El color de una aguja

En julio de 2006 mi amiga Elena aprobó la oposición de tipo A que llevaba tres años preparando, y que a punto estuvo de acabar con su cordura y con su matrimonio. Así que cuando por fín todos esos momentos de angustia y esfuerzo se vieron premiados (hay gente a la que no le premian nunca, así que puede sentirse afortunada), decidió hacer una fiesta y cerrar una discoteca para invitar a sus amigos. Mis padres ya estaban en Cádiz, así que tratándose de semejante ocasión le pedimos a la cuidadora de los niños, Rebeca, que se quedara con ellos por la noche.

Quedamos primero en casa de Víctor, que estaba deseoso de enseñarnos el ático que tiene alquilado en el centro, y sobre todo: su terraza, con una tremenda plantación de ese arbusto tan aromático y tan ilegal que albergaba. Con las plantas no tenía problemas: riego automático, luz en abundancia… pero tras observar una serie de helicópteros sobrevolar su casa durante unos días decidió camuflar su frondoso vergel colocando en las plantas unas flores rojas artificiales. Era un espectáculo digno de ver. Y bien orgulloso estaba Víctor de su éxito como jardinero de tan cotizada especie.

El caso es que íbamos a tomar nuestra primera cerveza cuando sonó mi móvil: Rebeca. Pablo se había caído y se había abierto la cabeza. Mis vecinas se habían hecho cargo de él y quedé con ellas en el ambulatorio de Urgencias.
El camino fue horrible. Por un lado pensar el miedo que estaría pasando el pobre: ¿y si lo cosen y yo no estoy con él?. Y por otro, intentar controlarme para no agredir físicamente (ni de ninguna otra manera) a Rubén cuando intentaba convencerme de que era lo mejor que le podía pasar al niño. Con el complejo que había tenido él siempre por no tener ninguna cicatriz que lucir. Y luchar también contra el cargo de conciencia que sentía por desear terminar pronto con esa historia para tener tiempo de ver a Elena.

En el ambulatorio estaba Pablo con la cabeza vendada, medio dormido en brazos de Isabel. Allí no quisieron coser al niño. Los bordes eran muy irregulares y nos dieron un volante para cirugía plástica en La Paz. La última vez que fui a La Paz estuve esperando cuatro horas. Así que llamé a mi seguro privado. ¿Hay cirujanos plásticos de Urgencias? Sí, en La Zarzuela. Perfecto, me queda al lado. Allí le quitaron la venda, y los bordes de la herida se abrieron. Así que mientras me decían cuándo lo podían coser me quedé en la sala de espera uniéndole los trozos de frente con las manos. Rubén desapareció. La gente saludaba a Pablo, que seguía vestido con el uniforme del Atleti con el que se había caído. Lo de ser un pupas debe ir en los colores. Si el verlo vestido de merengue le hubiera ahorrado la brecha yo misma me habría encargado del cisma familiar.

Media hora más tarde me recibieron de nuevo para decirme que hasta la mañana siguiente no le podría coser el cirujano plástico. Salí hecha una furia y vi a Rubén blanco como la cera.
- Dónde te habías metido?
- Es que verle la frente así me ha impresionado, y pensé que era preferible desmayarme en la calle que delante de vosotros.
De nuevo vuelvo a pensar lo engañadas que nos tienen con el concepto de lo que es un hombre y lo que se debe esperar de ellos.
Salgo de allí con lágrimas de pura ira. Me habría encantado poder pegar a alguien, o insultar y gritar hasta quedarme afónica. Pero uno no siempre puede hacer lo que se le antoja o lo que le pide el cuerpo.
Eso sí, si llego a oír otra vez aquello de ¡qué suerte, una cicatriz en toda la frente! no habría respondido.

En la Paz me relajé. Nos atendieron nada más llegar. Pusieron al niño anestesia local y prepararon quirófano. Mientras le hacía efecto la anestesia me puse a contarle lo que le iban a hacer.
- No tengas miedo, porque no te va a doler. Te van a cerrar la herida con una aguja muy finita.
- ¿Una abuja con hilo? (lo decía con naturalidad, sin ningún miedo)
- Sí, hijo, y te van a coser la frente como se cose la ropa.
- Ah, ¿y de qué color?
- ¿De qué color qué?
- Digo que de qué color es la abuja.
- Ah! No sé. A lo mejor es rojiblanca. Pero enseguida lo vemos.
No me dejaron entrar con él, pero me quedé en la puerta y lo escuché reír. ¡Se partía de risa! La celadora que me acompañó fuera no daba crédito. Y sí me dio una agradable conversación. Dentro había cuatro enfermeras y un médico. Todo un despliegue de medios para unos puntos. Y sobre todo un despliegue de humor, porque Pablo se lo pasó bomba. Vamos, que tal y como estaba yo, ya me hubiera gustado a mí estar en esa camilla y que un doctor me hiciera reir para no enterarme. Si al final sí iba a ser una suerte.
- Tenías razón, mamá, no me ha dolido.
Y no podía evitar pensar en la pregunta de Pablo. Que de qué color eran las agujas… Porque las plantas de maría eran verdes, las flores de plástico rojas, la venda blanca, su camiseta rojiblanca, mi ira roja a secas, el mareo blanco a secas, las batas de los sanitarios verdes, y el hilo de su costura se veía negro. Pero las agujas… me quedé sin saber el color de esas agujas. Y también sin compartir con Elena su gran noche. Pero me queda el recuerdo. El del valiente Pablo.

Advertisement

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Gravatar
Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s