Dicen que montar en bici es algo que nunca se olvida.
Con esa esperanza compramos hace dos o tres veranos unas bicicletas para dejar en la playa y poder dar paseos todos juntos.
La última vez que yo había montado en bici debió ser hace más de 15 años.
Cuando montas en bici sin seguridad sólo vas pendiente de conservar a toda costa el equilibrio, y no dejas de ver amenazas en tu camino. Dios!, viene alguien de frente y no vamos a caber en el carril bici, no voy a ser capaz de bajar ese bordillo, en esa rampa me van a resbalar las ruedas y me pica la nariz pero si suelto la mano del manillar me la voy a pegar. Y no me puedo caer, madre mía, si me caigo y me rompo algo!!! ¿Cómo soluciono yo mi casa con un brazo roto? Yo ahora no me puedo quedar inútil!.
Según te llenas de miedos, y te preocupas de todo aquello que te rodea y que se ha convertido en un gran peligro, la bicicleta comienza a ser ingobernable, se vuelve inestable, te tambaleas, el miedo no te deja seguir, y al final… te caes. Y tienes más miedo. Esta vez es sólo un rasguño, pero ¿qué necesidad tengo yo de montar en bici a estas alturas? Con lo bien que se va andando o en coche. Pero vuelves a coger la bici. Y vuelves a montar.
Cuando pasado un tiempo sabes que puedes hacerlo, sabes que lo haces bien, y estás lleno de confianza en tí mismo, la bici no se tambalea, subes y bajas bordillos, pendientes, terraplenes. Esquivas niños, tertulias marujiles, bicis de frente, triciclos y patinadores, porque nada te va a hacer caer. Y no pierdes el equilibrio. No dudas. No te caes. Y si te caes te levantas sin miedo a seguir pedaleando, porque sabes que es ocasional, porque sabes que sabes. Porque eres tú quien maneja la bici. Y además la manejas bien. Y quedan las piernas algo doloridas por la velocidad y el esfuerzo. Y el aire en la cara. Y un regustillo de libertad en el paladar.
Y así,pedaleando, me da por pensar: qué curioso! Vivir es como montar en bici…