El primer día (parte I)

El primer día

Tengo veintidós años y estudio en la Universidad. Bellas Artes. Soy de Valencia, pero conseguí plaza en la escuela de Madrid.  Nací en una familia acomodada y siempre fui querida y mimada. Nunca me ha faltado nada. No he tenido que trabajar los fines de semana para poder hacer un viaje, y dispongo de una tarjeta de crédito con cargo a la cuenta de mis padres. Ellos me pagan el alquiler del piso en el que vivo y estudio, el material que necesito, la matrícula de la Universidad y las copas del sábado. Yo también he cumplido. Fui una buena niña. Fui también buena estudiante. Tuve gran facilidad para los estudios y obtuve muy buenos resultados con un esfuerzo mínimo. Quizás porque siempre tuve una gran capacidad de síntesis, interés, una magnífica comprensión lectora, retentiva, habilidad relacionando conceptos y separando el grano de la paja. Si eso es la inteligencia se puede decir que yo lo soy. Y estos años en la facultad estoy demostrando poseer también talento artístico.

 

Pero me aburro.

Me he aburrido siempre. Siempre intentando encontrar algo, llenarme con algo. Algo que me sacuda y me encienda.

Desde que estoy en Madrid he vivido sola, lo que me ha ayudado mucho a seguir con mi búsqueda. He vivido la noche. He bebido. Me he acostado con unos cuantos chicos. He probado algunas drogas. He viajado. Sola. Acompañada.

De momento las experiencias nuevas me divierten, pero pronto dejan de ser nuevas, y el aburrimiento vuelve. Sólo me distraigo pintando.

He probado una nueva excentricidad. Lo he vuelto a intentar.

Un anuncio en prensa. Aparece mi teléfono. Nada vulgar. Más bien sobrio. Selectivo. Hay un millón en la sección de contactos, mucho más sugerentes. No espero nada, pero un día mi teléfono suena.

Joven, culta y con clase. Yo cumplía con mi compromiso. Él, de unos cuarenta. Con aspecto de profesional liberal. Vestido de Roberto Verino. Poco pelo, pero por lo demás bien conservado y cuidado en general. No es mi tipo, pero supera mis expectativas. Cenamos en un japonés. Hablamos de arte, de viajes, de literatura. Él es mucho más culto que yo, y más vivido, pero eso no me intimida. El no saber qué va a pasar después de esa cena me aguijonea el estómago, y la curiosidad y el miedo me divierten como nunca. Lo observaba mirándome. Sí, también se divierte.

 

Tras la cena me lleva al Meliá Castilla, que me decepcionó por lo que se notaban los años del hotel en las habitaciones. Follamos y me divertí. Sin más. Me dio un sobre. Lo guardé en el bolso sin mirar. Salimos juntos y nos despedimos. Como se despiden dos amigos.

Cogí un taxi y abrí el bolso. Trescientos euros. Más la cena. Más la experiencia. No está mal.

Hoy ha vuelto a sonar el teléfono. Número desconocido. Pienso durante un par de segundos y ….. descuelgo.

 

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