Algunas veces todo ese mundo que me he construido, el que me sujeta día tras día, ese que es sólo mío y que existe sólo porque yo lo vivo… a veces todo eso se tambalea. Y el suelo que tengo bajo mis pies se mueve y tiembla.
Pero no hay nada como que estés tú ahí cerca, como reunir el valor suficiente para contarte que tengo un terremoto. ¿No lo sientes? ¿No se te mueve?
Porque entonces te agachas al suelo, pones tus manos sobre él, junto a mis pies, y lo sujetas. Y te hace caso. Y ya no tiembla.
Como el día en que te dije con angustia: “me da miedo decirlo, pero hay veces que tengo la impresión de que lo único que tenemos tú y yo en común son dos hijos”. Entonces levanté la mirada, para ver tu cara tras semejante declaración. Pero no ví preocupación. Me mirabas divertido. Me diste un beso fresco, y me dijiste tranquiliamente: “bueno, eso… ¡y que nos queremos! Que ya es mucho, no?”
Pues tienes razón, es mucho. Lo es todo.