El día que naciste no fue el mejor día de mi vida. Llevaba meses leyendo que así sería y cómo me sentiría, pero no fue así.
Después de más de catorce horas de dilatación llegó el momento. Pero estabas mal colocado. Supongo que ya intuías que por encima del techo del quirófano y la luz artificial había un cielo azul y profundo que no te querías perder y en lugar de nacer mirando al suelo lo hiciste al revés. Tras una hora y media de expulsivo, que recuerdo a trozos porque perdí el conocimiento por falta de oxígeno en algunos momentos, con tres comadronas, dos ginecólogas y tres pediatras alrededor, mi madre sujetando la camilla en la cabecera porque estaba rota y se movía, trajeron las palas y te sacaron. Entonces dejaron entrar a tu padre que me acariciaba la cara mientras me cosían. Estabas blanco como la cera y no llorabas. No pude verte pues te llevaron corriendo a hacerte las primeras exploraciones. Oí cómo te pegaban las palmadas que tanto se oyen en las películas seguidas de un llanto. Pero esta vez sin llanto. Lo intentaban y lo intentaban. Al fin un pequeño gemido. Como un gatito. Ví que te sacaban corriendo del quirófano envuelto en tela verde. Lo único que pude distinguir es que seguías igual de blanco y que tenías una herida en la frente. “El mío es el de la herida”- pensé.
Preguntaba qué te pasaba, si estabas bien. Y cuanto más se esforzaban por tranquilizarme más tenía la impresión de que nadie decía la verdad y me estaban protegiendo como si no fuera capaz de aceptar la realidad por respuesta. Es difícil sacar la preocupación de una cara. Puede uno cuidar el tono de voz, que puede sonar cariñoso y seguro. Pero es que la preocupación se instala en el fondo de los ojos y se acomoda en el resto de la cara. Y no hay sonrisa que borre su huella.
Después me dejaron en una cuartito. Y llegó el frío. Por muy 28 de agosto que fuera no hubo calcetines ni mantas que me quitaran la tiritona.
Tu padre subió a verte. ¿Qué tal está? Tiene tus pies, me dijo.
A mí no me dejaron ir hasta las 6 de la mañana que era hora de visitas y podía entrar. Trajeron una silla de ruedas, porque no era capaz de caminar sin ahogarme. El camino se me hizo eterno.
La sala estaba llena de incubadoras, y en cada una un bebé minúsculo. Hasta que llegué a la tuya. Parecías el hermano mayor, pues tu problema no había sido el peso, y allí estabas, llenando esa incubadora con tus tres kilos y medio. Lleno de cables y tubos, y con tu herida en la frente. Sólo podíamos entrar de uno en uno, y fui yo primera. Metí la mano por el agujerito y te acaricié las piernas y los brazos. Te acaricié la palma de las manos con cuidado para no descolocarte la vía. Me dejaron cogerte en brazos. Una enfermera te colocó sobre mí con cuidado para no descolocar nada. Dormías plácidamente, con la cabecita caída hacia atrás y la barbilla puntiaguda.
No te reconocí. Es curioso, porque si me hubieran puesto encima a cualquier otro niño habría sentido lo mismo. Y es que no es un reconocimiento de hijo lo que me hizo quererte desde el primer momento, fue ese verte tan pequeñito, tan indefenso, tan vulnerable y tan dependiente. Es el primer tipo de amor que sentí por ti, quise a ese pequeño desconocido por la ternura que me inspiraba, y por la responsabilidad que tenía con él, que más que un amor consciente y razonado era un instinto de protección.
Miré a Rubén, que estaba al otro lado del cristal. Me miraba con mucha emoción, y con el dedo escribió en el cristal “te queda muy bien”. Y volví a mirarte y a mirarte, para conocerte, para ir descubriéndote.
Y no lloré. Estaba emocionada pero no lloré. Tú no llorabas, yo tampoco. Tú tenías ese semblante de paz y de tranquilidad. En su momento lloré, pero no al verte, sino una noche, sentada en esa silla, mientras recorría pasillos de hospital oscuros, en los que sólo se oía el llanto de algún niño que sí podía estar en una habitación con su madre.
Finalmente te fuiste reponiendo. Cada tres horas estábamos allí puntuales. Y en cada visita ibas luciendo un cable menos. Una semana después te dieron el alta, y no se me olvidará lo que me dijo la pediatra cuando firmaba el alta: “os devolvemos un niño normal”. Me dio un escalofrío.
Y de esto hace hoy siete años. Siete años desde que naciste, siete años desde que empezamos a vivir juntos Rubén y yo. Siete años de tantas cosas. Siete años de una gran aventura.
Felicidades Pablo.
Felicidades a Pablo, por su fuerza. Felicidades a tí, también por la tuya. Esos difíciles momentos sólo los conocen los que los han vivido, y tú afortunadamente te lo pudiste llevar a casa, sano y “normal”.
¡Y que rápido han pasado esos siete años! ¿verdad?
Espero que alguna vez tu hijo pueda leer estas palabras que has escrito, serán tu mejor regalo. Un beso.
¡Y qué cumpla muchos más!
Ahora entiendo la razón de la guerra de Pablo con los percentiles. Los vio a todos tan diminutos en el nido y el tan hermoso, que por solidaridad ralentizó el ritmo.
En cuanto se de cuenta que ya ha cumplido su objetivo verás, le dará por estirar y estirar como el chicle boomer.