Reflexiones

Sin pudor

21 Julio, 2008 · 2 comentarios

El otro día estaba esperando el cercanías, en Recoletos, sentada en un banquito en el andén, leyendo. De pronto ví que llegaba una chica muy joven, con un niño más o menos de la edad del mío en un cochecito, y se sentaba en el banquito de al lado. Volví a la lectura. La chica cantaba flamenco. Camarón. Dejé la lectura y miré con el rabillo del ojo, con disimulo.

No tatareaba, cantaba como canto yo en el coche, o en casa cuando estoy sola. Sin pudor. Y cómo cantaba. A mí que el flamenco me parece un imposible. Era rubia, con mechas, muy delgada, muy joven, con una camiseta rosa y vaqueros campana muy largos con el bajo roto, y calzado deportivo. Muy guapa, si no fuera por la dentadura estropeada. Y cantaba, y le decía al crío, cántate, cántate Pedrito! Y Pedrito agitaba los brazos. Eso, báilate, báilate, que es Camarón, y daba palmas, la madre, digo. Me resultó imposible dejar de mirar, y es que esa actitud me resultaba tremendamente atractiva. Me daba cierta envidia. A mí también me gustaría saber comportarme en la calle igual que en salón de mi casa, porque cuando voy por la calle paseando al niño, no le canto porque me da vergüenza, ni hablo con el primero que se me cruza como si le conociera de toda la vida, ni me siento tan segura. A mí la gente me impone.

Ya no levantaba el rabillo del ojo por encima del libro, sino que era público entregado, y la observaba con la misma falta de pudor de la que ella hacía gala.

Cuando llegó el tren estaba lleno. La seguí para montar en el mismo vagón. Iba rezagada y pendiente por si necesitaba ayuda para subir el cochecito. Alguien lo hizo. Había tanta gente que tuve que quedarme en el escalón y al cerrar las puertas se quedó enganchado mi pelo y mi vestido. En seguida la oí. Ya no cantaba, ahora relataba de viva voz a las mujeres que tenía a su alrededor y observaban a Pedrito, y al vagón entero, lo mucho que comía el crío. “Bueno, sa comío ya un zumo, y un piti suí, y pan, y ahora llegará a casa y comerá su puré y carne, y a dormir”, decía con marcado acento calé. Sólo duró lo que duró el trayecto de Recoletos a Atocha. Allí se vació el vagón. Yo me quedé, y la miré mientras se alejaba con su niño, y no dejé de mirar hasta que la perdí de vista entre todo ese hormiguero de gente. Porque esa seguridad suya, ese punto de insolencia, y esa naturalidad me cautivaban. Es esa clase de personas a las que es imposible dejar de mirar.

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