algo tiene mi madre es una gran capacidad de adaptación. Y es que si ahora las cosas son así, pues así hay que tomarlas.
Por lo menos ten cuidado, hija. Eso me lo dijo mi padre. Ni en eso les hice caso, y cuatro años más tarde les estaría contando que les iba a hacer abuelos.
Eso sí, cuando mi hermana se echó un novio un poco más novio y menos noviete, se encargaron de decirle que se podían imaginar ciertas cosas, pero que no hacía falta que se las contara explícitamente. Supongo que cuanto más explícitas fueran las palabras más difícil no hacerse una imagen mental.
Si prefieren no ver para qué enseñar. Así que durante un tiempo nos quedamos con el eufemismo de la amiga. Que si voy a dormir con una amiga, de viaje con una amiga… y ellos por supuesto, jamás preguntaron detalles. Estaban encantados con la amiga.
Qué más me hubiera gustado a mí que decir la verdad. Ojalá esté preparada para escucharla en su día y darle una dimensión apropiada. Una dimensión de confianza. Aunque lo cierto es que si bien Pablo es hablador, es al mismo tiempo reservado. Cuando se enfada por algo, o algo le ha dolido, se enfurruña y no hay manera de sacarle las palabras. Quiere pero no puede.
Me costó media tarde conseguir que me contara el pasado verano, cuando llegó una tarde a casa dando un portazo y al borde del llanto, que era porque María le había dicho que era feo. Y mientras yo pensaba “feo, ¡qué tontería! Y ¿por eso tanto enfado?”, conseguí escuchar de mi boca lo siguiente: “Pablo, mírate en el espejo. ¿Ves un niño feo?- No- musitó ¿Te gusta lo que ves? –sí- musitó aún de morros. Pues si eso es lo que tú piensas que no te importe lo que piense María. A veces decimos cosas que no pensamos sólo para fastidiar.
Ojalá llegue esa confianza, como también llegarán los secretos. Pero hasta los secretos se pueden contar. Aunque sea a destiempo.
A borbotones, o como sorbos de té.
Me recuerda muchas cosas de mi infancia y adolescencia lo que dices en este post. Ahora tengo un niño de 6 años que debe tener un carácter parecido a tu Pablo, y que empieza a hacer preguntas y a contar sus experiencias en el colegio, con los compañeros, etc.
También espero que llegue con él el tiempo de la confianza. De momento los secretos que tiene siempre son compartidos, antes o después.
Siempre te leo. Un saludo.
Espero que así sea, quierodormir, independientemente del caracter del niño, y que si éste es extrovertido es más sencillo, la confianza con ellos es en gran parte responsabilidad de los padres. Hay que ganarla. Que la fuerza nos acompañe. Saludos!