Lo primero que quiero explicar es el por qué una chica de 24 años, con una licenciatura, un master y dos años de experiencia en una firma de auditoría, deja su trabajo para ser comercial en la red de oficinas de un banco. Bien, pues es que esa chica de 24 años con carrera y master tenía también un niño de un año al que no veía más que los fines de semana. Agotada por las jornadas laborales de 9 a 21:00, y con el corazón encogido por no poder ejercer de madre, dediqué mis esfuerzos a buscar un trabajo que me dejara más tiempo. Y ya que no me podía permitir el lujo de preparar una oposición, cuando vi en prensa una oferta de un banco para recién licenciados me lancé a por ello.
Así que una vez superadas las mil pruebas de selección (que más bien parecen ginkanas) dejé mi trabajo como auditora, mi contrato indefinido, mi sueldo de 18.000 euros y mi próximo ascenso por un trabajo de comercial en red de oficinas con contrato en prácticas durante dos años, un sueldo de 12.000 euros, y eso sí, una jornada laboral de 8:00 a 15:00. Me lo jugué todo a esa baza, y perdí: no olvidaré mi primer día de trabajo. Me había tocado una oficina en pleno barrio de Salamanca, en la calle Ortega y Gasset, y cuando entré en el despacho del director lo primero que me dijo es “aquí trabajamos full time, mañana y tarde”.
Mientras preparaban mi mesa y mi puesto, me sentaron con una comercial veterana, de unos 50 años, con la que estuve aprendiendo un par de días. Me cayó mal desde el primer día: clasista, conservadora y profundamente comercial. Mi primera lección: lo primero que tienes que hacer es pedir el NIF. Si ves que es cliente de otra oficina te deshaces de él, porque lo único que vas a hacer es perder el tiempo.
En cuanto tuve mi mesa me soltaron unos panfletos de los que se les daba a los clientes con los productos que se comercializaban y me lanzaron a la aventura: hala, a vender. Y yo lo primero que hice según comencé fue incumplir mi primera lección, y atender a cada cliente que pasara por mi mesa, fuera de la oficina que fiera… Tardaba menos en hacer la gestión que fuera que en inventarme un rollo para quitármelo de encima, y encima el fulano en cuestión se iba tan contento! Yo tenía una idea muy diferente de lo que era la atención al público, bastante paciencia, y bastante mano izquierda, así que en general solía conseguir que los clientes que llegaban al banco encabronados (bastante frecuente por cierto) se marcharan satisfechos. Resolvía incidencias, devolvía comisiones, pedía duplicados de tarjetas, procuraba dar las mayores facilidades posibles, e incluso me saltaba alguna que otra norma….
Los primeros tiempos no fueron muy malos. Eso sí, entraba a trabajar a las 8, comía en 10 minutos y seguía hasta las 18:30, hora que me había marcado como tope, se quedara quien se quedara, me miraran como me miraran y les pareciera como les pareciera. Por supuesto los sábados en invierno también.
¿Y qué demonios se hace en una oficina de banca cuando está cerrada al público? Ese era el momento en que aprovechando que no había clientes solicitando gestiones, se destinaba a gestión comercial pura y dura: las llamadas. Yo odiaba las llamadas. El banco dispone de una amplia base de datos de clientes y no clientes. Había que llamara a ambos. Cada cliente estaba clasificado por el número y el tipo de productos que tenía y en función de eso la base de datos te indicaba los productos a ofertar. Con los no clientes se trataba sólo de concertar citas. Yo odiaba las llamadas (¿op eso ya lo había dicho?) Iba mirando los nombres de la gente a la que llamar, y sus edades. Madre mía, la edad media de los residentes en el barrio de Salamanca era de 80 años. Y yo pensaba, ¿y a este señor, nacido en 1918, que ha vivido tantas cosas, con tanto que contar, voy a llamarle yo para preguntarle que si le interesa un fondo de inversión? Todo el mundo hará lo que hago yo cuando me llaman, escaquearse. Lo mejor que me podía pasar era que saltase el contestador. Entonces dejaba un mensaje, daba la llamada por buena, y a por el siguiente. Lo peor… en fin, los miles de rapapolvos que me soltaban quejándose del banco, del trato y de las comisiones. Así que terminé por inventarme los resultados de las llamadas sin hacerlas, sin ser vidente podía tener una idea muy cercana a lo que habría sido la realidad: no le interesa, no le interesa, no le interesa.
1 respuesta hasta el momento ↓
Karmen // 27 Julio, 2008 a 12:13 pm |
Siempre había tenido curiosidad por saber que es lo que se hacía en un banco cuando se cerraban las puertas.
(sigo)